Política

El padre del borrego (sobre la toma de los colegios porteños)

Esta nueva toma de los colegios es también una consecuencia de la política educativa de Horacio Rodríguez Larreta en la escuela secundaria

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La absurda toma de los colegios vuelve a mostrar una situación que, por repetida, no se ha podido evitar y que, mucho menos, ha llevado a identificar las causas de su aparición regular. Sin entrar en los detalles de este último capítulo, hay algunas reflexiones más generales que se pueden hacer, sobre todo, con vistas a la posibilidad que un partido opositor al kirchnerismo ocupe la presidencia (y el Ministerio de Educación) en 2023.

La escena de la ministra y la adolescente cool que reclama viandas lleva a preguntarnos qué hay en el medio (institucionalmente) entre ellas, además de la Policía y los jueces. ¿Cómo es posible que la enorme estructura de supervisores, directores, vicedirectores, tutores, coordinadores de área, profesores, coordinadores de supervisores, asociaciones de padres, programas de convivencia, asesores pedagógicos (y la lista sigue), no haya emitido alertas de lo que estaba ocurriendo? O peor aún, que ninguno de ellos hubiera podido actuar para evitarlo y, en la práctica, no importen como actores con influencia en los colegios, algo clave en el trabajo pedagógico institucional.

¿Cómo es posible que la enorme estructura de supervisores, directores, vicedirectores, tutores, coordinadores de área, profesores, coordinadores de supervisores, asociaciones de padres, programas de convivencia, asesores pedagógicos (y la lista sigue), no haya emitido alertas de lo que estaba ocurriendo?

Razones de un fracaso político

Esta nueva toma de los colegios es también una consecuencia de la política educativa de Horacio Rodríguez Larreta (HRL) en la escuela secundaria, o, como se llama en CABA, la secundaria del futuro. Pero al mismo tiempo, es preciso resaltar dónde reside el origen del problema.

1. La gestión de HRL en educación integra en la estructura institucional una enorme cantidad de técnicos, militantes, especialistas y funcionarios ligados al kirchnerismo, la izquierda, los sindicatos y a sus usinas intelectuales, como ser Filosofía y Letras (UBA), UNIPE, CIPPEC, nuevas universidades del conurbano, etc. (en adelante la corporación educativa). Y casi todas estas personas ingresaron y ascendieron a responsabilidades institucionales en los años del PRO.

Hoy, Soledad Acuña apela a la policía porque no tiene otra llegada ni ascendiente sobre la estructura formal más cercana a los colegios, donde la izquierda y el kirchnerismo mandan. Y mandan porque tienen iniciativa, coordinación, manejan poder institucional, tienen un relato que interpela a una buena parte de los estudiantes y porque el resto de la comunidad sabe que, si se enfrentan a ellos, el Gobierno de la Ciudad no movería un pelo para apoyarlos.

2. La gestión de HRL compró parte de la agenda educativa de los think tanks progres y del kirchnerismo educativo. Así, existen múltiples programas con nombres divinos y experiencias tomadas del modelo finlandés a nivel ministerial, mientras la situación en los colegios está generalmente desconectada de esa mirada optimista-superficial y librados a la voluntad de la corporación educativa, muy bien articulada políticamente. Eso también se vio en la autonomía que tuvieron las escuelas para (no) funcionar en la cuarentena y después de ella. Incluso, iniciativas fundamentales para la política del Ministerio, como la renovación de la escuela secundaria, quedó en gran medida a cargo de militantes y especialistas kirchneristas.

Acuña maneja el Ministerio y la corporación educativa los colegios y la estructura ligada inmediatamente a ellos. Todos felices. Excepto un par de veces al año, en que pelean para consolidar a sus propios seguidores y estrategias. HRL mostrándose duro frente a un electorado que se lo demandaba y el kirchnerismo creando un foco más en la política del Guasón -caos y descontrol- para que su jefa se libere de las causas judiciales.   

3. Mientras la política de HRL en el nivel medio llenó el ministerio de programas y discursos progres, fue desarmando toda posibilidad de intervención política y quitando poder de negociación, incluso de coerción institucional, en la gestión inmediata de los colegios. Al vaciar la autoridad formal, fue creciendo la informal.

Al mismo tiempo que, para convivir con la presión corporativa, dejó librados los ascensos y concursos para cargos directivos y supervisores al mero paso del tiempo (la antigüedad en el sistema), sin intervenir, hasta muy recientemente y con pronósticos inciertos, en intentar modelar nuevos criterios para la formación y creación de autoridades de colegios con un perfil muy diferente al que buscan ATE, CTERA y demás burocracias parasitarias.

Aunque concediéramos que la ministra Acuña tuviera alguna voluntad real de cambio, sus equipos contienen militantes corporativos y ligados intelectualmente al kirchnerismo, y desde ahí boicotean la gestión de cualquier intento de reforma. Esto se vio claramente en el fallido intento de reforma de los terciarios.

4. Existe una raíz conservadora y poco liberal en la gestión educativa de HRL, más allá de la adopción de una agenda repleta de tópicos que pondrían muy contento a Daniel Filmus y sus “amigues”. En la gestión educativa de la Ciudad se observa que lo importante es aumentar el poder ministerial, alimentar sus estructuras, crear programas, contratar personas y construir relatos.

Lo cierto es que mientras eso sucede, no se fortalece a la sociedad civil, ni se confía en ella. Por eso no se busca proteger ni empoderar a los sectores más racionales y modernos de la comunidad educativa. Por eso, no se logró coordinar a padres, alumnos, y directivos en redes donde prive la racionalidad. Por eso no se pusieron frenos reales a las políticas sindicales y de la corporación educativa. Por eso hoy la única salida es la policía.

Las gestiones educativas del PRO (las de Esteban Bullrich en CABA y Nación, la de Alejandro Finocchiaro en el país y la de Acuña) tienen una base común: creen que para cambiar la educación no hay que dar ninguna pelea estructural. Pareciera que para enfrentar a la corporación educativa bastara con acumular políticas formales y un plan de modernización que, finalmente, impondrá la civilización sobre la barbarie de modo natural y por consenso.

Las gestiones educativas del PRO (las de Esteban Bullrich en CABA y Nación, la de Alejandro Finocchiaro en el país y la de Acuña) tienen una base común: creen que para cambiar la educación no hay que dar ninguna pelea estructural.

HRL en general no se siente cómodo con el conflicto con las corporaciones. Pero la religión del optimismo bobo tiene el insuperable límite de la realidad, y eso lo aprendimos entre 2015 y 2019. Y así, la realidad es que, aun fuera del gobierno de la ciudad, el poder de la corporación educativa (con la llave para leer, implementar o rechazar las políticas que se aplican sobre ella) está tan consolidado como siempre.

Por más que queramos imaginar que los colegios son escenarios sarmientinos y que basta, sin más, con soñar con escuelas nórdicas, apelar al ideario del gran sanjuanino o dotar colegios de tecnología y recursos sin criterio, la realidad es que gran parte de la vida institucional de la educación sigue en manos de grupos políticos ligados al kirchnerismo y a la izquierda.

Y no la van a soltar, excepto que alguien los quite de allí.

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