Política

The King

Carlos III reinará sobre un país que no sabe aún para qué se separó de la UE, defraudado y casi traicionado por su amigo EEUU en el que puso tantas esperanzas.

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La Reina ha muerto. ¿Viva el Rey?

El martes comenzó en serio el reinado de Carlos III, monarca del Reino Unido. Un reinado para el que acaso esté menos preparado que lo que lo estaba su sorprendida y asustada madre hace 70 años, aunque por cuestiones diferentes. Justamente la primera tarea que tendrá que acometer -casi hercúlea- será la de demostrar que es capaz de reinar sobre algo.

Un rey casi emérito antes de ser consagrado, que debe competir contra dos fantasmas: la imagen de su madre, con la que será permanentemente comparado, la que fue capaz de mantener la institucionalidad y aún de rescatar la monarquía desde el sacrificio de su personalidad, su felicidad y de su vida familiar, la economía áulica y hasta monástica de sus gestos, la casi despersonalización de su figura, el egoísmo transformado en consagración al servicio de la Corona y de su pueblo, la sugerencia silenciosa, la relación mágica con sus primeros ministros de todo signo, la decisión inclaudicable de poner siempre por delante su compromiso con la sociedad británica y del Commonwealth, su capacidad de suscitar el respeto y la veneración de naciones, razas, culturas y estilos que la adoptaron como su soberana y elevaron a un rango superior y único. Más que nunca, la Reina fue símbolo.

Y luego, tiene que sobreponerse a la imagen de su hijo William. A quien tantos quisieron ver como beneficiario de una abdicación impensable desde lo humano, inconveniente desde la tradición, inexplicable desde lo protocolar, imposible desde lo familiar. Una esperanza para resucitar la institución de la monarquía, el rey de los jóvenes, impecable y comprensivo, con una familia casi cinematográfica y una esposa perfecta para el rol. A tono con las demandas de la juventud, con la dinámica del mundo actual, con sus expectativas y lenguaje, con sus urgencias y quejas. Con su sencillez o su simplificación también. El rey moderno para el Reino Unido moderno, diría el eslogan. Un renovador que desacartonaría a la monarquía y a la Casa Real, un representante, más que un monarca.

Como si su madre, o la realidad, hubieran tomado al pie de la letra la popular admonición de su colega Luis XV “detrás de mí, el diluvio”, la muerte de Isabel II despierta de golpe, reaviva, toda la vocación antimonárquica británica de amplio espectro que su emblemática presencia había postergado: nadie se independizaba de la Reina, nadie se habría atrevido a deponerla.

Viejo antes de empezar a aprender a reinar y madurar, sus chances son casi inexistentes. Hasta su gesto de asco y fastidio por un tintero mal colocado o una pluma que manchaba, se transformaron de inmediato en memes, para no hablar sobre el desagrado por la infracción a las lealtades y el respeto mutuos entre “Los de arriba y los de abajo” que inmortalizaran Heidi Thomas en su serie, o el Nobel Kazuo Ishiguro en “Lo que resta del día” o Lord Julian Fellowes en Downton Abbey, trabajos que muestran el pacto irrompible de conducta entre la aristocracia inglesa y su servidumbre, que el reciente Mourning King rompió de un plumazo, valga la metáfora. Tampoco se han olvidado, ni se le han perdonado, las humillaciones que le infligió a Lady Di, que salpicaron de desconfianza popular a su hoy reina consorte, llegada a ese cargo por decreto materno. 

Como si su madre, o la realidad, hubieran tomado al pie de la letra la popular admonición de su colega Luis XV “detrás de mí, el diluvio”, la muerte de Isabel II despierta de golpe, reaviva, toda la vocación antimonárquica británica de amplio espectro que su emblemática presencia había postergado: nadie se independizaba de la Reina, nadie se habría atrevido a deponerla, o a reducirla a emérita, o a transformarla en una monarca jubilada recluida en un modesto palacete de Windsor o Berkshire. Hoy el Commonwealth está en discusión, y no sólo por una cuestión principista o de soberanía ni de representatividad. Se cuestiona el interés que puede tener ser socio menor del Reino, hoy un exprotagonista devaluado inconsecuente en el mundo, emasculado por la UE, aún antes del Brexit, que ha perdido toda grandeza en su conducción y en su capacidad de obtener y compartir aunque fuera mendrugos de riqueza, una potencia decadente que ha reemplazado a Churchill por Johnson y a Thatcher por Liz Truss.

Aún el propio Reino Unido está a la deriva luego de un Brexit que -aunque políticamente malparido – parecía un grito de independencia de la Unión Europea burocrática, arrogante y soberbia y que termina siendo casi una mendigada y castigada capitulación sin propuesta ni grandeza. Escocia ha acariciado reiteradamente la idea de segregarse, basada en la posibilidad real y legal que se lo permitiría, hasta se han leído amenazas de una unión imposible entre las dos Irlandas, pero que marca la orfandad de todos sus miembros. Y como colofón, el remate de la propia Inglaterra, donde viene creciendo casi a nivel de demanda popular el grito del fin de la monarquía, nadie sabe muy bien para ser reemplazado por qué sistema o con qué objetivo, ni con qué reclamos, pero justamente esa confusión muestra la debilidad sobre la que reinará Carlos III.

Por esas curiosidades premonitorias de la historia, sus antecesores Carlos I y Carlos II, sufrieron la caída del sistema monárquico, y Carlos I perdió no sólo la corona, sino la cabeza en ese proceso. Carlos II tuvo que esperar la muerte de Cromwell para recuperar la monarquía y el reinado de su padre y luchó y concedió para poder mantenerse reinando hasta llegar a la pobreza en el intento, si bien su gobierno terminó siendo uno de los mejores y ganó el reconocimiento de la historia, a pesar de haber sido mucho más infiel y casquivano que el rey actual, y más divertido, cuenta la leyenda. Y a pesar de que, durante su reinado, Inglaterra padeció dos flagelos: la peste bubónica y el gran incendio de Londres.

Hoy el Commonwealth está en discusión, y no sólo por una cuestión principista o de soberanía ni de representatividad. Se cuestiona el interés que puede tener ser socio menor del Reino, hoy un exprotagonista devaluado inconsecuente en el mundo, emasculado por la UE, aún antes del Brexit, que ha perdido toda grandeza en su conducción y en su capacidad de obtener y compartir aunque fuera mendrugos de riqueza.

El problema inmediato de este Carlos de ahora también tendrá que ver con el cuestionamiento al régimen monárquico, problema que crecerá a nivel callejero y de protesta hasta violenta, utilizado convenientemente por los “protestadores globales” que asuelan calles y monumentos en todo el mundo, por encima de toda democracia, por encima de cualquier mayoría, por encima de la voluntad de los votantes, fuera de toda proporción respaldatoria, fuera de toda lógica. Las revueltas de Chile luego de una apabullante derrota electoral son el más reciente ejemplo. Es cierto que el monarca no tiene función política, pero está en cuestionamiento su investidura, su razón de ser, su dignidad, su título, su rango, su status, su esencia y la de su madre. Y, además, ¿Quién quiere reinar durante la toma de la Bastilla?

Las enumeraciones previas de desgracias y avatares británicos no son casuales ni novedosas. El Reino Unido vivió muchas situaciones catastróficas en su historia, provocadas por mano propia, por terceros o por el destino, guerras, pestes, epidemias, derrotas, escisiones, incendios, hambruna, enfermedades, miseria, crímenes seriales, rebeliones, magnicidios y no con pistolas inconcretas – diría Lorca, degüellos, uxoricidios, matricidios, femicidios, traiciones e infidelidades reales y literarias. Sin embargo, atraviesa hoy la que tal vez sea la hora más oscura de su historia. Así llegó a ser imperio. Neutralizado hasta la impotencia por la molicie y la fatal burocracia cómoda de la UE, despreciado hasta el ninguneo por su suplicado aliado salvador y patronizer, EEUU, que lo rescató en la WWII, sin políticos de fuste, sin ideas, sin líderes, sin grandeza. El Brexit, si bien fomentado por la incapacidad irreflexiva de Cameron, le ofrecía una oportunidad: la de ser el paladín de la libertad comercial, que nunca aceptó ni permitió, la de efectivamente soltarse de la prisión fatal del monopolio aduanero que dirige Bruselas y sus incompetentes, la de ser de nuevo el líder de un mundo libre, esta vez. Esa posibilidad se ha desperdiciado con primeros ministros, parlamentarios y gobernantes menos que mediocres que representaron lo mejor de la inutilidad e incompetencia de la burocracia. Perdieron años clave para consolidar esa libertad y transformarse en líderes de la apertura. Prefirieron el facilismo de mendigar dádivas y excepciones del sistema monstruoso y fracasado del que habían huido. Incumplieron sus pactos internos y externos desunieron a Gran Bretaña y terminaron más subordinados que antes en nombre de las exportaciones que creían que Europa seguiría permitiéndole, y de a poco fueron perdiendo mercado y respeto.

Desde el voto afirmativo del Brexit a hoy, vaga sin rumbo, perdiendo cada vez más terreno y liderazgo. Para mostrar ese desconcierto basta un ejemplo: quiere liderar los mercados financieros del mundo y que Londres siga siendo una plaza confiable para el sistema. Pero en vez de ofrecerle al mercado seguridad, confiabilidad, imparcialidad, se pliega a sanciones e inmovilizaciones de cuentas, a políticas delatoras que son un cartel luminoso para indicar que Londres ha dejado de ser un centro mundial de operaciones. Fatal pérdida de seguridad y estabilidad.  Lo confirman cuando las autoridades del mercado de metales (London Metal Exchange) intervinieron sin empacho las operaciones y perjudicaron a cientos de miles de inversores y productores arbitrariamente y sin explicaciones ni reclamos, porque su sistema no ha sido capaz de evitar la especulación o de hacer respetar las reglas de juego y temen el estallido. Esa arbitrariedad hace impensable ser considerado un centro global de negocios. No lo es ya, ni lo será. La seguridad jurídica no se declama.

Se separó de la UE a un alto costo, pero reprodujo los dislates monopólicos y proteccionistas de su otrora socio, sin gozar del tamaño de su mercado comprador ni de la generosidad del Banco Central Europeo y sus regalos. Así, manejó desastrosamente la pandemia, abandonando rápidamente su posición original y siguiendo a la OMS nefasta y en manos del terrorista Tedros Ghebreyesus, lo que lo llevó al cierre y parate que resolvió de acuerdo a las recomendaciones de las curanderas de la economía Georgieva, Yellen, Von der Leyen, Lagarde y otras sub-preparadas, que salieron a predicar las bondades de la emisión y la irresponsabilidad presupuestaria, para terminar en una falsa encrucijada entre la suba de tasas-reducción de base monetaria-recesión y el martirio colectivo de permitir la inflación para mantener o aumentar una supuesta recuperación que de todos modos durará apenas algunos meses, como se aburrió de demostrarlo la economía clásica, o sea seria. Lo de falsa encrucijada vale porque la opción no existe.

Se separó de la UE a un alto costo, pero reprodujo los dislates monopólicos y proteccionistas de su otrora socio, sin gozar del tamaño de su mercado comprador ni de la generosidad del Banco Central Europeo y sus regalos.

El Reino se adhirió a una política delirante, voluntarista, mal evaluada y suicida en materia energética, que lo lleva al sainete de que, mientras por un lado se grava con impuestos adicionales al consumo energético de la población y la producción, por otro se subsidian las tarifas con un efecto ruinoso para el presupuesto y el déficit, lo que neutraliza a un alto costo lo que se intentaba lograr con la imposición, que era una reducción del consumo. De paso, se gravan las ganancias de las empresas energéticas, y se penalizan con más impuestos a las empresas de alto consumo de energía. Una locura digna de la Unión Europea, de la que supuestamente se han liberado, pero sin los beneficios y la tolerancia que el tamaño, la emisión de moneda y deuda les permiten a sus otrora socios. Dentro de pocas semanas, el nuevo rey, aunque no tenga funciones ejecutivas en el sistema, tendrá que poner la cara para explicar por qué la sociedad británica se está muriendo de frío, de desempleo y tal vez de inanición, si continúa esta línea antienergía.

Para sintetizar, Europa está muy mal, al borde de la ruina, quién sabe de qué lado del borde. Gran Bretaña está peor, y sin ideas, dimensión, proyecto ni alternativa. Sigue haciendo lo mismo que antes fracasó, pero ahora sin la protección de su mercado y la tolerancia del sistema. Carlos III reinará sobre un país que no sabe aún para qué se separó de la UE, defraudado y casi traicionado por su amigo EEUU en el que puso tantas esperanzas.

Es posible que ese desconcierto, esa inutilidad burocrática, esa falta de inteligencia política, o ese exceso de deshonestidad de todos sus políticos, esa confusión aún del mismo pueblo británico que no sabe ni lo que votó, ni lo que quiere, ni adónde va, ni como sigue este cuento, sea una oportunidad para Carlos. Si pudiera alzarse por encima de las mentes menores que pululan en la otrora gran potencia, tal vez podría encontrar su misión, su razón de ser, hasta la justificación misma de la existencia de una monarquía.

El Brexit no era esto, ni se hizo para esto, más allá de la desordenada visión de los votantes, que no suelen elegir con un libro de Montesquieu, de Tocqueville o de Mises como elemento de consulta. El Brexit sólo sirve si Gran Bretaña se convierte, por primera vez en su historia, en paladín de la libertad de comercio, en centro del mundo financiero y empresario en el que todos confían, más allá de los avatares y de las circunstancias políticas, en el santuario de la libertad, de la que tampoco fue parámetro, a pesar del pensamiento superior que supo trasmitir en sus filósofos, sus pensadores y sus investigadores. Una guerra contra la coima del populismo, contra las reivindicaciones baratas, contra el mundo woke pavimentado de disconformidades, contra las asonadas callejeras rentadas e inducidas que abogan un mundo imposible y antinatural sin desigualdades ni riesgos, aún las desigualdades sexuales y de género (Vive la différence, diría un francés) que terminan esclavizando y paralizando a los mejores. Contra la economía de pacotilla, contra el Keynesianismo mágico que la fundió una vez. Habrá que recordar que, aun sin ser parte del gobierno, ni poder intervenir en sus políticas, George VI – también un rey con handicap múltiple – apoyó a Churchill cuando nadie le prestaba atención en su posición de resistencia y lucha contra la pesadilla nazi. Y ese apoyo fue decisorio para el mundo. Hay derecho a dudar, tanto que el Soberano esté dispuesto a jugarse tanto, como que Liz Truss sea la indicada para guiar políticamente a la nación en este momento de decisión y de vida o muerte. Eso no es lo relevante. Si algo pudo aprender Carlos de su madre, fue la habilidad de inducir, de sugerir con preguntas o comentarios mínimos, de ser capaz de ponerse del lado de su país y de su grandeza, de encontrar en cada primer ministro lo mejor.

El Brexit sólo sirve si Gran Bretaña se convierte, por primera vez en su historia, en paladín de la libertad de comercio, en centro del mundo financiero y empresario en el que todos confían, más allá de los avatares y de las circunstancias políticas, en el santuario de la libertad.

No hay otro camino que salve al rey y a la monarquía. Ni otro camino que salve a Gran Bretaña, por difícil e imposible que ello luzca. Los otros caminos llevan al fracaso. Quien abrace los principios de la libertad individual, de los derechos del individuo, de la libertad de comercio y la solidez fiscal, emergerá triunfante entre las cenizas del proteccionismo y de la emisión irresponsable y el reparto alegre y desenfadado de felicidad exprés. El Reino Unido debe recuperar su grandeza y jugarse a esa causa, como se jugó en la Segunda Guerra. En esa línea, en ese camino, podrá reclamar con orgullo “God save the King”. Si en cambio sigue haciendo lo mismo que el resto de la fatal y corrupta burocracia universal, el rey es insalvable. Y el Kingdom también.

Y aun cuando en esa lucha fuera derrotado, si esas ideas se frustrasen con el sello de imposible que es la antesala de todos los fracasos, si la democracia se transformarse en la tiranía de las masas, Carlos III debe comportarse de modo que, cualquiera fuera el resultado de esa guerra, la historia recuerde con orgullo, aunque fuera el último rey, que esta fue su hora más gloriosa.

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