Cultura

Mujeres Reales en Guerra. Episodio VII: Con dolor parirás tus libertades

Valerosas mujeres se opusieron al ataque intelectual generando una lucha de ideas que duró siglos y que desgraciadamente las mujeres de hoy casi desconocen, lo que expone a los movimientos feministas actuales como muy famélicos de conocimiento y débiles de entendimiento.

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ESCOLÁSTICA – NO ES UNA BUENA DAMA

Desde el siglo IV los Padres de la Iglesia y quienes les siguieron trataron de enlazar la filosofía griega, principalmente Platón y Aristóteles, con las palabras de la Biblia. La tarea era importante pues el cristianismo apenas si tenía alguna regla formal de interpretación. Difícil labor también porque las piezas no encajaban muy bien unas con otras que digamos. En suma se trataba de conciliar la razón con la teología. Afortunadamente en el siglo XI San Pietro Damiani encontró la formula magnánima que solucionaría el problema “Philosophia ancilla theologiae” (la filosofía es sierva de la teología). Tan flexible como una vara de titanio se aplicó a todas las disciplinas, desde ya a las leyes, pero alcanzó también a la medicina con terribles resultados. Se suele apodar a la Edad Media como la “Edad Oscura”. Esto no es así, a pesar de lo difícil de la vida en esos tiempos resultó ser una época asaz iluminada; lo verdaderamente “Oscuro” fue la Escolástica.

Para las mujeres fue fatal. Los escapes legales y las tolerancias prácticas fueron horrorosamente atacadas. Pero valerosas mujeres se opusieron al ataque intelectual generando una lucha de ideas que duró siglos y que desgraciadamente las mujeres de hoy casi desconocen, lo que expone a los movimientos feministas actuales como muy famélicos de conocimiento y débiles de entendimiento.

Se suele apodar a la Edad Media como la “Edad Oscura”. Esto no es así, a pesar de lo difícil de la vida en esos tiempos resultó ser una época asaz iluminada; lo verdaderamente “Oscuro” fue la Escolástica.

Entre los siglos XII y XIII Hildegarda de Bingen y Herralda de Hohenbourg defendieron la idea de la “teoría de la complementariedad de los sexos” que, a pesar de las diferencias sexuales, reconocía la igualdad entre ambos ya que juntos definían a la humanidad. Esto permitió algún espacio de libertad en los siglos medievales, y dio lugar a movimientos como el de las beguinas, protagonizados principalmente por mujeres, entre ellas figuras femeninas poderosas como Leonor de Aquitania y teólogas notables de esos siglos.

Esta pequeña libertad es herida de gravedad a mediados del siglo XIII cuando se introduce en las universidades la lectura obligatoria de Aristóteles, recién recuperado. Un misógino de lo más ferviente que dio lugar a la “teoría de la polaridad de los sexos”, que establece al hombre como superior a la mujer. En un mundo Escolástico esta teoría conciliaba la “razón filosófica” con la teología bíblica: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará” Génesis 3:16.

El cambio en la comprensión de lo femenino fue brutal y rencoroso, pero también dio rienda suelta a la misoginia contenida. La misma que por conveniencia había tolerado las actuaciones femeninas cuando significaban favores, recursos o espadas, y que ahora se lanzaba a producir textos literarios y científicos hostiles a las mujeres y sus derechos, para extender la teoría aristotélica en el ámbito social y simbólico. La contienda contra estos textos daría lugar a la llamada Querella de las mujeres. Una guerra intelectual sobre la capacidad de la mujer y su inferioridad respecto al hombre.

Se libró en las universidades, en las esferas eclesiásticas, y sus cañones serán poderosas piezas literarias y científicas escritas por mujeres y hombres en pugna. Las mujeres que participaron en la Querella rechazaban los modelos que la sociedad pretendía imponerles y querían formar un espacio determinado por y para ellas; en este contexto, el movimiento de las beguinas va a ser el más significativo ya que rechazaba el matrimonio y el modelo de vida reglada de las monjas.

La contienda contra estos textos daría lugar a la llamada Querella de las mujeres. Una guerra intelectual sobre la capacidad de la mujer y su inferioridad respecto al hombre.

Aún así, entre el siglo XIII y el XIV hubo un retroceso grande de los espacios de libertad femenina por la generalización la teoría misógina aristotélica. El Humanismo del siglo XIV será de poca ayuda. Con él aparece la “teoría de la unidad de los sexos” que considera a mujeres y hombres como iguales, pero toma al sexo masculino como neutro universal, poniendo límites al femenino, es decir, una especie de igualdad pero no tan igual. Era mejor que la aristotélica, pero lejos de la de complementariedad.

La guerra tuvo sus terribles y heroicas bajas.

JACOBA FELICIÉ

En 1322 las autoridades de la Facultad de Medicina de París sometieron a juicio a Jacoba Felicié por no tener permiso para ejercer la profesión de médico. Pero por algo más también. Por cierto que no había recibido ninguna formación profesional, ni mucho menos universitaria, que garantizaran sus tratamientos. Pero tenía éxito en las curas, especialmente donde médicos formados y con título habían fracasado. Esto era una intolerable afrenta.

Jacoba se había hecho famosa en París por sus habilidades profanas para curar. Más grave aún es que cobraba por sus servicios, que sus pacientes abonaban agradecidos. Imposible de aceptar que ella tuviera fama y acceso al pago de honorarios fluidos, triunfando donde otros médicos con título y permiso no habían podido.

El crimen de Jacoba Felicié era ser una mujer que se había introducido en un mundo de apropiación masculina y había sido exitosa, lo que era un insulto a la hombría y una amenaza a la masculinidad. Algo insufrible para el mundo medieval, y para otros posteriores también.

No tenía título, formación o permiso; pero en el juicio se demostró que seguía los protocolos médicos profesionales al pie de la letra, y seguramente con más presteza que sus pseudo-colegas. En principio su crimen era formal sin diploma ni autorización legal; aun así en lo material su práctica era correcta y no había causado daño a nadie. ¿A nadie?

A nadie no. Sus jueces y censuradores eran hombres, algunos exitosos y muchos mediocres. El crimen de Jacoba Felicié era ser una mujer que se había introducido en un mundo de apropiación masculina y había sido exitosa, lo que era un insulto a la hombría y una amenaza a la masculinidad. Algo insufrible para el mundo medieval, y para otros posteriores también.

Fue declarada culpable. Tuvo que pagar una multa de 60 libras y, con la inefable colaboración de la Iglesia medieval, fue amenazada de excomunión si proseguía practicando la medicina. Su falta fue querer ser una médica, y consolar a pacientes descontentos con los doctores. Su pecado ser mujer.

MARGARITA PORETE

Las escritoras místicas eran aceptadas por pertenecer a órdenes religiosas, lo que aseguraba una vida de santidad para invocar la Palabra Divina, todo ello bajo la supervisión de sabios hombres de fe. ¿Pero si no eran así qué sucedía?

La Beginas eran mujeres de distintas clases sociales que realizaban trabajos similares a los de las monjas ordenadas, desde la contemplación a la ayuda de enfermos y tareas intelectuales. Pero no tenían regla, ni orden madre, podían casarse y dejar la orden con total libertad. Se parecen  mucho a una asociación de beneficencia moderna. Las Beguinas no estaban entonces ordenadas, nada “garantizaba” su santidad.

Margarita Porete tuvo la idea de escribir un libro “El espejo de las almas simples”. El libro gira en torno a debates filosóficos, amorosos y, obviamente místicos. El enfoque de Margarita era simplificar la relación entre el Alma y Dios, señalando que el Alma puede y debe dejarlo todo menos a Dios. El problema es que la Iglesia no intercedía; se quedaban sin trabajo.

Una de ellas, Margarita Porete tuvo la idea de escribir un libro “El espejo de las almas simples”. El libro gira en torno a debates filosóficos, amorosos y, obviamente místicos. El enfoque de Margarita era simplificar la relación entre el Alma y Dios, señalando que el Alma puede y debe dejarlo todo menos a Dios. El problema es que la Iglesia no intercedía; se quedaban sin trabajo.

Margarita presentó su obra al obispo de Cambrai en 1306. La consideró hereje y mandó quemar el libro en la plaza pública. Poco después ella fue puesta en prisión. Su estadía duró un año y medio. Se negó a retirar sus ideas y su libro; estaba firmemente convencida de ser inocente y de tener razón, sólo no se la comprendía.

Algunos clérigos trataron de defender a Margarita, dentro de los límites inquisitoriales, pero nada se pudo hacer El 1 junio de 1310, el Gran Inquisidor de Francia Guillaume Humbert  -si el mismo que condenó a los Templarios- ordenaba que Margarita fuera quemada en la hoguera en la plaza de Grève de París. Estaba acusada de haber escrito y difundido mensajes heréticos; la sentencia la trató de pseudo-mujer. Su crimen fue escribir una obra mística aparentemente similar a la de otras mujeres santas. Pero ella no era monja y no podía exhibir  tiempo de recogimiento y santidad.

La Querella de las Mujeres tuvo también heroínas triunfantes.

La Escolástica morirá a manos de sus propios seguidores como Guillermo de Ockham y Roger Bacon. Pero las persistentes raíces de la misoginia continuaron con otros razonamientos, maquillajes y patrañas.

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