Política

No, nadie escucha a Milei

Sin la válvula de escape que representa Milei hoy, la democracia argentina realmente sí se encontraría amenazada.

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SIEMPRE es una palabra que no está permitida a los hombres”, supo afirmar con maestría Jorge Luis Borges, uno de esos hombres que los argentinos aun no nos hemos sabido merecer. Si la exactitud prospectiva de siempre nos está vedada, también debiéramos evitar el uso del nunca, lo mismo que el todos o el nadie. Entonces antes de avanzar, recompongamos: sí, tal vez alguien lo escucha, pero pocos.

Menger, Hayek, Mises, Böhm-Bawerk, Friedman son para el argentino medio, a lo sumo, la línea de cinco de algún equipo europeo que juega tirado atrás. Y el Teorema de Imposibilidad de Arrow, lo mismo que el ruido de fondo que hace una radio antes de sintonizar. En lo cierto, en Argentina, al tándem anterior lo conocen un puñado de intelectuales y docentes, lo han leído un conjunto aún menor y lo entiende acabadamente y de forma integral, como mucho, cinco o seis personas. No más. Entre ellos, Javier Milei.

Crece en conocimiento, imagen positiva e intención de voto, un combo magistral que sería envidiado por todo político en cualquier latitud del mundo que se encuentre bajo cualquier régimen de elección abierto.

En tal sentido, desafío a cualquier consultor con tiempo y recursos, a practicar un sencillo experimento: exponga a la cantidad de gente que tenga a disposición en un focus group bien diseñado, a una muestra aleatoria de alocuciones de Milei y al término formúlele una pregunta sencilla y abierta: “¿qué dijo?”.

Se van a sorprender.

EPPUR…

Sin embargo, Javier crece en cuanta encuesta esté dando vuelta en estos tiempos electorales adelantados y eternos que vivimos. Crece en conocimiento, imagen positiva e intención de voto, un combo magistral que sería envidiado por todo político en cualquier latitud del mundo que se encuentre bajo cualquier régimen de elección abierto. Y, contrario a lo que creen propios y ajenos, no lo hace tanto por citar autores liberales sino a pesar de ello.

En Ciencia Política suele afirmarse que “la representación es una ficción”. Una útil, fundamental, histórica y efectiva, pero ficción al fin. En la práctica, todos los sistemas de gobierno que implican masividad, desde los abiertos, republicanos y competitivos, a los cerrados, autoritarios y hasta totalitarios, implican en algún punto esa ficción que legitima al líder, al sistema electoral y/o al sistema jurídico que manda sobre un territorio. Sin algún viso de legitimidad, muchas veces incluso sectorizado y hasta periférico, ningún sistema de gobierno se sostiene. Siquiera las dictaduras más sangrientas que, como la historia demuestra, cuando los factores internos les pican boleto también pueden caer. Pregúntenle sino a Khadafi o Ceaușescu.

¿Pero por qué se habla de ficción? Porque si uno se lo pone a pensar (y varios intelectuales muy inteligentes lo hicieron antes que yo) representar es imposible. Nada ni nadie puede ser por los demás ni mucho menos serlo de forma exhaustiva. Nadie está completamente identificado con su rey, ni su presidente, ni su constitución. Como tampoco lo está con su cuadro de fútbol o su director técnico. Sin embargo, esa “espejación” psíquica momentánea; ese juego fantasmagórico de sensaciones que nos emparentan con un artilugio jurídico como una Constitución o con un líder circunstancial, hacen que el gobierno de pocos sobre millones sea posible.

Dicho lo anterior y volviendo al tema: ¿por qué crece políticamente entonces Javier Milei a pesar de esa jerigonza intelectual que excede a su circunstancial audiencia? Porque representa. ¿Y qué representa Javier Milei en la Argentina de 2022? El enojo, el fastidio y la frustración de millones que perciben no sólo el absoluto fracaso de un modelo de país, sino que incluso se convencen cada día más de que quienes dicen estarlos guiando hacia un destino mejor, les toman el pelo y se les ríen en la cara.

Es por esto por lo que resulta cuando menos ridículo, cínico y profundamente peligroso, cuando los miembros del establishment político, periodístico e intelectual tildan a Milei de “antidemocrático” o “una amenaza para la democracia” puesto que, en función de lo argumentado, lo que justamente está haciendo el economista es salvaguardarla.

Y esto porque cuando los ecosistemas políticos se vuelven ajenos de forma masiva a la ciudadanía, en cualquier tiempo y lugar, dejan de ser legítimos y lo que podría ser meramente una crisis de gobierno (para lo cual la democracia justamente propone la alternancia pautada) puede transformarse en una crisis del sistema, pudiendo derivar en respuestas, por ende, antisistema. Nada más lejos de un Milei que no solo es profundamente respetuoso de la Constitución Nacional (incluso mucho más que sus actuales contendientes de un lado y el otro) sino que ha elegido volcar su creciente legitimidad dentro y no fuera del sistema político y electoral vigente.

Sin embargo, la acusación por parte de sus opositores no resulta una mera chicana sino un sano corrimiento de un velo atávico y perverso que escondía el hecho de que, para ellos, democracia y agenda progresista son (y lo que es peor, deben ser) siempre términos idénticos. Democracia implica entonces para este subgrupo social mayor gasto público, intervención creciente del Estado en la economía, recorte de libertades individuales, políticas positivas de género, promoción de las identidades subnacionales y antinacionales, pérdida de soberanía en manos de organismos internacionales, etc, etc, etc. Una agenda en el extremo de la famosa Ventana de Overton que le resulta ajena a una enorme mayoría de la población cuyas preocupaciones inmediatas son la mera supervivencia en un país arrasado por la pobreza y la violencia organizada. Y todo aquello que, aún dentro de la Constitución y del sistema electoral venga a proponer una alternativa, es simplemente una amenaza para la democracia. Casi como haber dicho en la Francia de 1780 que las extravagancias inmisericordes de María Antonieta o las tonterías supinas de Luis XVI no debían poderse discutir porque eran el capricho del poder, los intelectuales y cortesanos de la época. Lo cual ya sabemos cómo terminó.

Todo aquello que, aún dentro de la Constitución y del sistema electoral venga a proponer una alternativa, es simplemente una amenaza para la democracia.

Fallan entonces quienes se obsesionan con la crítica a los modales de un Milei que no hace otra cosa que representar, en sus gritos y el enrojecimiento sistemático de su rostro, un fastidio que de no ser espejado en su justa medida, desbordaría al sistema político hacia eso que justamente más teme La Casta: un nuevo 2001 pero ahora real, sin el “Zabeca de Banfield” conduciendo los hilos por detrás de una “revolución controlada” que jamás fue tal y que sólo sirvió para terminar de desmantelar la incipiente modernización de los años noventa y volver al negocio del estatismo atávico que nos gobierna hace no menos de una centuria.

Permítaseme entonces insistir en este punto: muy a pesar de los pedidos bienintencionados de algunos intelectuales argentinos y muy a pesar de los comentarios no tan bien intencionados del establishment mediático cazador de pauta, un Milei que moderase de forma permanente su comunicación pública implicaría no sólo una caída sistemática de su figura política sino al mismo tiempo también un riesgo, ahora sí real, para un sistema político constituido por una elite dirigente que no parece comprender el momento histórico que atravesamos. Sin la válvula de escape que representa (nunca mejor usada la palabra) Milei hoy, la democracia argentina realmente sí se encontraría amenazada.

Para finalizar, cabe decir también que sin Milei no se puede, pero con Milei tampoco basta. Si los guarismos actuales son certeros, nos encaminamos a un escenario político nuevamente de tercios. Una situación que, si tuviésemos un sistema parlamentario de gobierno, podría traducirse en la formación de una coalición de centro derecha que podría gobernar de forma permanente tal vez, por una década, representando ese cambio de rumbo que nos aleje de la perversidad kirchnerista que dos tercios de la ciudadanía parece pedir a gritos.

Sin embargo, nuestro sistema hiperpresidencialista no permite estas mixturas ex post, por lo que recaerá en la buena voluntad e inteligencia de quienes sepan leer el sentir de la época correctamente, el construir una opción electoral que deje atrás el continuismo malsano que ha destrozado nuestra patria y se atreva a llevar adelante esa gran reforma de fondo tan urgente hoy.

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