Política

Chile dijo NO a la Constitución de la vergüenza

Lo que debe quedar claro, es que el 4 de septiembre debe ser recordado como el día donde se pone la lápida al período más negro de nuestra historia republicana en este siglo XXI, el rechazo a la propuesta de una Constitución de la vergüenza.

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El 4 de septiembre de 2022, debe ser recordado como el día donde las fuerzas de la razón primaron sobre el revanchismo y la violencia como método de acción política. Parte un nuevo día, y se cierra un ciclo que muchos chilenos esperan no volver a repetir. Las fuerzas políticas formales, que el 15-N entregaron Chile al castrocomunismo y lo dejaron a la deriva, comienzan a dar señales de una nueva entrega, de avanzar hacia un nuevo pacto de rendición, tal como el de 15 de noviembre de 2019 —pero esta vez sin la amenaza de la violencia de por medio— una especie de entrega voluntaria, lo cual incumple el mandato popular de los 7.8 millones de chilenos que decidieron respetar y cerrar el Capítulo XV de la Constitución Política de la República, la cual nos dice en su Artículo 142: “Si la cuestión planteada al electorado en el plebiscito ratificatorio fuere rechazada, continuará vigente la presente Constitución”.

Si bien los mercados reaccionaron fuertemente con una baja del dólar y apreciación del peso chileno tras los resultados del plebiscito durante la mañana del lunes, en el transcurso de la mañana el mercado cerró con un alza de la divisa norteamericana, explicado —de cierta forma— porque las fuerzas políticas tradicionales buscan prolongar este proceso constitucional, como lo han señalado desde el Partido Comunista de Chile (PCCh) hasta la Unión Demócrata Independiente (UDI).

Las fuerzas políticas formales, que el 15-N entregaron Chile al castrocomunismo y lo dejaron a la deriva, comienzan a dar señales de una nueva entrega, de avanzar hacia un nuevo pacto de rendición, tal como el de 15 de noviembre de 2019.

Además, de forma preocupante, la izquierda chilena con la complicidad de la centroderecha, están incurriendo en el mismo procedimiento de desconocimiento de la elección del día domingo, tal como ocurrió en Venezuela de Hugo Chávez (2007), en Bolivia de Evo Morales y en Colombia de Juan Manuel Santos (2016), donde en cada caso la opción que rechaza dichos acuerdos o cambios constitucionales termina utilizándose como mero termómetro y pasando a una nueva fase de aprobación, desconociéndose el mandato popular. Lo cual es soportado por un bombardeo mediático y de propaganda importante dentro de los medios de comunicación tradicionales. Por lo mismo han anunciado que el proceso continuará hasta tener una nueva Constitución, curiosamente tal como señalan los violentistas de las calles, que no respetan a nadie ni a nada.

Un sector importante de la política chilena busca mantener un relato que han fijado en piedra dentro del proceso, que es el del plebiscito voluntario de entrada. Sin embargo, de ahí surgen visiones alternativas para mantener la guardia para disputar los conceptos instalados por la izquierda bajo el soporte mediático y la cesión de las fuerzas centroderechistas. Recordar que solo un 39% del padrón electoral votó a favor de la opción apruebo en el plebiscito de entrada, por lo mismo se camuflan del 78% vs 20%, lo que en realidad fue que, tan solo 5.8 millones de los chilenos habilitados para votar aprobaron ese proceso.

De lo anterior surgen las sospechas e intrigas sobre ese resto de 50% de chilenos que no votó en el plebiscito de entrada y que al parecer no quiere ningún proceso o simplemente la indiferencia ha sido su opción. Sin embargo, hoy el rechazo es mayoría absoluta con 52% del padrón, por sobre el 32% del apruebo de este 2022, una cifra real que debería ser usada para respaldar la restauración del Estado de derecho y poner fin a la locura constituyente y la incertidumbre, con un proceso constitucional que nos ha costado más de $68 mil millones de pesos chilenos (US $78 millones), sumado a todas las consecuencias que ha tenido sobre el país.

Tras este rotundo resultado, Chile pareciera necesitar un descanso de la cuestión constitucional y enfocarse de lleno en las prioridades de sus ciudadanos: delincuencia, narcotráfico, pensiones, salud y educación, y una agenda que implique buscar crecimiento económico sostenido. Con cerca de 15 papeletas en 8 procesos electorales de distinta índole, en tan solo 3 años, hacen que la politización extrema —útil para las izquierdas que se alimentan del resentimiento y la división— de la vida en sociedad provoque estrés sobre los ciudadanos y un desvío de las responsabilidades que recaen en los tomadores de decisión para dar soluciones innovadoras a la cosa pública.

Tras este rotundo resultado, Chile pareciera necesitar un descanso de la cuestión constitucional y enfocarse de lleno en las prioridades de sus ciudadanos: delincuencia, narcotráfico, pensiones, salud y educación, y una agenda que implique buscar crecimiento económico sostenido.

Es difícil situar el momento constitucional de hoy bajo el establecimiento de acuerdos y consensos, en un escenario de crisis económica, con liderazgos políticos deslegitimados y un sector importante que avaló y dio soporte a la violencia de octubre de 2019 y que simplemente desea el fin del capitalismo chileno. Ante ello, la política se juega su supervivencia, entre un ir y venir de eufemismos e incertezas.

Lo que debe quedar claro, es que el 4 de septiembre debe ser recordado como el día donde se pone la lápida al período más negro de nuestra historia republicana en este siglo XXI, el rechazo a la propuesta de una Constitución de la vergüenza, la cual debe ser analizada en profundidad para establecer acabadamente el cómo llegamos a esto. Junto con lo anterior, también destacar que este es un triunfo de una batalla dentro de una guerra espiritual y cultural que no se agota en una mera elección y que abre la puerta para fortalecer aún más la sociedad civil y sus cuerpos intermedios. Desde Arica a Punta Arenas nuestro Chile silencioso se pronunció y ese mandato debe ser respetado hoy y mañana.

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