Política

El voto democrático: irracionalidad racional

Las creencias se sobreponen a la razón, dando lugar a que los individuos tomen decisiones que satisfagan tales preferencias, incluyendo las decisiones electivas (el voto).

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Luego de las votaciones en Colombia, Chile o Brasil, y por supuesto, en la misma Argentina, se escucharon voces de cansancio, de desengaño, de angustia, porque “el pueblo no sabe votar” (o alguna variación de la misma idea).

El trasfondo de ese estado de ánimo es una visión idílica del proceso eleccionario en un contexto democrático. Partiendo de la base de que la democracia es el sistema político por excelencia y que la elección en la que concurren sin restricciones todos los ciudadanos es la mejor forma de participación, aquellas voces se angustiaban porque los resultados de tales elecciones llevaban al poder a partidos y políticos que implementarían medidas nefastas, erróneas, ampliamente probadas como fracasadas. Por poner un ejemplo: dentro de la plataforma de Boric, en Chile, ya se enunciaba su futuro ataque a las administradoras de fondos de pensión; pese a que cualquier chileno podía conocer el resultado de esa política aplicada en Argentina, igualmente gana Boric y, en las horas mientras se escriben estas líneas, arremete contra tales administradoras. Por qué, se preguntan aquellas voces decepcionadas, la gente vota mal?

Al votar, los individuos enfrentan una función de utilidad de dos argumentos: la prosperidad personal devenida de las políticas que apliquen los políticos que salgan electos, y la lealtad a sus creencias preferidas.

Milton Friedman, en su ensayo sobre el capitalismo y la libertad, plantea la paradoja democrática: es un sistema político que, en teoría, frena la aplicación de políticas socialmente perniciosas, y que, sin embargo, las adopta y aplica. Frente a esa paradoja, surgen distintas respuestas posibles por parte de defensores del sistema democrático:

  • *Los electores hacen lo que pueden, buscan votar al que les parece el mejor, pero tienen información limitada, llegando a desconocer a quiénes efectivamente eligen, por lo cual éstos tienen incentivos para no responder a los intereses de sus electores.
  • *Los elegidos son, mayormente, profesionales de la política, por lo cual saben cómo sobrevivir a eventuales situaciones de ruptura entre ellos y sus votantes, ante lo cual prefieren mantenerse fieles, en cambio, a los grupos de presión que influyen en las decisiones de políticas que luego toman.
  • *Los electores no se equivocan, puesto que eligen lo mejor para la sociedad, pero los elegidos los traicionan, o bien aplican medidas equivocadas.
  • *En democracia, efectivamente, se generan problemas de desconexión entre electores y elegidos, pero son problemas subsanables según el principio de que “los problemas de la democracia se corrigen con más democracia”.

Politólogos y economistas vienen debatiendo desde hace más de medio siglo la cuestión de, precisamente, esos problemas que se detectan en el funcionamiento del sistema democrático a nivel de los efectos que generan en la vida social y económica concreta, las medidas de políticas dictadas por funcionarios elegidos por la mayoría de la población electora. Así, se perfilan tres grandes conjuntos explicativos:

  • *La democracia funciona, con errores pero funciona, porque finalmente permite que se concrete aquello que los votantes desean y por lo cual eligen a los ganadores.
  • *La democracia falla porque los elegidos no cumplen con sus promesas y no realizan, por consiguiente, lo que los votantes que los eligieron desean que se haga.
  • *La democracia falla, generando un conjunto de políticas nefasta para el desenvolvimiento de la vida social y económica de la sociedad, precisamente porque los elegidos hacen lo que desea la mayoría de los electores.

La tercera perspectiva, ampliamente desarrollada por Bryan Caplan es la que parece ser, a la luz de los resultados electorales recientes en América Latina, la más interesante de conocer y analizar.

Las visiones optimistas del funcionamiento democrático (las de “los problemas de la democracia se solucionan con más democracia”) reconocen que los electores cometen errores en las decisiones de votación que toman, pero sostienen que tales errores son aleatorios, es decir, no sistemáticos. Así, puestos a elegir entre A y B, cada elector podrá optar por una u otra opción la mitad de las veces, más allá de si A es pésima y B es menos mala. El supuesto de fondo es que el 100% de los electores actúan plenamente sin información y sin juicio racional. Sin embargo, no todos los electores actúan irracionalmente; una ínfima parte puede tener información, evaluar, realizar un juicio racional y votar conscientemente por lo que considera la mejor alternativa (B, en el ejemplo).

El elector no se interroga críticamente sobre sus convicciones; no se pregunta si son efectivas para promover el interés general. Solamente tiene certeza (o fe) en que sus convicciones son las correctas.

En tanto esto, el resultado de una elección democrática estaría definido por la votación de esa ínfima porción del electorado que vota racionalmente, en tanto que el resto lo haría al azar. Así, captando el apego de esa minoría, se obtendría el triunfo. Sería lo que Surowiecki llama el “milagro de la agregación”, en el cual, dado que la mayoría de electores distribuye al 50% sus opciones de elección entre A y B, lo que vota la minoría es la que define el triunfo de una sobre otra. De esta manera, los elegibles buscan esbozar propuestas políticas que agraden a la minoría informada y racional, de modo de captar sus votos, lo cual redunda -dado que la validez del voto del ignorante irracional es igual a la del informado racional- en que se produce una alquimia democrática: en un compuesto de electores mayormente irracionales, una ínfima parte de electores racionales definen un resultado, dando lugar a que ese resultado tenga el brillo y la preminencia del mismo modo que si hubiese emanado de un 100% de votos informados y racionales.

Esta visión analítica de la democracia (o mejor dicho, de los efectos prácticos de las políticas democráticas), sustentada en la agregación y en la aleatoriedad del error en los electores, no se condice con la realidad. Esos errores no son aleatorios sino sistemáticos, tal como demostró en innumerable cantidad de experimentos la psicología cognitiva: el hombre (más allá de su condición de elector) posee una mediocre capacidad de apreciación en muchas cuestiones (la política y la economía no son excepciones), equivocándose sistemáticamente.

En el accionar político democrático actual, la concepción y el manejo de la cuestión económica es central, definiendo las condiciones de desenvolvimiento de la vida y la proyección individual y social. Por lo tanto, es un buen campo para analizar la existencia de esos errores sistemáticos.

El político exitoso es aquel que percibe lo que el electorado siente, independientemente de lo que proclamen los hechos y su propio análisis racional; su principio rector no es la eficacia, ni la justicia, sino la capacidad de ser elegido. Sintonizar, entonces, con las convicciones preferidas de los electores es fundamental, como también lo es poder captar el estado de ánimo social.

Por supuesto, cada sociedad detenta perfiles propios, especificidad que delimitan sus rasgos identitarios a nivel de sus ideas económicas, las cuales se expresan en las propuestas que aprueban o rechazan al momento de la votación. Considerando a la sociedad estadounidense, pero perfectamente aplicable al caso argentino, Caplan identifica cuatro errores sistemáticos (sesgos) que se verifican en el seno de la sociedad:

  • *El sesgo antimercado: los electores no comprenden (ni les interesa hacerlo) el papel del mercado en la armonización de los intereses individuales y el bienestar general.
  • *El sesgo antiextranjero: del mismo modo, los electores no comprenden (ni les interesa lograrlo) las ventajas que se derivan del libre comercio, y en particular, del comercio libre con el exterior.
  • *sesgo de la creación de empleo: los electores no comprenden (ni quieren hacerlo) que la prosperidad económica y social deviene, fundamentalmente, del nivel de actividad, no primordialmente del nivel de ocupación.
  • *El sesgo pesimista: los electores consideran (y no quieren verlo de otra manera) que el devenir económico es y será negativo.

Cualquiera de los cuatro sesgos mencionados es fácilmente identificable en el discurso social argentino, y algunos de ellos de manera exacerbada (la desconfianza hacia el poder armonizador del mercado o hacia las ventajas del libre comercio).

La persistencia de esos sesgos embebe la acción de los electores en tanto tales, imbuyendo a los elegidos de una tendencia a elaborar propuestas y a aplicar políticas acordes a las premisas derivadas de tales sesgos.

De dónde provienen estos sesgos? No se originan solamente, como sostienen muchos defensores de la democracia per se, en carencias informativas: si fuese así, bastaría con generar un abundante, claro y didáctico flujo de información en temáticas económicas claves para que la gente comprenda la posición errónea que defiende, la revierta y vote, en consecuencia, informada y racionalmente. Esos sesgos se originan porque la capacidad racional del individuo se ve jaqueada por el papel de sus sentimientos e ideologías.

Esas convicciones sentimentales/ideológicas son uno de los elementos con que cuenta el individuo para generarse una estructura de creencias que le permita hacer frente a la incertidumbre del mundo. Así, a diferencia de la concepción económica clásica, esas convicciones no son un medio para alcanzar un fin, sino que son un fin en sí mismo.

El individuo -en este caso, el elector- se aferra a determinadas convicciones para hacer frente al mundo, priorizando algunas por sobre otras. La convicciones priorizadas constituyen el sistema de “creencias preferidas”, las cuales conforman los mecanismos de limitación de su racionalidad. Así, esas creencias se sobreponen a la razón, dando lugar a que los individuos tomen decisiones que satisfagan tales preferencias, incluyendo las decisiones electivas (el voto).

Ya Locke sostenía que el “entusiasmo” por determinadas convicciones conlleva un límite para la capacidad de razonar, en tanto que, decía, el entusiasmo implica apegarse a determinadas ideas basadas en argumentos emocionales y no en juicios racionales. Al enfrentar al mundo desconsolador, incierto y sin sentido, que se desenvuelve siempre para peor (sesgo pesimista, por ejemplo), el individuo se aferra a convicciones a las que defiende más allá de la evidencia, a fin de que nada perturbe la comodidad que le brindan tales convicciones, las cuales, además, se amoldan a sus modos de vida y a sus propósitos.

Ese apego férreo a dichas convicciones, a sus creencias preferidas, por los motivos mencionados, condiciona su accionar electoral.

Al votar, los individuos enfrentan una función de utilidad de dos argumentos: la prosperidad personal devenida de las políticas que apliquen los políticos que salgan electos, y la lealtad a sus creencias preferidas. El costo económico derivado de dicha función es tanto lo que renuncia explícitamente a hacer el votante como lo que hace implícitamente; apostar por un voto que conduzca, eventualmente, a mejoras materiales de su situación objetiva, o abroquelarse en un voto ideológico que resguarde sus convicciones.

Ese mantenimiento de las convicciones tiene una explicación sencilla en el contexto de la votación democrática: porque el precio de la lealtad ideológica es cercano a cero.

Tal como demuestra Caplan en sus numerosos trabajos, no hay una relación directa y estrecha entre interés material propio y orientación del voto. Al contrario, los estudios ad hoc señalan que se vota según convicciones que favorezcan determinadas políticas que se perciben como beneficiosas para el interés general. La clave está en la palabra “perciben”: es decir, el voto es guiado por una acción humana de nivel previo a “entender” o “razonar”. El elector no se interroga críticamente sobre sus convicciones; no se pregunta si son efectivas para promover el interés general. Solamente tiene certeza (o fe) en que sus convicciones son las correctas.

Ese convencimiento no deriva solo de la falta de información, como se mencionó antes, sino que es un convencimiento activo: una adhesión sentimental, afianzada en sesgos motivacionales. Al aferrarse el individuo a opiniones por las que se siente aprecio, refuerza su sensación subjetiva de bienestar. La irracionalidad (no en el sentido estricto de las expectativas racionales de los estudios económicos clásicos) lleva a cometer errores, al actuar el individuo impulsado por emociones, que son el sustrato de sus convicciones. Pero se trata de una irracionalidad racional, elegida.

Si se quiere abordar esta cuestión del comportamiento irracional en términos económicos clásicos, se deben considerar las preferencias y los precios que se pagan por su defensa. Un ejemplo clarificará esto: un elector convencido de la importancia de tener una industria nacional protegida, que genere empleo y que contribuya a la utopía de “vivir con lo nuestro”, deberá pagar el precio de consumir productos poco variados, de mediocre calidad y a un valor mayor que los importados que, además, no pueden entrar al mercado nacional. Cuanto más alto sea el precio a pagar por defender dichas convicciones, menor preferencia tendrá por las mismas. Sin embargo, si renuncia a esas convicciones preferidas, su sensación de bienestar subjetivo comenzará a resquebrajarse. ¿Qué sucede, entonces? Se mantiene firme en sus convicciones.

Ese mantenimiento de las convicciones tiene una explicación sencilla en el contexto de la votación democrática: porque el precio de la lealtad ideológica es cercano a cero.

Dado que un voto tiene una extremadamente baja probabilidad de afectar un resultado eleccionario, el elector optimiza el uso de sus recursos para mantener su sensación de bienestar, optando por votar según sus convicciones, más allá de los efectos que puede generar su voto. Un voto, se dice el individuo, no cambia el resultado general, así que si gana la opción opuesta a la suya, el haberse mantenido firme en su convicción, termina reforzándola; y si gana su opción, se refuerza la convicción por la que votó. La suma de electores que actúan de esta forma, facilita que a través de la votación democrática la sociedad sacie su hambre de ilusiones políticas y asuma -y entronice- cualquier propuesta que la haga sentirse bien.

Las externalidades negativas del voto son irrelevantes para el individuo, por lo que se acumulan socialmente, agigantando sus consecuencias.

Por supuesto, el comportamiento irracional en la acción electiva no es equiparable al comportamiento irracional en la acción económica individual. En esta última, el individuo que actúa de es modo, paga directamente sus consecuencias. En cambio, el voto democrático genera externalidades: cada voto genera consecuencia en terceros. Y el costo de esa externalidad lo afrontan, precisamente esos terceros, diluyéndose el costo para el votante. En tanto esto, dado el bajo precio que debe pagar, el elector no tiene incentivos para informarse, para hacer juicios racionales, para limitar sus emociones y someter a la crítica a sus convicciones. La suma de votantes que actúan “egoístamente” de ese modo (racionalmente irracionales), aseguran que los resultados de la elección democrática sean negativos: garbage in, garbage out.

Las externalidades negativas del voto son irrelevantes para el individuo, por lo que se acumulan socialmente, agigantando sus consecuencias.

Ahora bien, si esta estructura de creencias mueve el voto de los electores, cómo repercute en el accionar pre y post electivo de los potenciales elegidos?

Los individuos que pueden ser elegidos en una votación habrán hecho con anterioridad a la misma todo lo posible para agradar a sus potenciales electores. Básicamente, habrán expresado intenciones concordantes con las convicciones de aquellos, a fin de ganarse su voto. En tanto esto, si los electores actúan como un conjunto homogéneo que se guía por convicciones que no son sometidas a pruebas, el resultado de las políticas que apliquen los elegidos, tributarias de aquellas convicciones, será acorde a los sesgos que tengan las mismas. Los individuos elegibles (los políticos) tienen muchos incentivos para hacer lo que es popular, lo que les puede retribuir en votos, y pocos -o ninguno- para presentar resultados de lo que efectivamente se hace y de las consecuencias de ese hacer.

De este modo, el político que quiere afirmarse en el seno de la voluntad de su potencial elector, se mueve en función de las encuestas de opinión que relevan el estado de las convicciones de los electores. Y hacer eso es plenamente racional en este contexto: si no lo hiciera así, otro competidor lo hará y se ganará el favor de los electores.

Tal como señaló el clásico Gustave Le Bon: “Las masas nunca estuvieron sedientas de verdades (…). Quienquiera que sea capaz de proveerlas de ilusiones será fácilmente su amo (…)”.

Aún cuando resulte claro que la dinámica económica y financiera del Estado argentino es insostenible, que su reforma estructural es ineludible, y que las consecuencias sociales y económicas de tal reforma serán dramáticas pero inevitables, ningún aspirante a ganar un cargo público por votación democrática afirmará tal cosa abierta y directamente. Hacerlo es considerado un suicidio político. La búsqueda de ganarse y mantener el favor del elector hace que el potencial elegido reafirme las convicciones de aquel (tal como quedó plasmado en noviembre de 2015, por ejemplo, en el discurso de Costa Salguero, donde Mauricio Macri levanta las banderas de las empresas públicas nacionales, como YPF o Aerolíneas Argentinas, a fin de ganar el potencial voto de un sector de los electores).

Esa búsqueda de ganarse el favor del elector potencial, reafirmando las convicciones preferidas de éste, es demagogia. No es falta de sinceridad, como habitualmente se la entiende, sino una estrategia de captación y mantenimiento de votos. La demagogia (entendida así) es una condición natural de la democracia.

El sentido que tomará esa acción demagógica dependerá, claro está, de la configuración del sistema de creencias preferidas de los electores, de su estructura de emociones -tradicionales o coyunturales-, y de los sesgos que orienten su accionar. Así, el elegido hará, básicamente, lo que quieren los electores (lo cual, a su vez, fue reforzado o moldeado, a lo largo del tiempo, por el accionar de la interacción entre otros elegidos y otros electores).

Esa búsqueda de ganarse el favor del elector potencial, reafirmando las convicciones preferidas de éste, es demagogia. No es falta de sinceridad, como habitualmente se la entiende, sino una estrategia de captación y mantenimiento de votos. La demagogia (entendida así) es una condición natural de la democracia.

Tal como señaló Alan Blinder, el político exitoso es aquel que percibe de modo instintivo lo que el electorado siente, independientemente de lo que proclamen los hechos y su propio análisis racional; el principio rector de esos políticos no es la eficacia, ni la justicia, sino la capacidad de ser elegidos o reelegidos. Sintonizar, entonces, con las convicciones preferidas de los electores es fundamental, como también lo es poder captar el estado de ánimo social.

A inicios de la década de 1950, durante un mitin político, un partidario del gobernador Adlai Stevenson le grita: “Gobernador, todas las personas razonables estamos con usted.” A lo que Stevenson responde: “No es suficiente, necesito tener mayoría”…

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