Política

Biden y su política exterior: cuando todo no se puede

En una situación de falta de credibilidad combinada con debilidad interna, no aparece como un camino lógico el sumar desafíos que estén ligados al empleo del recurso militar como herramienta última de sostén de la propia intención.

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Biden y su administración me hacen acordar al gobierno argento: Discursos grandilocuentes y medios no acordes a las palabras. En el caso de Argentina, ni siquiera los ciudadanos del país esperan algo mínimamente serio de su gobierno, y por supuesto el mundo siquiera mira a su conducta desquiciada. EEUU es totalmente lo opuesto. Es la nación por lejos más poderosa de Occidente, pero lejos, muy lejos de ser observada con la seriedad de otros tiempos. Veamos nuestra mirada del porqué de esa situación.

Antes de avanzar en el análisis, tengo para mí que Biden, su profunda debilidad e inconsistencia son el producto de largos años en los que Washington, desde la victoria en la Guerra Fría, se sumió en una suerte de hechizo que llevó a su elite a creer que “el resto ya no jugaba más” en términos estratégicos y que su supremacía llegó para ser algo que no podía ser desafiado.

Washington, desde la victoria en la Guerra Fría, se sumió en una suerte de hechizo que llevó a su elite a creer que “el resto ya no jugaba más” en términos estratégicos y que su supremacía llegó para ser algo que no podía ser desafiado.

Ese tipo de percepciones en general son asumidas por políticos con escaso apego a la historia y al realismo. Los que promueven entornos que suelen acompañar esas aproximaciones o estimaciones, para relegar del poder a aquellos que les traen mensajes que desafían con datos o hechos esas ensoñaciones.

Esta situación embriagó a los dos partidos en EEUU llevándolos a desenfocarse de la necesaria guerra contra el terrorismo islámico para sumergirse en la búsqueda de transformaciones políticas en Afganistán o Irak, sin asidero alguno, derrochando el coraje de sus tropas e incontables recursos económicos en situaciones que se convirtieron en trampas, de las cuales la salida debilitó, dramáticamente, el bien intangible en que una superpotencia se apoya su credibilidad. Es decir: la correlación virtuosa entre objetivos y medios, amalgamados ellos en criterios de razonabilidad y buen hacer.

Biden llega al poder con la credibilidad duramente afectada y con su partido corroído profundamente por el virus de una irresponsable corriente de pensamiento alejada de la racionalidad y ligada a proyectos entre absurdos y disolventes de la base misma de cohesión a la que una nación poderosa debe aspirar. Casi en paralelo con las corrientes argentas que prohíjan a los delincuentes, persiguen a las fuerzas de seguridad y coquetean con la anarquía. Con una base interna tan poco sólida, donde también los republicanos mantienen facciones radicalizadas tan anti sistema como las que acabamos de describir de los demócratas, es muy difícil generar la potencia interna que permita desarrollar una política exterior que esté alineada con los intereses nacionales. La debilidad mencionada apela a la sobreactuación como el remedio de esa endeblez de fondo que intentamos describir.

En una situación de falta de credibilidad combinada con debilidad interna, no aparece como un camino lógico el sumar desafíos que estén ligados al empleo del recurso militar como herramienta última de sostén de la propia intención. Repasemos un poco el escenario:

  • En Europa tras la invasión rusa a Ucrania, la administración Biden nada ha hecho por administrar el conflicto de manera que el mismo no escale fuera de los límites geográficos de su ocurrencia, sino que fija como meta a alcanzar la destrucción del aparato militar ruso algo que, según los analistas realistas luce cuanto menos absolutamente imposible de concreción sin la disposición explícita de una guerra con Rusia, pues saben en Washington que Ucrania es un tema vital de la seguridad rusa y no lo es para EEUU. Sobre esto me he extendido largamente en mi canal de YouTube , en mis hilos en Twitter y por supuesto en FARO ARGENTINO.

La administración Biden llama a la construcción de una alianza de democracias para oponerse a Rusia y China, generando de hecho un acercamiento entre Moscú y Beijing que va en contra de cualquier idea realista de generar sinergia política para contener a China en el futuro.

  • La administración Biden llama a la construcción de una alianza de democracias para oponerse a Rusia y China, generando de hecho un acercamiento entre Moscú y Beijing que va en contra de cualquier idea realista de generar sinergia política para contener a China en el futuro. No solamente eso, ha promovido acciones económico financieras contra Rusia que se han transformado en un verdadero revulsivo para Europa Occidental y la propia población de EEUU, la que asiste a una debacle económica comparable a la crisis petrolera de principios de los años setenta del siglo pasado, que a diferencia de aquella, ha sido generada por la errada mirada de Washington sobre la generación de esas sanciones y la repercusión que las mismas tendrían; lo que refuerza la falta de credibilidad de la administración, a la que el gobierno contesta reforzando su sobreactuación.
  • La visita de la Sra Nancy Pelossi a Taiwán va en ese camino de equívocos de Biden. Escala la tensión con China sobre un tema sensitivo mientras simultáneamente se muestra absolutamente incapaz de contener a Rusia. ¿Acaso piensa Biden que es posible jugar a la escalada con China en la condición de debilidad en que se encuentra?

No estamos frente a Franklyn Delano Roosevelt que podía enfrentar dos enemigos formidables: la Alemania nazi y el Imperio del Japón de manera simultánea. Esos EEUU tenían credibilidad, fruto de un liderazgo reconocido internamente como eficiente y sólido; el que le permitía asumir el liderazgo del mundo libre frente a la amenaza del Eje. En modo alguno la situación es ni remotamente parecida.

Rusia no es una amenaza vital para EEUU y ha sido la falta de realismo de Washington la que sobre el desastre de la invasión a Ucrania generó una situación europea de bases poco firmes para encarar una seguridad europea que sirva para respaldar el pivot al Asia que emprendió con buen criterio durante la administración Obama. Hoy Washington ha colocado la posibilidad de una guerra con Rusia como algo posible mientras busca aparecer como firme y determinado en Oriente, frente a una China que está lejos todavía de desafiarlo militarmente pero que está dispuesta de escalar en lo discursivo y en ciertas acciones militares en el supuesto de debilidad que entrevé en EEUU.

La visita de la Sra Nancy Pelossi a Taiwán va en ese camino de equívocos de Biden. Escala la tensión con China sobre un tema sensitivo mientras simultáneamente se muestra absolutamente incapaz de contener a Rusia.

El presente era un tiempo para mejorar los lazos con Europa preservando la paz y la seguridad colectiva, de solidificar la relación con India e Israel, actores claves el primero para contener el avance de China en la Cuenca del Índico y Jerusalén para que Medio Oriente termine de tenerla como el núcleo de seguridad y desarrollo. Pero primó la búsqueda de un acuerdo nuclear con Irán, de un nivel de ingenuidad conmovedor. También era momento de generar alianzas serias en América Latina para ofrecer ventajas competitivas a la agresiva presencia de China en las Américas, donde la carencia de políticas de EEUU es la oportunidad que, con total naturalidad, ha aprovechado Beijing para acceder a materias primas, mercados y negocios.

Desafortunadamente la administración de Biden es tanto irresponsable como ineficaz, y posiblemente tales maneras no cambiarán con una derrota en noviembre próximo, sino que la inercia probablemente los impulse a seguir sobreactuando, jugando con la idea que “del otro lado” sabrán leer el juego de la misma manera que ellos; algo que quizás Moscú y Beijing hagan, aunque corriendo cada uno de ellos el límite un poco más allá, creyendo, ellos también, que Washington sabrá entender…

El desastre está a la vuelta de la esquina con Biden.

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