Cultura

Mujeres Reales en Guerra. Episodio VIII: Caterina Sforza, bella, peligrosa y sensual

Su enfoque de la guerra fue igualmente elegante. Su primer servicio militar fue en 1483 cuando defendió el territorio de Forlì, de su esposo, de la amenaza veneciana. Desde el principio, Caterina disfrutó de la actividad marcial como antes había disfrutado de la caza; mantuvo una férrea disciplina, no siempre sin la ayuda de crueles castigos.

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LA HIJA DE LA INIQUIDAD

Así la calificó una bula papal, mientras otra la nombraba “la hija de la perdición”. La guerra y la lucha eran su elemento natural. Con poco más de veinte años se lanzó al servicio militar y, cuando estuvo al mando, mantuvo una disciplina férrea con la ayuda de castigos escalofriantes.

Nació en 1462 como hija ilegítima de Lucretia Landini y Galeazzo Maria Sforza, más tarde duque de Milán.

Las princesas italianas del cinquecento y seicento solían educarse junto a sus hermanos. Estudiaron los clásicos, versos italianos y latinos contemporáneos, idiomas, música y filosofía. Los Sforza, una familia que ascendió al poder desde condottieri, educaban a sus hijos e hijas por igual en artes marciales, caza y deportes.

Fue bien educada por su abuela Bianca Visconti-Sforza según la tradición humanista, e incluso en su juventud se decía que estaba fascinada por las hazañas de hombres y mujeres famosos. Caterina se crió junto con los seis hijos naturales de su padre. Las princesas italianas del cinquecento y seicento solían educarse junto a sus hermanos. Estudiaron los clásicos, versos italianos y latinos contemporáneos, idiomas, música y filosofía. Los Sforza, una familia que ascendió al poder desde condottieri, educaban a sus hijos e hijas por igual en artes marciales, caza y deportes. Caterina estaba obsesionada con la caza y los perros, perros grandes como sabuesos, setters y galgos. Su abuela era conocida por su gracia y belleza, pero también por liderar tropas en la batalla cuando era necesario y ejercer un gobierno justo en Milán al lado de su marido como iguales cuando él estaba presente y con plena autoridad soberana cuando estaba ausente. El padre de Caterina quería que sus hijos pudieran hacer lo mismo, independientemente del género.

En 1472, Galeazzo Maria Sforza inició las negociaciones matrimoniales con Girolamo Riario, de 33 años. Poseía poca educación y un linaje mediocre, pero su tío había sido elegido Papa y, como su sobrino favorito, era capitán de los ejércitos papales y ofrecía una atractiva perspectiva de apoyo papal. Había que casarlo en la familia.

Se negociaron los términos para casarlo con una prima Sforza, Costanza Fogliano, de once años. Pero cuando Riario llegó a Milán para formalizar planteó una demanda adicional: quería consumar el matrimonio. Inmediatamente.

La madre de la niña se indignó y se negó rotundamente; a los once, Costanza estaba tres años por debajo de la edad legal de consentimiento. Galeazzo buscó apresuradamente un acuerdo, pero Girolamo se mantuvo firme. Obtendría lo que exigía o se iría, llevándose la alianza papal. Galeazzo estaba desesperado por lo que ofreció, como sustituto de Costanza, a su propia hija de diez años, Caterina. El 17 de enero de 1473, se formalizó el contrato de matrimonio de Girolamo Riario y Caterina Sforza y, a pesar de que Caterina estaba muy por debajo de la edad de consentimiento, se consumó. El 26 de febrero, Sixto emitió una bula papal absolviendo a todas las partes del acto sexual ilícito. Todo quedó en familia…

Probablemente aprendió la brutalidad de su padre, quien una vez ejecutó a un cazador furtivo al hacer que se tragara una liebre entera, incluida la piel. A otro, lo hizo clavar a su ataúd….vivo.

Caterina permaneció al cuidado de su familia durante los siguientes tres años, mientras que Girolamo mantuvo varias amantes. El plan era que Catalina se reuniera con su esposo cuando cumpliera los catorce años, pero después del asesinato de Galeazzo por los Visconti en 1476, su madre consideró prudente no demorar más. Se organizó una ceremonia de boda apresurada, y Caterina, de trece años, se casó por poder con Girolamo y partió a Roma.

Catalina se deleitaba en la sociedad romana -las fiestas, las modas – y rápidamente atrajo la admiración por su cabello rubio, sus elegantes vestidos, su inteligencia y su gracia social. Era hermosa, pero su régimen de belleza dejaba poco al azar. Lociones de semilla de ortiga, cinabrio, hojas de hiedra, azafrán y azufre atendían sus cabellos dorados. Sus dientes relucientes se trataban con tallos de romero carbonizados, mármol pulverizado y hueso de coral. Sus ojos azules se bañaban diariamente en agua de rosas y los ungüentos suavizaban sus senos. No por nada había escrito un libro de alquimia, medicina y belleza.

Su enfoque de la guerra fue igualmente elegante. Su primer servicio militar fue en 1483 cuando defendió el territorio de Forlì, de su esposo, de la amenaza veneciana. Desde el principio, Caterina disfrutó de la actividad marcial como antes había disfrutado de la caza; mantuvo una férrea disciplina, no siempre sin la ayuda de crueles castigos. Probablemente aprendió la brutalidad de su padre, quien una vez ejecutó a un cazador furtivo al hacer que se tragara una liebre entera, incluida la piel. A otro, lo hizo clavar a su ataúd….vivo. Uno de sus pasatiempos favoritos era visitar los conventos locales por la noche y violar a las monjas. Una imagen paterna brutal y salvaje.

En agosto de 1484, a la muerte de Sixto IV tío de su marido, Caterina fue a Roma para hacerse cargo del antiguo castillo de Sant’Angelo, hasta que pudiera ser entregado al sucesor legal de Sixto. La muerte del Papa (y el miedo al declive de la causa de Riario), encontró a Caterina cabalgando al galope al grito de ¡Duca, duca, Girolamo! ¡Girolamo!, para entrar a la fortaleza de Sant’Angelo.Significativamente Caterina, una vez dentro de la fortaleza, invocó el nombre de Galeazzo Maria Sforza, la figura masculina fuerte más cercana para ilustrar su desafío. Tenía tanto cerebro como su padre, y hacía callar a los gritos a quienes deseaban que admitiera un plenipotenciario para negociar. Por precaución apuntó sus cañones hacia el Vaticano.

Estaba embarazada de siete meses, lucía una figura sorprendente con un vestido de raso dorado, un sombrero con plumas y un cinturón del que colgaba una bolsa repleta de ducados. Los únicos toques marciales del conjunto eran una espada curva y el lenguaje maduro que empleaba para maldecir y engatusar a los soldados bajo su mando. Caterina ocupó el castillo hasta octubre de 1484, y lo entregó al Sagrado Colegio Cardenalicio.

Tenía tanto cerebro como su padre, y hacía callar a los gritos a quienes deseaban que admitiera un plenipotenciario para negociar. Por precaución apuntó sus cañones hacia el Vaticano.

Girolamo Riario no era bien querido, de hecho todos lo odiaban por incompetente y codicioso. La ira pública creció después de que se descubrió que el tributo para mantener una guardia de la ciudad de cuatrocientos hombres, en realidad sólo pagaba a cien hombres, y el exceso iba directamente al bolsillo de Girolamo. Se sabía que estaba robando dinero de las iglesias. Luego no tuvo mejor idea que trasladar la carga de los impuestos de los agricultores más pobres a los habitantes de la ciudad más ricos, y esa fue más o menos la gota que colmó el vaso. El 14 de abril de 1488, seis hombres de la familia Orsi asesinaron a Girolamo y asaltaron su palacio. Caterina, sus hijos, su madre y su hermana fueron llevados cautivos, pero no antes de que Caterina pudiera dar instrucciones apresuradas a un puñado de hombres fieles, poniendo en marcha el comienzo de un plan. Finalmente, pudo escapar a Ravaldino mediante engaños, y allí resistió a sus enemigos hasta que llegaron refuerzos milaneses para derrotarlos.

Amenazada por la vida de sus hijos gritó a sus enemigos: «¿Creen, tontos, que no tengo las cosas para hacer más (hijos)?» y con esas palabras desafiantes se levantó la falda para exponer sus genitales, demostrando que podía tener más vástagos. Mantenía una negativa obstinada a ser relegada al mundo femenino de la sumisión. Aunque también sabía invocar la imagen de “Solo-una-Mujer-Débil”, como muchas otras Reinas Guerreras, cuando le convenía: “nadie me cree… siendo sólo una dama y tímida también”, le escribió a su tío Ludovico “Il Moro” Sforza en busca de ayuda con la que pudo derrotar a sus enemigos, recuperar dominios y vengarse de los asesinos de su esposo.

En cuanto a su sed de sangre, el trato de Caterina hacia la familia Orsi, aquellos que habían matado a su marido, recuerda la venganza de Boudica contra los destructores de sus hijas: en ambos casos los detalles justifican ese miedo primitivo sobre la virago desatado, como más mortífero que el del macho. Hubo ejecuciones públicas y estrangulamientos secretos, seguidos de la espantosa muerte de Andrea Orsi, de ochenta años. Vestido con un chaleco, una camisa y un calcetín, con las manos atadas, el patriarca fue ante todo condenado a ver cómo saqueaban y demolían su casa. Luego lo arrastraron alrededor de una plaza atado a una tabla tirada por un caballo; finalmente le arrancaron el corazón y desmembraron su cuerpo envejecido mientras aún estaba vivo, arrojando los pedazos a la multitud.

Amenazada por la vida de sus hijos gritó a sus enemigos: «¿Creen, tontos, que no tengo las cosas para hacer más (hijos)?» y con esas palabras desafiantes se levantó la falda para exponer sus genitales

“Oh, gloriosa Madonna, ten piedad de un miserable pecador”, suplicó Simone Fionni, otra víctima potencial. Pero Caterina respondió: ‘Que gobierne la venganza, no la piedad. Dejaré que los perros te despedacen.’ (En caso de que se salvara y lograra escapar). Caterina no era una mujer para enfrentar.

Pero sí para amar. Sus amantes eran cada vez más jóvenes, y viriles. Ubicar a Caterina dentro del Síndrome de Voracidad Sexual pudo haber sido políticamente conveniente para sus enemigos, pero no fue precisamente injusto. En 1497, por ejemplo, Venecia se expresó conmocionada por su “apetito sensual ilimitado”, cuando el verdadero problema era el de la agresión florentina, que se creía que Forlì podría alentar. No hace falta decir que un «apetito sensual ilimitado» era, en todo caso, la marca de un príncipe del Renacimiento. Pero Caterina no nació como un «príncipe», ni se había establecido como tal en la mente de su pueblo.

El primero de sus amantes fue Mario Ordelaffi, de quien probablemente Caterina estuvo enamorada, en un idilio que se prolongó hasta el verano de 1489 cuando su adorado amante castellano Giacomo Feo de diecinueve años (el que la transportó al «cielo de Venus y Marte») fue mutilado y asesinado. Su asesino fue ultimado mientras que su esposa e hijos eran arrojados a un pozo profundo y dejados a morir.

Estableció relaciones amistosas con el Papa Alejandro VI y los venecianos, con cuyo embajador, Giovanni de Medici, se casó en secreto en 1496. Cuando él murió dos años después, la ingeniosa Caterina disuadió a los venecianos de apoderarse de sus tierras negociando una alianza con los florentinos.

Tras la muerte de Giovanni se rompieron las relaciones con Alejandro VI al negarse a permitir que su hija Lucrezia Borgia se casara con su hijo Ottaviano. El Papa también tenía el ojo puesto en sus tierras que quería para su hijo Francescolotto Gibo. Aprovechó un nuevo romance de Caterina para dictar una bula y anunciar que a causa de la ‘vida desordenada de Caterina’ la casa de Riario había perdido el señorío de Imola y Forlì, y las entregó a su hijo; finalmente pasaron a manos de Cesare Borgia. La trampa que acecha a una Reina Guerrera (que no podría compararse con “la nueva Eva”, como Isabel la Católica) se hace evidente.

En 1499 las tropas pontificas y las de su nuevo aliado Luis XII de Francia y las de Venecia invadieron las tierras de los Sforza. Milán cayó en manos francesas y Ludovico IL Moro tuvo que huir. Acosada en Forlì, Caterina escribe a Ludovico: “si tengo que perecer, quiero perecer como un hombre”. Sin embargo, ese audaz deseo no se le iba a conceder.

Rompió relaciones con Alejandro VI al negarse a permitir que Lucrezia Borgia se casara con su hijo Ottaviano. El Papa aprovechó un nuevo romance de Caterina para dictar una bula y anunciar que a causa de la ‘vida desordenada de Caterina’ la casa de Riario había perdido el señorío de Imola y Forlì, y las entregó a su hijo; Cesare Borgia.

Cesare avanzó contra Sforza con un ejército de catorce mil soldados franceses. El castillo de Imola resistió hasta diciembre de 1499. Caterina se aferró sombríamente a Forlì y la fortaleza de Ravaldino. Uno de sus planes de defensa fue quizás demasiado ilusorio. Envió cartas al Papa Alejandro VI impregnadas con veneno o dejadas en un cofre de peste; pero se necesitaba una cuchara más larga para envenenar a un Borgia y el plan falló.

El 12 de diciembre dijo que «mostraría a los Borgia que una mujer también puede manejar la artillería». En un intento desesperado, ordenó que volaran los polvorines en su fortaleza, pero la orden fue desobedecida y la ciudadela cayó en enero de 1500. La propia ciudad capituló a fines de 1499. Aun así, Caterina mantuvo su desafío dentro de la fortaleza, incluso después de que los habitantes de la ciudad fueran tratados con poca atención: la violación y el saqueo fueron descritos por Caterina enérgicamente como «castigo justo para una ciudad que se había rendido ‘como una puta’”.

Cesare reclamó a ‘la bellicosa signora di Imola e Forlì’ viva o muerta. Fue capturada por un jefe francés, por lo tanto, oficialmente cautiva del rey galo. Como dijo Maquiavelo: «Ella fue vendida al duque Valentinois» por diez mil ducados. Cesare había prometido tratar a la Condesa como se merecía una dama de su clase; pero era un Borgia. Cuando se la presentaron viva, la mantuvo incomunicada durante cuarenta y ocho horas mientras él la trataba como sus soldados habían tratado a las mujeres de Forlì. Luego bromeó con sus oficiales diciendo que Caterina había defendido a su fortaleza mejor que a su virtud. Sin embargo pocos rieron; la conducta de Cesare fue repudiada y Caterina surgió como una heroína en desgracia llorada por todos. A veces pienso quién abusó de quién en esos dos días.

Caterina fue encarcelada durante un año en el castillo de Sant’Angelo pero no cedió sus derechos y siguió rechazando incentivos como un salvoconducto y una pensión (mostrándose a sí misma en este aspecto más como una Boudica que como una Zenobia).

No fue puesta en libertad hasta junio de 1501, momento en el que su belleza, ese activo cuidadosamente cuidado, se había desvanecido; seguramente por la falta de sus tratamientos. Todavía trató de negociar la devolución de algunas de sus propiedades, pero fue en vano. Sin embargo, sus últimos años fueron más felices. Viendo sus tierras ocupadas por los Orsini se retiró con su hijo a Florencia, al Monasterio de Le Murate. Allí comenzó a entrenar a su joven hijo Giovanni de Medici el della Banda Nera, nacido en 1498, en los secretos arcanos de la guerra para hacer de él un gran soldado, y miembro digno de la casa de Sforza. El apelativo de Banda Nera refiere al brazal de luto que él y sus soldados usaban en memoria del Papa León X, primo de su padre.

Murió en mayo de 1509 en el monasterio donde fue enterrada. Su cuerpo se perdió en la demolición del mismo en el siglo XIX.

Caterina fue encarcelada durante un año en el castillo de Sant’Angelo pero no cedió sus derechos y siguió rechazando incentivos como un salvoconducto y una pensión.

Durante doce años Caterina llevó una vida de extrema turbulencia mientras intentaba mantener su independencia a la luz de la opresión de sus vecinos, los reclamos papales y, finalmente, la llegada de las fuerzas francesas. Una verdadera mujer de coraje e intelecto. Leonardo Da Vinci fue asesor militar suyo y Sandro Botticelli plasmó su rostro y su figura en una de las Gracias que pueden verse en su obra La Primavera. Una gran Dama del Renacimiento

El ataque al «apetito sensual ilimitado» es común a muchas mujeres guerreras y no sorprende; aun cuando la desordenada voracidad sexual del renacimiento italiano empequeñece el ataque. En cuanto a su conducta sangrienta, tampoco estaba lejos de la que se practicaba en su época. Muchas otras han causado tantas o más muertes terribles que Caterina. Tal vez la diferencia esté en que ella lo hizo para lavar las afrentas personales y familiares sufridas, como Boudica, y otras reinas invocaron cuestiones de principios. No creo que los muertos puedan advertir la diferencia.

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