Política

Milei entre CABA, la presidencia o la nada

El sistema argentino está diseñado a prueba de estos espasmos de revolución.

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Milei y Espert cometieron el mismo error. Creyeron que una postulación a presidente se trata de tener presencia en los medios masivos y en redes. Ambos consideraron que eran más importantes y capaces de lo que son. Si bien los resultados electorales de 2023 no llegaron, no es necesario ser vidente para saber que, como están actualmente las condiciones, Milei muy probablemente tendrá un resultado magro.

¿Qué pasó con el candidato estrella del que hace tan solo dos meses hablaban todos? ¿Realmente tiene que ver con venta de órganos? ¿Qué rumbo puede tomar de acá en adelante?

Comencemos por el error principal. Argentina es el país con la 8va extensión territorial en el planeta. Cubrir sus distancias implica un costo importante en tiempo y dinero. Además, torna dificultoso establecer cercanía con las diferentes poblaciones que habitan el territorio. Los partidos históricos, la UCR y el PJ son los únicos capaces de brindar cercanía real además de estructuras burocráticas que permiten competir en casi todos los departamentos de las provincias.

Esta derecha es simplemente bruta. Descree de las ciencias sociales como herramientas de estudio y cambio. Es históricamente ignorante y llora “comunismo” como si se tratara de los años 70s.

Las redes y los medios de comunicación tradicionales sólo sirven como bastón para cerrar estas instancias. Embarcarse en una red de alianzas a nivel nacional tan endebles como una cena en un restaurante será una estupidez inevitable para el supuesto armazón de Javier Milei. Da igual si logra competir, la tercerización de la estructura sólo producirá lo mismo que le ocurre a nivel Capital Federal: sus supuestos legisladores por la Ciudad de Buenos Aires no tienen nada que ver con él.

Quienes opinan que debe postularse a presidente “para meter diputados” ignoran que quienes le alquilarían sus estructuras burocráticas creen que es un desequilibrado bienintencionado, una buena persona, pero con una configuración mental incompatible con la función política. Javier Milei es tan pobre que no puede afrontar un esfuerzo electoral nacional. Es momento de decirlo: Javier Milei es un producto de la televisión que llegó a la política gracias al fracaso del resto, y no por sus aciertos en esa materia. Javier Milei es ignorado por sus militantes más acérrimos y se ha rodeado de gente que bien podría ser catalogada como inoperante.

Su exitosa divulgación del libre mercado nada tiene que ver con otro tipo de capacidades. Javier Milei llegó a ser reconocido gracias a su originalidad, pero no supo desprenderse de ella cuando más lo necesitó. Es el subproducto de una Argentina cansada, donde la ira (o la huida) es la única forma de canalizar la frustración e indignación que plantean día a día redes y mass-media.

El sistema argentino está diseñado a prueba de estos espasmos de revolución. Ningún empresario pagaría las fortunas que los gate-keepers puedan solicitar. No me malinterprete, señor lector. Yo voto a Javier Milei. Pero lo hago por lo que representa, no por lo que es.

La buena noticia es que aún puede cambiar de rumbo político. Si elige correr en una escala donde pueda ser competitivo, como el ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires.

El problema no es de comunicación. Cuando las cosas que se hacen tienen un sentido dinámico, es intrascendente proponer un mercado de órganos. Javier Milei viene diciendo excentricidades hace años, así como otros candidatos de “derecha alternativa” lo hicieron en diferentes ocasiones. El problema es la configuración mental de la persona, además de la obsecuencia ignorante de quienes lo empujaron en un proyecto que exige una escala completamente incontrolable para las posibilidades monetarias y burocráticas del candidato.

Esta derecha es simplemente bruta. Descree de las ciencias sociales como herramientas de estudio y cambio. Es históricamente ignorante y llora “comunismo” como si se tratara de los años 70s. Javier Milei permitió producir un cambio espectacular en el plano de discusión de la realidad, pero él y quienes lucran con él no van a producir un cambio político significativo en nuestro país. La prueba más fuerte de ello es la realidad misma, luego de casi un año como diputado, su influencia en el recinto es nula y ya jugó su carta más importante, la de anunciar una futura candidatura, lo que anula cualquier tipo de factor sorpresa o novedad.

La buena noticia es que aún puede cambiar de rumbo político. Si elige correr en una escala donde pueda ser competitivo, como el ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires, podría tener chances de ser una real amenaza al corazón de la actual oposición, forzando así una negociación donde puede obtener financiamiento orgánico y poder zonal propio.

Esto exigiría una alianza a nivel nacional con alguna tercera vía. Ninguna de las dos coaliciones mayoritarias ofrece un producto electoral deseable por la masa de votantes. Es el momento de las terceras vías para capitalizar. La buena noticia es que no es necesario comulgar internamente con los objetivos y moral de los aliados. Ninguna coalición hoy tiene cohesión interna. Es decir, Javier Milei podría hacer una alianza con Florencio Randazzo y sería igualmente valida que otra con Juan Schiaretti.

La Provincia de Buenos Aires es otro distrito de importancia. Joaquín de La Torre, Senador provincial y barón de San Miguel, parece ser un aliado posible ahí. Con dos o tres de los distritos más populosos, es posible embarcarse en una aventura de tinte nacional. Ya no en soledad, sino con factores reales de poder. Sin embargo, esto exigiría también un trabajo conjunto que Javier Milei hoy no puede sostener por porte político y experiencia política.

En Argentina, los mandos medios de la casta se renuevan, es el país de la oportunidad y la impunidad. Sólo las cabezas permanecen, pero debajo, sólo hay caos de funcionamiento y vendedores de servicios que aspiran a vivir de la única teta productiva fuera del sector agrícola: la renta indirecta del Estado. No existe tal cosa como la inexistencia de “casta política”. Muy por el contrario, los países con objetivos serios y de largo plazo tienen castas bien definidas que planifican estratégicamente la supervivencia de lo que les permite permanecer en tal condición.

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