Política

Suicidio europeo

El nuevo Homo Europeus es un hombre sin raíces, sin creencias y, por ende, sin ninguna consistencia.

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La des-orientación de Europa

Afirmaba Curzio Malaparte que Europa había creado algo más trascendente que ella: la civilización europea; que imperios como Roma, España, o reinos como Portugal, Francia o Inglaterra se habían encargado de desparramar por el orbe. Agregaba que, aunque Europa estaba en decadencia, la civilización europea seguía, pese a Europa, defendiéndola y que, al igual que los dioses griegos, sólo los europeos podían asesinar a Europa.

Advino el tiempo del suicidio europeo.

Europa ha perdido su fuerza vital y se retuerce, salvo honorosas excepciones como la Hungría de Viktor Orbán, en la decadencia woke, prisionera entre las garras de la hegemonía dictatorial LGBT y de una obstinación por borrar las huellas de todo lo que la ha construido: la herencia de Grecia y de Roma, sublimada por la cristiandad. “Europa es la fe y la fe es Europa” decía el gran escritor inglés Hillaire Belloc y agregaba que la decadencia social de un país era sólo la consecuencia lógica e inevitable de un precedente derrumbe religioso. Europa ha abandonado la religión de sus padres, dándole la espalda a todo lo que la hizo grande.

Las sociedades europeas están fracturadas, porque fracturadas primero están las almas de los europeos.

El nuevo Homo Europeus es un hombre sin raíces, sin creencias y, por ende, sin ninguna consistencia. Se mueve al son de las modas y grita, en una paradoja que no entiende, su triunfo de haberse despojado de todas las estructuras patriarcales y religiosas del pasado, sin darse cuenta que se ha convertido en un esclavo de todas las dictaduras modernas, y en primer lugar del pensamiento políticamente correcto que eructa al ritmo de su baile descontrolado. Las sociedades europeas están fracturadas, porque fracturadas primero están las almas de los europeos. Las comunidades importadas a granel, substituyen a gran velocidad a las comunidades locales que, en su afán materialista de asegurarse su confort personal ya no engendran, ni tienen hijos. Las familias, base de toda sociedad sana, están divididas y recuerdan el vaticinio del Martin Fierro, “si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera”.

A Europa se aplica lo que decía Dostoievski cuando afirmaba, hablando de los dolores padecidos en el Este por el comunismo, “los hombres se han olvidado de Dios, es por ello que todo esto ocurre”.

Es curioso, en los tiempos actuales, que sea un genial escritor ruso que nos explique lo que ocurre en Europa cuando esa nacionalidad ha pasado a convertirse en lo equivalente de un leproso en el Medioevo. Europa ha perdido el Oriente y, sin él, está desorientada. Sin Oriente. Sin rumbo. Perdida en el medio de un mapa limitado artificialmente por la geografía fronteriza de Schengen, sin que la mayoría de sus dirigentes vea lo que está ocurriendo afuera.

Rusia lo ha entendido perfectamente. En uno de los últimos llamados de Macron antes de la ofensiva rusa, Putin le indicó no tener mucho tiempo porque quería ir a jugar… un partido de hockey sobre hielo. En lenguaje diplomático, eso se llama un cachetón. El Papa Francisco no pudo reunirse con Xi Jinping, durante su estancia en Kazajistán, días pasados. Cortésmente, el líder chino declinó la invitación del Vaticano aduciendo falta de tiempo. Tiempo tenía para reunirse, el 15 de septiembre 2022, con Putin para estrechar su ya avanzada cooperación al margen de una reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), organización que reúne, es importante recordarlo, al 44% de la población y al 30% del PIB mundial.

Europa ha perdido el Oriente y, sin él, está desorientada. Sin Oriente. Sin rumbo. Perdida en el medio de un mapa limitado artificialmente por la geografía fronteriza de Schengen, sin que la mayoría de sus dirigentes vea lo que está ocurriendo afuera.

Mientras que Úrsula von der Leyen se desboca y promete que la Unión Europea sostendrá a Ucrania “el tiempo que sea necesario” y acuerda más fondos para los ucranianos, el resto de Europa se prepara para pasar un crudo invierno sin gas (ruso) y con previsibles cortes de electricidad. Mientras que enceguecidos partiodistas (periodistas partidarios) siguen titulando “la guerra de Vladimir Putin está fracasando”, Rusia realiza ejercicios militares conjuntos con algunos “pequeños” países como la China y la India, entre otros.

Unos gesticulan, mientras que los otros aceitan su estrategia. 

La industria alemana depende, le guste o no, del gas ruso para funcionar. Con un fanático fatalismo, casi místico, los industriales alemanes ven el derrumbe económico de su país, sin que a ninguno se le ocurra ponerle un ultimátum al canciller o la von der Leyen que, empañados en su cruzada por Ucrania, están condenando Europa a convertirse en uno más de los bloques del tercer mundo. Puede parecer exagerada y totalmente descabellada mi afirmación, pero la mantengo: de seguir el curso actual, en décadas futuras, Francia y Alemania serán países subdesarrollados. Los argentinos conocen de crisis y de decadencias brutales que pueden convertir lo que fuera otrora una sexta potencia mundial en una nación corrompida que se codea con estándares económicos de países africanos, en una mediocridad instalada.

Cabe recordar que cada vez que tuvo que elegir entre el peor mal o Rusia, Alemania se ha volcado de manera sistemática en las últimas tres grandes guerras (1870, 1914 y 1939) a darle, tarde o temprano, la espalda a Rusia y a elegir el peor mal. Esa obstinación anti-rusa ha traído los peores tormentos al pueblo alemán. El escenario previsible en Alemania y en toda Europa puede resumirse en pocas líneas: freno a la producción industrial por la falta de energía, quiebras al por mayor, desempleo, aumento de los precios y consecuente inflación, pérdida del poder adquisitivo y derrumbe del euro.  

A este punto, tenemos que ser justos con Rusia. Porque los males que acabo de listar no son la consecuencia exclusiva de la invasión a Ucrania.

Esos males, que deberán sortear los europeos, tienen su causa en las pésimas decisiones tomadas las últimas décadas por los gobernantes europeos que, al mismo tiempo que aplicaban al pie de la letra, con una sumisión total, las consignas recibidas desde Washington no hicieron nada para liberarse del aprovisionamiento de energía ruso. ¿Alguien acaso escuchó un mea culpa de Macron o de Merkel por haber cerrado las fábricas nucleares civiles? ¿Algún dirigente se lamentó por haber postrado la economía y la producción con la adopción de las sucesivas cuarentenas? ¿Algún europeo se opuso a la decisión (americana) suicida, de cerrar el gasoducto Nord Stream 2 sin contar con otro aprovisionamiento?

Europa esté presa de élites alocadas que, tomarán pésimas decisiones sin importarles demasiado lo que advenga porque al final del día, la cuenta no la pagaran ellos.

Al igual que lo que ocurrió con el Covid-19 la clase política europea está totalmente desfasada con la realidad. Hace unos días Macron propuso que Francia le suministre gas a Alemania. Pero, ¿dónde encontrará Francia el suministro?

Temo que, al igual también que lo que ocurrió con el Covid-19, Europa esté presa de élites alocadas que, tomarán pésimas decisiones sin importarles demasiado lo que advenga porque al final del día, la cuenta no la pagaran ellos. La pagarán los europeos. Las generaciones actuales y las venideras.

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