Política

Los partidos de poder que la crisis social reclama

El pasado democrático pre-2003 nos puede brindar una caja de herramientas para este futuro urgente de crisis infinita

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Una amable refutacion socrática

El desarrollo conceptual del sistema político en los años de la consolidación de la disputa kirchnerismo-macrismo fraguó una nueva forma de visualizar la política en general, diferente a la costumbre política inaugurada con la democracia de 1983. Es cierto que el subsuelo político de la crisis de 2001 hizo mucho por cambiar la idiosincrasia que supimos construir radicales y peronistas en la era del bipartidismo clásico, que le dio base material al régimen democrático con las formas operativas que hoy lo conocemos, pero es recién con el desarrollo del kirchnerismo y el macrismo como poder y oposición y viceversa que encontramos interpretaciones “novedosas” y distorsionadas (en suma, distintas) de lo que el peronismo y el no-peronismo eran y debían ser, casi con prescindencia de ciertas evidencias históricas que nos dicen que el tema es “más complejo”. Una fuerte impronta generacional impuso las condiciones del debate, partiendo de un supuesto tácito: toda la política (y sus interpretaciones) parecían haber empezado en 2003.

Las cosas no siempre fueron como lo son hoy: el kirchnerismo y el macrismo consolidaron una versión limitada de lo que el peronismo y el no-peronismo (o liberalismo, por ponerle un nombre) fueron y pueden ser en la vida política actual.

Así las cosas, el sistema político realmente existente que hoy expresan el Frente de Todos y Juntos por el Cambio tiene su propia versión de la historia y del presente, y se hace política en base a esos criterios, lo cual explica por qué nociones como “gobernabilidad”, “estabilidad económica”, “liderazgo” y “consenso” están en crisis. Las cosas no siempre fueron como lo son hoy: el kirchnerismo y el macrismo consolidaron una versión limitada de lo que el peronismo y el no-peronismo (o liberalismo, por ponerle un nombre) fueron y pueden ser en la vida política actual.

Que la idea de peronismo hoy represente una presencia omnipresente del Estado como única forma de intervenir en la política (el Estado como dador de empleo público, planes sociales, obra pública, impresor de dinero, subsidiador de empresas y precios) y que sólo pueda dedicarse a hacer distribucionismo, no significa que esto haya sido siempre así.

El peronismo pasó por diversos climas pragmáticos a lo largo de su historia, y la “estatalización extrema” de hoy nunca fue una regla: el peronismo desarrollaría una relación con la escasez bastante temprana. En 1952, Perón tuvo que lanzar un plan de estabilización para reducir el déficit fiscal y bajar la inflación, e inmediatamente abrir una etapa de convocatoria a la inversión privada extranjera para ampliar y modernizar la industria petrolera; en esos años también instaló la agenda de la productividad en el mercado laboral e inició una etapa de disciplinamiento y tensión con el sindicalismo. El Estado no podía ni debía hacerse cargo de todo. La modernización industrial privada y la productividad fueron dos puntos de esa agenda peronista de “ajuste” que continuaría y desarrollaría el no-peronismo (Frondizi, la UCR y el partido militar “azul”) en la década del ’60.

En 1973, Perón afrontó su tercera presidencia con una misión económica muy concreta: bajar la inflación alta que dejaba el gobierno de Lanusse. Más allá de la efervescencia revolucionaria de la época, la política central de Perón consistió en un pacto social que congelaba precios y salarios, y reprimía la paritaria como medidas anti-inflacionarias que fueron exitosas.

Luego de la muerte de Perón, el peronismo se reformuló como partido en el marco de las reformas políticas que se dieron en el proceso de la Renovación Peronista durante la década del ’80: el peronismo se descorporativizó al reemplazar a los sindicalistas por los políticos en el manejo del poder partidario y actualizó una agenda capitalista que conjuraba el fracaso setentista del Rodrigazo. Se transformó en un partido de clase media. Bajo ese formato sería posible el reformismo liberal encarado por Menem y el modelo productivista que llevó adelante la presidencia de Duhalde, base de los famosos superávits gemelos (fiscal y comercial) y la expansión exportadora privada de los commodities.

El peronismo fue “otra cosa”, distinta a la que hoy encarna el peronismo del FdT, y por lo tanto podría ser “otra cosa” en el futuro.

Doy estos ejemplos históricos concretos para documentar algo evidente: el peronismo tuvo una larga historia de relaciones con la promoción de la iniciativa privada productiva, con la noción de “ajuste” u orden fiscal, con la generación de empleo privado como base de la prosperidad económica, con la agenda de la clase media. El peronismo fue “otra cosa”, distinta a la que hoy encarna el peronismo del FdT, y por lo tanto podría ser “otra cosa” en el futuro.

En su texto La tensa vela de las armas, Héctor Ghiretti analiza con agudeza dos textos de autores que escriben y piensan sobre los límites actuales de las coaliciones que dominan el sistema político. Ramiro Albina analiza la encrucijada de Juntos por el Cambio ante la avanzada anticasta de los libertarios, y Pablo Touzon en Nuevo Testamento plantea la reinvención del peronismo fuera del corset dogmático del kirchnerismo. No sé si, como plantea críticamente Ghiretti, ambos textos son simétricos en su deseo de futuro y en su fracaso para darle una expresión política concreta. Lo que sí ambos autores expresan (quizás tácitamente) son los límites de JxC y el peronismo para funcionar como “los partidos de poder” que la crisis social reclama.

Ahí es donde el pasado democrático pre-2003 nos puede brindar una caja de herramientas para este futuro urgente de crisis infinita. La práctica política debería estar orientada a la reconstrucción de la noción de “partido de poder”: más allá de sus fallas y aciertos, la UCR y el PJ que surgen de la democracia del ’83 son dos partidos renovados que se ven a sí mismos como partidos de poder que reemplazan y superan al partido militar y al partido sindical de los ´70. ¿Qué es un partido de poder? Básicamente, algo que hoy falta: un partido que pueda armar un sistema de gobernabilidad estable con reformas estructurales y sostenerlo en el tiempo con victorias electorales que lo mantengan en el poder. Algo en lo que Macri falló y en lo que el gobierno del FdT directamente fracasó de manera irreversible.

¿Desde qué lugar práctico y orgánico del actual sistema político hay que pensar ese partido de poder? En su crítica al texto de Touzon, Héctor Ghiretti manifiesta que ese “peronismo fuera del Estado” que sueña el autor no es acompañado por ninguna referencia práctica de concreción. Touzon es un pensador, un generador de ideas que no está obligado a definir un formato práctico de ese “nuevo peronismo”; esa sería la tarea de nosotros, los políticos, y en mi caso personal y por razones biográficas, me gustaría dar unas definiciones sobre ese peronismo probable.

En primer lugar, cualquier idea de realización de un “nuevo testamento” peronista debe pensarse desde la oposición. No existen posibilidades filosóficas ni operativas de que un peronismo vinculado a la idea de empleo privado, producción y a la clase media prospere dentro de la lógica del peronismo kirchnerista que representa el FdT.

Cualquier idea de realización de un “nuevo testamento” peronista debe pensarse desde la oposición. No existen posibilidades filosóficas ni operativas de que un peronismo vinculado a la idea de empleo privado, producción y a la clase media prospere dentro de la lógica del peronismo kirchnerista que representa el FdT.

Ese peronismo tendrá que aportar como actor de reparto en alianza con otros partidos a una coalición opositora ganadora. El peronismo dejó de ser un dispositivo hegemónico y policlasista porque justamente dejó de ser un partido de poder para transformarse en un limitado partido ideológico de centroizquierda a partir de la predominancia kirchnerista, y en ese sentido no es ya visto por la sociedad como un partido de mayorías. Un “peronismo del sector privado” (como lo puede ser apenas el peronismo cordobés, por citar un ejemplo conceptual) debería ser parte de un todo mucho mayor, pluralista, y compartir un proyecto con otras miradas modernas que estén en la línea de un mismo proyecto de desarrollo capitalista para la Argentina.

Ese peronismo tendrá que ser reformista, y proveer los cuadros y la cosmovisión política de un sistema de reformas estructurales de la economía a una coalición opositora ganadora. En un contexto de crisis y alta inflación, el gradualismo y la inacción son sinónimos que la sociedad percibe como ineficacia. Es lo que vemos hoy en la no gestión económica del FdT.

Ese peronismo tiene que aportar una agenda que se conecte con los problemas materiales de la clase media. Eso no significa ser excluyente o clasista frente a otros sectores sociales; más bien se trata de dar una señal política indudable sobre un orden de prioridades donde la voz de la clase media es la que articula los incentivos de progreso de toda la sociedad.

Me permito cruzar cualquier trinchera y no limitar el concepto de nuevo testamento elaborado por Pablo Touzon a la situación específica del peronismo para hacer una convocatoria reflexiva más amplia a todos los sectores que estén en condiciones de gobernar a partir de 2023: ¿Juntos por el Cambio y el resto de la oposición no necesitarían también apelar a un “nuevo testamento” que los transforme en un partido de poder, creíble para gobernar la crisis y ser verdadero agente de cambio?

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