Política

Prohibido competir

La baja de impuestos no es solamente una cuestión teórica de la economía. Es la vocación misma de competir, de crecer, de fomentar nuevos emprendimientos, como los que han revolucionado al mundo los últimos 50 años.

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Hay un amplio caudal de pruebas de que el marxismo con todos sus disfraces: comunismo, trotskismo, bakunismo, gramscismo, socialismo, social democracia, democracia cristiana, doctrina social de la iglesia, agenda 2030, wokeismo, equitativismo, estatismo, democracia de masas, democracia directa, democracia popular y otras sinonimias que se vayan inventando, (y que Hayek agrupara genéricamente bajo el concepto de “planificación central”, para no perder tiempo), culmina siempre en una dictadura.

A veces como consecuencia de que sus teorías y elucubraciones económicosociales son desmentidas por o no coinciden con la realidad, o sea con la acción humana, o sea con la libertad del individuo, y entonces quieren forzar la conducta de las sociedades para que se amolden o adapten a sus teorías, como una fórmula matemática empecinada y caprichosa que no da el resultado esperado. A veces, porque la dictadura se implanta al principio del experimento, para asegurarse de entrada de que la libertad no estorbe ni impida la arbitrariedad del proceso. (Ver Stalin, Joseph)

La historia ha mostrado que el nacionalismo, el fascismo, son variantes disimuladas del mismo concepto totalitario, porque siempre van atados al proteccionismo, que implica que el Estado, además, puede ser comprado fácilmente y asociarse con amigos, testaferros, empresas o sindicatos, unidos por el férreo lazo de la corrupción.

La historia ha mostrado que el nacionalismo, el fascismo, son variantes disimuladas del mismo concepto totalitario, o una etapa intermedia, porque siempre van atados al proteccionismo, que implica que el Estado, además, puede ser comprado fácilmente y asociarse con amigos, testaferros, empresas o sindicatos, unidos por el férreo y fraterno lazo de la corrupción. Pero finalmente, de uno u otro modo se llega no sólo a la pérdida de libertad, sino a la negación misma del individuo, o del ciudadano, en términos del derecho. El aleccionamiento, el adoctrinamiento, la deseducación y la separación de la juventud de sus lazos con la familia y el pasado, que han llegado hasta a desgarrar a los hijos de sus padres y encerrarlos en colonias y uniformarlos, un concepto de anonimización humana esclavizante y robotizante, como sostiene Zimbardo. Con el tiempo, diría Borges, se olvida la ideología de origen y queda sólo la dictadura y la igualdad borrega.

Así se llega a concepciones absurdas, como la pulverización de la teoría del trabajo de Marx, cuando en nombre del reconocimiento a la sobrevaluada contribución de los trabajadores a la ganancia de la producción, la famosa plusvalía, se termina arribando a una situación de casi desaparición de la oferta laboral, y los trabajadores se niegan a trabajar y son mantenidos por el Salario o Renta Universal o sistemas similares, a cargo del Estado o sea de los privados que conservan todavía algún capital, hasta que se acabe. Simétricamente, ocurre lo mismo cuando el sistema es el proteccionismo fascista nacionalista, que maximiza la plusvalía y minimiza siempre el trabajo hasta transformarlo en algún modo de subsidio, del que justamente los empresarios del crony capitalism y los sindicatos se benefician siempre, a costa del Estado, o sea del ordeñe impositivo a quienes todavía mantienen algún capital, por ahora. Es decir, se llega al mismo resultado y a las mismas dictaduras.

El peronismo que hoy padece Argentina es, quizás, la mejor muestra de esa síntesis, que siempre termina feudalizando al ser humano. Ineficiente, incompetente, totalitario, corrupto y dictatorial, proceso en el que arrastra a toda la política y a la comunidad. Por eso a veces se lo califica de fascista y a veces de comunista. Con razón, en cualquier caso. La proverbial frase “Ellos hacen como que nos pagan, nosotros hacemos como que trabajamos”, termina valiendo para las dos variantes.

El keynesianismo, el neokeynesianismo y también todas las otras caretas tras los que se ha ocultado a lo largo del tiempo, es el formato intelectual, económico y político que obra de puente entre ambos postulados centrales, el comunismo y el nacionalismo, una práctica que converge inevitablemente en el estatismo, la destrucción del ahorro, del capital y de la moneda y la pérdida de la libertad personal a manos del Estado, vía las manipulaciones del concepto de democracia, que es utilizado según el diccionario propio de cada uno de esos dos estatismos. Con lo que las burocracias arrogantes de la Nueva Clase que controla a los países igualmente disfrazada de políticos profesionales ha terminado unificando las dictaduras, empezando por las ideas económicas.

Desde mediados del siglo XX por caso, se calificó de herejía oponerse a las supuestamente geniales ecuaciones de los iluminados que predecían y hasta forzaban el comportamiento económico de la población, de las bolsas y de los factores económicos, tan dictatoriales como cualquier otra tiranía, para terminar en esta igualación estatista y populista que han acercado tanto los efectos deletéreos sobre la libertad y el bienestar de ambos aparentes extremos. Casi todo el planeta es hoy un poco keynesiano y un poco comunista. Lo que no debe interpretarse como un triunfo, menos como un éxito. Más bien como la consecuencia de la falta de integridad y de real liderazgo de los sistemas políticos de los países capitalistas que simplemente demoraron los efectos de sus políticas complacientes e irresponsables.

Pero hay algo que debe quedar claro: ni el pasado reciente, que ha llevado a situaciones payasescas, a pedreas, a proyectos constitucionales vergonzosos por su falta de calidad jurídica y de estudios universitarios completos, a Castillos, Borics, Fernándeces y Petros regionales y sus homólogos internacionales, ni el Reseteo Global, ni la Agenda 2030, tienen nada que ver con la aplicación de principios sólidos y serios de economía, ni de teoría económica. Se trata siempre de expresiones de voluntarismo, de manifestaciones de fuerza, de acciones seudodemocráticas, de dictaduras o de populismos, simples declamaciones o decisiones arbitrarias, expresiones de anhelo, demagogias, promesas electorales, magia barata, en algunos casos de improvisaciones burdas o de mala praxis, gobiernos que le hacen creer a las sociedades que pueden cambiar sus vidas y sus destinos y hacer por ellos lo que ellas mismas no son capaces de hacer.

Desde el miedo al cambio climático, o mejor dicho desde la soberbia de que la sociedad es capaz de producir cambios climáticos en algún sentido y debe hacerlo ya mismo, hasta la emisión de moneda (la platita, en términos del ignorante kirchnerismo) el escenario está plagado de voluntarismo, la sociedad global está llena de Greta Thunbergs, que se enojan ante la vida.

No se ha llegado a esas situaciones, ni se prometen nuevos paraísos e igualdades porque se ha probado la eficacia de alguna fórmula maravillosa o porque se ha demostrado que los principios clásicos de la más elemental teoría económica han resultado fallidos. Ni porque se han encontrado nuevas teorías, ni nuevos caminos o doctrinas. Ni porque esos formatos confluyen al bienestar general. Simplemente son promesas alegres disfrazadas de certezas y de desprecio del conocimiento, que tratan de evitar el esfuerzo previo, el riesgo, la competencia, y que hacen creer a los ciudadanos que hay políticos capaces de cambiarles la vida por milagro o por decreto, da lo mismo.

Desde el miedo al cambio climático, o mejor dicho desde la soberbia de que la sociedad es capaz de producir cambios climáticos en algún sentido y debe hacerlo ya mismo, hasta la emisión de moneda (la platita, en términos del ignorante kirchnerismo) el escenario está plagado de voluntarismo, la sociedad global está llena de Greta Thunbergs, que se enojan ante la vida, arrojan su berrinche sobre los demás, y se vuelven a enojar si se ha tardado demasiado en cumplirles su capricho de evitar esforzarse, competir, tomar responsabilidades y hasta el riesgo de vivir, incluyendo el trabajo de pensar.

Todos los planteos, desde el cumplimiento del sueño del género propio y a medida, hasta la igualdad que la naturaleza nunca incluyó en el proyecto, hasta la eliminación de la necesidad de estudiar o trabajar, están incluidos en este sueño que nace en Europa y hoy se propala al mundo, tal vez porque Europa, como todos los fracasados, necesita que el resto del mundo la imite para convalidarla. La inflación es la resultante de esa rara suma algebraica.

Por eso todos los proyectos de reseteo y equidad universal fracasarán, y como siempre, se encontrará a alguien a quien culpar del fracaso, para dejar en pie la esperanza de un mundo feliz mejor, que, también como siempre, no se basará en realidades, sino en curas milagrosas, o en una píldora fantástica que hará perder el exceso de peso sin necesidad de dejar de comer, cambiar el metabolismo y ejercitarse. O, lo que es lo mismo, un principio nuevo, que no está probado por ninguna evidencia empírica ni avalado por ninguna investigación seria ni por ninguna técnica, que produce una píldora capaz de eliminar la pobreza y sobre todo la desigualdad en tres tomas semanales. Eso es la Agenda 2030, o similares, eso es el lenguaje inclusivo y el juego de los pronombres, eso es la inclusión de prepo, eso es la pedrea.

Por supuesto, cuando ese experimento se lleva a la práctica el resultado es catastrófico, las democracias se deforman en muecas autocráticas, y los pueblos ya no permiten la vuelta atrás de lo que creen su conquista y es apenas el alimento balanceado que le dan cada mañana y cada noche las burocracias. Por eso se dice con tristeza que no se pude vislumbrar una solución al problema de Argentina que pronto se reproducirá globalmente. Por eso no hay ninguna esperanza localmente, como tampoco la habrá para quien siga ese mismo camino mundialmente, con la excusa de las pandemias, de la guerra, de la lucha contra el cambio climático o contra los marcianos o algún meteorito que esté a punto de chocar contra la tierra. El experimento siempre termina en la igualdad de la pobreza general y en formatos dictatoriales. Sólo que ahora no hay un adalid que luche por la libertad ni por la competencia ni por el libre mercado.

Para descender a un ejemplo concreto, la destitución de Liz Truss se está convirtiendo en un verdadero escarmiento y en una seria advertencia no sólo para su sucesor, sino para cualquier gobernante que intente bajar el gasto y frenar la suba descontrolada de impuestos que recién comienza. Primero se acusó a la ex Primera Ministra de irresponsabilidad, porque evidentemente cometió el error de presentar un plan incompleto con la gran inconsistencia de que preveía gastar 60,000 millones de Libras en subsidio a la electricidad, mientras al mismo tiempo bajaba algunos impuestos. Una inconsistencia, o tal vez un intento de forzar una baja del resto del gasto, como haría una dolarización en Argentina. De todos modos, es cierto que fracasó en la firmeza para defender su postura y nunca inspiró la confianza que hace falta en estos casos. Pero ahora se ha convertido en un ejemplo de lo que le pasará a quienquiera en el mundo que pretenda bajar el gasto y no compensar el déficit a puro impuesto. La cabeza cortada, exhibida como la de Luis XVI, es la demostración de lo que le ocurrirá a cualquier país de Europa que intente salir de la trampa, y por extensión a cualquier país del resto de Occidente. Al punto que no falta demasiado para que la Unión Europea negocie con el Reino Unido para extenderle algunas ventajas que le permitan sobrevivir, para albergarla bajo el manto protector del Banco Central Europeo y de su cascoteado Euro.

Para descender a un ejemplo concreto, la destitución de Liz Truss se está convirtiendo en un verdadero escarmiento y en una seria advertencia no sólo para su sucesor, sino para cualquier gobernante que intente bajar el gasto y frenar la suba descontrolada de impuestos que recién comienza.

Una manera de evitar que cunda el “mal ejemplo”. Porque la baja de impuestos no es solamente una cuestión teórica de la economía. Es la vocación misma de competir, de crecer en ambos sentidos del término, de fomentar nuevos emprendimientos, como los que han revolucionado al mundo los últimos 50 años, la de crear, la de inventar nuevos Apple, nuevos celulares, nuevos medicamentos, que han duplicado en menos de un siglo las expectativas de vida, nuevos Amazon, nuevos empleos dignos y bien pagos, nuevas apps, nuevos medios de transporte, nuevas técnicas, nuevos desafíos, nuevos entretenimientos, nuevos métodos quirúrgicos y de toda índole, nuevas patentes, nuevas oportunidades de aprendizaje, nuevas escuelas, nuevas profesiones, nuevas artes, nuevo bienestar, nuevo turismo, nuevo progreso.

Eso es lo que se ataca cuando se intenta bajar o no aumentar los impuestos. Eso es lo que no se quiere permitir, ni al Reino Unido ni a los individuos de cualquier parte. Porque toda diferencia es pecado. Porque el éxito es el enemigo. Estados Unidos se permite el lujo regio de perdonar a la Venezuela que execró hasta ayer para tener petróleo barato. El resto, empezando por Europa, debe inmolarse ante el control climático y resignarse al Gran Reseteo.

Bajar o no aumentar los impuestos es lo que no se quiere permitir, ni al Reino Unido ni a los individuos de cualquier parte. Porque toda diferencia es pecado. Porque el éxito es el enemigo.

En breve se verá cómo la riqueza aún no destruida terminará de evaporarse con nuevas medidas y decisiones imposibles, con nuevas guerras, con nuevas pandemias o con nuevos miedos a algo, la esencia de la esclavitud de las masas. – Votemos. -Dicen los sacerdotes de la nueva mitología. Pero los candidatos elegidos deben enrolarse en el fracaso o serán expulsados por alguna vía o por algún recurso. Como verá pronto el señor Sunak en UK.  Y los pueblos son los principales instrumentos y socios ilusos de ese recurso, los que ya no permitirán ni aceptarán ninguna seriedad, ninguna grandeza, ni enfrentarán ningún riesgo, ni harán ningún esfuerzo, ni soportarán ningún éxito. No en vano primero se ataca y destruye la educación. No en vano se ataca a Colón, porque no se tolera su coraje. Las pocas sociedades que no sigan ese gris camino, que se atrevan al riesgo, a la competencia, a la creatividad y al esfuerzo y el dolor de crear y crecer dominarán el mundo. Pero hoy, la cabeza sangrante de Lis Truss es el mensaje para quien ose conducir e inspirar semejante herejía.

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