Cultura

La libertad política y su historia

Autor: Natalio Botana. Editorial: EDHASA. Paginas: 304

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Una nación declina -escribió Domingo Faustino Sarmiento- cuando no puede plasmar cuatro promesas: las promesas del crecimiento, del bienestar, del conocimiento (educación y ciencia para desarrollar una ilustración práctica) y de la madurez republicana. La decadencia sobreviene cuando estas promesas dejan de actuar en consuno: decadencia de la economía, de la educación y de la ciudadanía. ¿Cabe alguna duda de que el genial sanjuanino prefiguró a la Argentina decadente de 2022?­

Con prosa erudita, Botana sigue un hilo dorado: la historia del siglo XIX es, políticamente, el ascenso de la libertad en el mundo. En el terreno intelectual, aquellos prohombres se habían concentrado en el examen y la digestión de tres revoluciones: la del 1688, la de 1776 y la de 1789. No eran historiadores contemplativos; estaban al servicio de la acción.

Buena parte de las respuestas a las desdichas actuales podemos encontrarlas en los buenos libros de historia. Como éste, del que transcribimos la cita sarmientina: La libertad política y su historia (302 páginas), de Natalio R. Botana (Buenos Aires, 1937), que acaba de lanzar el sello Edhasa.

Se trata, en realidad, de una nueva versión -corregida y alargada- de la obra que Botana entregó por primera vez a la imprenta en 1991. Son trece capítulos más una introducción sobresaliente que se leen con placer y provecho. El volumen se urdió con retazos de excelencias; une conferencias, trabajos y textos incluidos en otras obras, pero transmite la idea de unidad y concatenación. Vale la pena, queremos decir. Trae enseñanzas para el presente.­

Con prosa erudita, Botana sigue un hilo dorado: la historia del siglo XIX es, políticamente, el ascenso de la libertad en el mundo. En el terreno intelectual, aquellos prohombres se habían concentrado en el examen y la digestión de tres revoluciones: la del 1688, la de 1776 y la de 1789. No eran historiadores contemplativos; estaban al servicio de la acción.­

Después de desmenuzar con lucidez la revolución estadounidense y la francesa, Botana desarrolla en la primera parte la polémica intelectual entre dos colosos: Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Los temas que se revisan son fascinantes: la revolución de Mayo, las ilusiones abnegadas de Belgrano, el Congreso de Tucumán, la desobediencia de San Martín al Directorio, la anarquía del año XX, las constituciones fallidas de clérigos esclarecidos como el deán Funes, el caudillismo, los liberalismos posibles. El libro en sí mismo es un brillante estudio historiográfico, en el sentido estricto del término, es decir revisa los escritos sobre historia y sus fuentes, y de los autores que han contribuido a desarrollar una conciencia nacional.­

¿Son las ideas de Tocqueville, el liberal desencantado, la influencia primordial de Botana? Da esa impresión. “Las instituciones de la democracia, sin costumbres que las respalden, son letra muerta”

­TOCQUEVILLE, INMORTAL­

­En la segunda parte, encontramos un comentario sobre las Memorias del general José María Paz; una reivindicación de Sarmiento; una visita a la obra del colega José Luis Romero; un detalle de la transformación decimonónica del credo constitucional en Iberoamérica. También el jugoso análisis del pensamiento de Alexis de Tocqueville, “el primer teórico político en tratar la democracia como una materia en sí mismo”.­

¿Son las ideas de Tocqueville, el liberal desencantado, la influencia primordial de Botana? Da esa impresión. “Las instituciones de la democracia, sin costumbres que las respalden, son letra muerta”, es una de las advertencias del lúcido pensador francés, una de las muchas que no han perdido vigencia.­

Se nos dice que Tocqueville, por otra parte, fue el referente cercano de Mitre, Alberdi y Sarmiento. Impresiona una de sus ideas desarrollada en la página ciento ochenta y seis. Si la democracia se asienta en determinadas costumbres, el sustento ético de estos “hábitos del corazón y de la moral” debe provenir de la religión. “En el mundo aristocrático, la religión educaba a la sociedad desde el poder político y configuraba, de esta suerte, un orden clerical. En la democracia, la religión educa al poder político desde la sociedad y por eso conforma un poder moral”. Vale incluso para el agnóstico siglo XXI, creemos.­

El historiador formado en Lovaina, por otra parte, nos muestra algunas contradicciones fundamentales de la Patria que, de alguna manera, se las han arreglado para llegar hasta el presente. Podrían reducirse a una antinomia básica: ilustrados vs. caudillos; hoy liberalismo vs. populismo, en sus distintas versiones, moderadas y radicales.­

El impulso hacia “el despotismo popular” -expresión criolla de “esa fuerza de la igualdad de condiciones” que describía Tocqueville y que puede conducir a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie- no ha desaparecido en la Argentina, como vemos apesadumbrados en la tercera década del siglo XXI. Por desgracia, ese sentimiento subjetivo que “inspira a los hombres y a los pueblos en pos del ascenso social” suele reivindicar los “personalismos prepotentes que destruyen la delicada relación entre opiniones e instituciones representativas propias de la sociedades libres” (tipo Uruguay y Juncal). Hace 150 años así lo denunciaba Vicente Fidel López.­

El impulso hacia “el despotismo popular” -expresión criolla de “esa fuerza de la igualdad de condiciones” que describía Tocqueville y que puede conducir a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie- no ha desaparecido en la Argentina, como vemos apesadumbrados en la tercera década del siglo XXI.

Como se ve, la colección de ensayos breves de Botana no sólo expresa el humanismo cívico y aquilata teorías políticas del siglo XXI y el carácter de nuestros próceres. También permite que el pasado interpele al presente. Estableció Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu: 

“La libertad depende de la tranquilidad del espíritu que nace de la opinión que tiene cada uno de su seguridad y para que exista esa libertad es necesario que el Gobierno sea tal que ningún ciudadano pueda temer nada del otro”.

Hoy, los argentinos no somos libres, según la lúcida visión del autor de El espíritu de las leyes. ¿Quién puede desmentirlo? Somos un fracaso digno del mundo antiguo.

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