Cultura

Mujeres Reales en Guerra. Episodio XII: Isabel y Granada: el nacimiento del Mito

La Reconquista no fue una sino muchas cosas. Fue a la vez una cruzada contra los infieles, una sucesión de expediciones militares en busca de botín y una migración popular.

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Cuando Fernando accedió a su vez al trono de Aragón en 1479, se preparó el escenario para esa trascendental cruzada, la reconquista del último reino árabe de España. Fernando e Isabel dieron su propia versión de los motivos de la Reconquista: no se emprendió con el fin de «acumular tesoros», ya que podrían haberse quedado en casa «con muchos menos peligros, fatigas y gastos». Pero “el deseo que tenemos de servir a Dios y nuestro celo por la santa fe católica nos ha inducido a dejar de lado nuestros propios intereses e ignorar las continuas penalidades y peligros a que nos compromete esta causa”.

La Reconquista no fue una sino muchas cosas. Fue a la vez una cruzada contra los infieles, una sucesión de expediciones militares en busca de botín y una migración popular. Esta migración hacia el sur convenía a la reina de Castilla, mientras que el rey de Aragón, por obvias razones geográficas, seguía preocupado por su territorio francés del vecino norte. Luego estaba la cuestión de los inquietos nobles castellanos: como había descubierto la reina Tamara en Georgia, los repetidos conflictos contra los vecinos extranjeros constituían una buena forma de ocuparlos y mantener a la fuerza su lealtad a la corona.

«Es muy cierto que tu guerra es justa», le escribió Isabel a Fernando sobre sus compromisos franceses, «pero mi guerra no sólo es justa sino santa».

Pero dada la atmósfera milenaria europea del siglo XV después de la captura de Constantinopla en 1453, y dado el carácter devoto de la propia Isabel, «el alma de esta guerra», la declaración de los «Reyes Católicos» nunca debería ser descartada por una época posterior como en sí misma poco sincera. «Es muy cierto que tu guerra es justa», le escribió Isabel a Fernando sobre sus compromisos franceses, «pero mi guerra no sólo es justa sino santa».

En 1482 los cristianos capturaron Alhama, al suroeste de Granada, y desde esa fecha en adelante hubo una serie de campañas mientras los moros eran acechados, a través de su otrora orgulloso reino, por los depredadores tigres españoles. Estos fueron días conmovedores para los cristianos, en particular para aquellos que habían estado durante mucho tiempo prisioneros de los moros. Cuando Ronda fue reconquistada, los sucios y demacrados prisioneros que salían de sus mazmorras fueron consolados por la propia Reina. La entrada real en Mochin reconquistada estuvo marcada por un solemne Te Deum cantado en la capilla real; mientras se entonaban las versos, los presentes escucharon débiles ecos subterráneos y gradualmente se dieron cuenta de que las mazmorras se encontraban en algún lugar debajo de la capilla. En una escena que recuerda la aparición de los prisioneros en Fidelio, los cautivos cristianos, encarcelados durante mucho tiempo en la oscuridad, fueron conducidos.

Sin embargo, fue útil que los moros estuvieran desunidos en esta fecha. Una disputa dentro de la familia del anciano rey nazarí Mulay Hassan significó que el reino mismo se dividió. Cuando su hijo Boabdil, fue apresado en abril de 1483, pensó que valía la pena aceptar la moción de una tregua de dos años. Boabdil fue un aliado vacilante: en el asedio final de Granada a fines de 1491, fue Boabdil quien desafió a los españoles.

Esto no denigra la firmeza de los españoles. Se vieron obligados tanto a escalar montañas como a luchar en un lugar inhóspito, al menos en las primeras etapas de la campaña. Y si Boabdil no fue un gran general, El Zagal, su tío, infligió una aplastante derrota a los cristianos en 1483.

Los propios esfuerzos de Isabel se dividieron, como los de Tamara, en sus contribuciones estratégicas privadas y sus apariciones públicas de «figura decorativa». Este último incluía las ocasiones ceremoniales, como la de Sevilla, cuando la milicia se revisó en plena formación de batalla, con batallones sucesivos bajando sus estandartes al pasar la Reina. Isabel estaba sentada en una silla de montar repujada en oro y plata, llevada por una mula castaña cuya brida era de satén carmesí cubierta con bordados de oro.

Pero también hay numerosas vistas de ella, espléndidamente serena y valiente ante los asedios: fue una suerte para ella, quizás, en términos de exhibición pública, que la Reconquista fuera predominantemente una guerra de asedios. Estos últimos crearon su propia mitología según la cual se decía que la llegada de la Reina espoleaba a las tropas castellanas, hasta el punto de que la victoria, antes dudosa, se hacía segura. Su visita a Málaga se produjo al cabo de tres meses de arduo asedio y Málaga se rindió. Fue la llegada de Isabel ante las murallas de Baza a finales de 1488 lo que dio a conocer a los habitantes la triste noticia de que el sitio se proseguiría con renovado vigor.

Crearon su propia mitología según la cual se decía que la llegada de la Reina espoleaba a las tropas castellanas, hasta el punto de que la victoria, antes dudosa, se hacía segura.

Los moros estiraban el cuello sobre las murallas de la ciudad para echar un vistazo a la legendaria Reina con sorpresa y curiosidad. Isabel en su cota de malla constituía una imagen femenina muy diferente a la de la Sultana Soraya, la madre de Boabdil que originalmente era Isabel de Solís una cautiva cristiana, cuyo mundo era la intriga y la persuasión. La mujer a la que los moros, boquiabiertos, espiaban desde las murallas pasaba revista a todo su ejército montada sobre un brioso caballo andaluz, haciendo brotar los gritos de los labios de sus soldados: ‘¡Castilla, Castilla, por nuestra Rey Isabel!’

Mientras Isabel con sus hijos oteaba el exótico palacio de la Alhambra, una jabalina con un mensaje insultante ‘para la Reina de Castilla’ había sido lanzada en dirección a sus aposentos; para dirimir el asunto se celebró combate singular entre el campeón moro Yarfe y el cristiano Garcilaso de la Vega, que ganó el cristiano.

Y así la campaña cristiana avanzó inexorablemente hasta el sitio final de la ciudad de Granada a fines de 1491. Finalmente, Boabdil se rindió formalmente el 2 de enero de 1492. “Llora como una mujer, lo que no has sabido defender como un hombre” le dijo la Sultana a Boabdil.

En un gesto tanto simbólico como práctico, la mezquita principal fue reconsagrada como iglesia; se pudo celebrar Misa y se pudo dar gracias por la gran victoria. Después de eso, los dos ‘reyes’ se dirigieron en procesión a la Alhambra y se posesionaron de los asientos de los gobernantes moros de Granada. Pronto la bandera de Santiago, patrón cristiano de la cruzada, ondearía sobre la villa: y el tradicional grito de ¡Santiago! ¡Santiago!, se uniría a la aclamación universal: “¡Granada, Granada, por los ilustres reyes de Castilla!”.

Las energías imperialistas de los «Reyes Católicos», (título que el Papa les dio después de la Reconquista), se liberaron al final de las luchas que los habían ocupado durante dieciocho años. Entonces Colón fue patrocinado en su aventura occidental y Fernando comenzó a buscar en otros lugares de Europa como Navarra y el sur de Italia, para establecer el reino de Nápoles para Aragón, al igual que Isabel había añadido Granada a Castilla.

En retrospectiva, el patrocinio de Colón puede verse como el logro más resonante de los “Reyes Católicos”; pero no se percibió de inmediato. La deslumbrante cruzada de reintegrar el reino moro a la España católica, después de ocho siglos, tuvo mayor impacto, muy probablemente por ser un mayor anhelo para la población y por tratarse de algo material y visible inmediatamente, mucho más que los resultados futuros de las travesías atlánticas.

Menos lustrosa resultó la cruzada interna para el trato de judíos, musulmanes y conversos. También aquí los resultados eran prontos. La afectación económica en tierras, trabajos y dineros entre cristianos y el resto se hizo notoria de inmediato. Requería por supuesto un tratamiento urgente y así se hizo, no de la mejor manera. Las circunstancias de la época ponían a Isabel entre soluciones liberales que desarrollaran al reino y procesos rigurosamente religiosos que no lo beneficiaban tanto. Isabel es hija de su época aunque es adalid también de la siguiente.

Fue criada bajo el dominio de la fe católica, aderezada por la rigidez que la Iglesia de su tiempo debía reforzar por los crecientes desafíos que enfrentaba. La crisis del Vaticano obligaba a esa rigurosidad en la fe, pero al mismo tiempo exigía de flexibilidad política e imaginación. Con tan poco espacio de maniobra se comprende la decisión de Isabel de inclinarse hacia la expulsión y conversión forzada de no cristianos, ejecutada a instancias de sus consejeros religiosos, de los que pocos comprendían los beneficios de una política diferente. La importancia y consecuencia de estos hechos, no habría sido incomprensible para la Reina Isabel, que supo administrarse mejor en los asuntos de sus nuevos súbditos indios.

Se cuenta que el éxodo de judíos de sus antiguos terruños presentaba imágenes tan desgarradoras “…que no había cristiano que no sintiera pena por ellos”. Los moros corrieron con igual suerte poco después, y a los indios americanos tampoco les fue muy bien. Todo sobre la base de la conversión cristiana. Para Isabel la necesidad de unidad religiosa en España colocaba estas expulsiones en un nivel muy diferente al de la protección que al principio otorgó a súbditos distantes. Claro que nada de esto era evidente en la vorágine de decisiones y cambios mundiales que rodeaban a sus Majestades Católicas.

Para Isabel la necesidad de unidad religiosa en España colocaba estas expulsiones en un nivel muy diferente al de la protección que al principio otorgó a súbditos distantes.

No exenta de una muy buena evaluación política, la cruzada personal de Isabel por la fe y su determinación, fue aprobada por sus contemporáneos, y tan sagrada como la unión de las coronas de Aragón y Castilla. “Con esta conjunción de dos cetros reales”, dirá Bernáldez, “Nuestro Señor Jesucristo se vengó de sus enemigos y destruyó al que mata y maldice”. Era el espíritu de una época que moría.

Isabel salió del papel que se esperaba de su sexo en una dirección: se había convertido en una guerrera cruzada que expresaba sentimientos masculinos como «La gloria no se gana sin peligro». Se entiende entonces cómo ella compensaba esto en otra dirección, con su extrema humildad espiritual en privado y su devoción a la voluntad de sus consejeros religiosos, incluido el intolerante cardenal Francisco de Cisneros, promotor de las expulsiones e Inquisidor General de Castilla entre 1507 y 1517.

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