Política

Jim Baker: Nuestro hombre en Twitter

Como corresponde a una buena trama de espías, en la que el mundo ni se entera de los letales peligros a los que se enfrenta, todo lo que viene sucediendo con los llamados “Twitter Files” ha tenido muchísima menos trascendencia que otras noticias

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A menudo las historias de espías tienen un costado tragicómico. Posiblemente el secretismo y la improvisación sean el mejor caldo de cultivo para que personajes oportunistas, mentecatos, estafadores, irrisorios, grotescos, esperpénticos timadores estrafalarios se sientan a sus anchas. La literatura y el cine han dado cuenta, profusamente, de esta anomalía del espionaje. El más famoso de los absurdos es el Superagente 86, pero hay historias bastante más patéticas que han puesto de manifiesto las paradojas del mundo de la inteligencia.

En 1958, un agente del servicio secreto británico escribió una curiosa novela que dejaba expuesta esa chapucería de las agencias de inteligencia durante la Guerra Fría. Su nombre era Graham Greene y la novela se llamó “Nuestro hombre en la Habana” que rápidamente se convirtió en película. La trama contaba las trapisondas de Jim Wormold un ciudadano inglés con un gris y chato destino que sobrevivía, en la Cuba de Batista, vendiendo aspiradoras. En la enorme red de topos tejida por la inteligencia británica en todo el mundo, por esas cosas del azar Wormold cae reclutado por el agente Hawthorne, encargado del espionaje en el Caribe, que a la vez responde a su alto mando: “C”, un burócrata incapaz de distinguir entre “las Indias orientales y las occidentales”. La cosa es que “C” necesita tener una nutrida nómina de agentes en la zona porque la cosa está caldeada…

Posiblemente el secretismo y la improvisación sean el mejor caldo de cultivo para que personajes oportunistas, mentecatos, estafadores, irrisorios, grotescos, esperpénticos timadores estrafalarios se sientan a sus anchas. La literatura y el cine han dado cuenta, profusamente, de esta anomalía del espionaje.

Y hablando de caldos y calderas, las últimas semanas se han destapado varias ollas provenientes de las entrañas más poderosas del mundo. Poco menos de un mes luego de que Elon Musk, uno de los millonarios más poderosos de la historia, se hiciera definitivamente con la red social más poderosa en términos políticos y periodísticos: aka Twitter, se comenzaron a ventilar las tramas de mentiras, corrupción, ocultamientos y demás oscuranteces de las agencias de inteligencia más poderosas del mundo, de los manejos endiablados de los políticos más poderosos del mundo y de las resbaladizas aguas por las que transitaron los eventos globales más importantes del mundo, las elecciones de EEUU o la última pandemia.

Y como corresponde a una buena trama de espías, en la que el mundo ni se entera de los letales peligros a los que se enfrenta, todo lo que viene sucediendo con los llamados “Twitter Files” ha tenido muchísima menos trascendencia que otras noticias. Torneos deportivos, escándalos de alcoba y berrinches de dictadorzuelos gozaron, increíblemente, de mayor cobertura. Es como si el mundo eligiera no descubrirse tontamente estafado, como si no quisiera tocar esa fractura expuesta que tiene ahí, al alcance de su mano, como si, cerrando los ojos fuerte bien fuerte, lograra desvanecer lo que es obvio.

Pero no dejemos al buen Jim Wormold, pieza clave, de lado. Nuestro hombre tenía pocos escrúpulos y muchas deudas así que aprovechó la oferta de armar una red de informantes en Cuba, aún sin tener idea del oficio. Así es como empieza a inventar un equipo de espías enlistando a personas que apenas conocía y que, por supuesto, poco o nada sabían de sus engaños. La cosa escala y la demanda de informes y datos, solicitada por Londres, lo lleva a fabular la construcción de una potente arma de destrucción masiva en la isla (sí, Graham Greene predijo la crisis de los misiles y a Bush (h), todo en uno). A modo de documento probatorio, no tiene mejor idea que simular un plano copiando uno de los modelos de aspiradora de última generación que tiene en su negocio.

Más pavadas mandaba a Londres, más dinero recibía, de manera tal que Wormold se convierte en una máquina de enviar falsos informes sobre la evolución de la diabólica instalación militar. La excitación de los burócratas del servicio de inteligencia británico hace el resto del estropicio, hasta que la maraña es demasiado grande para ser expuesta sin dejar en ridículo al gobierno, de manera tal que (víctima más, víctima menos) los responsables convienen en tapar todo y condecorar a Wormold comprando para siempre su silencio.

Como si la Guerra Fría no hubiera terminado, el mundo de los topos y los dobles agentes sigue tan vigente como su carga de maldad imbécil. Sólo que esta vez se inscribe en un marco que Greene jamás hubiera soñado, un universo virtual y distópico: las redes sociales. Se trata de un nuevo poder, impensado hasta hace pocos años que no es ni un gobierno, ni un ejército, ni un medio de comunicación, ni un guerrillero caribeño, pero que sin embargo tiene un poco de todos ellos. Las redes sociales obtuvieron poder de una manera vertiginosa y, como Jim Wormold, fueron ignorantes, codiciosas, torpes y ridículas en su manejo.

Como si la Guerra Fría no hubiera terminado, el mundo de los topos y los dobles agentes sigue tan vigente como su carga de maldad imbécil. Sólo que esta vez se inscribe en un marco que Greene jamás hubiera soñado, un universo virtual y distópico: las redes sociales.

Twitter.Inc en particular, convertida en un actor político de relevancia, fue como el M16 de “C”, un mono con navaja incapaz de entender sus alcances pero manejado por chantas, borrachos de poder, como el reclutador Hawthorne, que dejaron las huellas de sus impunidades marcadas en todos lados. Gracias a la megalomanía de Elon Musk todos esos personajitos menores, incompetentes incluso para borrar sus acciones más obvias, vieron de pronto como sus desnudez era expuesta y desmenuzada, confirmando, una a una, todas las teorías conspirativas que, sobre la red del pajarito, habían existido.

El proceso para producir los “Twitter Files” involucró la entrega de carradas de mails, chats, y todo tipo de intercambios que, a medida que se publican, exponían un programa de censura e intervención gubernamental descarado (que a la sazón siempre había sido negado, incluso bajo juramento y ante requerimientos parlamentarios). Las entregas son como una saga que publican semanalmente periodistas elegidos por Musk. Se ha confirmado el uso de canales clandestinos por parte del gobierno de EEUU para silenciar a sus críticos, se han confirmado presiones a la prensa y entorpecimientos de investigación. Y lo más grave es la confirmación de la intromisión del FBI, de fuerzas de seguridad e Inteligencia en las elecciones de 2020 y la incorporación de miembros de la CIA a reuniones periódicas entre el FBI y Twitter para discutir «asuntos extranjeros». Se muestra también que el gobierno estaba en contacto no sólo con Twitter, sino con todas las redes: Facebook, Microsoft, Verizon, Reddit, incluso Pinterest y muchas otras. 

Y vale la pena rescatar las andanzas de otro Jim, de nuestro hombre en twitter: Jim Baker. ¿Quién es Baker? Un abogado de la Universidad de Michigan que apenas recibido pasó a trabajar para el Departamento de Justicia de los Estados Unidos desde 1990 hasta 2007, que acto seguido ocupó varios cargos en estudios de abogados en Washington y en medios como CNN y que en mayo de 2017 fue asignado como consejero general de Trump en reemplazo de Comey, ¡sin que nadie notara! que en 2016, un mes antes de las elecciones, Baker había asesorado al abogado de la campaña de Hillary Clinton, Michael Sussmann, que presentó la falsa historia sobre el nexo secreto entre la Organización Trump y el Alfa Bank con sede en Rusia. Sussman fue acusado de falso testimonio, Baker zafó, pero esa trama sembró dudas durante dos años de su presidencia.

En octubre de 2018, Baker confesó en la Cámara de Representantes que estuvo personalmente involucrado en la orden de la Ley de Vigilancia de Inteligencia Extranjera para vigilar a Trump. En enero de 2019, el Departamento de Justicia abrió una investigación criminal contra Baker por la filtración de información clasificada durante su tiempo en el FBI y recién ahí Trump acusó a Baker de colusión en un «engaño inconstitucional». 

Entonces Baker fue expulsado ¿Y a dónde va a parar? ¡Sí señores: a Twitter Inc.!! Nada más ni nada menos que como consejero general adjunto y vicepresidente de Twitter. Y esto mientras también reportaba en las filas de la empresa lobbista Brookings, que desempeñó un rol determinante en la difusión de la narrativa de la trama rusa, tan usada por el Partido Demócrata contra Trump. Brookings pagaba la nómina de expertos que luego copaban los medios como MSNBC y CNN afirmando que Trump estaba claramente incriminado en actos delictivos. Brookings mantuvo un staff de panelistas como Susan Hennessey (luego asesora de seguridad nacional en la Administración Biden), Ben Wittes (quien defendió a James Comey en su filtración de memorandos del FBI) ​​y Norm Eisen (quien luego se convirtió en abogado en el juicio político contra Trump). 

A  pesar del prontuario de Baker, Twitter lo había contratado como asesor legal semanas antes de las elecciones presidenciales de 2020 y allí promovió la censura de la explosiva historia del New York Post sobre una computadora de Hunter Biden que contenía correos electrónicos y registros que detallaban el tráfico de influencias multimillonaria por parte de la familia Biden, involucrados en acuerdos con una serie de figuras extranjeras corruptas, y que se menciona a Joe Biden como el posible destinatario de los fondos de estos acuerdos. 

Ahora bien, con toooooodo este nutrido currículum, Baker se las había arreglado para pasar inadvertido cuando Musk compró Twitter, y permaneció en su puesto luego de la limpieza que el magnate realizara al entrar. Una especie de camaleón humano que quedó posicionado en un lugar privilegiado para examinar esos documentos que formaban parte de los “Twitter Files” y sus denuncias. Cuando esos documentos empezaron a retrasarse o a borrarse, fueron los periodistas los que descubrieron que en los puestos más altos y estratégicos estaba Baker encargado de boicotear las denuncias. Musk, como un esposo engañado, despidió a Baker «a la luz de las preocupaciones sobre el posible papel de Baker en la supresión de información» y Dorsey el ex-CEO sostuvo que él tampoco tenía idea de la existencia del topo del deep state en la empresa. Baker los había burlado a ambos.

A  pesar del prontuario de Baker, Twitter lo había contratado como asesor legal semanas antes de las elecciones presidenciales de 2020 y allí promovió la censura de la explosiva historia del New York Post sobre una computadora de Hunter Biden.

La historia de Baker es grave y pintoresca. La gravedad reside en la impunidad, los objetivos y la corrupción del entramado de espionaje político hecho carne en el mundo corporativo norteamericano. Y lo pintoresco es todo lo demás, las idas y venidas, la comedia de enredos, la improvisación y la falta de profesionalidad. Pero Baker es una pieza más, como lo era Wormold, de una extensa red de manipulación chapucera y totalitaria. 

Hasta la fecha los “Twitter Files” han tenido aproximadamente una decena de entregas que han demostrado que entre el gobierno y la empresa, en función de su ideología y conveniencia política y judicial, se filtraban contenidos, quitaban visibilidad a cuentas y temas, organizaban listas negras de tendencias, generaban canales para guiar la opinión contra o a favor de políticos, manipulaban las normas para lograr suspensiones de cuentas y censuraban a científicos, políticos y periodistas según la conveniencia del partido demócrata.

El entonces jefe de Confianza y Seguridad de Twitter, Yoel Roth, se reunía regularmente con agencias como el FBI para manipular información, el staff profesional presionaba para influir en el ex director ejecutivo e intervenían para ocultar la historia de la computadora de Hunter Biden. El Equipo de Integridad del Sitio intervino con cuentas selectas para ejecutar campañas de influencia en otros países, incluidos Yemen, Siria y Kuwait. 

La décima entrega fue lanzada el 26 de diciembre de 2022 y alega que el gobierno de EE.UU. estuvo involucrado en la manipulación del contenido relativo al bicho de Wuhan en Twitter. Sostiene que el FBI era simplemente el «portero de un vasto programa de vigilancia y censura de las redes sociales, que abarca agencias de todo el gobierno federal, desde el Departamento de Estado hasta el Pentágono y la CIA«. 

La gravedad de lo expuesto por la saga “Twitter Files” debería haber sentado en el banquillo a la familia presidencial y a los directores de las agencias de inteligencia. También debería haber disparado una investigación sobre la manipulación de la información durante la criminal sucesión de políticas globales alrededor del bichito de Wuhan ya nombrado. Un letal escándalo debería tener lugar en relación a las presiones y colusiones que existen desde el poder político para aplicar la censura y, (atención) recién se está escarbando la superficie de los documentos acumulados.


Pero, al igual que en Nuestro hombre en la Habana, la conspiración es too big to fail, y es por eso que los “Twitter Files”, a pesar mostrar algo tan obvio como el plano de una aspiradora, se pierden en los entresijos de las noticias y no están en los titulares de los grandes medios. En cuanto a Baker, seguramente ya está mimetizado en algún otro lugar, inventando o intercambiando información, mientras todos pensamos que esas cosas sólo pasan en las novelas.

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