Cultura

Mujeres Reales en Guerra. Episodio XI: Isabel de Castilla, la reina impensada

La determinación que desplegó a sus veintitrés años fue decisiva para aferrarse a ese trono del que se juzgaba Reina Propietaria.

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Ella con sus oraciones, él con muchos hombres armados:

Nació en 1451. Isabel no fue educada de ninguna manera para manejar asuntos de Estado; su madre la había criado en virtual reclusión desde sus tres años. Además tenía un hermano mayor considerado heredero presunto, Enrique IV. No recibió ninguna formación intelectual destacable, nadie pensaba que sería reina. Recién en su adolescencia comenzó a estudiar latín, el idioma del lenguaje y la política, y a aprender algunos otros temas vinculados. Cuando pudo, instó a la producción de un diccionario castellano-latín porque las mujeres sólo aprendían el latín de los hombres. Tampoco hubo ningún signo de fantasías y cuentos guerreros en su infancia. En años posteriores Isabel se hizo instruir en esas artes marciales y ejercicios que habría aprendido en la infancia si hubiera nacido príncipe en lugar de princesa. Sus propias hijas, incluida Catalina de Aragón, fueron notablemente bien instruidas por el gran pedagogo español Vives; la educación obsesiva de las hijas es, a menudo, el signo de una madre que se ha arrepentido de su propia privación en esa esfera.

Por otro lado, la crianza en clausura de Isabel, sumada a los escándalos centrados en torno de la reina de Enrique IV, y el cuestionado nacimiento de Juana la Beltraneja, habían dejado en ella una profunda huella. La piadosa austeridad por la que era famosa seguramente debe atribuirse no sólo a una inclinación natural, sino también a la conciencia de los peligros que una reina, que se espera que sea la portadora de una familia real, enfrenta a causa de una sexualidad incontinente.

La austeridad en la intimidad se extendía incluso a su propio adorno personal. Isabel entendía perfectamente bien la necesidad del ceremonial público, joyas, suntuosos brocados y terciopelos ricamente bordados que distinguían a la mujer que portaba la corona de Castilla. Mas, fuera de servicio, sus gustos eran muy sencillos y sin pretensiones.

Era apropiado, dado su temperamento religioso, que Isabel permaneciera devota de su esposo desde el momento en que, según la tradición, instintivamente lo escogió entre un grupo de otros jóvenes. Es curioso al comparar sus respectivas armaduras, notar que Isabel era más alta que Fernando por tanto como tres centímetros, una superioridad que no siempre es bienvenida incluso en una esposa real. Además le llevaba un año de edad.

Los retratos de Isabel la muestran con una nariz larga y una boca hacia abajo, gracias que probablemente no inspiren fidelidad en alguien tan predispuesto a ser mujeriego como Fernando. Con menos virtud y más sentimiento humano también se mantuvo celosa y vigilante de los numerosos amores de Fernando. Es de creer, independientemente de sus imperfecciones físicas, que Isabel debe haber estado dotada de encanto además de autoridad; porque la bondad irradia su propio tipo de encanto. Y ese encanto haría que Fernando siempre volviese.

Su famosa virtud que dio el tono generalmente puro de su corte, sin importar las correrías del rey aragonés, siempre fue muy elogiada. El cronista Bernáldez la llamó “buen ejemplo de buena esposa”. Isabel, como otra soberana virtuosa, Tamara de Georgia, también hizo que sus bardos alegaran por su respetuosa pasión. La famosa castidad no fue óbice para propuestas literarias tan ardientes como la de Álvaro Bazán, que hacía de la Reina objeto de la adoración no correspondida de un caballero; o el amor silente que le tuviera Gonzalo de Córdoba.

Aún más significativas fueron las comparaciones literarias que hicieron de la reina Isabel una especie de figura mística. El poeta Montoro llegó a declarar a la Reina digna de haber dado a luz al hijo de Dios. Después de la restauración del cristianismo al sur de España, Isabel fue representada con frecuencia como una segunda Virgen María reparando el «pecado de Eva».

Esta historia de los últimos días ilustra lo cerca que siempre se cierne el halo sobre la cabeza de la Reina Guerrera, que ha presidido una guerra de propósito declarado religioso: la Santa Armada. En ese momento, era más relevante que con su autoridad amenazada, sus pretensiones cuestionadas, estas comparaciones sin duda le dieron a Isabel una buena utilidad práctica.

La determinación que desplegó a sus veintitrés años fue decisiva para aferrarse a ese trono del que se juzgaba Reina Propietaria. Se mostró desde el principio como un personaje notable a la vez que temible.

La muerte de su medio hermano Enrique IV provocó la crisis que la llevó al trono. Enrique había reconocido a Isabel como su heredera, pero tenía una hija propia o no tanto, pues se decía que era ilegítima; o el rey era impotente o su esposa era lasciva o ambas cosas. El apodo de la niña era Juana la Beltraneja, por su supuesto padre Beltrán de la Cueva, y ella y su madre Juana de Portugal se rebelaron enérgicamente contra la sucesión de Isabel al trono de Castilla.

El propio consorte de Isabel, Fernando, también tenía derecho al trono, ya que tenía su lugar en la sucesión, ellos eran primos segundos, y Fernando era un hombre. Esto pesaba en Aragón, donde valía la Ley Sálica, esa ley francesa del siglo XIV que excluía a las mujeres de la sucesión real, pero en Castilla no se aplicaba. Además Fernando, en su tratado de matrimonio de 1469, no insistió en sus pretensiones. Era mejor asegurarse el acceso al trono español, que discutir leyes incómodas.

Isabel estaba en Segovia cuando murió su hermano, mientras que Fernando estaba con su padre, el rey de Aragón. Para enfrentar a las pretensiones de Juana, que estaba cautiva de un noble castellano, Isabel se hizo proclamar inmediatamente Reina Propietaria y se hizo coronar, en ausencia de Fernando. En la ceremonia fue llevada ante ella tenía la espada desenvainada de la justicia, un renacimiento de una antigua práctica, que nunca antes se había realizado para una mujer monarca. La espada de la justicia otorgaba poder de vida y muerte al monarca, pero nunca se había otorgado a una reina. Fernando protestó, pero entendió que no era contra él el acto sino contra los enemigos de Juana. También es cierto que la orgullosa nobleza castellana no hubiese agradecido el sometimiento a un aragonés. La “propiedad” personal de la corona por parte de Isabel, independientemente de su sexo, también conllevaba una importante cuestión de principio para el futuro. Habría el camino a sus hijas como sucesoras.

En 1474 la determinación que desplegó a sus veintitrés años, alejada de su marido, fue decisiva para aferrarse a ese trono del que se juzgaba Reina Propietaria. Se mostró desde el principio como un personaje notable a la vez que temible.

La guerra civil entre los partidarios de Isabel y los de Juana la Beltraneja siguió poco después de la muerte del Rey de Castilla. Juana, con pocos pretendientes, dadas las circunstancias, se comprometió con el rey Alfonso V de Portugal; el conflicto que siguió fue, en cierto sentido, tanto un tira y afloja como una guerra civil, ya que el resultado decidiría si Castilla en el futuro se inclinaría al oeste hacia Portugal o al este hacia Aragón.

Fernando siempre actuó como co-gobernante con Isabel. Las proclamas en Castilla fueron desde el principio en sus nombres; las efigies de ambos se exhibieron en monedas castellanas; mientras que cuando Fernando accedió al trono de Aragón en 1479, Isabel era simplemente su reina consorte. A medida que pasaban los años y florecía el matrimonio, la sociedad de Estado, los derechos y títulos en ambos países fueron ignorados en favor de los plácemes del gobierno conjunto. Se tenía la impresión de que Fernando e Isabel «compartían una sola mente». El hecho de que los castillos castellanos y la corona castellana estaban reservados en teoría a Isabel – «solo por voluntad de la Reina» – perdieron importancia en comparación con el libre ejercicio del poder de Fernando en Castilla; del mismo modo Isabel, a pesar de su posición técnica como consorte, se permitió administrar justicia en Aragón.

Los dos eran monarcas independientes y lo habían sido desde el comienzo de sus reinados. En esta asociación jugaron el destino, las leyes de la herencia, y la presencia del conflicto armado que acosó a la pareja real desde el primer momento de su reinado en Castilla.

Fue en abril de 1492, en Santa Fe cuando Colón recibió el apoyo a sus viajes tanto de una mujer como de un hombre: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Los dos eran monarcas independientes y lo habían sido desde el comienzo de sus reinados. Su extraordinaria asociación había durado más de veinte años y en vez de tomar a Isabel como una princesa española devota y recluida dejando la acción a su marido, el paso del tiempo los había transformado en los “Reyes Católicos” como el mismo Papa confirmaba. En esta asociación jugaron el destino, las leyes de la herencia, y la presencia del conflicto armado que acosó a la pareja real desde el primer momento de su reinado en Castilla.

Sin tener a menos la eficacia de las oraciones de su muy Católica Majestad Isabel, ella hizo una contribución pública a sus victorias, lo que la eleva a Reina Guerrera. El fervor militar de la reina por la causa del derecho nutrió su matrimonio con Fernando y, a su vez, fue alimentado por él. Sus cruzadas conjuntas, obtuvieron el carácter sacramental del matrimonio mismo a los ojos de una mujer profundamente religiosa. Para sus contemporáneos, la decorosa conducta de esposa que siempre mantuvo le valió la aprobación general.

Desde el principio en la Guerra Civil, la Reina no se tuvo piedad. Cabalgó cientos de kilómetros, a menudo a través de las inhóspitas tierras montañosas de Castilla, suplicando apoyo, invocando lealtad. Su historia temprana de abortos espontáneos debe atribuirse a estas pruebas; uno de ellos se produjo en el verano de 1475, después de que la propia reina hubiera tomado el mando en Toledo, cabalgando entre sus hombres ataviada con armadura completa, estando Fernando ausente.

Se dice que su presencia inspiraba una confianza excepcional. Pero el grato respiro que la enfermedad de la reina dio a su enemigo Alfonso de Portugal ilustra muy claramente el poco envidiable destino de la Reina Guerrera como futura madre, una complicación de la que también dará testimonio la historia de Luisa de Prusia.

En presencia de la Reina se celebró la alentadora victoria con la que las tropas castellanas reconquistaron el castillo norteño de Burgos en enero de 1476. Los castellanos ahora necesitaban recuperar Toro y Zamora, dos fortalezas en el río Duero que controlaban la ruta hacia su país desde Portugal. Sin embargo, Fernando no pudo tomar Zamora y los portugueses se retiraron a Toro, una fortaleza aparentemente inexpugnable. Dado que el nuevo bebé de Isabel iba a nacer en junio, una vez más debe haber estado embarazada. Sin embargo, se dice que la propia Isabel dio el valiente consejo de perseguirlos, en lo que bien podría haber resultado ser una trampa portuguesa. Cuando se tomó Toro, la audacia dio sus frutos: la propia Zamora cayó poco después. Entonces el 30 de junio de 1478 nació el bebé y era un niño, Juan.

El niño, símbolo de la esperanza, fue exhibido a su pueblo en presencia de su madre, que abandonó su sencillez preferida para tan importante ocasión pública: ‘La Reina iba sobre un palafrén blanco en una silla muy ricamente dorada y un muy rico arnés de oro y plata y ella para su vestido llevaba brocado con muchas perlas de diferentes tipos.‘ El nacimiento del niño marcó el declive de la causa portuguesa; Juana, la perdedora, acabó encerrada en un convento abandonada por el rapaz rey Alfonso.

Fernando estuvo siempre a cargo de las campañas militares, aportó el conocimiento de nuevas técnicas militares, así como la posibilidad de alianzas del norte. Isabel supo desempeñar un papel visible de inspiración de su partido y participó personal y efectivamente. Seguramente como cualquier presencia o iniciativa femenina en el campo de batalla, la suya fue recibida con un entusiasmo especial nacido de la sorpresa ante la exitosa alteración del orden natural. Viaggio, el ministro veneciano, escribió que “la reina Isabel, por su singular genio, su fuerza mental masculina y otras virtudes, muy inusuales en nuestro propio sexo tanto como en el suyo, no sólo fue de gran ayuda, sino la causa principal de la conquista de Granada”.

El fervor militar de la reina por la causa del derecho nutrió su matrimonio con Fernando y, a su vez, fue alimentado por él. Sus cruzadas conjuntas, obtuvieron el carácter sacramental del matrimonio mismo a los ojos de una mujer profundamente religiosa.

Es cierto que Isabel se remitió a su marido con ostentación y públicamente en todos los asuntos militares, en su disfraz oficial de “Soy sólo una Mujer Débil”: ‘Que su señoría me perdone por hablar de cosas que no entiendo’.

Hay suficiente evidencia contemporánea para apoyar la imagen de una contribución genuina más allá de esas «oraciones» que el poeta asocia con los «muchos hombres armados» de Fernando. En los primeros años de esa guerra civil, Isabel descubrió que tenía una capacidad especial para la organización de suministros que complementaban los dones de su marido. Fue en la organización del abastecimiento, y sobre todo en la fundación del primer hospital militar de Europa, donde sobresalió. Isabel ha sido descrita como «una gran general pero una intendente general aún mayor».

También zapadores fueron reclutados por miles por la Reina para construir caminos para los cañones, mientras que era el Rey quien se concentraba en su disposición una vez llegados. Isabel a principios de la Reconquista contrató a Don Francisco Ramírez, conocido como “El Artillero” y se encargó de que el ejército castellano estuviera equipado con expertos herreros y artilleros. Aprobó la contratación de tropas experimentadas como los mercenarios suizos, un paso muy práctico; Isabel se convenció a sí misma de que eran buenas personas que sólo «participaban en guerras que creían justas». En cuanto a la enfermería, el equipamiento del «Hospital de la Reina», seis enormes tiendas de campaña que avanzaban de sitio en sitio equipadas con camas, medicinas y vendajes, se anticipó a las ambulancias de Napoleón en más de doscientos años.

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