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La nueva religión

Hasta que la posibilidad de discrepar o discernir también sea eliminada por ser pecado, herejía, como la posesión a cargo de algún demonio.

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Se comete un error cuando se analiza o se critica lo que se ha dado en llamar Gran Reseteo, Agenda 2030, Renta básica universal o alguno de sus sinónimos o eufemismos. Se analiza el tema desde el ángulo económico, o político o sociológico, cuando para ser justos habría que encuadrarlo en lo que realmente es: una nueva religión. Se está claramente en presencia de un dogma de fe, de una mezcla de promesa redentora y esperanza, de aspiración y milagro, que ocurrirá en algún momento más adelante, ni importa lo utópico o inviable que parezca, ni importan los razonamientos, ni el nivel de conocimiento o educación de los creyentes.

Por eso es tan difícil debatir con sus profesantes. Como lo es debatir o discutir la fe. Por eso nadie será convencido con ningún argumento, como ocurre con cualquier creyente. Este no es el único símil. Las medidas propuestas o en aplicación  para llegar al paraíso terrenal de esa fe que se han aplicado hasta ahora no solamente han dado un resultado opuesto al esperado, sino que han producido descalabros en todos los mercados en que se aplicaron, como una inaudita inflación (producto del milagro de la emisión supuestamente sin efectos, fruto de la prédica de varios años de los doctores de la nueva iglesia, la Teoría Monetaria Moderna, destrozada por la economía clásica y por la evidencia empírica, pero que simboliza más que ninguna otra el concepto de transformar el agua en vino, o de multiplicar los peces y los panes.

Las religiones, o sus gestores, han influido, gobernado y cambiado la vida de las sociedades, han justificado guerras y odios, y no se han basado ni en la evidencia empírica ni en ninguna teoría universitaria ni siquiera técnica. Este Reseteo universal tiene iguales características.

También se ha producido huida de los inversores y emprendedores o sea creadores de trabajo, en aquellos países donde se aumentó la exacción impositiva, con lo que ha desaparecido el empleo. Ese efecto también se niega, pero no en base a ninguna evidencia, sino repitiendo algún oscuro evangelio no impreso en ninguna tabla que predica la bondad del método. Cuando se enfrenta a los autores del estropicio la reacción es idéntica a las de todas las religiones. Se culpa a las pestes o a las plagas, a las acciones pecaminosas de la gente, o simplemente se recurre a frases como la de Christine Lagarde: “no se de dónde vino la inflación”, lo que evidentemente se atribuye a la acción vengativa de alguna deidad. La historia está llena de ejemplos de creencias que ahora se observan hasta con una sonrisa de desprecio o de espanto, como el relato de Agamenón, aquel rey castigado por la diosa Artemisa, que lo condenó a matar a su hija Ifigenia para devolverle el viento que movería sus navíos para acudir en ayuda de su hermano, involuntario cuckold. La religión se ha mezclado con la política y la ha influido a veces, y le ha competido en otras. Resultan hoy ridículos los rezos y sacrificios de los indios americanos a Manitú para que lloviera, o los oráculos, pero también lo son las terribles cruzadas, como define Borges, o los papas que coronaban, convalidaban y bendecían reyes. (Todo poder viene de Dios, era la frase favorita de los dictadores monárquicos)

Se puede seguir desde siempre y para siempre. Recordar los niños ofrendados en sacrificio a los dioses por los aztecas, que describiera Salvador de Madariaga en el Corazón de piedra verde, o las mujeres lapidadas del Antiguo y Nuevo testamento, o el dios transportado en un arca por los judíos que les dictaba normas de higiene y de vida, (sin octógonos negros, claro) o los Evangelios reescritos por la Iglesia Católica 300 años después de su autoría, o el poder concedido por el Corán a los imanes de ejecutar una justicia directa sin esperar ningún juicio final. Da lo mismo. Las religiones, o sus gestores, han influido, gobernado y cambiado la vida de las sociedades, muchas veces han impuesto razones que son sinrazones, han justificado guerras y odios, y no se han basado ni en la evidencia empírica ni en ninguna teoría universitaria ni siquiera técnica. 

Este Reseteo universal tiene iguales características. Obra como un edén prometido, ignorando las consecuencias, negándolas, simplemente descartándolas. Negando la historia, la experiencia, los datos, las pruebas. Simplemente creyendo en el milagro. Por eso resulta inútil y hasta irrelevante cualquier discusión o debate técnico o científico. O serio. Por supuesto tiene amenazas, miedos y castigos divinos contenidos. Plagas, pandemias, fines del mundo, destrucción universal. Tiene profetas como Greta Thunberg, que cambia de infierno cada tanto y pasa de clamar en el desierto contra el calentamiento global hasta que alguien le advierte que la tierra se está enfriando, y entonces abraza la teoría del cambio climático y mata de frío y de impuestos a las sociedades, hasta que alguien le vuelve a advertir que se pasó de rosca y entonces rescata la energía atómica que condenó y paralizó años antes, cuando ya es tarde, para luego terminar transformándose en predicadora contra el capitalismo, el demonio de turno al que iban destinados todos los berrinches anteriores, por elevación, aunque ella no lo sabía.  

También la nueva religión tiene apóstoles que gritan “¡arrepentíos!” como los que desde la OMS transforman en plaga del fin del mundo las enfermedades y siembran confusión y terror, o justifican todas las catástrofes creadas por la inoperancia, la ignorancia o la maldad en designios divinos inescrutables para probar, glorificar o castigar y martirizar a los humanos, como a Moisés, a Cristo o a Prometeo, no importa.

También la nueva religión tiene apóstoles que gritan “¡arrepentíos!” como los que, desde la OMS, transforman en plaga del fin del mundo las enfermedades y siembran confusión y terror, o justifican todas las catástrofes creadas por la inoperancia, la ignorancia o la maldad en designios divinos inescrutables.

Este invento del Reseteo es tratado como un dogma, o en el peor de los casos como un milagro. No se admite ninguna discrepancia por seria y probada que fuera, ni se dan explicaciones tampoco. Esto ocurrirá sí o sí. Porque así está escrito. Como toda religión, la recompensa viene después. Después de la muerte, o después de una plausible excusa o acusación generalizada, que siempre tendrá por protagonista a algún Satanás. Cuando fracasa, como están fracasando todas las prácticas curanderiles que se están aplicando, será culpa del pecado, o de las fuerzas del mal, (en este caso los ricos, o sea usted) o de la poca fe, y se correrá la meta unos kilómetros más adelante, o se matarán más gallinas para que la macumba sea más efectiva.

El reclamo de Marx por el derecho a la plusvalía de los proletarios del mundo dejó de tener vigencia tan pronto se advirtió que la tal plusvalía estaba desapareciendo y la inteligencia artificial, o la inteligencia humana la habían tornado cercana a cero. Entonces el salario, que supuestamente compensaba ese agregado de valor, se transformó en derecho humano. En conquista. En reclamo. En subsidio. En limosna. La prédica se modificó para complacer gentiles pedidos. Los trabajadores dejaron de ser los explotados y pasaron a ser los explotadores de las sociedades. Otro principio de la nueva religión. “No podemos permitir que los trabajadores queden desamparados, entonces, dejamos desamparada a la sociedad”. Y se inventó la Renta Universal, que es el sinónimo del impuesto y la confiscación.

Cualquiera sabe que por ese camino se llega a la miseria general. Pero los nuevos sacerdotes no quieren escuchar argumentos. Al contrario, lapidan con las cancelaciones que controlan a quienes traten de mostrar un camino de racionalidad y los sepultan bajo el grito de “¡ateos! O de culpables de la pobreza, que es lo mismo. Se yerguen contra el pecado de la racionalidad y la evidencia empírica, y aumentan la miseria o el hambre, como está ocurriendo, fenómenos que reciclan para argumentar que aumentando la fe en el reseteo se eliminarán los efectos de ese propio reseteo, pese a las advertencias que han desechado con sorna y escarnio al grito de “herejía”, o “sea anatema”. Las hogueras estilo

Juana de Arco se encienden a diario para incinerar a cualquier bruja que ose desafiar con el uso de su raciocinio el milagro de la igualdad, que ha pasado a ser la nueva tierra prometida.

Como Imanes empoderados, jueces y sancionadores de pecados, lanzan fatwas sobre quienquiera desafíe sus cancelaciones, misterios y promesas de gloria, adjetivan y descalifican como asesinos a quienes no crean en sus pandemias y encierren a todos sus ciudadanos, los persigan, inoculen y aterroricen, mientras piensan e inventan nuevos miedos, nuevos infiernos, nuevas condenas. Inventores de pecado, prohíben comer carne de vaca o cerdo, o cualquier otra cosa, en nombre de la salud, de la vida eterna o de la felicidad, no importa, y también se ocupan de atacar y castigar a quienes no obedecen y mansamente, como corresponde, comen gusanos o algún invento que de paso es un negocio, o exponen como pecados capitales con octógonos negros, como estrellas de David pintadas en las paredes a quienes producen y se atreven a consumir lo que no está permitido por la Ley Sagrada.

El salario, que supuestamente compensaba el agregado de valor, se transformó en derecho humano. En conquista. En reclamo. En subsidio. En limosna. Los trabajadores dejaron de ser los explotados y pasaron a ser los explotadores de las sociedades. Otro principio de la nueva religión. “No podemos permitir que los trabajadores queden desamparados, entonces, dejamos desamparada a la sociedad”.

Como los antiguos hechiceros de la tribu, empiezan desafiando al sistema de poder establecido y en nombre de algún ser superior, o del bienestar general, o de la lucha contra la pobreza, o de la igualdad, de la vida eterna o de la lluvia terminan influyéndolo, reduciéndolo, minimizándolo, hasta reemplazándolo si no obedece el mandato. Poderes que primero ayudaron a corromper, si no estaban ya corruptos por cuenta propia, justamente aprovechando el miedo al castigo que toda corrupción conlleva.

Los modernos Torquemadas pueden tener cualquier nombre. Guterres, Ghebreyesus, Gates, Georgieva, Von der Leyen, Lagarde, Francisco, Ocasio, Harris, Pelosi, Sanders y actúan coordinadamente o no, espontáneamente o no, ideológicamente o no, casi no importa. La prédica, las demandas, las decisiones y el camino es el mismo. La diferencia es que, en esta religión, los predicadores, los sumos sacerdotes, los inquisidores, los evangelistas, son millonarios y los fieles son pobres ilusos, finalmente mártires esclavos. No hay quién eche del templo a los mercaderes.

Nunca se sabrá, porque cualquier estudio sobre los orígenes de este embate se sepultará bajo todo tipo de acusaciones y descalificaciones, si esta nueva fe tiene origen en los pueblos que obligaron a sus dirigentes a inventarla, o si sus dirigentes sectarios acostumbraron y convencieron a un pueblo reducido al servilismo feudal, al miedo a enfrentar la vida y a la inseguridad personal para que se convirtiera a ella. Es cierto que nunca se supo eso en ningún caso, desde la prehistoria hasta aquí. Eppur si muove, dirá algún delirante. Y será torturado con alguna clase de cancelación o será envenenado, es lo mismo. No importa la calidad de los argumentos, ni la realidad, ni la evidencia empírica. Todo se rebate con la fe, se deja de lado en nombre de la fe, se niega en nombre de esa fe.

Por eso tampoco importan los resultados. Si la consecuencia, como es fácil comprenderlo en términos de la acción humana, es la pobreza y la hambruna universal, pues esa será la felicidad y la alegría, como predica la inefable Cristina Kirchner, una sacerdotisa local adherida al credo por conveniencia. La acción humana ha sido reemplazada por la acción de un nuevo dios, por la democracia de masas que libera siempre a Barrabás, y si en última instancia ninguna de las promesas de gloria eterna se cumpliera, ¿Qué importancia tendría si eso ocurriría después? ¿Qué importa del después? diría Expósito, uno de los grandes Homeros telúricos.

Si con esta excusa se pueden derrumbar de un plumazo la racionalidad económica y social, la libertad, el espíritu humano, la grandeza y el afán de lucha, ¿qué puede importarle eso a los nuevos sacerdotes altamente pagos de la nueva religión? De toda manera, cualquier reclamo posterior será tardío.

Esta situación parte de un tajo a todas las sociedades, entre los que no tienen más remedio que creer y los que necesitan alguna base de racionalidad en sus vidas. Por ahora en secciones parecidas, en mitades. Hasta que la posibilidad de discrepar o discernir también sea eliminada por ser pecado, herejía, o sea anatemizada como la posesión a cargo de algún demonio. Hasta que pensar sea el primer pecado capital, un pecado de soberbia y rebelión. Hasta que la molesta tarea de elegir gobernantes sea reemplazada, sin que se advierta, por alguna orden sagrada, o algún dogma inapelable.

La acción humana ha sido reemplazada por la acción de un nuevo dios, por la democracia de masas que libera siempre a Barrabás, y si en última instancia ninguna de las promesas de gloria eterna se cumpliera, ¿Qué importancia tendría si eso ocurriría después? ¿Qué importa del después?

Cuenta la leyenda que alguna vez un burócrata chupamedias le dijo a Napoleón: “su majestad imperial es tan grande y tan influyente que deberíamos crear una religión en torno a esas virtudes. Napoleón, que era ególatra pero no estúpido le respondió: “buenísima idea, consígame alguien que esté dispuesto a morir en la cruz por ella y vamos”. – Debió agregar “alguien que, además, pueda resucitar”, por una cuestión de eficiencia.

Los avances de la ciencia, de los negocios, del miedo natural y sembrado, del poder por el poder mismo, de las redes, de las fake news, de la propaganda rentada, de la pequeñez humana, han logrado crear una religión infalible, y hasta se ha conseguido eliminar científicamente la necesidad de que alguien muera en la cruz y resucite para servir de guía. Como diría Borges, con el tiempo la religión y sus promesas de gloria eterna se fueron olvidando y quedó solamente la sumisión y la miseria.

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