Economía

El déficit no es el problema

El problema más serio de la economía argentina no es el déficit. Tampoco la deuda. El verdadero y gran problema es el tamaño demencial del Estado y lo que éste gasta.

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Nueve de cada diez de los U$ 372.000 MM de deuda del Tesoro están indexados, ya sea por dólar o por inflación. Esta vez los defraudadores profesionales — nuestra clase política— no podrán recurrir a la expoliación de la ‘licuación’. No son la única cuenta a pagar que las sucesivas administraciones kirchneristas y cambiemitas nos dejan: también debemos hacernos cargo de la deuda del BCRA. A pagar con lo que ahorramos, ¿…Ahorramos? —Negativo: tenemos déficit, tanto fiscal como externo. No paramos de gastar más de lo que generamos, y tenemos otro desequilibrio —también estructural— de divisas. Dicho de otra manera, la deuda, fiscal y cuasifiscal, se vuelve cada vez más impagable.

Pero el problema más serio de la economía argentina no es el déficit. Tampoco la deuda. Si lo fueran, los programas del FMI nos darían respiro. Por el contario, son contraproducentes y recesivos; y su gravoso ‘alivio’ se ha agotado sistemáticamente —recuérdese lo ocurrido con De la Rúa, con Macri y ahora con Fernández— en un período inferior a los sesenta días.

Todo el gasto es político. Porque se hace política con todos los renglones del gasto y porque el Estado es la personificación de la clase política con sus capas geológicas de conchabados.

El verdadero y gran problema es el tamaño demencial del Estado y lo que éste gasta. O lo que es lo mismo: el tamaño y el gasto de la clase política. Con esta obscenidad de gasto es imposible ahorrar por la sencilla razón de que en vez de crear riqueza y hacer crecer nuestra economía, pulveriza riqueza y hunde la economía. Todo el gasto es político. Porque se hace política con todos los renglones del gasto y porque el Estado es la personificación de la clase política con sus capas geológicas de conchabados.

Una de las manifestaciones de ese problema principal es la inflación de regulaciones, normas elucubradas al solo efecto de justificar innecesarios cargos estatales y que se ocupan de hacer imposible la actividad de las empresas y amargar la vida de las personas. Otra es la inflación de los precios, que navega hoy en 60 % y va por más.

El presidente anunció recientemente que le declaraba la “guerra a la inflación”. Si esa es la misión, debemos recomendarle dos blancos estratégicos a bombardear: la Casa Rosada y el Banco Central. Es que “la madre de todas las guerras” es el gasto. 

Corresponde llamar la atención sobre ciertas consideraciones particulares, que convierten a la actual inflación en algo diferente de la que hemos sufrido en los pasados veinte años. Pasar de una inflación de 20 % a otra de 40 % no es lo mismo que pasar de esta última a una de 60 %. Si bien en ambos casos la escalada es de veinte puntos, alcanzar los actuales niveles plantea una diferencia cuali-cuantitativa: tasas de inflación tan altas derivan inevitablemente en una indexación generalizada de la economía, por mucho que el Estado se niegue a formalizarla de manera normativa. Por cierto, cabe señalar que es el propio gobierno el que más ha hecho para generalizarla, colocando a destajo deuda fiscal y cuasifiscal ajustada por inflación.

Los argentinos se desprenden del dinero tan pronto como llega a sus manos porque saben que en sus bolsillos se derrite como un helado. Al hacerlo, aumentan su velocidad de circulación, remedando así una emisión anárquica, no gobernada por el Central sino por el temor de los ciudadanos. 

Otra diferencia crucial es que este escalón de inflación no es resultado único de la emisión monetaria. De hecho, el ritmo de emisión neta en los pasados meses apenas ha superado 40 %. Entonces, ¿es un fenómeno multicausal y no monetario, como tanto insisten los políticos? —Por supuesto que no, es monetario. Pero, como en todo mercado, no sólo incide la oferta sino también la demanda; y lo que indican los registros es que el protagonismo ha pasado a tenerlo esta última. Los argentinos se desprenden del dinero tan pronto como llega a sus manos porque saben que en sus bolsillos se derrite como un helado. Al hacerlo, aumentan su velocidad de circulación, remedando así una emisión anárquica, no gobernada por el Central sino por el temor de los ciudadanos. 

El otro aspecto a destacar es que, si bien hemos apuntado que la emisión neta ha sido bien inferior a la inflación, la emisión primaria ha sido dramáticamente mayor. Ella no se refleja en la base monetaria estricta sino en la base amplia, que incluye a los pasivos financieros que mantiene el Banco Central con el sistema bancario. Es la llamada deuda cuasifiscal, que de “cuasi” tiene poco y nada, y que es aún más nociva que la contraída por el Tesoro. Hoy estos pasivos contraídos con los bancos casi igualan a la totalidad de los depósitos a plazo y duplican al circulante. Con la tasa en alza, forzados a capitalizar intereses y con vencimientos a plazo corto, conforman una verdadera bomba inflacionaria por el solo impacto de esos intereses. Ni hablar de un desarme de esa cartera.

Una de las manifestaciones de ese problema principal es la inflación de regulaciones, normas elucubradas al solo efecto de justificar innecesarios cargos estatales y que se ocupan de hacer imposible la actividad de las empresas y amargar la vida de las personas

La inflación es la consecuencia monetaria del gasto exorbitante. El desmadre de las erogaciones es un preanuncio de la emisión que sobrevendrá. Sin embargo, una vez que ocurre el salto cualitativo al que nos hemos referido, los tres elementos señalados —protagonismo de la demanda monetaria, indexación y deuda cuasifiscal— la independizan del gasto: aun cuando éste se refrenara por milagro, la inflación seguiría su curso, impulsada por esos tres factores. Ellos han sido los componentes de toda hiper.

La incertidumbre y desatinos del gobierno, la enorme tensión y precariedad de las variables macro, y la notable distorsión de los precios relativos no anticipan una hiper, pero sí un próximo golpe cambiario-inflacionario. La hiper no está a la vuelta de la esquina pero sus semillas han germinado y su silueta comienza a dibujarse en el horizonte.

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