Política

China y la diplomacia del bullying

El verdadero factor de influencia chino es su discurso autocrático, iliberal y antioccidental, no su capacidad económica.

Compartir:

A fines del año pasado, la República Popular China (en adelante, China) impuso un embargo no oficial a los productos lituanos que importaba. ¿El causal? Haber abierto una Oficina de Representación Taiwanesa en Vilna. Frente a los análisis economicistas y geopolíticos que han proliferado al respecto, es necesario revisar la situación, porque como sucede con la mayoría de los asuntos problemáticos que rodean a China, hay algunos aspectos que –consciente o inconscientemente– han sido dejados de lado.

En primer lugar, es importante el contexto regional en el que se da la decisión de Lituania. No es un caso aislado, sino que forma parte de un Zeitgeist prodemocrático, en el marco del cual los miembros de la Unión Europea que solían ser comunistas se han posicionado en la vanguardia. No obstante, ello no debería impactar directamente en el estatus relacional que estos países tienen con las autocracias que violan serialmente los derechos humanos, y que se ofenden cada vez que se aprueban resoluciones en el Parlamento Europeo condenando sus violaciones.

En el contexto de un deterioro generalizado de la democracia en el mundo, son las potencias autocráticas las que se han visto más beneficiadas con la desdemocratización a nivel global, toda vez que han ganado valiosos aliados tiránicos en todos los rincones del mundo.

Pero en general las represalias autocráticas no van más allá de una condena mediática. O al menos así solía ser. Sin embargo, en el contexto de un deterioro generalizado de la democracia en el mundo –por razones varias, entre las que se cuentan el ascenso del populismo, la delegación de libertades individuales con la excusa de la pandemia, y la tolerancia generalizada hacia los déspotas–, son las potencias autocráticas las que se han visto más beneficiadas con la desdemocratización a nivel global, toda vez que han ganado valiosos aliados tiránicos en todos los rincones del mundo.

Cuando hablamos de potencias autocráticas no pueden ser sino dos: Rusia y China, que son las que, por lo menos, tienen una capacidad de influencia global. No es casual que ambas se hayan radicalizado aún más en los últimos años, ya que a medida que la ola iliberal se expande por el mundo, tienen fuertes incentivos para evitar que esta pierda inercia. Al mismo tiempo, se hace obvio para las democracias que, no si hacen frente a estas amenazas, la forma de vida tal cual la hemos experimentado en las últimas décadas está en peligro.

En este contexto es que Josep Borrel, el jefe de la diplomacia europea, ha indicado que «el surgimiento de regímenes autoritarios es una de las principales amenazas para el futuro de Europa y nuestros valores democráticos», marcando una ruptura con el discurso naíf de la relatividad de los regímenes políticos. En este clima de época, se produce el enfriamiento de las relaciones con las potencias autocráticas, con dos factores de disputa en el centro de la agenda: Ucrania para Rusia y Taiwán para China.

Excede a este artículo la enumeración de las similitudes –y diferencias– entre ambos casos, pero si hay algo que los europeos, y principalmente los del este, han constatado es que si a las democracias –que por razones geográficas e históricas han nacido a la sombra de gigantes autocráticos– se las deja solas, estos no dudarán en intentar sofocarlas por todos los medios posibles. Y China no está exenta de la constatación empírica, como lo ha demostrado con Hong Kong.

Así, al discurso victimista del Partido Comunista Chino, de acuerdo con el cual al apoyar a Taiwán se vulnera la soberanía nacional, se debe contraponer otro: es China quien vulnera la soberanía nacional de los taiwaneses al intentar imponerles un régimen ajeno. Y los países de Europa Oriental, que padecieron una situación similar por décadas bajo la hegemonía soviética, no pueden sino percibirlo de esta manera.

Por ello, el accionar de los lituanos no es aislado: en 2019, Praga cambió a Beijing por Taipéi como su ciudad hermana; en 2021, Polonia firmó el primer acuerdo de un país europeo sobre cooperación judicial con Taiwán; y este año, Eslovaquia envió una delegación de legisladores al Yuan Legislativo taiwanés, y Eslovenia confirmó que abrirá una Oficina de Representación de Taiwán en Liubliana. Esto demuestra que Lituania no sólo no está sola, sino también que la cantidad de miembros de la Unión Europea que han decidido defender la democracia taiwanesa está en franco crecimiento y con ello la presión sobre Bruselas para que tome una postura más contundente en el asunto.

En segundo lugar, es necesaria una aclaración sobre la represalia de China. No es la primera vez que usa un embargo económico para castigar el accionar de un país contrario a sus intereses. El antecedente más claro es el de Noruega, cuyas relaciones comerciales se enfriaron después de que le otorgara el Premio Nobel de la Paz al disidente Liu Xiaobo en 2010. Las relaciones sólo se normalizaron una vez que el gobierno noruego sucumbió a las presiones chinas, llegando a firmar un acuerdo en el que manifestó «su compromiso con la Política de Una Sola China» en 2021.

La virtual prohibición de las importaciones lituanas luego de la apertura de la Oficina Taiwanesa en Vilna buscaba el mismo efecto. Pero la situación ha demostrado ser distinta, y no por diferencias económicas. De hecho, en el caso de Noruega, la balanza comercial con China no se modificó mucho, debido a la dependencia de esta última de las importaciones energéticas. Y la relación sólo creció una vez que Noruega decidió, por razones más políticas que económicas, aumentar el peso relativo de la economía china en su balanza comercial total. Es decir, el comercio con China en ningún momento fue vital para la economía noruega, por lo que el acercamiento diplomático dependió de una decisión puramente política.

En este sentido, el embargo chino a Lituania tampoco ha demostrado tener un impacto negativo en su balanza comercial total. En parte, debido a que de por sí las exportaciones a China sólo representaban el 0,7% del total, proporción que –luego del embargo– pasó al 0,05%, según los últimos datos disponibles (para febrero de este año) proporcionados por CEICData. Lo que es más impresionante es que para el mismo mes, comparando año a año, la economía lituana en realidad exportó un 13,4% más.

Algo similar sucede a nivel europeo, cuya aclaración es necesaria en base al pánico suscitado en parte del empresariado automotriz alemán, que hasta llegó a amenazar con cerrar fábricas en el país báltico para apaciguar a China. Pero ello se da en un contexto en el que Alemania sólo vende el 7,3% de sus exportaciones al gigante asiático, un número aún menor al total europeo del 10,1%. Es decir, la dependencia para con China –a pesar de la incansable repetición del discurso sobre su peso económico– es muy baja en el caso europeo. Para tomar dimensión, el bloque comercia tan sólo un par de puntos porcentuales menos con una economía como la suiza.

La diplomacia del Estado-partido chino es la de un bully que insulta y provoca a todos, pero sólo se le anima a los que saben que no le pueden hacer frente.

Aquí es necesaria hacer una tercera aclaración: teniendo en cuenta el basamento axiológico de la decisión diplomática de Lituania, y la desproporcionada –e ineficaz– represalia china, debemos ser capaces de mirar un poco más allá del discurso realista de los cálculos racionales, pero también del discurso soberanista de las autocracias y su réplica en los países democráticos, que no hace más que sobredimensionar una amenaza en la dimensión equivocada.

El verdadero factor de influencia chino es su discurso autocrático, iliberal y antioccidental, no su capacidad económica. Ello queda demostrado, por un lado, con los análisis sesgados que, propugnando una visión puramente materialista de la globalización, acaban por formar un imaginario sobre la capacidad económica de China que en la realidad no tiene y, por otro, con la demostración de debilidad del Gobierno chino, que acaba siempre por hacer presionar solo a los países más pequeños.

En suma, esa es la diplomacia del Estado-partido chino: la de un bully que insulta y provoca a todos, pero sólo se le anima a los que saben que no le pueden hacer frente. Alegremente, Lituania ha demostrado que el tamaño no importa, sino que el aspecto clave de la política es el compromiso con la democracia y la libertad, así como la alianza con los que defienden los mismos valores.

Compartir:

Recomendados