Política

España: el principio del fin del sanchismo-leninismo

Sánchez es el presidente más mentiroso que se recuerde. No conforme con eso desde el inicio se apoya, para mantenerse en el poder, en partidos separatistas, herederos de la banda terrorista ETA y comunistas.

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Andalucía es la comunidad autónoma más poblada de España (8,5 millones de habitantes, el 18% del total). El PSOE (Partido Socialista Obrero Español) gobernó allí, de manera ininterrumpida, 40 años. Hasta que en 2018, aunque ganó las elecciones, no logró la mayoría de diputados en el parlamento regional. Así, tras un acuerdo entre el PP (centro-derecha) y Ciudadanos (socialdemócrata), apoyado por VOX (conservadores), fue elegido presidente andaluz el candidato del PP, Juan Manuel Moreno Bonilla.

Pocas semanas atrás, Moreno Bonilla arrasó en las nuevas elecciones: alcanzó la mayoría absoluta en el parlamento mientras que el PSOE tuvo su peor resultado de la historia. No es de extrañar: a los “pecados” del socialismo andaluz (líderes condenados por corrupción, pésima gestión, por la cual Andalucía lideraba los rankings de desempleo, etc.) se suma la calamitosa tarea que viene desarrollando Pedro Sánchez al frente del gobierno nacional.

Sánchez es el presidente más mentiroso que se recuerde (enumerar sus mentiras ocuparía varias hojas). No conforme con eso desde el inicio se apoya, para mantenerse en el poder, en partidos separatistas (entre ellos, aquellos que dieron el golpe de estado de 2017, cuando declararon la “independencia” de Cataluña), herederos de la banda terrorista ETA y comunistas.

Como es obvio, los apoyos no son gratuitos. Sánchez indultó a los golpistas que cumplían condena, relaja las medidas penitenciarias contra los presos etarras, ha presionado para que el Rey Juan Carlos I se fuera de España (vive en Dubái) y pone en marcha propuestas de la agenda comunista (confiscación parcial de los beneficios de las empresas petroleras, limitación del aumento de los alquileres, renta básica, etc.).

Si añadimos a todo eso la naturaleza contraria al progreso de la propia idea socialista, los resultados que surgen de la gestión de Pedro Sánchez no pueden más que ser malos tirando a pésimo. En los cuatro años que lleva Sánchez en el gobierno, el PBI español es el segundo que menos creció de toda la Unión Europea (apenas 0,4%, frente a una media de 4,3% en la UE y, por ejemplo, 6,4% en Holanda o 9,4% en Dinamarca). A pesar de haber subido o creado 19 impuestos, el déficit fiscal sigue siendo colosal (7% del PBI en 2021, más de 5% en 2022; cuando llegó Sánchez era 3%) y la deuda pública roza el 120% del PBI (antes de la llegada de Sánchez era 102%).

La gestión política tiende al cesarismo y a debilitar el Estado de Derecho. Los confinamientos domiciliarios de 2020 fueron declarados inconstitucionales; hay una grosera utilización de la Fiscalía para alentar o frenar casos, según el interés político del gobierno. Cambió a la cúpula del servicio de inteligencia por un supuesto caso de escuchas telefónicas a líderes separatistas (¿qué otra cosa se debería hacer con quienes dieron un golpe de Estado y dicen públicamente que “lo volveremos a hacer”?) Hay sospechas muy fundadas de la manipulación de las encuestas que publica el instituto sociológico público, además del sectarismo que caracteriza a la televisión estatal. En política exterior, de forma inconsulta (incluso con su ministro de exteriores), Sánchez cambió la posición histórica respecto del Sáhara (antigua colonia española, pretendida por Marruecos), logrando el enojo de Argelia, principal proveedor de gas, que ha cortado relaciones comerciales. Las protestas contra la cumbre de la OTAN en Madrid son encabezadas por miembros comunistas del propio gobierno.

En ese contexto es que llegan las repercusiones de las políticas inflacionistas de los bancos centrales y las consecuencias de la guerra de Ucrania, guerra que es el chivo expiatorio preferido. Consecuencias que el gobierno enfrenta con improvisación (acaba de aprobar un paquete de medidas que costará otros € 9.000 millones, sin hacer mención alguna a la contención de otros gastos).

Al mismo tiempo, el Banco Central Europeo quitará el respirador artificial de la compra de títulos públicos (por lo que, hasta ahora, financiar el déficit fiscal era casi gratis) y comenzará a subir las tasas de interés (aunque tardía e insuficiente, será costosa para una economía acostumbrada a la droga monetaria).

Con toda probabilidad, las elecciones andaluzas son el principio del fin del sanchismo-leninismo.

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