Actualidad

Las mil pirámides de Ponzi del Gran Reseteo

El voluntarismo de las masas, la desesperada necesidad instantánea de no tener que preocuparse por su sustento, su supervivencia y su bienestar son el requisito esencial para ser estafado.

Compartir:

Si bien a esta altura no parece que haga falta explicar de lo que se trata una estafa piramidal de Ponzi, o un esquema Ponzi, o una Pirámide de Ponzi, tiene sentido refrescarlo. Se llama así a un fraude financiero en el que un individuo, un fondo de inversión, un hedge fund, una cueva o cualquier otro formato legal o ilegal de empresa, convence a sus inversores de que les producirá ganancias extraordinarias si les confían sus ahorros o capitales, debido a su gran habilidad para operar en la especie que fuera. El “financista” usa los fondos de nuevos inversores para pagar los intereses y aún las devoluciones de capital de los viejos inversores, y así sucesivamente hasta que por una circunstancia cualquiera se descubre la maniobra y no puede continuar con la farsa.

Aunque el nombre proviene de un italiano que en los años 20 popularizó tal trampa, es conocido por lo menos desde casi un siglo antes, con distintos formatos, pero siempre con el mismo timo. El más conocido ejemplo fue el caso Madoff, donde varios bancos cayeron en el lazo, pero se han ocultado, y se ocultan, muchos otros casos más graves, o más grandes, que se perdonaron, disimularon o licuaron, y hasta se podría sostener que el esquema se ha universalizado, y todo el sistema financiero mundial es una Pirámide de Ponzi convenientemente ignorada, diferida, tolerada y fomentada. De las lujosas oficinas de la serie Billions a la cárcel, a veces no hay más que un paso muy pequeño que sólo los tontos dan. Parece.

El esquema requiere dos protagonistas indispensables y hoy, un Estado controlador para no ir preso. Por un lado, el financista que se marketinea como infalible. Así, se recordará el caso del famoso fondo LTCM o fondo Meriwether, o fondo de los premios Nobel. En 1994, ese emprendedor contrató a dos premiados con ese lauro que desarrollaron un paquete de ecuaciones infalibles, que predecían la acción humana en la bolsa, lo que permitía ganar siempre. Vaya pretensión. Al filo del siglo XX estalló en pedazos dejando un tendal de ilusos, y muchos bancos de primera línea panza arriba. Fue la primera gran estafa de este siglo, y la primera que pagó toda la sociedad americana. (¿Mundial?) Nadie relevante fue preso. Luego de ser salvado, John Meriwether creó un nuevo fondo, con igual estrategia, que volvió a quebrar en 2008.  Ahora va por el tercero. El público se renueva, diría Mirtha. Los idiotas también.

Lo que se llama el Gran Reseteo, la Agenda 2030, la salvación del mundo al impedir el cambio climático, el paraíso de la Renta Básica Universal, el Estado Benefactor, la Doctrina Social, la UE, la ONU, la OMS, el FMI y otras orgas, comparten con absoluta precisión -tanto si se observa la parte activa como la parte supuestamente pasiva – las características y resultantes de una Pirámide de Ponzi.

Del otro lado del espejo, hace falta la contracara. El que cree en la ganancia fácil, en el milagro, en lo que está contra toda lógica. En lo que el curandero financiero le dice sólo a él y al oído, como una fija en un hipódromo. En la ganancia fácil, sin esfuerzo, sin riesgo, sin trabajo, sin suerte siquiera. No se sienta mal. Grandes bancos han comprado ese humo. Grandes gobiernos han terminado pagando las pirámides más caras que las de Egipto, o más bien las pagó la sociedad, todas las veces. Los grandes arquitectos de pirámides nunca van presos. Madoff era un aficionado. (Todo parecido con esa inversión en la que usted piensa ahora mismo con inquietud es pura coincidencia)

A veces ni siquiera empieza como una estafa. El financista-curandero también cree en su infalibilidad, se engaña a sí mismo. Se cree su cuento. Cuando empieza la realidad a golpearlo, se desespera y se transforma en negador, y mientras espera que la martingala o su truco funcione, que se produzca el milagro en el que él también creyó, mantiene erguida la pirámide con préstamos bancarios que usa para pagar dividendos que no existen, para ganar tiempo y reclutar nuevos inversores, para probar maniobras desesperadas que no tienen nunca éxito. Finalmente, el experimento termina igual que todos, y ya no importa si fue una estafa desde el comienzo, o si se fue transformando en una estafa a medida que el milagro no se producía, o que la martingala fallaba. No se sabe siquiera si se trata de ineptitud o delito.

La Pirámide de Ponzi es una estafa del lado del operador, y es un acto de soberbia y arrogancia de parte del estafado. Porque el estafado se entrega mansamente y desprecia la lógica, la experiencia, la historia, la casuística, la evidencia empírica, el conocimiento serio, la prueba científica, aún su propia formación, y prefiere creer que, por fin, esta vez tendrá suerte. Por eso el estafador debe ir preso y el estafado quedar en la ruina. Pero sólo una parte es cierta. El estafado nunca va preso, y el estafado obliga a toda la sociedad a compartir su desgracia y sus pérdidas con él. Basta leer los mil libros sobre el fraude de los subprime de 2008. Y también se verá que el estafado suele insistir empecinadamente en ser engañado, una y otra vez.

Lo que se llama el Gran Reseteo, la Agenda 2030, la igualdad y equidad mundial, la salvación del mundo al impedir el cambio climático, el paraíso de la Renta Básica Universal, el Estado Benefactor, la reivindicación instantánea y abarcativa de todas las percepciones, la rebelión woke, la Doctrina Social, con sucursales en el Pacto de Puebla, el Foro de Sao Paulo, la UE, el partido Demócrata norteamericano de hoy, la UE, la ONU, la OMS, el FMI y otras orgas, todos y cada uno de ellos, o al unísono, comparten con absoluta precisión -tanto si se observa la parte activa como la parte supuestamente pasiva – las características y resultantes de una Pirámide de Ponzi.

Si usted cree en las conspiraciones, puede pensar, si gusta, en una gigantesca y monstruosa estafa piramidal única. En su defecto, si usted cree que se trata de un viraje de la humanidad, o de un cambio de humor colectivo, puede imaginar muchos esquemas piramidales simultáneos y diversos. Después puede pensar, si le quedan ganas, en quiénes son los estafadores y quiénes los estafados, y qué pena o castigo merece cada uno. FTX era otra pirámide de Ponzi, un poco más rebuscada pero igual, cuyo destino estaba escrito en las paredes. ¿Y el bitcoin? -preguntará usted.

Habrá que tomar el duro camino de analizar varios de estos fraudes, tal vez con la secreta esperanza de desenmascarar a los Ponzi contemporáneos, tal vez con la inútil expectativa de salvar a los estafados. Tal vez con el utópico propósito de evitar que la sociedad toda termine pagando con su sacrificio tanto el costo de los abusos de los vivos como el de las imprudencias de los tontos. Será difícil mientras sean protegidos por algún sistema con el alma más negra que ellos.

Tras este introito, que resultaba necesario para comprender el concepto, se puede pasar a analizar las distintas ofertas disponibles globalmente, que supuestamente configuran el plan de felicidad para todos.

Las más sencillas de evaluar son las que tienen relación con la economía. Como la combinación entre Renta Universal y empleo, o desempleo, mundial. Su extensión es el sistema de jubilación justo, que incluye las ventajas de no aportar y ni siquiera trabajar previamente, en muchos casos, cuya sublimación es la sindicalización de piqueteros, como en el medio local, que combina un ingreso sin trabajar, (muchas veces más importante que el de quienes trabajan) unido a una jubilación supuestamente por tan solo reclamar, o por “trabajar”, verbo que en idioma inclusivo significa concurrir a las manifestaciones que se les ordene. Tiene variantes adaptadas a cada país, y formatos algo distintos según el caso, pero el concepto es o será similar: obtener un ingreso, aunque no se contribuya a la producción, aumentar sideralmente el gasto del Estado y del sector privado y llegar a que quien no trabaja termine ganando neto más de lo que ganan los que trabajan. En apretado resumen. Nunca se le ocurrió a Marx decir algo así.

El proteccionismo mundial va en el sentido opuesto de los últimos 50 años, donde la apertura y la libertad comercial bajaron la pobreza espectacularmente. Cuando la pobreza dejó de ser un argumento y una bandera de lucha, se pasó al de la igualdad, que también es una promesa de curandero, otra pirámide ponziana que se derrumbará sola.

¿Cuánto tiempo tardará en estallar esa pirámide de Ponzi? Se llegará a déficits siderales, con la inflación consecuente, o se llegará a niveles de deuda que limitarán el crédito en poco tiempo, o se cobrarán impuestos crecientes a la sociedad. Las dos primeras opciones tienen un efecto casi instantáneo, con lo que se desembocará directamente en la opción de aumentar los impuestos, que serán inexorablemente crecientes porque por un lado serán cada vez menos los que quieran trabajar, y por el otro será menos el empleo disponible, consecuencia del aumento impositivo, (sin contar los costos de juicios y similares, que también crecerán en esta promesa de felicidad laboral) Además, se agrega la idea de cobrar impuestos por el uso de máquinas, robots o tecnología que reemplacen trabajo humano. Eso también garantiza desempleo, encarecimiento de todos los bienes, baja de inversión, desorden social. Un círculo vicioso, una telaraña dinámica hacia adentro, que termina en el ombligo.

Paralelamente, se ha estimulado la idea de combatir la desigualdad. Es sabido que tal cosa es imposible, tanto como combatir la desigualdad en la naturaleza. Pero se persigue ese objetivo, aun a sabiendas de que es imposible. Y lo persiguen los gobiernos y buena parte de los pueblos. Al mismo tiempo, el proteccionismo mundial va en el sentido opuesto de los últimos 50 años, donde la apertura y la libertad comercial bajaron la pobreza espectacularmente, más que en toda la historia. Cuando la pobreza dejó de ser un argumento y una bandera de lucha, se pasó al de la igualdad, que también es una promesa de curandero, otra pirámide ponziana que se derrumbará sola. Pero semejante promesa permite a los gobiernos ofrecer, como Madoff, un futuro deslumbrante. Promesa en que los incautos creen, y creen en el mecanismo que supuestamente logrará la equidad: que el Estado cobre más impuestos a los ricos y los reparta entre los pobres. Tampoco hace falta un derroche de inteligencia para saber que van a ser estafados.

Ambos conceptos se fusionan: “pongamos los impuestos que haga falta a los ricos, para entregarlos vía gastos o reparto directo a los pobres, así reducimos el Coeficiente de Gini”. Si no hubiera tanta población mundial cegada por el resentimiento, se darían cuenta de que esa ecuación dura muy poco. Porque además del robo que implica la aplicación de impuestos para redistribuir la riqueza, ésta se agota muy rápidamente, sobre todo porque también la evidencia empírica dice que al poco tiempo aparecen más necesidades y más desigualdades, que se zanjan con más impuestos, y así hasta el infinito. El perfecto esquema Ponzi: el futuro estafado prefiere creer que el curandero financiero le solucionará mágicamente sus necesidades inacabables, o su resentimiento. Y un día se encuentra con que eso era mentira.  Hay un mundo que sueña con un Coeficiente Gini cero. Olvida que a ese valor se llega solamente cuando todos son ricos, más que una utopía, o cuando todos son pobres, lo que seguramente ocurrirá pronto, a este paso. Ahí se habrá cumplido el objetivo. De Francisco.

Porque todo lo que se intenta vender en el aspecto económico es falso. En una elaborada y nunca probada suposición, el reseteo cree que el productor, el creador de trabajo y riqueza, seguirá produciendo, creando e invirtiendo como si fuera un enfermo compulsivo aunque se le apliquen toda clase de torturas, o se lo someta a las exacciones más terribles, aunque no tenga ganancias, aunque se funda, como en una especie de retroceso a la Fisiocracia, o a un mundo de altruismo donde cada uno se sacrificará por el bien de los demás, o cada hormiga se sacrificará por todo el hormiguero. El voluntarismo de las masas, la desesperada necesidad instantánea de no tener que preocuparse por su sustento, su supervivencia y su bienestar son el requisito esencial para ser estafado. Sobran Ponzis, cualquier político moderno lo es. Y su tarea es buscar, convencer y complacer a futuros estafados. ¿Cuánto tardarán en estallar estas estafas piramidales? ¿Un año, dos?  El problema es que las consecuencias las sufrirá la sociedad mundial, no solamente los que apostaron al fondo mágico de premios nobeles sublimados, los que invirtieron sus votos en crear nuevos Madocks o nuevos Meriwheters. Como históricamente siempre ha ocurrido. Y también, como siempre ha ocurrido, los autores de la estafa no irán presos. Aunque los culpables sean también los estafados, por comprar con sus votos promesas ruinosas.

Este inexorable destino de esquema Ponzi cabe para todas y cada una de las propuestas económico-sociales que se están reclamando y defendiendo: reclamos y promesas de milagros, intervenciones mágicas del Estado que garanticen el bienestar de cada uno, a costa de sacarle su patrimonio a los que más tienen, cuyo camino es una órbita totalmente previsible, que termina siempre estrellándose.

Pero cuando se entra en aspectos más complejos y multidisciplinarios, que también representan el sueño de las masas, el fracaso inevitable es peor, más rápido e imposible de revertir. Piénsese en la idea central de evitar un supuesto inminente fin del mundo por culpa del cambio climático, según la última amenaza. Aun haciendo abstracción de que el clima ha venido cambiando cíclicamente por millones de años, la pretensión de que la humanidad puede provocar el cambio o impedirlo, mueve casi a la sonrisa, si tal creencia no tuviera consecuencias gravísimas en poco tiempo. También mueve al suicido. La afirmación nunca probada (aunque se diga que es una conclusión de “científicos” (¿premios Nobel, de casualidad, como el fondo LTCM?) y de que es urgente resolver el problema ya mismo porque “si no será tarde”, al mejor estilo de Nostradamus, desata una serie de decisiones encadenadas, improvisadas y utópicas, que aplicadas en sucesión anticipan un desastre peor que la quiebra de Lehman Brothers.

Primero se firmaron acuerdos mundiales para no consumir carbón y otros combustibles fósiles, como petróleo y gas. Que luego se volvieron obligatorios. Después se pusieron impuestos al uso de energía para bajar la demanda. Luego se dieron subsidios para paliar el aumento de impuestos, con lo que se provocó el efecto opuesto, es decir se estimuló el consumo, pero por supuesto se mantuvo la carga impositiva adicional. Luego se forzó la sustitución de las industrias supuestamente mortales por nuevas formas de generación de energía, la mayoría de las cuales aún no está ni inventadas ni desarrolladas. Como no está determinado cómo se hará el reciclaje de las monumentales baterías para almacenar energía que requieren los sistemas hasta ahora concebidos para resultar útiles. Aún sin haberse resuelto el almacenaje en gran escala. En ese proceso, también bajo el asesoramiento de gurúes oráculos se condenó a la muerte por obsolescencia a las usinas nucleares y se canceló cualquier nuevo proyecto de construcción, que por definición requiere 4 o 5 años. Ese movimiento dejó a Europa con la yugular energética expuesta ante Rusia y los países productores de petróleo, desde Arabia Saudita a Venezuela, y ante las dos mayores potencias gasíferas, Qatar e Irán. Luego de creada semejante dependencia estratégica, se decidió asociarse a EEUU en las sanciones contra Rusia, aliada de Irán. El resultado hasta ahora es un encarecimiento tremendo de la energía, una hipócrita redefinición del gas como energía verde para que entre en el tratado climático, (infantilismo generalizado) un encarecimiento de la producción que no sólo afecta a Europa sino a la mitad del planeta.

La pretensión de que la humanidad puede provocar el cambio climático o impedirlo, mueve casi a la sonrisa, si tal creencia no tuviera consecuencias gravísimas en poco tiempo. También mueve al suicido. La afirmación nunca probada (aunque se diga que es una conclusión de “científicos” (¿premios Nobel, de casualidad, como el fondo LTCM?) y de que es urgente resolver el problema ya mismo porque “si no será tarde”, al mejor estilo de Nostradamus, desata una serie de decisiones encadenadas, improvisadas y utópicas, que aplicadas en sucesión anticipan un desastre peor que la quiebra de Lehman Brothers.

En el camino, EEUU suavizó su política de veto sobre la producción de armas atómicas en Irán, concedió un salvoconducto al príncipe bin Salman, asesino de Jamal Khashoggi y retrocedió vergonzosamente en su sistemática condena a la dictadura venezolana, mendigando precio y cantidad de petróleo. ¿Cuánto cree el lector que puede tardar en estallar (sic) esta pirámide petrolera? Otra vez, ¿dos años, tres años. Un mundo de frío, de fábricas inútiles, de encarecimiento al vicio, de atraso, de retroceso, del costo de pretender cambiar los sistemas y prácticas antes de inventar su reemplazo. Como si se hubieran quemado las diligencias antes de inventar los trenes.

¿Y quién pagará los costos de desempleo, de atraso, de países enteros pauperizados? La fatal burocracia comete estos errores cuando quiere salvar al mundo, algo que no sólo no es posible, sino que nadie le reclama, aunque ciertamente da un cierto poder enarbolar semejante bandera. Ponzi al mango, dirían los muchachos de la barra. Se terminarán esfumando las culpas y dejando un tendal de pobres, víctimas y muertos. Una variante dickensoniana, más moderna, pero con parecido resultado.

Dentro de la idea de salvar al mundo del meteorito – perdón, de su destrucción por el inminente cambio climático que ocurrirá en algún momento de los próximos milenios, o quien sabe, se podría incluir la sublínea de la agricultura y la ganadería, que también han sido encontradas, o al menos nominadas, como culpables de la emisión de metano que colaborará al fin del mundo, curiosamente en línea con lo que les conviene a los productores agropecuarios europeos y estadounidenses, y también con las inversiones en sustitutos asqueantes de un grupo de iluminados, no de iluminati, como creen algunos. Hace apenas dos siglos la humanidad enfrentaba la hambruna, la muerte de la especie por inanición, la desaparición. Los cálculos de Malthus eran certeros e indisputables. El cambio en la genética, la ingeniería especializada, los sistemas de cultivos y pastoreos, las semillas transgénicas, los fitosanitarios, bastardeados con el incorrecto nombre de agroquímicos, salvaron a la raza humana de un peligro más cierto y más inminente que un cambio climático que se va postergando, renombrando o redireccionando según convenga. (Ahora la inefable Greta sostiene que se equivocó al desprestigiar las centrales nucleares y que su enemigo es el capitalismo). Sin esa revolución, la población mundial sería hoy de menos de tres mil millones, con lo cual se habrían abortado cinco mil millones de personas, lo que tal vez habría hecho felices a muchos Gates.

¿Qué no está dispuesta la masa a conceder por miedo, hambre, odio o necesidad de supervivencia? ¿Qué no está dispuesta a concederle al Estado para que obre de control, repartidor y árbitro de todas las igualdades, las percepciones, las reivindicaciones y los fines del mundo? Esta pirámide dolosa llamada Reseteo tiene una víctima, fatal, irreversible y final: la libertad.

Como nada viene solo, detrás de esa anatemización viene la certificación. Se trata de un mecanismo por el cual los países centrales deben otorgar un certificado de prácticas verdes a países como Argentina, Uruguay o Nueva Zelanda, de que cumplen con sus prácticas prehistóricas de cultivo, o en su defecto no podrán venderle. No hay que hacer muchos cálculos para entender que, con efecto casi inmediato, la hambruna sacudirá a un vasto sector de la población mundial, además de volver a convertir en mendigos a países productores que perderían su fuente principal de ingresos.

Este esquema también hará crisis en breve, con efectos demoledores. Hoy ganan votos y apoyos porque se hacen en nombre de un paraíso terrenal que no existe, pero llegará el castigo antes que el premio, lamentablemente. La hambruna, la miseria y el hambre son prácticamente inevitables. Por supuesto que detrás de algunas de estas ideas está el concepto básico de que sobra población, peligrosa frase que, una vez pronunciada, continúa siempre con más ideas macabras que no necesitan proceder de una única fuente. El odio, el miedo y el resentimiento perfeccionan y potencian cualquier barbaridad, como la historia ha mostrado tantas veces. De este tronco emanan conceptos como el aborto irrestricto, la hormonización, las pandemias prefabricadas química o comunicacionalmente, el odio neofeminista al macho (o a la esperma), la guerra, todos mecanismos que tienden a dos objetivos: uno, fomentar la reducción de la población mundial, dos, aumentar el poder de los gobiernos hasta la dictadura total. ¿Qué no está dispuesta la masa a conceder por miedo, hambre, odio o necesidad de supervivencia? ¿Qué no está dispuesta a concederle al Estado para que obre de control, repartidor y árbitro de todas las igualdades, las percepciones, las reivindicaciones y los fines del mundo?  Porque detrás de todos los esquemas piramidales de Ponzi, está el mayor de todos, la madre de todas las estafas piramidales, la estafa moral, ética, social al ser humano.

Esta pirámide dolosa llamada Reseteo tiene una víctima, fatal, irreversible y final: la libertad. Casi no importa quién es el Ponzi del cuento.

Compartir:

Recomendados