Política

LA TENSA VELA DE LAS ARMAS. Dos intelectuales (cuasi)orgánicos a ambos lados de la grieta. 

A pesar de las diferencias entre los registros y los tópicos sobre los que se despliegan, los textos de Albina y Touzón guardan una notoria simetría. Los dos responden a una fuerte pulsión de futuro. Los dos fracasan en la proyección que tal horizonte demanda.

Compartir:

La vida de las trincheras tiene esas cosas. Largos tiempos muertos entre ofensiva y ofensiva. Ejercicios rutinarios, observación y vigilancia, quehaceres domésticos y tedio, apenas quebrados por incursiones y bombardeos en contra o de parte del enemigo, o por incidentes menores. Mucho tiempo para pensar. No es casual que durante la Primera Guerra Mundial haya florecido como nunca el género del diario de guerra.

Dos soldados escrutan el horizonte e intentan vincular su observación con las noticias que les llegan de la retaguardia. Están lejos, pero tienen suficiente capacidad analítica para hacerse una idea propia de lo que está pasando. Se preguntan si esta ofensiva conseguirá por fin romper el equilibrio y permitir un avance lo suficientemente profundo como para desarticular la resistencia del enemigo.

La situación política argentina se asemeja mucho a la guerra de posiciones. La grieta es también trinchera. Se habla de un virtual empate entre las fuerzas políticas dominantes. Ninguna consigue prevalecer sobre su enemigo. Todo asalto termina ganando unos pocos kilómetros de territorio a un costo desproporcionado de vidas y recursos materiales. En el teatro de operaciones argentino se anuncia una nueva ofensiva que despierta inquietudes en ambas trincheras. Las elecciones presidenciales de 2023 parecen venir con un resultado puesto: un triunfo de la oposición.

Desde sus respectivos parapetos, dos soldados escrutan el horizonte e intentan vincular su observación con las noticias que les llegan de la retaguardia. Están lejos de los altos mandos y de las esferas de decisión, pero tienen suficiente capacidad analítica y crítica para hacerse una idea propia de lo que está pasando. Uno se pregunta si esta ofensiva conseguirá por fin romper el equilibrio y permitir un avance lo suficientemente profundo como para desarticular la resistencia del enemigo. Para el otro la pregunta es similar pero en el sentido inverso: ¿estarán lo suficientemente organizadas y provistas las líneas defensivas para evitar el hundimiento del frente?

1.Ramiro Albina: el fuego perdido

La Revista Seúl es la respuesta orgánica a la frecuente acusación, de parte de la intelligentsia nacional, de que Juntos por el Cambio no posee cuadros intelectuales ni referentes académicos. Sólo podrá consolidarse si consigue la suficiente masa crítica de colaboraciones y perspectivas diversas. Es un proyecto interesante, pero de momento no consigue trascender los límites de la militancia.

Después de presentar el ideal democrático, el autor muestra sus enemigos internos: el populismo, la polarización, la posverdad. Los acusa de ser ambiguos, de moverse en el espacio difuso de la oposición interna y la lucha antisistema. Se concentra en un argumento central de estos movimientos antidemocraticos que operan dentro del sistema: la conceptualización confrontativa de las elites políticas como “castas”.

Los movimientos y la febril actividad en la retaguardia son inequívocos: son los preparativos para desencadenar una gran ofensiva. Sin embargo, el tono del ensayo de Ramiro Albina arranca con un planteo defensivo, una apología de la democracia realmente existente. El título es una provocación: Sommeliers de castas, en evidente referencia a la categoría impuesta por los libertarios en su pelea contra el establishment. El texto posee tres partes: el rol disruptivo de los discursos antiestablishment en las democracias liberales, su efecto en el escenario político argentino y el desafío de Cambiemos para constituirse nuevamente en una fuerza competitiva con capacidad para asumir el gobierno en 2023.

Normalidad y anomalía democrática

Albina explica que la democracia liberal atraviesa un “momento ambiguo” en todo el mundo. Según explica, la amenaza viene de su interior: sus enemigos la corroen aprovechándose de sus propios mecanismos. La democracia es “un régimen maravilloso” que permite equilibrios entre la cooperación y el conflicto. El principio fundamental es que las reglas son iguales para todos. Supone una apuesta a largo plazo: “hay que gobernar y construir con la certeza de que tarde o temprano la oposición va a llegar al poder”.

Esa apuesta por las formas debe entenderse como audacia, no como tibieza. Después de presentar el ideal democrático, el autor muestra sus enemigos internos: el populismo, la polarización, la posverdad. Los acusa de ser ambiguos, de moverse en el espacio difuso de la oposición interna y la lucha antisistema. Se concentra en un argumento central de estos movimientos antidemocraticos que operan dentro del sistema: la conceptualización confrontativa de las elites políticas como “castas”. Después de distinguir entre fuerzas políticas emergentes y partidos antiestablishment, señala que estos últimos, por “el efecto que generan sobre el sistema, sí pueden representar un riesgo para la democracia”. Agrega que la narrativa antipolítica es riesgosa para la democracia.

El autor advierte, no obstante, que sus argumentos pueden leerse no en clave de una defensa de la democracia, sino del establishment. Admite que pueden existir elites políticas disfuncionales, pero los planteamientos antiestablishment por lo general son simplistas y (mal) intencionados. “La democracia necesita de partidos políticos y liderazgos, y el intento por desprestigiar a los actores de la política tradicional puede llevar a un problema de legitimidad”, afirma Albina.

Después de repasar las usuales críticas a los liderazgos personalistas antiestablishment -moralizantes, narcisistas, irracionales, emotivistas, impulsivos, fanatizantes- el autor reconoce que a pesar de que en la Argentina los últimos gobiernos tienen una legitimidad democrática de origen, su fracaso económico y político los empuja a recurrentes crisis de representación.

Apología del sommelier

Quizá la de Albina sea una visión algo esquemática. No es que ahora la democracia transcurra por un “momento ambiguo”: el mismo concepto es polisémico, crítico y difuso. Con sus encarnaciones sucede lo mismo. Es condición del principio democrático estar siempre en crisis, como han explicado Anthony Arblaster y Marcel Gauchet. Su normalidad es precisamente una tensión permanente.

John Dunn usa una feliz metáfora para explicar el punto: “la democracia es una moneda que sólo un tonto tomaría por su valor nominal”. Se contienen en esta expresión al menos tres presupuestos: 1) el valor nominal es siempre mayor que el valor real, es decir, promete más de lo que da; 2) mientras que los incautos pueden tomarla por su valor nominal, quienes se interesan por su capacidad real de compra advierten que es menor, pero es necesario que haya una mayoría dispuesta a aceptarla por lo que promete, lo que equivale a decir que la democracia depende esencialmente de las creencias sobre ella; 3) es precisamente la diferencia entre el valor nominal y el real la que le da la legitimidad en el mundo de los sistemas políticos.

El valor nominal promete gobierno del pueblo o soberanía popular, pero (tanto en su forma liberal como populista) termina consagrando el gobierno de las élites. Tal como explicaran autores como Robert Dahl o Joseph Schumpeter, la democracia liberal consiste en la representación, puja y cooperación de intereses diversos. Son élites que compiten y colaboran entre sí. Pero es precisamente la tensión con el ideal democrático de la soberanía popular la que permite variaciones en las formas y los alcances de la representación. Es ese ideal el que activa el procesamiento crítico de las representaciones disponibles y las variación en las preferencias del electorado.

En sociedades dinámicas como las contemporáneas es inevitable que las formas de representación vayan reflejando esos cambios. Y también es inevitable que se juzgue a esas formas de representación desde el supremo ideal del gobierno del pueblo, que sólo puede reflejarse de modo incompleto y deficiente en el repertorio de intereses concurrentes/divergentes de las poliarquías. Desde Noberto Bobbio a Chantal Mouffe, pasando por John Rawls y Jürgen Habermas, la teoría política se pregunta una y otra vez cómo avanzar hacia una democracia más genuina que la representación de intereses parciales.

La democracia liberal se sostiene sobre un doble juego: la emergencia o descenso de élites en competencia por la representación y la preferencia del electorado por unas u otras. En cuanto ciudadanos somos, efectivamente, sommeliers de élites: no hay ninguna anomalía ni trastorno en ello.

En ese contexto, los discursos y las propuestas antiestablishment adquieren pleno sentido. Es evidente que presentan riesgos, pero su supresión supone un peligro mayor. Evita que la democracia cristalice en un sistema cerrado, propiamente dicho de castas. La democracia liberal se sostiene sobre un doble juego: la emergencia o descenso de élites en competencia por la representación y la preferencia del electorado por unas u otras. En cuanto ciudadanos somos, efectivamente, sommeliers de élites: no hay ninguna anomalía ni trastorno en ello.

Parte del paisaje

Dentro de las alternativas del escenario político, los planteamientos antiestablishment afectan particularmente a un tipo de actores: aquellos que pretenden ser el vector de cambio. Explica Albina que el kirchnerismo y el PRO fueron productos de la crisis de representación que tuvo su origen 2001. Por su parte, la crisis actual hace emerger los discursos antisistema. Es curioso que en este contexto (salvado el PRO como fuerza antiestablishment “buena”) el autor vea mayor peligro en el discurso antiestablishment de Milei y los libertarios que la erosión de facto del sistema político-institucional por parte del kirchnerismo.

Este es, en síntesis el problema principal del autor, que no se atreve a formular claramente: el discurso del cambio y de la transformación ha pasado sustancialmente al patrimonio simbólico e ideológico de Milei y los libertarios.

La situación actual, siempre según Albina, es crítica: “no hay narrativas que movilicen con una esperanza de un futuro mejor”. Explica que eventualmente los discursos anti-establishment pueden servir de revulsivos o abrir discusiones que antes se habían mantenido bloqueadas por el tabú, pero no aportan soluciones. Este es, en síntesis el problema principal del autor, que no se atreve a formular claramente: el discurso del cambio y de la transformación ha pasado sustancialmente al patrimonio simbólico e ideológico de Milei y los libertarios.

Albina defiende la construcción política lenta y consistente de Cambiemos, el surgimiento de “una coalición política homogéneamente pro-mercado”. Después de los éxitos de 2015 y 2017, la derrota de 2019 y la reciente victoria de 2021, es una fuerza “mejor parada” en términos de aprendizaje, poder institucional y la construcción de una identidad social. “Sin embargo -reconoce- hay quienes ven en Juntos por el Cambio, y especialmente de parte de los jóvenes, un elemento más del paisaje de la política tradicional.”

Dar razones

El problema es que se trata de una fortaleza algo endeble. Albina concluye su texto con una larga lista de “tenemos que” y “necesitamos”: pensar una nueva política para el siglo XXI, un nuevo modelo de liderazgo, un cambio en el aspiracional (dos veces), una narrativa que construya entusiasmo y masa crítica, pegar un volantazo, alinear incentivos con un rumbo claro (dos veces), trascender los nombres propios, preservar el sistema político, recuperar la audacia política, generar ruido, romper los esquemas y pensar fuera de la caja. Todo eso.

Esta efusión de pensamiento desiderativo poblado de metáforas para millennials oculta el verdadero problema: no es lo mismo predicar la fe entre los paganos que lograr la conversión de alguien que habiendola tenido, la perdió. Si en el primer caso es posible contar con el respaldo de la novedad y la esperanza que despierta la nueva fe, en el segundo es necesario fundamentar la empresa de reconversión con argumentos de peso, con razones.

El gobierno de Cambiemos se constituyó en el principal motivo de esperanza de las últimas tres décadas: las expectativas que despertó eran sin dudas desorbitadas. Terminó mal. Pueden encontrarse razones de peso en el contexto, en las fuerzas que se resistieron al cambio, en las inercias del país disfuncional: el caso es que fracasó y provocó un enorme desengaño. El handicap es enorme. Hay muchos militantes y dirigentes que se resisten a reconocerlo.

Manuel Guisone lo ha sintetizado en un tuit: “Es falso que Cambiemos se desinteresó por instalar un relato propio, al contrario. Lo hizo y caló hondo en la sociedad. El relato que instalaron exitosamente es que es totalmente imposible generar cambios profundos. Y sus votantes quedaron convencidos de eso”. Podría agregarse que Cambiemos instaló deliberadamente el relato del cambio profundo, y por defecto su imposibilidad de hecho.

“Es falso que Cambiemos se desinteresó por instalar un relato propio, al contrario. Lo hizo y caló hondo en la sociedad. El relato que instalaron exitosamente es que es totalmente imposible generar cambios profundos. Y sus votantes quedaron convencidos de eso”

Desde su paso a la oposición, el único material plástico que ha mantenido unido a Juntos por el Cambio es la capitalización del voto antioficialista. No se percibe en sus filas una mínima cohesión ideológica proactiva, su conducta como oposición es errática y desarticulada, resulta imposible entrever una concepción estratégica a partir de sus acciones y posicionamientos, y se observa connivencia con sectores del oficialismo.

Respecto de la idea de una “coalición política homogéneamente pro-mercado”, basta ver los perfiles de muchos de sus dirigentes y organizaciones para advertir que no parece una descripción ideológica muy acertada.

Si quiere recuperar la fe perdida Juntos por el Cambio necesita dar razones, formular líneas de gobierno, proponer políticas económicas claras y firmes. Muchos de sus dirigentes y simpatizantes señalan, con algo de razón, que no se ganan elecciones con programas de gobierno. A falta de liderazgos fuertes y carismáticos, de una organización política disciplinada y también de elencos dirigentes bien cohesionados, no les queda otra alternativa. Los van a necesitar después, también.

Si Juntos por el Cambio no entiende que para volver al gobierno no podrá hacer lo mismo que hizo antes de 2015 y que tampoco podrá hacer lo mismo que hizo en el poder hasta 2019, se encaminará hacia un nuevo fracaso, aún cuando consiga imponerse en las próximas elecciones presidenciales.

2. Pablo Touzón: en busca de evangelistas

Cuando las pequeñas e inocentes almitas de los peronistas ilustrados ven que todo se derrumba a su alrededor y contemplan con angustia la cruda intemperie que se abre sobre ellos van a leer Revista Panamá, que les ofrece calor, consuelo y la esperanza de un peronismo que siempre logra resurgir de las cenizas. Aunque en los últimos tiempos este servicio de resignificación y estímulo del peronismo parecería estar flaqueando.

Tópicos en crisis

Pablo Touzon, de profesión sociólogo, animador principal de las páginas de Panamá, mira el horizonte a la espera del ataque enemigo. Inicia Nuevo testamento, una indagación sobre el futuro del peronismo con una cruda afirmación: “hoy pensar el peronismo no es sinónimo de pensar la Argentina”. Esa identidad mutua al parecer dejó de existir hace tiempo. Touzón renuncia a preguntarse si esto fue alguna vez realmente así, más allá de las representaciones y las creencias al respecto. En cualquier caso, supone un notable alivio teórico puesto que, al no haber identidad entre el peronismo y la Argentina, es posible preguntarse por el futuro del primero sin plantearse necesariamente el futuro de la segunda. Lo cual en sí mismo es una novedad, porque si bien el peronismo ya no es (o nunca fue) sinónimo de la Argentina, aspiró (legítimamente) a serlo. Como todo partido, movimiento u organización política de proyección nacional.

Supone un notable alivio teórico puesto que, al no haber identidad entre el peronismo y la Argentina, es posible preguntarse por el futuro del primero sin plantearse necesariamente el futuro de la segunda. Lo cual en sí mismo es una novedad, porque si bien el peronismo ya no es (o nunca fue) sinónimo de la Argentina, aspiró (legítimamente) a serlo.

Surgido, según nuestro autor, en el mundo de las mayorías automáticas, el peronismo transita por un entorno que le es ajeno. Esas “mayorías automáticas” sólo subsisten en la estructura del Partido Comunista Chino (que es, cabe señalar, una cosa que se parece más a un Estado que a un partido como; atentos a las referencias del autor: también traza paralelos con la Rusia de Putin y el PRI de los tiempos de la dictadura perfecta). La capacidad transformista de aquel peronismo siempre en busca de las mayorías perdidas no existe más. Ha quedado obsoleto.

Touzón revisa los tópicos sobre los que se funda la identidad peronista contemporánea. El peronismo ha dejado de ser el Partido de la Justicia Social: la movilidad social ascendente cesó a mediados de la década de 1970, aunque para Touzón solo cuenten los últimos 20 años. Tampoco es el Partido del Orden: no solamente no deja gobernar, sino que ni siquiera puede gobernar cuando le toca. El autor afirma que esa condición se habría perdido en 2008, no se sabe muy bien por qué razón, aunque queda claro que está resuelto a cargar las culpas del peronismo sobre las espaldas del kirchnerismo, preservando el resto de sus avatares o variantes históricas. Lo cierto es que al menos desde 1989, el peronismo no es solamente el partido del orden y el que no deja gobernar, sino también el de la organización del caos táctico.

Cualquier parecido entre el “administrador del conflicto social” y la protección que ofrecía la cosa nostra a los comerciantes no es, en absoluto, mera coincidencia.

Siempre según el autor sólo existiría consenso, incluso entre la oposición, de seguir siendo el administrador callejero del conflicto social, que en realidad es una síntesis de los dos tópicos anteriores. ¿Es así? Si se revisan en paralelo los índices de pobreza y exclusión desde mediados de los 70 a la fecha y los resultados electorales en ese mismo periodo, se advierte que el peronismo se ha beneficiado de este proceso de descenso social. Los pobres y marginados no solamente constituyen la base electoral del peronismo, sino que son configurados en modo lucha directa cuando el peronismo vira a una estrategia de acoso y derribo de gobiernos no peronistas. Cualquier parecido entre el “administrador del conflicto social” y la protección que ofrecía la cosa nostra a los comerciantes no es, en absoluto, mera coincidencia.

¿Castas o corporaciones?

De forma inevitable y como corresponde a los movimientos y organizaciones políticas estructuradas sobre liderazgos personalistas, Touzón se pregunta por el Estado y la evolución deseable de la conducción del peronismo. Advierte que desde hace tiempo se observa la formación de una casta: un peronismo estatalizado que deviene en nomenklatura. El liderazgo de Cristina ha interrumpido toda transición en el mando, junto con sus tradiciones y sus muertes rituales. Contra el famoso axioma “el que gana conduce y el que pierde acompaña”, la conducción de la derrota se aferra al poder, sin nadie que se lo dispute. El único que lo intentó en su día fue Sergio Massa, “el más inteligente, audaz astuto de los peronistas de su generación”, y cayó derrotado. La histórica verticalidad monopolizada por Cristina y el Frente de Todos está matando al peronismo.

Touzón parece atribuir ese férreo liderazgo a los antiguos modos del poder del peronismo de izquierda, resignificados en el kirchnerismo. Es una hipótesis interesante, pero que elude a mi juicio el problema principal: el peronismo como tal no es ya un movimiento político dotado de una capacidad de acción en función de un programa, sino un cártel de corporaciones con intereses concurrentes en el Estado: empresarios amigos, sindicatos, organizaciones sociales, caudillos provinciales y barones del Conurbano, administración pública. A cada uno se le da un poco sin que nadie obtenga todo lo que quiere: proteccionismo, subsidios, contratos con el Estado, empleo público, planes sociales. Lo que conduce Cristina es eso y no una organización política. Por tal motivo este gobierno es incapaz de moverse en cualquier dirección: no hay margen de maniobra posible en la maraña de intereses cruzados que componen la cooperativa llamada Frente de Todos

La histórica verticalidad monopolizada por Cristina y el Frente de Todos está matando al peronismo.

La perspectiva de análisis de la actual dirigencia peronista como una “casta” es en cierto modo tranquilizante, máxime en un contexto que dispone del célebre aforismo “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”. Se presume que siempre existirán unas bases en condiciones de juzgar a la dirigencia y reemplazarla o castigarla en caso de que sea desleal. La realidad ofrece menos margen a la esperanza: cada sector definido por intereses posee su propia estratificación jerárquica, desde la conducción hasta las bases, en la que todos comparten, de forma proporcional, los beneficios del reparto de los recursos del Estado.

Adiós al Estado

La revisión de los tópicos sobre el peronismo y los problemas de la conducción del movimiento son aproximaciones a la parte central del texto dedicada a “la construcción de un hipotético nuevo paradigma” que demanda “un ejercicio imaginativo a la Tomás Moro”. La respuesta parte, como no podía ser de otro modo, de la verdadera índole del peronismo, su carácter diferencial, que es lo que debería orientar su rumbo futuro. Touzon es perfectamente consciente de estar jugando la carta identitaria contra la identidad hegemónica del kirchnerismo.

El desafío, en este punto, es no incurrir nuevamente en el tópico, pero el autor no puede evitarlo: “el núcleo central del peronismo -afirma- no es el Estado, es el trabajo”. En este caso en particular -a pesar de constituir la más preciada autorrepresentación ideológica del peronismo- es simplemente falso. Es el proceso de cooptación de las organizaciones sindicales y el reclutamiento político de los trabajadores desde el Estado el que constituye al peronismo como movimiento político. En la identidad del peronismo, el Estado preexiste al trabajo y este último sólo se comprende a través de aquel en su capacidad de proteger y promover al trabajador en sus relaciones con el capital, de proveerle derechos, reconocimiento y, como bien dice Touzon, de distribuir poder.

Este equívoco fundamental en torno a la identidad del peronismo podría constituirse en una mutación genética que daría origen a un individuo de otra especie: otro peronismo. ¿En qué consistiría ese objetivo de “desestatizar el sueño”, de “despolitizar la vida cotidiana” que para Touzón debe orientar al peronismo del futuro?

Es el proceso de cooptación de las organizaciones sindicales y el reclutamiento político de los trabajadores desde el Estado el que constituye al peronismo como movimiento político.

El autor sólo se detiene en la crisis del Estado (sobre la despolitización no se pronuncia). El Estado todopoderoso de principios de siglo, beneficiario de las commodities, parece haber entrado en franca declinación. El Estado argentino es simplemente incapaz de cumplir su promesa salvadora. La era del providencialismo parece haber llegado a su fin.

No se puede pensar aquello que no se puede decir

Touzón atenúa deliberadamente el diagnóstico: el problema real es que el Estado argentino es inviable, insostenible.

¿Y entonces? “Un peronismo de este siglo debería fomentar que haya vida -comunitaria, gregaria- pero fuera del Estado,” explica el autor. ¿En qué consiste ese “afuera” del Estado? No se menciona. No sabemos qué es esa exterioridad, aunque lo intuimos. Touzón no se atreve a ponerle nombre, no lo dice ni ahí ni en otro lado. ¿Qué tabú le impide hacerlo? Los interrogantes no acaban ahí. ¿En qué consistiría ese peronismo posestatal, reclinado sobre su identidad sindical? ¿Cuál sería su concreción práctica, política? Pensemos en posibilidades:

  1. Un repliegue del peronismo hacia las organizaciones sindicales, fortalecidas y redefinidas a partir de la inclusión de las formas del trabajo del S. XXI. Se pregunta Guillermo Moreno: “si no te acompañan los trabajadores y los humildes ¿para qué querés peronismo?”. El problema es que esas nuevas formas de trabajo resisten asimismo la organización sindical tradicional. “Despolitización” total.
  2. La formación de un partido laborista de corte británico, que se limite a la defensa y promoción de los trabajadores, pero sin apelar a soluciones determinadas por la intervención estatal. Una cosa rarísima. “Despolitización” parcial, partido de oposición.
  3. Un viraje ideológico del peronismo hacia una economía de Mercado (ese -y no otro-  es el nombre del “afuera” que evita cuidadosamente mencionar Touzón, en homenaje a los peronistas sensibles) que permita un desdoblamiento del peronismo entre un gobierno promercado y una oposición sindical. Como en el menemismo, como el PRI de Salinas. Achicamiento del Estado, copamiento de la política. No parece casual la mención de Sergio Massa.

Touzon se entretiene con metáforas religiosas, augura el surgimiento de un peronismo reformado que se aparte de la ortodoxia de la Iglesia, que emprenda su éxodo por el desierto, que se atreva a escribir el Nuevo Testamento. Se pregunta si es viable reconstruir el Templo o iniciar desde las cenizas una nueva fe. La respuesta se halla en el principio de su texto. Es Heidegger (y no Sartre) quien se pregunta ¿por qué el ser y no la nada? El interrogante se encuentra en el plano existencial: apunta al sentido del ser, a la finalidad de la existencia.

Touzon se entretiene con metáforas religiosas, augura el surgimiento de un peronismo reformado que se aparte de la ortodoxia de la Iglesia, que emprenda su éxodo por el desierto, que se atreva a escribir el Nuevo Testamento.

Nuestro autor la parafrasea en “¿por qué el peronismo y no la nada?” Para él no hay nada afuera del peronismo. No es un interrogante político, que sólo podría ser formulado del siguiente modo: ¿por qué el peronismo y no otra cosa? Es sabido que la política consiste en relaciones entre sujetos y que en política no existe el vacío. La respuesta de Touzón es puramente identitaria, existencial: habrá patria mientras un argentino levante las banderas del peronismo. No hay alternativa: hay la nada. Está todo dicho. Cristina dice que desconfía de los que no les gusta mirar el pasado. Es razonable: no pueden hacer otra cosa.

3.Conclusión

A pesar de las diferencias entre los registros y los tópicos sobre los que se despliegan, los textos de Albina y Touzón guardan una notoria simetría. Los dos responden a una fuerte pulsión de futuro. Los dos fracasan en la proyección que tal horizonte demanda.

Dice Boris Groys que lo nuevo es en realidad algo que se encuentra en un archivo que había sido olvidado o había salido del marco de referencias del presente. Esta observación no es solamente cierta en el plano de la innovación artística, que es el ámbito de reflexión propio del autor. También lo es en el de la política.

Nuestra forma de representarnos e imaginar el futuro se nutre exclusivamente de ideas y saberes del pasado, o del efímero presente. Nuestra insatisfacción con nuestro presente se deriva de la comparación que hacemos con el presente o el pasado de otros. Si nos proponemos cambiar, examinaremos el pasado de esos otros para imitarlos. Hacer lo mismo que venimos haciendo suprime la posibilidad del cambio.

En el texto de Albina no existe la capacidad para capitalizar la experiencia más reciente que permita pensar en un futuro razonable: falta pasado. Touzón no puede salir del pasado e imaginarse una alternativa real, no meramente aparente: falta futuro. Uno es pura aspiración, el otro pura fijación. Uno busca recrear las creencias y convicciones que pongan a los suyos de nuevo en la senda del protagonismo político; el otro busca romperlas, terminar con una falsa conciencia que lleva a los propios al basurero de la historia. En ambos se advierte una notoria incapacidad para imaginarse el futuro. Buscan en los archivos erróneos. 

Compartir:

Recomendados