Política

La Derecha Bonsái

Un bonsái no es otra cosa que un árbol que lleva en sí toda la carga genética necesaria para convertirse en un coloso y que, mediante el recorte quirúrgico de sus raíces y su copa, se convierte meramente en un adorno a disposición de su castrador.

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Lo que pasa es que convirtieron al partido en un bonsái”.

Escuché la frase a través del teléfono y fue recién horas más tarde que comprendí su dimensión. Era el puntapié que faltaba; el empuje que no había logrado generar por mí mismo desde que esta nota, semanas atrás, comenzó a gestarse débilmente en mi cabeza.

El alocutor de la frase no fue su autor. Él, como yo, la escuchó de un tercero. Éramos tres ahora que, aun sin conocernos demasiado, estábamos pensando algo parecido. Ahí quizá residía el poder del mantra. No tanto en la sentencia gramatical ni en la combinación de esas 11 palabras, sino en el hecho de que podía intuirse un diagnóstico común que pedía ser compartido.

Y a eso vamos.

Toda mi vida he concebido los bonsáis como una abominación. Sin desdeñar los cientos de horas de estudio que les ha llevado a los maestros dominar esta técnica, el producto final no deja de ser, de algún modo, la epítome de esa tendencia humana al dominio y la perversión: un bonsái, en última instancia, no es otra cosa que un árbol que lleva en sí toda la carga genética necesaria para convertirse en un coloso y que, mediante el recorte quirúrgico de sus raíces y su copa, se convierte meramente en un adorno a disposición de su castrador; un objeto kitsch que puede ser movido, vendido o desechado con comodidad.

Los principales detentadores de los sellos partidarios que naturalmente debieran representar este sector político poco han hecho más que destrozar las raíces de sus partidos y podar sus copas, para que estos sirvan únicamente a sus intereses.

Como los partidos que conforman la derecha nacional.

En 40 años de democracia la derecha argentina no ha hecho otra cosa que retraerse casi al punto de su desaparición. En la práctica, no ha conquistado bancas, ni mentes, ni corazones. Su discurso no ha gravitado, sus valores no han sido defendidos y su mensaje no ha sido renovado. Con la excepción de los bríos que han surgido en los últimos dos o tres años, más a pesar del establishment de derecha que gracias a él, la serie de cuatro décadas de democracia ha sido sin duda un terreno yermo para este sector. Sin embargo, los principales detentadores de los sellos partidarios que naturalmente debieran representar este sector político poco han hecho más que destrozar las raíces de sus partidos y podar sus copas, para que estos sirvan únicamente a sus intereses.

Hace no menos de una década, un viejo perro político de esos que fuman como invocando a la muerte en cada pitada, me dijo: “Pibe, sin amigos no se hace política. Pero la política no es un club de amigos. Sin guita no se hace política, pero la política no es para buscar guita. Nada de eso ya se entiende”. Traigo a esta nota la voz profética de aquél empedernido, para destacar que aquellos que debieran haber seguido el camino que en 1976 siguió la Alianza Popular española, prefirieron convertir sus partidos en sellos impotentes, cubiertos del halo mortecino que deviene de haber intercambiado prosapia, valores y dignidad, por rosca berreta y cargos para sí.

Decía al principio que esta nota tardó en nacer, pero comenzó a gestarse cuando a comienzos de julio pasado se confirmaba un rumor que se había extendido por semanas: la Dra. Victoria Villarruel asumía la presidencia del Partido Demócrata de la Provincia de Buenos Aires. Es necesario recordar que tras la muerte del histórico dirigente Juan Carlos de Marco, quien retuvo la presidencia del PD bonaerense por casi 20 años mediante todas las prácticas que esta nota pretende denunciar, la militancia había logrado la intervención de dicha unidad partidaria con vistas a su normalización.

Sin embargo, mientras muchos dirigentes locales trabajaban recorriendo la provincia, renovando actividades y presentando afiliaciones, un pequeño grupo decidía que aquello que se pretendía dejar atrás volviese a suceder. Por si fuese poco, los principales damnificados de la insólita operación decidieron llegar a un acuerdo, quizá intentando no aumentar el daño sobre el partido que integran o quizá por no comprender que muchas veces una batalla, aún cuando se pierda, puede inspirar a otros a conquistar victorias futuras.

Baste recordar sino lo que Termópilas ha significado desde entonces para todo Occidente.

Nadie sensato podría dudar de la probidad de la Dra. Villarruel en cuanto a representante de esa lucha olvidada que es la memoria completa y no sesgada de los años setenta y la correspondiente reivindicación de las víctimas del terrorismo de izquierdas. ¿Pero quién podría argumentar, sin caer en justificaciones desiderativas, que la Dra. Villarruel cuenta con la experiencia política necesaria para conducir un partido del que, por si fuera poco, jamás fue parte? ¿Quién puede probar que ha militado, convencido afiliados, reunido cuadros técnicos y adquirido así, con su propio esfuerzo, el conocimiento necesario y la legitimidad irremplazable para convertirse en líder de la seccional más populosa de uno de los partidos con mayor historia en nuestro país?

Todos estamos de paso en esta vida. Como también escuché decir alguna vez, al nacer nos brindan un crédito del que desconocemos plazo. Villarruel, este cronista y quienes decidieron obrar en estas formas algún día siquiera serán recuerdo. Es destino del buen hombre el ser justamente olvidado y esto también pasará, como señala aquella antigua leyenda relacionada con Ramsés. Sin embargo, nuestras acciones moldean las instituciones, alimentan algunas ideas en detrimento de otras y, en el día a día, instruyen con el ejemplo a quienes nos miran para continuar el legado de aquello que construimos sin saber. En tal sentido, ¿qué se les ha enseñado a los jóvenes en esas horas de julio? ¿Qué se les ha dicho a los que sacrificaron tiempo y dinero para hacer crecer mediante la militancia una esperanza de renovación incipiente?

Alguna vez alguien afirmó que la ideología está en el método, no en las declaraciones. ¿Cómo podemos presumir de ser opción de algo diferente cuando actuamos del mismo modo que lo han hecho quienes han destruido al país? ¿Cómo podemos mirar de frente a ciudadanos expectantes del surgir de una verdadera opción transformadora, tras décadas de fracasos, cuando usamos las instituciones partidarias meramente como clubes de amigos o como mutuales?

Y permítaseme ser aún más claro: el ejemplo del PD bonaerense es sólo eso, un ejemplo, al que pueden sumarse otras jurisdicciones de esta misma fuerza e incluso otros partidos del mismo sector ideológico como UCEDÉ, PAN o UNITE, por caso, que también son tratados como los bonsáis que ilustraban el comienzo de esta reflexión: volviéndose cada día más pequeños, menos vitales y más simples de manipular.

Entre otras cosas, los partidos de la derecha han caído en la trampa del posicionamiento, aquella tradición alimentada por Carlos Saúl Menem y orientada a generar candidaturas y dirigentes “conocidos” sin que estos pasasen por los tamices necesarios para transformar popularidad en verdadero liderazgo. Del mismo modo, también los partidos de derecha se han acostumbrado al hábito nefasto de abrir y cerrar la presentación de afiliaciones conforme favorezca o perjudique al proyecto personal del dueño de turno. Como si no fuese justamente ese afán de sumar a otros mediante su afiliación, de caminar convenciendo y dejándose convencer, la savia principal de los partidos políticos y la escuela fundamental de aquellos que desean algún día ser elegidos para representar a otros. En la práctica, lo que debiera resolverse con más y más democracia partidaria, se transforma en una conjura de judicializaciones, roscas de baja monta y actitudes corporativas, más dignas de aquellos piringundines de principios de siglo que de las “instituciones fundamentales del sistema democrático” de las que habla el artículo 38 de nuestra Constitución.

Sin embargo, a ningún dirigente parece importarle. Por el contrario, aquellos que son naturalmente responsables de que en 40 años la derecha haya prácticamente desaparecido, son los que hoy intentan cínicamente aferrarse a sus cargos, fomentar “renovaciones controladas” y sucesiones endogámicas, e impedir el surgimiento de una nueva y real dirigencia que convoque, refresque y fortifique aquello que el país tanto necesita que florezca de una vez.

Como si no fuese justamente ese afán de sumar a otros mediante su afiliación, de caminar convenciendo y dejándose convencer, la savia principal de los partidos políticos y la escuela fundamental de aquellos que desean algún día ser elegidos para representar a otros

Quien medita sobre la vida sin apego, descubre más pronto que tarde que nada es realmente importante y que, a su vez, nada es absolutamente irrelevante. Y esto, aunque parezca contradictorio, no lo es: mucho de aquello que el humano construye con ahínco, desaparece fundido en el polvo del olvido y, sin embargo, mucho de lo que hace y dice sin verdadera conciencia, permanece en el tiempo y afecta al mundo más de lo que hubiera previsto.

Entre unas y otras cosas, yacen como un suspiro sus propios deseos.

El mío, terminando esta nota, es que todo lo descrito anteriormente pase a ser cuestión del pasado y que aquellos que aun se sepan o sientan jóvenes, tomen las riendas de estas instituciones vetustas, pongan sus bríos al servicio de la Nación, dejen de aceptar pasivamente que les desmerezcan su esfuerzo y hagan valer su dignidad de una vez por todas, en estas horas aciagas que vivimos. “Porque cuando la patria está en peligro todo está permitido excepto no defenderla”.

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