Cultura

En lo más profundo del sur

Autor: John Connolly, Editorial: Tusquets. 480 páginas.

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En los más profundo del sur de Estados Unidos hay un lago maldito. Siempre está frío, como el algor mortis; siempre es negro, como el alquitrán. Un explorador, con algunos conocimientos de educación clásica, lo bautizó Karagol, en alusión al espejo de agua de Esmirna donde Tántalo -el antropófago, el filicida, el ladrón- fue atormentado por los dioses.

Algunos hombres no muy listos han erigido un pueblo en las cercanías de ese lago tóxico. La población se llama Cargill y está ubicada en el centro de Burdon County, el más pequeño y deprimente de los municipios del Estado de Arkansas. Es un pozo de maldad. Su vida política, social y económica ha sido controlada por el clan de los Cade -una verdadera manada de lobos- desde que se tenga memoria, incluso desde antes.

A Cargill llegó a fines de la década de los noventa el atribulado Charlie Parker en busca de pistas sobre el demonio que asesinó a su mujer y a su hija, y lo destrozó a él. Es que en el Bosque Nacional de Oauchita han aparecido los cadáveres de tres chicas negras, con ramas clavadas en la boca y en el ano. Crímenes espantosos y exhibicionistas. Quién sabe, puede que sea el mismo demente. Los Cade decidieron, no obstante, que la investigación se estanque hasta tanto el condado consiga firmar la radicación de una industria armamentista que sacará de la miseria secular a sus habitantes y en el proceso volverá más ricos y poderosos a los cuatro miembros del clan. Gobierna en la Casa Blanca un hijo de Arkansas: William Jefferson Clinton -el “Taimado Billie”, para los lugareños- que se ha convertido en el cuadragésimo segundo presidente de Estados Unidos y llueven los incentivos para la inversión en su Estado natal.

Bienvenidos, lectores, a la novela número diecinueve de la magnífica saga Detective Charlie Parker. El irlandés John Connolly (Dublin, 1968) la había entregado a la imprenta en enero de 2020. En lo más profundo del sur (Tusquets) es un thriller atrapante, que incluye sólo un par de elementos fantásticos, la especialidad de la casa.­

­LA CORTINA DE MAGNOLIA­

­El libro se despliega en dos tiempos: el ahora y el entonces. El primero ocupa poquitas páginas, al inicio y al final. Un llamado telefónico desata la evocación. Como dijimos, Parker cruzó hace veinticinco años la Cortina de Magnolia para seguir una pista que le había proporcionado su amigo, Woolrich, agente especial del FBI. Pero el monstruo de Cargill no es el mismo que le ha roto el alma en Nueva York. Uno de los pocos hombres justos del condado le pide ayuda a Parker para poner fin a la matanza de las inocentes. El ex policía (no era aún detective privado, ni se había afincado en Maine) se encoge de hombros, no es su problema. Una visión, empero, lo hace recapacitar (“¿quién puede distinguir la realidad de la fantasía?”) y el sabueso de treinta y pocos años -pero que habla como Phillips Marlowe y obra como un veterano de guerra- se suma a la cacería humana en una región empobrecida, donde muchísimas personas cultivan el resentimiento y el odio como si se tratase de plantas de interior.

Hay muchas razones para recomendar esta novela policial. La pequeña filosofía, por ejemplo. Como todo literato de la católica Irlanda, Connolly suele reflexionar sobre el problema del mal y de la perversión moral. La antinomia fundamental de la trama es entre hombres rectos y hombres torcidos. El jefe de la Policía Evander Griffin vs. el investigador principal del sheriff, Jurel Cade.

Una vez más, muestra Connolly una destreza inusual para el retrato. Los personajes secundarios son formidables, sobre todos los pecadores. Atrapan nuestro interés los matones Pruit Dix y Leonard Cresil, hombres abominables con una veta de crueldad de dos kilómetros de ancho. ¿Qué son estas entidades malignas? Acaso, aberrantes anomalías de la evolución que se sienten atraídas por una fuerza del universo anterior a la humanidad: el mal. Pero sería injusto calificar a la literatura de Connolly de maniquea: sus criaturas son complejas, sumidas en contradicciones. Parker sobre todo.­

La carpintería de la obra también merece elogios. El ritmo, el manejo de los tiempos narrativos, es excelente. Parker entra en acción en la página ciento veinte; el asesino aparece en la doscientos cuarenta. Nunca el tedio asoma su fea cara; el cuadro costumbrista entretiene. Se nota el trabajo de campo. Connolly ha querido denunciar “una cultura particular y un conjunto distintivo de resonancias históricas”. En Burdon County nada está limpio: “Trace usted una línea con la regla y le saldrá torcida”.­

Debe destacarse también el tono justo de la prosa que ha conseguido el experimentado autor. Se ha dicho que la buena novela policial es, además del tema, una técnica narrativa, perfeccionada en Estados Unidos. Es un retintín, un feliz exceso de la ironía y la hipérbole con un ping pong de ingenio en los diálogos. El forastero John Connolly ejecuta con sublime habilidad el procedimiento.­

Para sintetizar, «En lo más profundo del sur» podría definirse como el escape ideal para cualquier argentino que desee leer algo diferente a su penosa realidad. A todos, amigo lector, nos duele la Patria en el cuerpo.­

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