Política

Plebiscito en Chile: cómo se evitó entrar al infierno

Los chilenos repelieron masivamente las sombras que pretendían levantar contra la unidad del Estado, y reafirmaron dos siglos de construcción republicana y mestizaje integrador.

Compartir:

En una votación inédita, el 62% de los 13 millones de votantes chilenos rechazó el domingo pasado la propuesta de nueva Constitución elaborada por la Convención Constituyente y apoyada por el Gobierno. Los chilenos repelieron masivamente las sombras que pretendían levantar contra la unidad del Estado, y reafirmaron dos siglos de construcción republicana y mestizaje integrador. Para entender la magnitud de la derrota del Apruebo: en la votación del 25 de octubre de 2020 para redactar nueva carta fundamental – considerada “histórica” por su participación – votaron más de 7,5 millones de electores. El domingo pasado, solamente el Rechazo, consiguió 7,8 millones de votos, 290.756 más que todos quienes concurrieron a participar en el plebiscito de entrada. 

En sociedades que no han alcanzado el desarrollo suele suceder que un efluvio circunstancial de una parte de la población – impulsado por una minoría violenta – puede acabar con un proceso institucional de siglos, puede cancelar una constitución y puede plantear “la refundación de una sociedad”.

Y es que la convocatoria era dirimente. El proyecto sometido a votación ponía en peligro la unidad histórica del país en base a una entelequia denominada “pueblos originarios”, y cuestionaba la República con el concepto de “democracia paritaria”. Era esencial rechazar categóricamente la constitución comunista y posmoderna que pretendía amenazar la vigencia de Chile como estado unitario y como democracia representativa, y que ponía en peligro la igualdad ante la ley, uno de los pocos legados positivos de la Revolución Francesa. 

De las cosas más sorprendentes que deja el plebiscito del domingo es la relación de las mayorías o humores circunstanciales que logran arrasar con las instituciones. En sociedades que no han alcanzado el desarrollo suele suceder que un efluvio circunstancial de una parte de la población – impulsado por una minoría violenta – puede acabar con un proceso institucional de siglos, puede cancelar una constitución y puede plantear “la refundación de una sociedad”.  

El rechazo de los aborígenes y pobres

El primer artículo del proyecto rechazado proponía un estado social de Chile plurinacional, es decir, basado en la unidad de esas especulaciones llamadas “pueblos originarios”, a pesar que las poblaciones con influencia nativa no sobrepasan el 13% del total de habitantes. Y en su artículo 5° señalaba que Chile “reconoce la coexistencia de diversos pueblos y naciones en el marco de la unidad del Estado”. Sin embargo, las comunas con mayor población indígena rechazaron masivamente el texto: en Alto Biobío, donde el 84,20% de la población es indígena, la opción Rechazo alcanzó el 70,75%; en Saavedra, donde dicha población alcanza al 79,60%, el Rechazo ganó con el 68,05%; en Cholchol, donde el 75,30% de las personas declara ser indígena, el 73,82% prefirió descartar el texto constitucional; en Tirúa, donde el 70,40% de los habitantes pertenecen a algún pueblo indígena, el Rechazo triunfó con el 77,25% de los sufragios; en Galvarino, comuna cuya población indígena alcanza el 69,20%, el Rechazo arrasó con el 74,91% de los votos; en Camiña y Colchane- que según el Censo 2018 estaban entre las comunas con mayor porcentaje de pueblos originarios – el Rechazo se impuso con 87,64% votos; y Colchane, a su vez, marcó una holgada ventaja para el Rechazo, con el 94,70% de los votos, frente al 5,30% registrados por el Apruebo. 

Difundía la falsa creencia de que el Estado garantizaría desde la felicidad hasta la harina, el proyecto fue masivamente rechazado por los quintiles más pobres.

Por otra parte, a pesar de contar con 388 artículos y 50 disposiciones transitorias – una de las constituciones más extensas de la historia – que infantilmente difundían la falsa creencia de que el Estado garantizaría desde la felicidad hasta la harina, el proyecto fue masivamente rechazado por los quintiles más pobres. Esto confirma, una vez más, que el comunismo es un fenómeno de los ciudadanos más acomodados afectados por una infinita arrogancia. En efecto, en el quintil de ingreso más bajo, el Rechazo obtuvo 75.1% de los votos; en el medio bajo, 71.3%; en el medio 65.2%; en el medio alto, 64.4% y en el quintil más alto, el de los ricos del país, el Rechazo obtuvo 60.5% de los votos. La conclusión es lineal: a mayor ingreso, mayor porcentaje de aprobación del proyecto y viceversa.  

La hegemonía cultural bolchevique y posmoderna.

La vía constitucional utilizada por la ofensiva colectivista y comunista en Chile no tiene precedentes. Las izquierdas chilenas llegaron al poder quemando, amenazando, pisando todas las instituciones, mintiendo, aniquilando la autoridad del Estado para imponer orden y seguridad, y pretendieron implantar una constitución que consagrara un Estado colectivista. Pero todo ello usando los propios procedimientos establecidos por la Constitución “burguesa” que pretendían modificar. 

Si ello fue posible, es porque previamente lograron una hegemonía intelectual, cultural e ideológica sobre gran parte del país. El sentido común de la sociedad chilena, desde la izquierda hasta la derecha, se impregnó de las narrativas y relatos de los refundadores de Chile. Frente a ellos la derecha se dejó asociar con procesos autoritarios como si el terrorismo comunista y su zaga de miseria y muerte nunca hubiesen ocurrido; se avergonzaron de las ideas de la libertad como si no estuvieran respaldadas por la Historia y la filosofía; dejaron de transmitir una épica del progreso que ellas hicieron posible. Pero además de pasión y datos, fallaron por no entender las jugadas del otro. 

Las izquierdas chilenas llegaron al poder quemando, amenazando, pisando todas las instituciones, mintiendo, aniquilando la autoridad del Estado para imponer orden y seguridad, y pretendieron implantar una constitución que consagrara un Estado colectivista.

Para avanzar hacia el poder, las izquierdas chilenas combinaron las clásicas tesis bolcheviques y soviéticas – como la de los “pueblos originarios” – con las teorías posmodernas que plantean una libertad abstracta que nunca existió ni existirá: desde la ideología de género, pasando por la clásica teoría de los DD.HH. con el fin de erosionar el principio de autoridad del Estado democrático, hasta un ecologismo que convierte a la naturaleza en un ser con alma, racionalidad y respiración propia. Así, el bolchevismo y la posmodernidad se juntaron en Chile para destruir todas las instituciones intermedias que explican la libertad en Occidente: familia, propiedad, empresas, partidos políticos, religiones sagradas y cualquier forma organizativa que se oponga el poder del Estado, al que se pretendía convertir en absoluto. 

Mediante un paradigma revolucionario radicalmente diferente al determinismo entre la estructura y la superestructura cultural que proponía el viejo Marx, a la estrategia insurreccional urbana de los bolcheviques en Rusia, a la guerra popular campesina de Mao o al simplismo del foquismo cubano, en la revolución chilena el poder proviene de la cultura, de la ideología, de los sentidos comunes. Salvo la cultura, todo es ilusión y quienes la manejan son la única verdad. La radicalidad progresista fue fraguando todos los espacios de convivencia social a través del activismo político, del auge y penetración de los colectivos y fue conquistando las conciencias de las nuevas generaciones bajo la utopía de la búsqueda de lo que llaman nuevos posibles.

De allí que los comunistas y posmodernos chilenos nunca cuestionaron directamente la economía de mercado, hasta que lograron instalar la convención constituyente. Con la constituyente en marcha asomó el rostro bolchevique de los seguidores de Derrida y Foucault, los padres de la libertad abstracta, que pretende destruir las bases de Occidente.

¿Y ahora qué?

El rechazo al proyecto de nueva constitución cambia el curso de la revolución institucional que llevan adelante las corrientes comunistas, colectivistas y de la izquierda posmoderna en Chile. Sin embargo, el triunfo democrático y republicano de ninguna manera significa que la ofensiva revolucionaria ha culminado. Los comunistas no renuncian a una estrategia de poder ni pretenden convivir con el adversario. Por una cuestión táctica, en el próximo tiempo se replegarán, porque la derrota fue ejemplar. Pronto, sin embargo, volverán a convertir las calles en uno de los escenarios principales de la colisión social: seguramente se multiplicarán las tomas de tierras en la Araucanía, se incrementarán las ocupaciones de fábricas y en las calles de Santiago continuarán los estallidos violentos. De una u otra manera, el desborde por la izquierda se producirá y el Partido Comunista de Chile y el Frente Amplio enfrentarán la disyuntiva de liderar la radicalización de masas o intentar detenerla, a riesgo de perder las bases sociales que suelen construir y cultivar. En este contexto, el gobierno de Gabriel Boric posiblemente encuentre el mismo dilema: qué hacer con la radicalización de los sectores de izquierda. 

Los comunistas no renuncian a una estrategia de poder ni pretenden convivir con el adversario.

Cualquiera sea la alternativa que adopte, considerando el fracaso de la constituyente y la destrucción de la economía chilena –antes, uno de los milagros del mundo emergente– la centroderecha tiene en sus manos, una vez más y dada por una mayoría abrumadora, la posibilidad de torcer el rumbo de los acontecimientos que llevaron al país donde está hoy. 

Rechazar unidos, sin embargo, no es lo mismo que proponer unidos. El cuadro político no está fijo, se va a empezar a mover ahora con una rapidez asombrosa y la razón es que el liderazgo conductor de la nación no ha sido elegido aún. Para escogerlo hay que aglutinarse en positivo. Para lograrlo, lo primero que debiera hacer esta nueva centro derecha post plebiscito es recordar que las constituciones modernas que fueron fundantes de nuestros Estados, pretendían establecer una ruptura con un orden precedente basado, precisamente, en la desigualdad y en el privilegio. El constitucionalismo liberal fue la forma de organizar el poder político para garantizar el respeto de la libertad y de la igualdad de los ciudadanos. Se basó en la idea de la constitución como norma suprema, depositaria del poder, garante de los derechos individuales, de la separación de poderes y del control de constitucionalidad de las leyes. El constitucionalismo liberal buscaba la división del poder porque percibía al poder político con una implacable tendencia a expandirse, a perpetuarse y a ser arbitrario y opresivo.

Así las cosas, los políticos de la centroderecha debieran plantarse frente al gobierno para frenarlo y poner algunas condiciones necesarias para cualquier acuerdo que no debieran resultar objeto de discusión. Si ello no sucede en el tiempo próximo, será que no han aprendido la lección.

Compartir:

Recomendados