Política

¡Todos contra el Reino Unido! ¿O contra el capitalismo?

La Unión Europea, en Occidente, fue la pionera de esas ideas, con su Estado de Bienestar, que por un tiempo, sólo por un tiempo, hizo creer que se podía ser simultáneamente capitalista y socialista, otra mentira que ha llegado a su fin.

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Publicaciones tan famosas como The Economist, The New York Times o Bloomberg, (famosas, no prestigiosas) cayeron como rayos de Zeus sobre el Reino Unido, su Prime Minister Liz Truss y su Chancelor of the Exchequer, Kwasi Kwarteng. A ellos se unieron fulmíneas y amenazantes declaraciones de la führerin de la Unión Europea, Ursula Gertrud von der Leyen, el FMI, el BCU y otros entes burocráticos supranacionales (también famosos, no prestigiosos). Hasta Wall Street, que tampoco es una academia, ni un cartabón, ni un think tank, exactamente, especuló contra la Libra y contra los papeles británicos. Inmediatamente esa avalancha de declaraciones, amenazas y descalificaciones fue tomada y potenciada como una señal del derrumbe del eximperio.

¿Dónde se origina este ataque manifiestamente coordinado? En dos declaraciones separadas – seguramente apresuradas y parcializadas – de la primera ministra y el chancelor que, por un lado, anunciaron que, en su mini-plan económico, preveían la eliminación del tramo más alto de la escala del impuesto a las ganancias de las empresas, junto a la suspensión de aumentos específicos impositivos. Coincidentemente, también en esos días se anunció que UK subsidiaría a consumidores y empresas el aumento en la factura de energía, lo que implicaría en el futuro inmediato un costo de 60.000 millones de Libras. Por supuesto, la comunicación demasiado simplificada de la combinación de una baja de impuestos con un aumento de los gastos como únicos parámetros aislados, tomadas sin exponer ni sopesar el plan integral, suponía una audacia británica, rayana en la irresponsabilidad, que sirvió para embanderar a los críticos y hasta para dar pie a las amenazas de sanciones e intervenciones de una autocracia internacional a la que cualquier excusa le viene bien para sacudir su látigo ejemplificador y aplicar un correctivo (dicho con toda ironía).

Todo el sistema financiero está sobreendeudado a un extremo cercano a la estafa, y que en consecuencia todas las empresas y aún las naciones están bailando al borde de la quiebra o del default.

Esta columna no intentará defender a los flamantes funcionarios británicos, que no escapan a la mediocridad global, ni tampoco obviar su precariedad de formación técnica, también característica universal. En cambio, intentará clarificar algunas concepciones e ideas que han quedado olvidadas o sumergidas por esta auténtica operación de sanción coordinada. Empezando por algunas relaciones y cuestiones de contexto, que resulta imprescindible tomar en cuenta para tener un cuadro más completo de referencia política y económica, a fin de no simplificar ni caer en trampas o discursos efectistas. Lo primero a recordar es que el sistema capitalista se basa en la toma de riesgos, tanto de las personas, como de las empresas, como de los Estados. Y cuando los analistas más clásicos de la economía claman por la baja de impuestos, lo hacen suponiendo que esa medida, junto a la seguridad jurídica, a la competencia y al greed, o sea a la ambición, más el complemento de una buena infraestructura en el sentido amplio, atraerá la inversión y provocará mayor empleo, riqueza y bienestar vía el comercio internacional. Eso ha quedado demostrado por la evidencia empírica miles de veces, sin apelación que no sea posverdad pura. Todo lo opuesto a lo que cualquier político burócrata gobernante del mundo desea.

Para continuar el análisis debe insistirse en que todo el sistema financiero está sobreendeudado a un extremo cercano a la estafa, y que en consecuencia todas las empresas y aún las naciones están bailando al borde de la quiebra o del default. Para expresarlo de otro modo, la moneda mundial y las monedas mundiales están devaluadas hasta la disneylización, (Recordar el billete de Mickey Mouse de la vieja época del Mundo Mágico californiano) con lo que no sólo los inversores otrora admirados prestidigitadores están asustados al ver cómo se pulveriza lo que hasta hace pocos instantes era su fortuna y el símbolo de su inteligencia y exitosa habilidad financiera y ahora resulta una galáctica pirámide ponziana. También están asustados los países, aún los centrales, que no saben cómo seguir, y que sólo atinan a coordinar proteccionismos y maniobras destinadas a demorar lo máximo posible la confirmación de la farsa. En otra nota se podrían explicar las causas, nunca decentes ni honestas, que motivan esta situación, pero que se basan en la necesidad de los políticos de hacerle creer a sus votantes que son capaces de cambiar su destino, o de evitar una recesión, o de evitar el esfuerzo del ahorro, el riesgo, el trabajo, el estudio y el riesgo o de ahorrarles el esfuerzo y el dolor de pensar, como decía Tocqueville. Secundados por la Fatal Arrogancia, como decía Hayek.

La Unión Europea, en Occidente, fue la pionera de esas ideas, con su Estado de Bienestar, que por un tiempo, sólo por un tiempo, hizo creer que se podía ser simultáneamente capitalista y socialista, otra mentira que ha llegado a su fin, pero que primero tuvo que pasar por la etapa de intervencionismo estatal, magia financiera y planificación central salvadora de la cárcel hasta el sinceramiento de hoy.

Con ese telón de fondo debe analizarse no ya la pandemia, que de por sí merecería una biblioteca de tratados sobre la gestación de las tiranías, sino el festival financiero que significó la emisión mundial para pagar los subsidios motivados por el primer leprosario de sanos de la historia. Aquí debe recordarse nuevamente la acción siniestra de los entes burocráticos anticapitalistas, la OMS, el FMI, la FED, el Banco Mundial, el BID, la UE, la infaltable e inepta Janet Yellen, que saltaron a sostener que no era el momento para preocuparse por el déficit y la emisión desaforada, que hoy estalla y se perpetúa en la inflación de que se acusa a Gran Bretaña, no distinta a la del resto del orbe. No se debe omitir que Yellen explicó, con tono catedrático nobeliano, que la inflación era temporaria. Claro, en Estados Unidos, aunque tampoco acertó. El resto del mundo le importaba poco. Ese agujero financiero es gemelo del torpedo económico que aún no impactó bajo la línea de navegación del sistema, al menos formalmente.

Debe analizarse no ya la pandemia, que de por sí merecería una biblioteca de tratados sobre la gestación de las tiranías, sino el festival financiero que significó la emisión mundial para pagar los subsidios motivados por el primer leprosario de sanos de la historia.

Esos subsidios, que no fueron otra cosa que un anticipo de la Renta Universal que predicara, entre otros gurúes de la equidad, el reverendo Thomas Piketty, hicieron algo mucho peor que aumentar los gastos y los impuestos: anticiparon el desempleo, pero no por caída de la demanda, sino por caída de la oferta, algo ni remotamente imaginado por el padre del fatal sindicalismo mundial, Karl Marx. El cuadro de oferta y demanda del empleo ha sido eliminada de un plumazo, la única demanda es el Estado, ya sea que obligue formalmente a cumplir un horario o no. La oferta es un favor temporario que el trabajador le hace eventualmente a la sociedad. (Los piqueteros argentinos, por caso, son empleados públicos sin obligación de trabajar) Ni siquiera se trata totalmente de un fenómeno económico. Es una construcción (destrucción) sociomoral. 

Esos dos años de pandemia-dictadura-emisión-neokeynesianismo-neomarxismo y jubileo de seriedad, han hecho mucho más que retroceder el crecimiento, aumentar la deuda y la inflación mundial y eliminar la curva del empleo. Han colocado a todos los gobiernos en una falsa dicotomía inflacionaria imposible de resolver en el contexto de la lógica política maquiavélica vigente: si suben las tasas para inducir una baja de la demanda y entonces frenar la inflación, producen la recesión que es siempre imposible de eludir si se quiere lograr ese objetivo. Pero recesión es palabra prohibida para los políticos milagreros. Al subir las tasas, destrozan además los mercados financieros, suben el costo de la deuda de los países, funden a muchas empresas inviables en las que mucha gente invirtió porque el rasero era cero, (la tasa de interés natural es, además, la base de medición de la calificación de una inversión) la ganancia fácil y en consecuencia se perdió la evaluación de calidad de cada proyecto, con lo que se caen todos los fondos de inversión y los bancos del mundo. Si por el contrario no subiesen la tasa de interés, no sólo lo mismo se va a producir esa recesión, con iguales efectos, sino que además continuaría la inflación, con lo que se entrará en la terrible stagflation, o estanflación. El castigo por olvidar o romper las reglas económicas es siempre inevitable, cualquiera fuera el camino que se eligiera para infringirlas.

Europa ha sido, en esta etapa de 20 años que estalla ahora, el mayor responsable y beneficiado del desastre. Y ahora es también la víctima. La UE se desvirtuó, en su seriedad, en su confiabilidad y credibilidad, con el sistemático incumplimiento del tratado de Maastritch sobre los límites de endeudamiento y déficit de cada país. La Unión está hoy colgada de un mecanismo burocrático tiránico y costoso, que fundamentalmente funciona basado en un Banco Central que sólo sabe emitir moneda y deuda ya sin límites, y que ha abandonado toda disciplina. Buena parte de los problemas que sufre hoy el Reino de Charles III nacen del período en que estuvo subordinada a Bruselas. El Brexit, nacido de una imprudencia del Primer Ministro Cameron, sin embargo, permitía soñar con que la separación británica implicaría una adhesión súbita y casi inevitable a los principios de libertad, de seguridad, de prolijidad financiera y de libre competencia que fueron la base del capitalismo protestante, (aunque nunca antes UK siguiera esos principios). Eso no ha ocurrido hasta ahora. La independencia de la UE no se ha usado para nada, ni ha servido para nada. A todos los efectos, las islas tienen los mismos defectos y sufrimientos que la Europa sindicalizada, de la que hasta ayer formaron parte.

Por eso, si se analizan los números del Reino Unido que tanto escandalizan a la burocracia, a la prensa complaciente y a Wall Street, son iguales o a veces mejores que los de la UE tanto en niveles de inflación, déficit, endeudamiento, PBI, desempleo. Entonces, deberían generar en el universo del Euro el mismo miedo que hace desvalorizar la Libra, ya que Europa tiene los mismos o peores indicadores en esos rubros. O la misma pérdida de valor en los activos. La UE es tan insolvente y frágil como UK. Acaso peor. De modo que todas las advertencias y amenazas que los entes del socialismo internacional hacen caer sobre Gran Bretaña, deberían también caer sobre la Unión Europea.

La Unión está hoy colgada de un mecanismo burocrático tiránico y costoso, que fundamentalmente funciona basado en un Banco Central que sólo sabe emitir moneda y deuda ya sin límites, y que ha abandonado toda disciplina. Buena parte de los problemas que sufre hoy el Reino de Charles III nacen del período en que estuvo subordinada a Bruselas.

Claro que eso no ocurrirá. Porque en algún punto hay una acción coordinada entre Europa y EEUU para mantener la ilusión de que todo está en orden. La idea de bajar impuestos, esbozada groseramente por Liz Truss, responde a un plan más orgánico, que incluye necesariamente bajar gastos del estado. Que por supuesto, la Premier se ocupó de no vocear porque resultaría impopular. Por eso en su discurso del miércoles se decidió a asegurar que los niveles de deuda bajarán con relación al PBI y que manejará con mano de hierro las finanzas, que es exactamente lo que recomienda la economía clásica y el mundo sensato y que los políticos de la nueva clase y de fatal arrogancia no quieren hacer. Y no harán.

Y aquí dos temas de fondo. Por una parte, la Unión Europea no puede permitir que UK tenga éxito con ninguna política que implique competir, comerciar con el mundo, salirse en serio de la unión aduanera proteccionista y medieval y hacer todo lo opuesto a su alianza. Sería no solamente reconocer su fracaso, sino que un logro de su escindida Albion con esas políticas invitaría a nuevas deserciones. Obsérvese que Truss es criticada por haber dicho simultáneamente que dará un subsidio al consumo de energía y que bajará los impuestos. Pero se la obliga a dar marcha atrás solamente con la idea de bajar los impuestos, no con la de otorgar el subsidio. Es decir, se la obliga a eliminar al único mecanismo posible de crecimiento de la actividad, de la inversión y del empleo. Se la obliga a volver al redil de rodillas. Recuérdese que von der Leyen quiere aplicar un sistema de subsidios a las tarifas de energía –  mucho peor que el propuesto por Lizz – que se basa ¡en controlar y limitar los precios a los que facturan las empresas privadas! De ahí que no suene absurda la admonición de la primera ministra, cuando sostiene que hay una “coalición anticrecimiento”. Si se elimina el mecanismo de bajar impuestos y gastos, los países no tienen ningún mecanismo serio para generar nuevos empleos. Bajar los impuestos sin aumentar deuda ni emisión es algo similar a la dolarización que se propone localmente: un modo dramático de atar las manos al Estado para evitar el dispendio. También podría decirse, sin temor a errar, que hay una coalición anticapitalista. Y si quedaran dudas de ello, bastaría con recordar el impuesto al patrimonio, confiscación que impone el viejo continente como forma de combatir la inflación, que es paradójicamente una manera de generar más inflación, si se analiza el comportamiento del ahorro.

El segundo tema de fondo, concomitante con el anterior, es que Estados Unidos ha entrado en una etapa rooseveltiana de proteccionismo, que lo hace odiar toda competencia. O sea, toda baja de impuestos. Lo demostró cuando Biden, vía Janet Yellen, salió a forzar la aplicación del impuesto universal sobre empresas, para proteger su recaudación, o sea su nivel de gasto estatal, y lo demostró aún el propio Trump cuando maldijo las devaluaciones competitivas y obligó al compre nacional, o cuando forzó a subir los salarios. Y al dejar de firmar acuerdos comerciales de cualquier tipo, o al salirse del acuerdo Transpacífico a pesar de que ya contenía cláusulas que torpedeaban toda competencia y protegían a sus obsoletos rednecks. Lo demostró y demuestra el permanente ensañamiento con las restricciones comerciales con China y aun con la propia Europa, que demoraron la propia producción y encarecieron los productos mundialmente.

Por eso jamás se permitirá competir a Gran Bretaña en el mercado mundial: impedir la baja de impuestos se opone a los buenos principios económicos. Y algo peor: cercena toda posibilidad de crecimiento genuino de la economía. A la burocracia global imperante no le interesa la competencia. No le interesa el consumidor ni su posibilidad de elegir. Ni siquiera quiere comprender el papel del comercio internacional en pro de la baja de los precios, que ahora es solamente fruto de negociaciones, persuasiones, concesiones (como a Venezuela e Irán) amenazas, intervenciones y manoseo a empresas, al mejor estilo bananero, y con países, al mejor estilo americano. Y por supuesto, siempre aumentando su atareada influencia, el personal y los gastos, mientras se ocupa de fijar con infalibilidad los precios para todos y todas, de todos los bienes.

Como un colofón, un golpe final tras estos 20 años de destrucción de los principios económicos y financieros consagrados por la evidencia empírica, como si alguien quisiera asegurarse de que no habrá vuelta atrás en el camino hacia el fin del capitalismo y de la competencia inherente a él, los tratados para la lucha contra el cambio climático, además de un acto de soberbia equivalente al de Adán y Eva, funcionan tras la pandemia como un incendio al día siguiente de un terremoto, consumiendo lo poco que queda en pie e impidiendo cualquier salvataje. Es posible que, al decretar un subsidio a la energía, encarecida falsamente con impuestos, limitaciones, tratados, sanciones, guerras y otros recursos, UK está tratando de salir tangencialmente de esos acuerdos heredados o forzados, lo que no puede hacer con una simple decisión, atada a los pactos de salida obligados por el Brexit, o simplemente por temor a la sanción moral y económica que implicaría hacerlo. El subsidio es un modo de neutralizar, aunque sea temporalmente, el despropósito del manejo comunitario de la energía, que condena a toda la Unión Europea, y a su exmiembro, a la extinción como potencia económica, lo que afecta al resto de la comunidad internacional. Se verá todavía con más claridad cuando la OPEP, en pocos días, decida subir el precio del petróleo.

(No se tocará aquí los efectos de la invasión rusa a Ucrania, ni la política estadounidense de “animémonos y vayan”, ni la idea pandémica de las sanciones económicas a Rusia que han exagerado hasta el ridículo los efectos de la estúpida geopolítica previa en cuanto a dependencia alimentaria y energética del potencial enemigo, para no salir del tema)

En un simplificado resumen, incipientemente el Reino Unido está intentando competir y crecer, para aprovechar la libertad que representa no estar atado a la maraña, los costos y las restricciones de la burocracia europea a cambio de un mercado fácil, grande y cautivo, como todo vicio difícil de abandonar. Para ello baja impuestos, neutraliza los efectos de los gravámenes, prohibiciones y obstáculos creados por los tratados internacionales y regionales, que apuestan a algún milagro energético que no ocurrirá, y trata de fomentar la inversión, el empleo y el crecimiento del único modo aceptado por la economía clásica. Simplemente no se le permitirá hacerlo. Bajar los impuestos y competir es kryptonita en el mundo de hoy, en el que la libertad comercial de la globalización se ha abortado, revertido y condenado, como corresponde a la concepción keynesiana actual, proteccionista y timorata y muy similar a la salida de la Segunda Guerra, con la nefasta administración del New Deal de Roosevelt que sembró la miseria en el mundo durante varios años.

Bajar los impuestos y competir es kryptonita en el mundo de hoy, en el que la libertad comercial de la globalización se ha abortado, revertido y condenado, como corresponde a la concepción keynesiana actual, proteccionista y timorata y muy similar a la salida de la Segunda Guerra.

Seguramente Liz Truss tiene mucho por pulir y por corregir en su plan, que tiene un atraso atribuible no a su torpeza sino a las demoras de pensamiento y decisión de sus antecesores, que no tiene otro remedio que encaminar hacia las libertades, la competencia y la generación real de empleo. Ciertamente no es Churchill, ni siquiera Thatcher, aunque aun la dama de hierro se encontraría hoy en dificultades para vencer el sabotaje dirigista de Ursula von der Meyer, la Moira aristocrática que reina sobre Europa, que se cree con el derecho divino de decidir el destino de los seres humanos y hasta de provocar y corregir el cambio climático, secundada por sus otras Moiras, Christine Lagarde en el Banco Central Europeo y Kristalina Georgieva en el FMI, con la ayuda inapreciable de Janet Yellen en la secretaría del Tesoro norteamericana. Ella no solamente decreta lo que es mejor para las gentes y las naciones y lo que les conviene hacer, sino que ahora ha ampliado su fatal infalibilidad a los inversores del mundo, a quienes quiere forzar a decidir dónde les conviene invertir y tomar riesgos.

Aún el mismísimo Churchill perdería cualquier batalla, cualquier guerra – y cualquier elección en cualquier parte– si se limitase a prometerle a los votantes sólo sangre, sudor, sacrificios y lágrimas. Y aunque Charles tampoco sea George VI, al Reino Unido no le queda otro camino que apostar por las razones empíricas y teóricas de la economía clásica, lo que equivale a convertirse en el último baluarte del capitalismo, hoy al borde de su desaparición.

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