Política

La guerra fría entre Irán y Arabia Saudita

La amenaza real que tiene Medio Oriente es el enfrentamiento entre Arabia Saudita y el Irán actual gobernado por la delirante teocracia chiita.

Compartir:

La ignorancia, eterno compañero de ruta del movimiento nacional y popular argento, hace creer que el principal problema en Medio Oriente es el de los grupos radicalizados palestinos contra Israel y, pese al machacar antisionista tan característico de ciertos grupos, ese tema se ha reducido a uno de características policiales, que en modo alguno afecta ni a Israel como Estado y mucho menos a la seguridad de la región.

La amenaza real que tiene Medio Oriente, básicamente en términos de influencia inmediata, es el enfrentamiento entre Arabia Saudita y el Irán actual gobernado por la delirante teocracia chiita. El propósito de este artículo no es ahondar en las diferencias teológicas que separan a los suníes saudíes de los iraníes, ya que creo que en el fondo solamente enmascaran objetivos mucho más tangibles de poder e influencia sobre una zona de transición geopolítica como es el Medio Oriente; aspecto este último que sí buscaremos conocer. Veamos si logramos esto.

Ese doble poder religioso y político de Arabia Saudita ha sido desde hace décadas cortejado por Washington.

Arabia Saudita, por el solo hecho de ser la sede de los lugares más sagrados del islam, tiene una influencia indiscutible en el mundo musulmán y más que evidente para todas las naciones de Medio Oriente. Hasta no hace mucho tiempo atrás, nada menos que 15.000 tropas del ejército de Pakistán se hallaban estacionadas en Arabia Saudita como parte de la mirada de Islamabad de coadyuvar a la seguridad de los lugares santos del islam en esa nación árabe.

Pero, además del valor religioso y la influencia que ello proporciona, Arabia Saudita es uno de los productores más importantes del planeta de crudo y posiblemente uno de los integrantes de la OPEC que posee el poder real para regular la producción de petróleo y con ello influir directamente en naciones Occidentales clave, entre ellas EEUU.

Ese doble poder religioso y político de Arabia Saudita ha sido desde hace décadas cortejado por Washington, con razón, pues la Casa Saudí es, pese al autoritarismo que la ha caracterizado, un Estado clave para influir en el resto de las naciones árabes y aún más allá de ellas sobre el mundo musulmán en su conjunto.

No solamente el autoritarismo saudí ha sido algo con lo que Occidente ha encontrado formas de convivir, disimulando el mismo bajo fórmulas a veces extravagantes para no aceptar públicamente este hecho, sino que Arabia Saudita es la cuna del wahabismo, una corriente del islam profundamente radicalizada, que con el apoyo monetario de la Casa Real se ha expandido fuera del territorio saudí, y en Pakistán fue la base doctrinaria para unos tipejos que hoy conocemos mundialmente como el talibán.

Arabia Saudita es la cuna del wahabismo, una corriente del islam profundamente radicalizada, que con el apoyo monetario de la Casa Real se ha expandido fuera del territorio saudí, y en Pakistán fue la base doctrinaria para unos tipejos que hoy conocemos mundialmente como el talibán.

Más al noreste de la Península Arábiga se encuentra Irán. La cuna de una de las civilizaciones más complejas y refinadas de la antigüedad: los persas. Hasta 1979, bajo el Sha Mohammad Reza Pahlavi, tenía un régimen autoritario, pero al mismo tiempo uno que llevaba al país a la modernidad en términos de educación, situación de la mujer y aceptación de diferentes modos de vida. Ello, con la complicidad de algunas naciones occidentales, terminó con la llegada de Komehini al poder y su verdadera horda de integristas de toda laya que no solamente han sumido a Irán en el oscurantismo sino iniciado un movimiento de expansión de la influencia iraní fuera de la región y muy especialmente en Medio Oriente, dirigido tanto a la destrucción de Israel como a posicionarse como el referente político y religioso para las naciones musulmanas árabes de la zona.

Los que vienen siguiendo mis trabajos y charlas sobre Medio Oriente e Irán saben que, a mi criterio, este país es un típico gigante con pies de barro. Más allá de desarrollos puntuales en ciertos sistemas de armas, sus fuerzas militares no pueden considerarse como un modelo a ser considerado con seriedad por nadie, aspecto que daría para largo, y solamente destaca el país por una sola capacidad que sí es peligrosa: la de promover la desestabilización a través del sostenimiento de fuerzas irregulares lejos de sus fronteras, mediante la subversión, el terrorismo, la provisión de armas, entrenamiento y financiamiento.

Irán es la cuna de una de las civilizaciones más complejas y refinadas de la antigüedad: los persas. Actualmente este país es un típico gigante con pies de barro. Un país con una sola capacidad que sí es peligrosa: la de promover la desestabilización a través del sostenimiento de fuerzas irregulares lejos de sus fronteras.

Esto es muy claro para Arabia Saudita en la guerra civil de Yemen, donde los rebeldes patrocinados por Irán son una amenaza directa a la seguridad saudí. En el caso de Israel, esta capacidad desestabilizadora de Irán está presente en Siria, Líbano y Gaza, en diferentes formatos, aunque para mi particular mirada, en modo alguno constituyen una amenaza vital para Jerusalén.

Sin embargo, algo realmente peligroso podría acontecer si la búsqueda de Irán de alcanzar un arma nuclear llegara a concretarse. Este camino iniciado por los ayatolás hace décadas es la única alternativa que estos tienen para constituirse en una amenaza vital para Israel que en ese caso cambie una postura saudí de larga data: no tener un arma nuclear.

Todas las naciones musulmanas de Medio Oriente que sienten la amenaza iraní descansan en una premisa clave: Israel con su capacidad nuclear (esa que Jerusalén no niega ni afirma) brinda de hecho un paraguas de seguridad contra cualquier intento de Irán de atacar directamente a esas naciones y, en el futuro, ese monopolio nuclear de Israel es también una garantía contra otros potenciales agresores que hoy solamente se perciben muy en la lejanía, como Ankara…

La clave de todo esto está en Israel. Jerusalén no puede perder el monopolio de la capacidad nuclear sin que al hacerlo se transforme en una nación que debe hacer consideraciones menos terminantes a la hora de tratar con amenazas de enemigos tan declarados como los que los ayatolás representan. Imaginemos esto, si Irán alcanzara la capacidad nuclear y tuviera con los años varios misiles con capacidad de lanzar armas nucleares, Israel por mayor capacidad que tenga de pulverizar a Irán no podría descartar que al menos un misil nuclear iraní alcanzara su blanco en el territorio israelí, tan pequeño el mismo que difícilmente ese golpe podría no tener repercusiones inmensas para la integridad política del Estado. Israel no tiene otra opción que IMPEDIR de todas las maneras a su alcance que Irán pueda hacer siquiera una detonación de prueba. A ese nivel está la situación.

Todas las naciones musulmanas de Medio Oriente que sienten la amenaza iraní descansan en una premisa clave: Israel con su capacidad nuclear (esa que Jerusalén no niega ni afirma) brinda de hecho un paraguas de seguridad contra cualquier intento de Irán de atacar directamente a esas naciones.

Si Israel no fuese capaz de detener a Irán en el campo nuclear, Arabia Saudita no tendría otro remedio que adquirir capacidad nuclear, y eso no le costaría muchos años. Pakistán en su relación histórica con la Casa Saudí seguramente cubriría esa necesidad proveyendo de su propio arsenal.

Cierro este artículo con una mirada optimista, algo rarísimo en mi persona. Israel, con cualquier administración, hará lo necesario y aún lo impensado para evitar que los ayatolás se hagan de un arma nuclear. Eso contribuirá todavía más a generar en Medio Oriente una zona de paz relativa que ofrezca, como ya lo hace, distintos hubs de desarrollos tecnológicos y económicos con alcance globales. En eso Arabia Saudita estará integrada con los nuevos vientos que las renovaciones en la Casa Real ya indican, e Israel, con mayor sabiduría que EEUU, ha sabido siempre tejer lazos con el mundo musulmán que sean de mutua conveniencia sin apuntar a cambios internos que están más allá, tanto de sus capacidades de ser logrados como de su interés nacional. Todo depende que los ayatolas no tengan su nuke. Parece poco, pero es algo que debe lograrse no solamente para beneficio de Medio Oriente, sino del mundo. Será así.

Compartir:

Recomendados