Política

Ni ambigüedad ni estrategia: Estados Unidos a la deriva en el Estrecho de Taiwán

Joe Biden anunció que Estados Unidos acudiría al auxilio de Taiwán en caso de que China lo atacara, sólo para ser desmentido minutos más tarde por su propio gabinete, y de tener que desdecirse frente a sus aliados.

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En 1979, la administración de Jimmy Carter –continuando con la política de acercamiento a la República Popular China que comenzó Richard Nixon– cortó unilateralmente los lazos diplomáticos formales con la República de China (Taiwán), y mudó su embajada a Beijing. El cambio del reconocimiento diplomático no se dio sin sobresaltos, principalmente considerando que la administración lo hizo sin el permiso del Congreso. En su lugar, el Legislativo recibió un borrador de una Ley sobre las Relaciones con Taiwán, que fue promulgada –desde luego– sin consultar a los representantes del Estado taiwanés, al cual a partir de entonces sólo se los considera como «las autoridades que gobiernan la isla de Taiwán».

Si bien este descalabro diplomático no causó el escándalo global que merecería, la decisión de que «la defensora del mundo libre» dé la espalda a un país que se comenzaba a democratizar en favor de una sanguinaria dictadura comunista, por las «necesidades estratégicas» de la Guerra Fría opacaron la seriedad del asunto. Cuarenta años después, las consecuencias son evidentes: esa política exterior inconsulta se ha anquilosado a tal punto, que ya ni siquiera las propias autoridades estadounidenses pueden darle sentido.

Ello, sin embargo, clarifica una situación particular: Estados Unidos sigue tan autocentrado como cuando se negó a entrar a la Liga de Naciones, como cuando dejó que la Alemania Nazi ocupara casi toda Europa por dos años, o como cuando dejó a miles de afganos a su suerte frente a la dictadura talibán hace menos de un año. La hipocresía, es así, un ejemplo de una política que goza de un consistente apoyo bipartisano: «defendamos la libertad, pero solo si nos conviene».

En el medio de estas marchas y contramarchas está el destino de un país de 23 millones de habitantes cuya propia existencia está constantemente amenazada.

En un nuevo episodio de esta lamentable serie, esta semana Joe Biden anunció –algunos pensaron «por fin»– que Estados Unidos acudiría al auxilio de Taiwán en caso de que China lo atacara, sólo para ser desmentido minutos más tarde por su propio gabinete, y de tener que desdecirse frente a sus aliados japoneses, indios y australianos en la reciente reunión del Quad. Este papelón no se debió a una exigencia de los aliados (a los que en realidad les cayó bien el comentario inicial), sino a la propia lógica de la política exterior estadounidense que, aun con Donald Trump afuera de la Casa Blanca, mantiene el inscrito «America First» como marca de agua intelectual.

En el medio de estas marchas y contramarchas está el destino de un país de 23 millones de habitantes cuya propia existencia está constantemente amenazada. La dirigencia política de Taiwán hace años dejó de coquetear con la idea de una declaración de independencia, justamente para apaciguar los resquemores estadounidenses de que podrían ser los sectores más radicales dentro del propio Taiwán los que «causaran» una invasión por parte de China. En su lugar, los funcionarios taiwaneses se contentan con decir que su país es independiente de facto, porque se autoadministra. Claro que esa excusa cae por tierra al analizar algo tan básico como la participación del país en los organismos internacionales, que es un derecho básico de cualquier nación que se digne de tal.

Por décadas, Estados Unidos han permanecido impasible ante esta injusticia contra el país más democrático de un continente que, asegura, será el centro de su política exterior en el siglo XXI. Este estatus de paria, impuesto bajo el patrocinio chino, pero con la connivencia del resto de la comunidad internacional, ha convertido a los taiwaneses en «ciudadanos globales de segunda», dado que, sin el reconocimiento de su Estado, son formalmente apátridas para el resto del mundo o, peor, ciudadanos de un país que consideran ajeno.

¿Cómo es posible, entonces, que ante esta situación la diplomacia estadounidense siga hablando de «ambigüedad estratégica»? Primero, es necesario analizar brevemente el concepto, que excede el uso inequívoco que le ha dado Estados Unidos. En la tradición realista de las relaciones internacionales, se entiende que una estrategia es «ambigua» cuando, frente una situación de inestabilidad persistente, un Estado se reserva su estrategia, con la esperanza de disuadir a las partes de avanzar sobre cambios en el equilibrio existente, o bien desiste de tener una estrategia, y adopta una política «esperar y ver».

Siempre según las teorías realistas, la ambigüedad estratégica es una política fundamental que los Estados deben adoptar frente a un conflicto entre otros Estados, de manera de no dañar sus relaciones con las partes en disputa. Así, se ha mantenido una paz relativa alrededor de conflictos congelados en el tiempo como en Chipre, Israel, Corea o Taiwán, en los que la comunidad internacional simplemente decide no tomar partido, o hacerlo sin romper relaciones con el otro bando, y por supuesto, reservándose la postura que adoptarían si el conflicto llegase a empeorar.

Por décadas, Estados Unidos han permanecido impasible ante esta injusticia contra el país más democrático de un continente que, asegura, será el centro de su política exterior en el siglo XXI.

Sin embargo, esta estrategia –que hasta ahora parecía segura–, se ha resquebrajado con la invasión rusa a Ucrania, que ya era parte de un conflicto congelado desde la anexión de Crimea en 2014. A partir de esa primera invasión de las fuerzas rusas en territorio ucraniano, la comunidad internacional adoptó una postura de ambigüedad estratégica, recurriendo a la clásica retórica de los llamamientos por la «resolución pacífica de los conflictos». Si bien es una postura necesaria para muchos países periféricos (o tal vez, no tanto) que necesitan mantener los lazos económicos con ambas partes, el rol de las potencias es diferente.

En este sentido, lo que ha demostrado Rusia es que, si una de las partes de un conflicto congelado es una potencia, la inestabilidad no es persistente, sino que es mantenida artificialmente por la potencia hasta tanto considere que tiene la posibilidad de agudizar el conflicto para resolverlo a su favor. Más allá de los errores estratégicos que ello demuestre a posteriori, la decisión de la potencia de romper la inestabilidad causará enormes pérdidas, en términos humanos y materiales, en la contraparte. Así, aún si pierde, el daño que es capaz de causar –por el solo hecho de ser una potencia– obliga a las otras potencias a adoptar un rol preventivo para evitar que ese daño ocurra desde un inicio. Si ello implica una «provocación», una contra respuesta intempestiva no será peor que una escalada planificada.

El caso de Ucrania ha demostrado que una situación de inestabilidad persistente con una potencia no es un escenario plausible, y menos si esa potencia es una autocracia en la que no existen controles internos que impidan que un déspota tome una decisión unilateral que agudice el conflicto. Actualmente, sólo hay dos potencias autocráticas: Rusia y China. Ya hemos atestiguado de lo que es capaz la primera, ¿queremos averiguar de lo que es capaz la segunda?

Aparentemente, la respuesta de Estados Unidos es que sí, que prefiere esperar a que China mueva primero, para luego correr detrás de los eventos, como lo está haciendo en Ucrania, ya que de todos modos el costo lo pagan los ucranianos, no los estadounidenses. Con dos déspotas armados no sólo con armas de destrucción masiva, sino más importante, con una cantidad de armamento capaz de infligir daños terribles sobre poblaciones civiles de países vecinos, pocas veces el escenario internacional ha sido más inestable que en la actualidad.

La realidad muestra que no basta con aumentar la capacidad de disuasión de las partes en conflicto –como argumentaban los teóricos realistas en la Guerra Fría–, sino que es necesario que esa disuasión provenga de la propia comunidad internacional, ya no con la amenaza de la aniquilación, sino con la garantía de una derrota inducida por el aislamiento. Las sanciones sin precedentes que se han adoptado contra Rusia parecen hoy en día no agotar sus recursos, y ello se debe a que Putin ha preparado su economía durante años para un eventual desacople forzoso del mercado global, pero sabiendo que le quedaría la garantía del ingreso de recursos por sus hidrocarburos, tanto de Europa como de casi todo el resto de sus socios, que continúan proveyendo de divisas a la máquina de guerra rusa.

El caso chino es aún más complejo, dado que su integración en el mercado global es mucho mayor, y debido a que Estados Unidos le ha permitido convertirse en su principal socio comercial y financiero. Aquella relación, que Nixon inauguró en los setenta con la esperanza de ayudar a construir una China democrática que actuaría como una aliada, en realidad permitió la construcción de una potencial máquina de guerra que hoy amenaza a toda Asia con sus reclamos irredentistas, y que ya tiene a Taiwán en la mira.

Actualmente, sólo hay dos potencias autocráticas: Rusia y China. Ya hemos atestiguado de lo que es capaz la primera, ¿queremos averiguar de lo que es capaz la segunda?

Si la respuesta de Estados Unidos a esa amenaza (que cada día se hace más tangible) es persistir en una política formulada durante la Guerra Fría, y seguir confiando en las promesas de los déspotas que reclaman áreas de influencias –con vasallos en vez de vecinos– a cambio de «paz», no hace más que confirmar las sospechas de que ya no se encuentra a la altura para actuar como «garante de la paz» en el mundo. Peor aún, al haber entregado la seguridad de los países democráticos que les molestan a los déspotas (al obstaculizar el ingreso de Ucrania en la OTAN, o al excluir a Taiwán del flamante Marco Económico del Indopacífico), en realidad ha sido instrumental en el deterioro de la seguridad de ambos países.

Todo esto nos deja una lección amarga: la política estadounidense ya no es ambigua respecto a Taiwán, sino que claramente consiste en atacar discursivamente a China mientras que por lo bajo obedece a sus demandas siguiendo lo acordado en los setenta con Mao, es decir: no garantizar la seguridad de Taiwán bajo ningún aspecto. Más que una estrategia, esta postura es la muestra patente de una potencia debilitada, a la que no le interesa sacrificarse por lograr un mundo libre, seguro y democrático. Será, entonces, responsabilidad de Taiwán buscar a quien(es) puedan hacer frente a tan demandante tarea, sin la cual estamos condenados a la guerra constante de los déspotas, pero con la cual podemos aspirar a un mejor futuro en el que toda la humanidad viva en libertad.

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