Política

El pantano progresista; la mismidad y la otredad latinoamericana del Siglo XXI

La política, tal y como la concebimos, ya no existe más. Ha sido enterrada sin exequias. No es más que otra forma de magia residual de la antigüedad en nuestra cultura.

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El círculo de la representación política se viene cerrando cada día un poco más. De izquierda a derecha, los que todavía creen en la democracia y votan, comienzan de a poco a entender que es contra el voto mismo y la democracia por lo que están votando. La pandemia política de estos últimos años, promovida como un virus por sus agentes transmisores: los medios de comunicación masivos, se encargaron de dejarlo bastante claro. El caso de Estados Unidos -que no hace mucho parecía ser el centro de la economía y de la democracia del mundo y hoy es un montón de mierda bajo una gran cortina de humo- puede servir de ejemplo.

El camino totalitario del presente globalista es perceptible en todas partes, pero es al mismo tiempo negado bajo el signo de la individualización de la vida difusa que se pierde en mi Yo, mi perfil de Instagram, mi perro, mi apartamento alquilado, mi auto en cuotas, mi pareja por los próximos tres meses. Una gigantesca usina que obtiene su energía a través de la retención de lágrimas siempre a punto de derramarse.

En elecciones, ese momento de máxima tensión política (y pro cualquier cosa) en el que pobres o ricos, intelectuales y artesanos, trabajo-dependientes o desocupados, hacen gala del fanatismo político -ese camiseteo vergonzante- que los convierte inevitablemente en clientes de un sistema que, mediante el voto, ejerce el poder en su nombre.

Basta con apreciar detenidamente los lugares comunes de estos tiempos extraños, con escuchar lo que se murmura en las mesas de los bares, tras las puertas cerradas de los dormitorios, para darse cuenta de que vivimos en la mentira. El miedo que subyace en la sociedad no hace otra cosa que fijar las verdades necesarias; aquellas por las que los hospitales psiquiátricos desbordan, por las que las que los niños rotos deambulan por la calle, por las que las miradas de pena, de asco, de bronca, se revientan entre sí con cotidiana indiferencia. Lo que queda es despojarse de tanta hipocresía y hablar sinceramente de lo que tenemos ante nuestros ojos.

Lo primero y básico es entender que la política, tal y como la concebimos, ya no existe más. Ha sido enterrada sin exequias. No es más que otra forma de magia residual de la antigüedad en nuestra cultura. La forma institucionalizada mediante la que algunos hombres ejercen el poder para vivir de la producción de otros. Se ha impuesto la amnesia y el olvido, de manera que aceptemos que siempre ha existido y existirá la política como agente regulador de nuestras disputas sociales. El resultado es esta patología social, extendida al grado de pandemia. Las víctimas -independientemente de su ubicación social- no tienen conciencia de que un mito les ha secuestrado sus mentes y sus cuerpos, pese a lo cual se sienten y se creen dueños de sí mismos, de sus pensamientos, de sus decisiones. Esto es especialmente visible en período de elecciones, ese momento de máxima tensión política (y pro cualquier cosa) en el que pobres o ricos, intelectuales y artesanos, trabajo-dependientes o desocupados, hacen gala del fanatismo político -ese camiseteo vergonzante- que los convierte inevitablemente en clientes de un sistema que, mediante el voto, ejerce el poder en su nombre.

La política permanece ligada a formas exteriorizadas y programadas para ser vistas y difundidas extensamente, de lo contrario no brindan rédito a sus autores. Como la publicidad, la política alimenta emociones muy elementales y anula la capacidad de ejercitar el raciocinio. Suele ser el fruto de inducciones expresas o implícitas de los dueños del poder, que a través de los medios pretenden convalidar una farsa que ni ellos mismos se creen. La política es epidérmica, frívolamente exhibicionista, desbordante, melodramática, jactanciosa, exaltada e histérica. Sobre todo, narcisista. El resultado es el poder ejercido a través de la abstracción, la ficción metafísica, la mística, política y jurídica del gobierno del Estado. El patriotismo político, el amor al Estado, son sólo una expresión distorsionada de esta nueva normalidad, en beneficio de la misma minoría de nuevos viejos chamanes y aprendices de brujo que esparcen la enfermedad para luego vender la cura milagrosa. Hacen uso y abuso de la necesidad de los seres humanos de congregarse en torno a algo en común; llámese patria, partido político, cuadro de fútbol o pandemia. Tanto tiene de común esta práctica ancestral como de exótica la necesidad de tomar decisiones por blanco o por negro, quedando los grises como el territorio de los renegados, los asistémicos, los elementos indeseables tanto para la izquierda como para la derecha del espectro político. Ese es el motivo por el cual la nueva izquierda progresista y bienintencionada es tan enemiga de la libertad como lo es la derecha fascista de los malos de siempre. No es una cuestión de fines, sino una cuestión de medios. 

El Estado es el enemigo, mal que nos pese. Todos esos relatos históricos que llevaron a ennoblecerlo son solamente eso, historia. Y son muchos los que pretenden seguir viviendo de viejas glorias mientras reproducen hoy, en el poder, lo peor del sistema que algún día combatieron.  

Mientras tanto, el grueso de los latinoamericanos, continuadores naturales de la inercia benefactora populista, amantes de la nueva corrección política, legitiman el absurdo desde su creencia a pies juntillas en ese modelo. Su nuevo amo liberador se llama progresismo, wokismo, Estado presente, e incluso una nueva clase de viejo keynesianismo que llegó de la mano de gobiernos que encontraron en la pandemia la mejor excusa para descular hormigas socialistas con rebranding.

Puro y duro populismo disfrazado de cientifismo globalista. Viva mi presidente, viva mi ministro, viva mi líder, que me salva de morir intubado y en aislamiento en un CTI. Una receta muy parecida a la que aplicaron los fascistas o los nacionalsocialistas en un envase moderno y con una etiqueta muy marketinera. 

Como la publicidad, la política alimenta emociones muy elementales y anula la capacidad de ejercitar el raciocinio. Suele ser el fruto de inducciones expresas o implícitas de los dueños del poder, que a través de los medios pretenden convalidar una farsa que ni ellos mismos se creen. La política es epidérmica, frívolamente exhibicionista, desbordante, melodramática, jactanciosa, exaltada e histérica. Sobre todo, narcisista.

Consolidamos en estos últimos tiempos de genuflexión mediática al progresismo en toda su expresión, un período de elevada temperatura ética en el género televisual informativo nacional. Un final de dramas, vacunas, tapabocas y confinamientos para jaurías sin memoria, propicio a oportunistas de todo quehacer subidos al caballo de la mentira institucional.  

Esta representación del nuevo ser nacional es constitutiva no sólo de la identidad individual sino también de la identidad colectiva. La mayoría de los seres humanos experimentan la necesidad de sentir su pertenencia a un grupo, así encuentran el medio más inmediato de obtener el reconocimiento de su existencia, indispensable para todos y cada uno. Yo soy medioambientalista, proaborto, proideología de género, progresista: soy alguien, no corro el riesgo de ser engullido por la nada.

Hoy mismo, por ejemplo, la memoria de las dictaduras militares de los setenta permanece viva en Latinoamérica, conservada mediante innumerables conmemoraciones, museos, placas, libros, publicaciones de prensa y programas de televisión; pero la repetición ritual del “Nunca más” no repercute con ninguna consecuencia visible sobre los actuales procesos de persecución estatal, atropellos a la Constitución, ataque a las libertades individuales y dictaduras sanitarias que se vienen desarrollando dentro de la propia América Latina. Recordar ahora con minuciosidad los sufrimientos pasados, nos permite ignorar las amenazas actuales, las que no cuentan con los mismos actores ni toman las mismas formas que las del relato de históricos absolutismos.

Denunciar las debilidades de un hombre perseguido bajo la dictadura militar de hace medio siglo o durante el Tercer Reich me hace aparecer como un bravo combatiente por la memoria y por la justicia, sin exponerme a peligro alguno ni obligarme a asumir mis eventuales responsabilidades frente a las miserias actuales. Conmemorar a las víctimas del pasado es gratificador, pero resulta incómodo ocuparse de las de hoy en día. No hay mérito alguno en ponerse en el lado acertado de la barricada una vez que el consenso social ha establecido dónde está el bien y dónde el mal.

La repetición ritual del “Nunca más” no repercute con ninguna consecuencia visible sobre los actuales procesos de persecución estatal, atropellos a la Constitución, ataque a las libertades individuales y dictaduras sanitarias que se vienen desarrollando dentro de la propia América Latina.

Congregarse más allá del bien y del mal no es un mandato, es necesidad emergente para los invisibles. Invisibilidad que sigue siendo, por ahora, beneficio de los pequeños en número, de las presencias anónimas, de los capaces de ahuyentar la siempre renaciente tentación de la hegemonía. Esa es hoy la verdadera lucha cultural. Una lucha contra la supremacía de la prudencia, del centrismo, de la tibieza, que es ante todo una lucha contra lo que se nos ha impuesto como norma y paradigma: lo que está bien ser para camuflarse y mantenerse a flote en este pantano de la progresía, la Latinoamérica del siglo XXI.

*Texto publicado originalmente en la revista digital uruguaya A Contrapelo, recientemente clausurada por la dictadura de la corrección política en Internet.

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