Economía

Algunas reflexiones sobre el peor de todos los impuestos

Estamos ante un gravamen que no sirve para recaudar, no crea incentivos adecuados y además no promueve la distribución de la riqueza, sino todo lo contrario.

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Bienes personales: un impuesto malo para todos

Es sabido que todo impuesto representa una agresión directa al derecho de propiedad de los individuos y que, en tanto tal, los Estados deberían procurar recaudar lo estrictamente necesario para solventar sus funciones ineludibles, causando a su vez el menor daño posible a los mismos. De allí nuestra batalla cultural no sólo contra la voracidad y la cartelización fiscales, tan comunes en nuestros días, sino también contra el acoso fiscal.

Estamos ante el único impuesto que agrede tanto a quienes lo pagan, tal cual sucede con todos los impuestos, como a quienes no tienen una posición económica tal que los haga sujetos pasivos del mismo, es decir, a quienes menos tienen.

Si nos propusiéramos analizar los impuestos existentes desde este punto de vista, tarde o temprano llegaríamos a una conclusión que por sí mismo, se debería erradicar el impuesto a la riqueza, al patrimonio, a los bienes personales, o como lo quieran llamar, de la faz de la tierra. De hecho, estuvimos cerca de que esto sucediera y desafortunadamente la pandemia le dio a este nefasto impuesto una nueva vida.

Decimos esto porque estamos ante el único impuesto que agrede tanto a quienes lo pagan, tal cual sucede con todos los impuestos, como a quienes no tienen una posición económica tal que los haga sujetos pasivos del mismo, es decir, a quienes menos tienen.

Por eso, y por muchas otras razones de peso, no sorprende a nadie que la mayor parte de los países exitosos del mundo jamás lo hayan tenido y que, muchos de los que si lo tuvieron, lo hayan eliminado de sus sistemas tributarios. Al fin y al cabo, estamos ante un gravamen que no sirve para recaudar, no crea incentivos adecuados y además no promueve la distribución de la riqueza, sino todo lo contrario.

Pero vayamos por partes…

Existen en el mundo cuatro tipos de impuestos. Hay impuestos que gravan la renta (impuesto a las ganancias), otros que gravan el consumo (impuesto al valor agregado), una tercera clase que grava las transacciones (impuesto al cheque o impuesto de sellos) y finalmente están los impuestos que gravan el patrimonio (bienes personales, impuesto a la herencia, etc.).

El gran problema de esta última clase de impuesto es que generan un incentivo contrario al ahorro, y por ende a la inversión, la productividad y el empleo, perjudicando así a quienes más dependen del crecimiento de la economía del país en el cual viven, que no son los ricos, sino precisamente quienes no lo son. Por ello, muchas veces nos hemos referido al impuesto a la riqueza más bien como un impuesto a la pobreza futura.

Derecho comparado

Comentábamos anteriormente que muchos países de alta tributación pertenecientes a la nefasta OCDE, que cobraban este impuesto, han dejado de hacerlo.

De hecho, estos países se redujeron de 14 a sólo 4 entre 1996 y 2017. Adicionalmente, los pocos países de la OCDE que aún lo cobran, tienen mínimos no imponibles elevados, o lo cobran solamente sobre activos en el extranjero e inclusive permiten a sus comunidades que reduzcan la alícuota del gravamen a cero.

En el caso de América Latina, tradicionalmente sólo lo cobraban Argentina (que es el único país en el mundo que no permite descontar deudas y por ende transformó el impuesto en un gravamen sobre los activos y no sobre el patrimonio), Colombia y Uruguay. Sobre finales de 2020, comenzó a cobrarlo también Bolivia y Argentina aprobó un segundo impuesto al patrimonio – por ahora transitorio – que se suma al famoso Impuesto a los Bienes Personales. Nos referimos, desde luego, al claramente inconstitucional «Aporte Solidario”.

En época de tasas bajas a nivel global, el impuesto a la riqueza se vuelve realmente confiscatorio. Para una inversión que rinde 1%, un impuesto a los bienes personales de 1,5% equivale a un impuesto a las ganancias mayor al 100% y de hecho reduce en el tiempo el valor del activo.

Entre las muchas razones que explicaban – y justificaban con creces – la casi extinción de este impuesto a nivel global antes de la pandemia, se encuentran las siguientes:

  • Se trata de un impuesto que, al castigarlo, reduce el ahorro global de la población, disminuyendo inversiones, y por ende el crecimiento de la economía, la productividad y salarios. Esto no es algo que decimos nosotros, sino que surge, entre otras fuentes, de un estudio que realizó Asa Hansson en 2010, comparando información sobre impuestos y crecimiento de veinte países integrantes de la OCDE entre 1980 y 1999 y de simulaciones impositivas realizadas por la “Tax Foundation” y el “IFO Institute”. Mas aún, cuando Francia abandonó este impuesto en 2017, el ministro de economía francés explicó que el mismo le había costado, en pérdida de inversiones, el doble de lo que habían logrado recaudar.
  • Se trata de un impuesto difícil de administrar para los sujetos obligados (básicamente porque exige valuar activos que no siempre son de fácil valuación), que por lo general afecta de manera distinta diferentes bienes y que tiene históricamente una baja tasa de cumplimiento. Estas fueron, por ejemplo, las razones esgrimidas por Austria (1994), Finlandia (2006), Suecia (2007) y Holanda (2001) al abandonarlo. El tema del tratamiento desigual de activos fue la razón por la cual las cortes de Alemania declararon este gravamen como inconstitucional en 1997. Respecto de la baja tasa de cumplimiento, en la inmensa mayoría de países – incluyendo Argentina – es perfectamente legítimo ceder activos a estructuras fiduciarias irrevocables (i.e. trusts, fundaciones, etc.) y dejar de pagar, a partir de entonces, este impuesto.
  • Otro argumento en contra de este gravamen tiene que ver con que es el impuesto más afectado por la llamada “competencia fiscal” entre países ya que, por lo general, basta con cambiar la residencia fiscal para dejar de ser sujeto obligado.
  • Finalmente, en época de tasas bajas a nivel global, el impuesto a la riqueza se vuelve realmente confiscatorio. Para una inversión que rinde 1%, un impuesto a los bienes personales de 1,5% equivale a un impuesto a las ganancias mayor al 100% y de hecho reduce en el tiempo el valor del activo.

Casi da lástima que, pese a estos potentes argumentos, la única razón esgrimida por los defensores de este impuesto para justificar su existencia es que se trata de un impuesto que pagan los ricos, lo cual, como ya vimos, es además erróneo ya que más allá de quien es la persona que ingresa el tributo a las arcas públicas, el peso de este va a recaer necesariamente en los menos pudientes.

Efecto pandemia

Tax the rich” rezaba el ridículo estampado rojo del vestido que eligió utilizar la legisladora demócrata por el Estado de Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez, en la gala del Met de 2021, uno de los eventos más exclusivos y caros del mundo.

Su “ocurrencia” fue festejada por una gran parte de la población, que entiende que los costos de la pandemia deben ser financiados a través de un “impuesto a los ricos” y que no termina de aceptar, por ignorancia, fanatismo, o ambas, QUE EL IMPUESTO A LA RIQUEZA NO LO PAGAN LOS RICOS, SINO LOS POBRES, QUE NO TIENEN LA POSIBILIDAD DE TRASLADARLO A NADIE MÁS Y QUE SE PERJUDICAN DIRECTAMENTE POR LA REDUCCIÓN DE LA INVERSIÓN Y LA MENOR GENERACIÓN DE EMPLEO.

Sabrán disculpar que me altere, pero está bueno que la gente entienda las consecuencias de las medidas que apoyan y se haga responsable de su parte.

La actualidad muestra el resurgimiento de la popularidad de este nocivo impuesto de la mano de la demonización de la riqueza y el debilitamiento del derecho de propiedad.

Retomando el hilo, y ya para cerrar, el impuesto a los bienes personales, que en el caso de Argentina tiene algunos problemas adicionales vinculados a su implementación (bajísimo mínimo no imponible, alta alícuota e imposibilidad de descontar deudas), es un mal impuesto, que agrede a quienes lo pagan y a quienes no están alcanzados por el mismo y que hoy no debería existir de no haber sido por la pandemia.

Desafortunadamente, la pandemia existió, los Estados y los individuos reaccionaron de la manera que ya sabemos (con abusos los primeros y extremadamente pasivos los segundos) y la actualidad muestra el resurgimiento de la popularidad de este nocivo impuesto de la mano de la demonización de la riqueza y el debilitamiento del derecho de propiedad.

Habrá que redoblar esfuerzos para que este resurgimiento no sea más que una moda pasajera antes de la muerte definitiva del impuesto.

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