Cultura

Gorbachov, Khrushchev y el Discurso Secreto

Khrushchev presentó a Stalin como un tirano estúpido y cruel, máximo responsable de la crisis de la URSS.

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El 25 de febrero de 1956 se cerraba en Moscú, frente a 1349 delegados, el XX Congreso del Partido Comunista. El evento se realizaba por primera vez sin Stalin que había muerto hacía 3 años. El entonces líder soviético Nikita Khrushchev enmudeció al auditorio al concluir la jornada con un sorprendente discurso en el que presentó a Stalin como un tirano estúpido y cruel, máximo responsable de la crisis de la URSS. Stalin, monstruo en el podio de los mayores genocidas de la humanidad, el responsable de la hambruna que mató a más de siete millones de personas, que envió a los gulag a más de 2 millones, el culpable de las jornadas de purgas en las que más de 700.000 fueron fusilados y de cientas de miles de atrocidades más, era diseccionado por Kruschev ante la plana mayor de la URSS en lo que se conoció como “El Discurso Secreto

Frente a semejante auditorio, Kruschev sostuvo que, para ser fiel al marxismo-leninismo, no podía seguir considerando a su antecesor como a un ser con “conocimiento inagotable y de un comportamiento infalible” y señaló como una traición a los ideales comunistas el culto a la personalidad. Los asistentes pensaban que Nikita Khrushchev había enloquecido, pero él siguió: “Después de la muerte de Stalin, el Comité Central del Partido Comunista comenzó a estudiar la forma de explicar el hecho de que no está permitido, dentro del espíritu del marxismo-leninismo, elevar a una persona hasta transformarla en un superhombre dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios”. 

Entre los azorados asistentes se encontraba un joven Mikhail Gorbachov. Las palabras de Nikita Khrushchev calaron profundo en Gorbachov que había padecido en su carne y la de su familia las atrocidades de Stalin.

Khrushchev acusó a Stalin de no haber previsto la invasión alemana y de ser un cobarde que nunca visitó el frente. Lo acusó de usar sistemáticamente la tortura y de participar activamente de algunas sesiones. También cargó contra su concepto de “enemigo del pueblo” que Stalin utilizó como arma de manipulación política. Recordó la represión contra los “viejos bolcheviques” en la purga en que ejecutó a 848 delegados del Partido Comunista y encarceló a otros 260. Criticó la creación de pruebas falsas y la deportación de cientos de miles de compatriotas. No hubo aplausos entre los oyentes. En cambio las crónicas hablan de desmayos, crisis nerviosas y hasta de infartos. En la sala se encontraban los cómplices directos del terror estalinista, entre ellos el propio Khrushchev.

Entre los azorados asistentes se encontraba un joven Mikhail Gorbachov, que en ese momento era el subjefe del departamento de agitación y propaganda del Komsomol de su región. Las palabras de Nikita Khrushchev calaron profundo en Gorbachov que había padecido en su carne y la de su familia las atrocidades de Stalin. Atrocidades que, en un rapto de sincericidio, enumeraba Nikita Khrushchev frente a todos. Años más tarde, durante un reportaje, el mismo Gorvachov dijo que fue “El Discurso Secreto” el  que sentó las bases para la Perestroika:

“Yo estaba entre los que estaban familiarizados con el discurso. (…) Era un texto poderoso. No está marcado por un análisis sólido o un enfoque profundo de las raíces de todos estos fenómenos, como por qué el culto a la personalidad se hizo posible: no encontrarás estas cosas allí. Pero hay algo ahí que conmueve y toca el alma. Habla de lo que nos estaba pasando, lo que le estaba pasando a la gente, a la gente destacada, cómo se fueron y se convirtieron en arena y todo desapareció… y el destino de la gente… Esto es simple y aterrador. En ese sentido, el discurso crea una fuerte impresión. (…) Recuerdo cómo arrestaron a mi abuelo. Cuando ocurrió la revolución, su familia obtuvo tierras, así que se hizo comunista. Creó koljoses; fue presidente de un koljoz durante muchos años. Entonces, de repente, en 1938, ¡es un enemigo del pueblo! Por eso, en ese sentido, estaba preparado para el discurso y lo interpreté diferente a los demás. Pero incluso yo estaba obsesionado por la pregunta: ¿Fue realmente así? ¡¿Puede ser?! Mi abuelo, que sobrevivió a la tortura, volvió vivo al pueblo. El abuelo Raisa Maksimovna (la esposa de Gorbachov) también era un campesino y fue fusilado por trotskista. Fue una pena, porque él no sabía lo que era un trotskista. Esto fue en la región de Altai. (…) La parte intelectual del ejército, y de los políticos, y los administradores fue aniquilada, diezmada, y la intelectualidad artística… Pero en todo el mundo, noté una confusión impactante. Era difícil no creerlo, pero algunos aún no lo creían. ¿Puede ser realmente que sucedió de esta manera? Pero la pregunta más importante que surgió fue: ¿Por qué se derrumbó todo esto y por qué de esta manera? Creo que esto es exactamente lo que debe atribuirse a Khrushchev. Dicen que tembló mientras leía el discurso, pero lo leyó de todos modos. Creo que aquí es donde comenzamos nuestra difícil y dramática separación del estalinismo y todo lo que acarreó”

Lo que borboteaba de los labios de Nikita Khrushchev era una verdad silenciada y ultrasecreta que no se debía filtrar a la prensa para no dar argumentos a los enemigos del comunismo. Pero la censura más impiadosa siempre será impotente ante el deseo de libertad. La filtración ocurrió en Polonia, dónde las imprentas de Varsovia imprimieron miles de copias más de las autorizadas para los delegados. Una de estas copias cayó en manos de la inteligencia israelí, que la pasó a otras agencias y de allí a la prensa. En junio, en una reunión editorial trascendió que se habían obtenido transcripciones completas del discurso de Khrushchev y se acordó que las 26.000 palabras debían publicarse aquel fin de semana en The New York Times y en The Observer. El periodismo supo ser heróico.

Pero su “Discurso Secreto” no había caído en saco roto, cuando Gorbachov asumió las riendas de la URSS estaba decidido a continuar la senda de Khrushchev, al que más de una vez elogió por su valentía.

Nikita Khrushchev fue tanto el reformador que inspiró a Gorbachov como el secuaz de Stalin. Por eso es necio e insensato leer la historia en blanco y negro. En 1953, cuando se convirtió en el nuevo líder del Kremlin su impronta trajo vientos de “desestalinización” para la URSS, y fue gracias al Discurso Secreto que miles de presos políticos fueron liberados, sus palabras fueron las semillas de los deseos de independencia en Europa del Este. Pero su gobierno estuvo plagado de arbitrariedades, violencia, contradicciones y fracasos y, al igual que Gorbachov, fue incapaz de mejorar el nivel de vida de los ciudadanos. La crisis de misiles cubanos no lo dejó ante sus pares como un pacificador sino como un fiasco y finalmente fue derrocado y condenado al ostracismo. Siguieron veinte años de Leonid Brezhnev, en los que se pisaron todos los pequeños brotes de libertad y reformismo. 

Pero su “Discurso Secreto” no había caído en saco roto, cuando Gorbachov asumió las riendas de la URSS estaba decidido a continuar la senda de Khrushchev, al que más de una vez elogió por su valentía. Mucho se ha escrito sobre la situación de la Unión Soviética hacia fines de siglo: existían problemas estructurales de largo arrastre, los movimientos anticomunistas, la decadencia, obsolescencia y estancamiento de su estructura industrial y productiva, la falta de legitimidad, las tensiones étnicas; pero cuando Gorbachov llegó al poder en marzo de 1985, esto estaba aún tapado y no se sugería la inminencia de un colapso. 

Gorbachov, como Nikita Khrushchev, tenía conexiones con la KGB. Yuri Andropov, jefe de la inteligencia soviética antes de convertirse en líder del partido en 1982, le dio acceso a datos sobre el deterioro de la sociedad soviética: la economía en crisis, las estructuras de gobierno corruptas e ineficientes, los servicios de salud pésimos, el alcoholismo generalizado, la baja tasa de natalidad y la esperanza de vida cada vez menor. Desde el día en que se convirtió en secretario general, Gorbachov tuvo ese diagnóstico en la cabeza y obró en consecuencia aunque sin eficiencia y mayormente acelerando la crisis. En 1989, garantizó “la igualdad, la independencia y el derecho de cada país a llegar a su propia posición política, estrategia y táctica sin la interferencia de una parte externa”. Creyó sinceramente que ese reposicionamiento y apertura aplacarían la situación en Europa del Este. No previó que sin la represión de Moscú, los jefes de los partidos de las repúblicas soviéticas quedaban desprotegidos frente a los reclamos de los ciudadanos. 

Nuevamente un líder soviético navegaba a dos aguas, entre ser el  jefe del Partido Comunista y el reformador del sistema. Gorbachov, como Khrushchev, nunca quiso destruir dicho sistema sino implementar las reformas que lo rescataran, su diagnóstico era correcto, su plan no. Empezó con liberalizaciones parciales, pero estas dinamitaban el débil castillo de naipes que era la economía centralizada y dirigida. Tanto en la Perestroika como en la Glasnost terminó quedando mal con conservadores y reformistas y aceleró el colapso al querer detenerlo. 

Como le pasó a Khrushchev, su ineficacia y las mismas contradicciones del socialismo resquebrajaron su gestión; lloverían muchas piedras: Chernóbil, la caída del Muro y la unificación alemana, el intento de acuerdo nuclear. Todo lo que planeaba quedaba a medio camino y su gestión en medio del fuego cruzado, estaba vaciándose de poder. La reacción conservadora operó desde la KGB contra él al igual que contra Khrushchev, y hasta le hicieron un golpe de Estado. 

Gorbachov creía que podría salvarse el socialismo si se eliminaba el régimen de terror y la represión, pero estos ingredientes resultaron ser esenciales para la supervivencia del sistema.

Gorbachov creía que podría salvarse el socialismo si se eliminaba el régimen de terror y la represión, pero estos ingredientes resultaron ser esenciales para la supervivencia del sistema. Pero si bien fue incapaz de hacer frente a la agonía del monstruo, su valentía se desplegó en la decisión de no usar la fuerza para mantener unidas bajo su puño a las repúblicas soviéticas, y esto tampoco cuadraba con la lógica del totalitarismo. La Perestroika y la Glasnost fracasaron porque implicaban una transformación por fuera de la naturaleza del régimen soviético. Si algo enseñan los gobiernos de Khrushchev y Gorbachov es que resulta imposible la existencia de “un socialismo con rostro humano” y se equivocaban cuando pensaban que “a más democracia, más socialismo”. Gorbachov esperó en vano recuperar legitimidad en las repúblicas socialistas reformadas, pero eso era no entender la naturaleza de esos regímenes, que fueron mantenidos sólo por la tiranía y la fuerza. La experiencia es un maestro cruel.

La censura ocultó, por más de 30 años en todo el territorio de la URSS, el discurso de Khrushchev que marcó para siempre a Mijaíl Gorbachov. Recién se publicó en Rusia en 1988, justamente, durante su gobierno. Sin la inspiración de ese discurso, el final del juego no hubiese sido tan calmo como una simple llamada del Kremlin a Washington, la llamada que puso fin a la Guerra Fría y que le permitió a Gorbachov aterrizar suavemente la caída de un imperio incendiado durante la Navidad de 1991. Gorbachov, Khrushchev y el Discurso Secreto hicieron historia, y el día Año Nuevo de 1992, la deshonrosa bandera de la hoz y el martillo era arriada definitivamente.

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