Cultura

Mujeres reales en guerra. Episodio II

La rigidez de las normas empezaba a tener alteraciones que impactan en el modelo cultural afectándolo en sus bases y provocando cambios lentos, pero seguros. Veamos a esas mujeres de acción:

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Desde épocas antiguas las mujeres vieron limitadas sus vidas en razón de establecer una civilización basada en el poder masculino. Pero tan endeble estructura cultural debió reconocer casos de excepción en lo que determinadas mujeres escapaban a la normativa y debían concedérseles privilegios especiales. Al principio tales mujeres pertenecían a la élite social, pero otras eran del común y, aunque más limitadamente, tuvieron su momento de libertad.

Las mujeres griegas en general no tuvieron grandes oportunidades de actuar fuera de las limitaciones que su género soportaba. Limitadas al gineceo sólo mantenían contacto con hombres de su familia, y sólo participaban en público en ceremonias civiles o religiosas. Cuidaban del hogar, pero casadas muy jóvenes, su administración estaba en manos del esposo.

Entre ellas las espartanas eran ligeramente diferentes. Recibían una educación igual a la de los varones que incluía el estudio de los clásicos, la poesía y la filosofía, pero también ejercicio físico intensivo; una mujer fuerte y saludable suponía una madre capaz de producir hijos fuertes. Aprendían a correr, luchar, lanzar el disco y la jabalina y a realizar todas las hazañas de sus contrapartes masculinas, excepto el uso de armas.  Se casaban al final de la adolescencia, por lo que estaban preparadas para tomar el control de sus hogares, habida cuenta que sus esposos vivían con sus camaradas hasta los cuarenta años. Estaban formadas para servir al Estado, pero no podían actuar como soldados.

Las espartanas recibían una educación igual a la de los varones que incluía el estudio de los clásicos, la poesía y la filosofía, pero también ejercicio físico intensivo; una mujer fuerte y saludable suponía una madre capaz de producir hijos fuertes. Aprendían a correr, luchar, lanzar el disco y la jabalina y a realizar todas las hazañas de sus contrapartes masculinas.

Se esperaba de estas mujeres que fueran el apoyo espiritual y moral del Estado, con su patriotismo y sus riquezas, particularmente durante una guerra donde sus tareas religiosas eran muy apreciadas. Igual sucedía en Roma, con la salvedad que las mujeres de clase alta romanas participaban activamente en la defensa de los intereses políticos y económicos familiares, en especial cuando sus esposos estaban en campaña.

Entre los “bárbaros” las cosas era similares, pero las mujeres estaban menos restringidas. Con pocas ciudades, la abundante vida rural postulaba una relación de trabajo compartido que relajaba las limitaciones a las mujeres, aunque el poder seguía estando a manos de los hombres.

Visto en conjunto puede apreciarse que la rigidez de las normas restrictivas empezaba a tener alteraciones, buscadas o no, y que impactan en el modelo cultural afectándolo en sus bases y provocando cambios lentos, pero seguros. Veamos a esas mujeres de acción.

ARTEMISIA, LA PRIMERA ALMIRANTE

La primera conocida es probablemente Artemisia. Fue reina regente en nombre de su hijo en el reino de Caria; viuda de un rey e hija de otro muy rico, reunía las condiciones de excepcionalidad que le permitían actuar de por sí. Rica, de linaje real, y madre de un futuro rey, era irremplazable. Demostró grandes destrezas políticas y militares defendiendo su reino en Asia Menor constante mente hostigado por sus vecinos.

Su reino estaba bajo tutela persa por lo que cuando Xerxes llamó a la invasión de Grecia, Artemisa cumplió y reunió una flota de setenta barcos bajo su mando. Su destreza militar principal era la naval por lo que es considerada la primer Almirante de la historia. Era muy respetada por el Gran Rey Persa quien escuchaba sus consejos, aunque no siempre los aceptara.

Después de la batalla de las Termópilas y la naval de cabo Artemisio, donde se destacó, siguió a Xerxes en su campaña de saquear el Ática, Atenas y destruir la Acrópolis, aunque lo desaconsejó.

Cuando se propuso destruir la flota Griega en Salamina, la única en oponerse fue Artemisia diciendo que “Los griegos son mucho más fuertes que nosotros en el mar, al igual que los hombres son más fuertes que las mujeres”. Un argumento curioso dada su condición. El resto de los comandantes esperaba que esa postura le costara la cabeza frente a Xerxes, pero se alegró de escuchar una opinión contradictoria, en lugar del acuerdo servil de los aduladores. Igual marchó a la batalla.

En Salamina (480 a.C.) los persas cayeron en una trampa y su flota fue destruida. Artemisia perseguida por un buque griego comandado por Ameinias, se vio bloqueada por un buque persa al que atropelló con su ariete y lo hundió. Xerxes confundió la maniobra y le dijo a sus consejeros, como elogio a la reina, “Mis hombres se han convertido en mujeres, y mis mujeres en hombres”. Amenias también erró y pensó que era un buque amigo y cesó la persecución. Gran decepción sufrió al saber la verdad, pues Artemisia era asimilada a las odiadas Amazonas y su cabeza tenía un precio de diez mil dracmas.

Después del desastre, mientras algunos deseaban seguir combatiendo en tierra, Artemisia aconsejo a Xerxes enviar una fuerza menor a esa tarea y retirarse a Persia. “…Cualquier victoria griega no será una victoria sobre ti, sino una derrota de tus sirvientes. Tu volverás a casa después de haber quemado Atenas”. Xerxes aceptó y le entregó a sus hijos en custodia para el viaje de regreso.

Artemisia continuó gobernando hasta que su hijo pudo asumir el gobierno. Una de sus descendientes construyó una magnífica tumba en Halicarnaso para su esposo, Mausolo, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Entre la suntuosa decoración del edificio había un friso de mármol que representaba a las amazonas luchando contra los griegos, pero aquí las amazonas vencían, un homenaje a la destreza militar de Artemisia.

CLEOPATRA Y FULVIA LAS MUJERES DE MARCO ANTONIO

Dos mujeres destacaron reuniendo ejércitos e inspirándolos con su presencia, y ambas fueron esposas del mismo hombre.

Cleopatra VII reunió su primer ejército para enfrentarse a su hermano y corregente de Egipto Ptolomeo XIII. Los consejeros de Ptolomeo temían a la muy encantadora y demasiado inteligente Cleopatra y pronto la expulsaron de Egipto. La respuesta de la reina fue militar. Aunque no comandaba las tropas, permanecía junto a ellas sabiendo que su presencia reforzaba la moral y espíritu de cuerpo de las tropas. Unió sus fuerzas a las de Julio César y ambos derrotaron a Ptolomeo XIII en el 47 a.C. El romance de los vencedores es bien conocido, pero debemos reparar que el gran amor de ambos era el poder, por lo que sostenían amenamente un triángulo amoroso.

Muerto César, Cleopatra recurrió a Marco Antonio como aliado político al principio y amoroso al final. En ese momento Antonio estaba casado con Fulvia una dama romana muy activa en las guerras civiles y era co-gobernador de Roma junto a Octavio, el futuro Augusto.

La relación entre los dos pronto se tensó y Antonio sin aliados recurrió a Fulvia como una lugartenencia no oficial. Cicerón decía con ironía que Fulvia dominaba por completo a su marido, lo que revela cuánto odiaban los romanos la idea de ser comandados por una mujer, o la participación pública femenina en los asuntos políticos. Recordemos que una acusación de afeminamiento podía terminar con la ciudadanía de un romano.

En el 42 a.C. Antonio se hizo cargo del imperio oriental, lo que lo acercó más a Cleopatra, y dejó Fulvia a cargo de sus intereses en Italia. Para contener el avance de Octavio, Lucio Antonio (su hermano) y Fulvia promovieron una rebelión. Fulvia reunió a las tropas y trató de alentarlas con su presencia y la de los hijos que tenía con Antonio. Esta guerra llamada Perusina, resultó un desastre para Antonio. Pero Octavio ofreció la paz en el 41 a.C. y no es sorprendente que, aunque en ese tiempo la relación de Antonio con Cleopatra ya progresaba, ambos amos de Roma sellaran la paz con el matrimonio de la hermana de Octavio, llamada Octavia, con Antonio. El repudio de Fulvia vino acompañado de la culpa que ambos cargaron sobre ella por todo el entuerto.

Pese a todo, cuando Marco Antonio necesitó de tropas en Grecia, fue nuevamente Fulvia quien las reunió. Antonio dio la bienvenida a los guerreros, pero muy fríamente ordenó a Fulvia que regresara a casa. Fulvia murió poco después, según algunas fuentes, de un corazón roto. Como no era una Reina era un blanco más fácil para la severa masculinidad romana que la veía como una amenaza a su poder patriarcal. Aunque lo de Octavio es entendible, la actitud de Antonio resulta una bajeza al cargar sus propias culpas sobre su esposa.

La relación con Octavio volvió a tensarse y Marco Antonio, que ya tenía hijos con Cleopatra, tomó la muy torpe decisión de divorciarse de Octavia, brindándole a Octavio el mejor motivo para la guerra. Sin embargo, la guerra no se dirigió contra Antonio sino contra Cleopatra, una mujer antinatural que ejercía un dominio totalmente anti romano sobre Antonio. Un marketing fácil en un mundo donde la masculinidad se sostenía huyendo del afeminamiento.

Claro que fueron los recursos de Egipto los que hicieron posible que Cleopatra levantara una gran flota para la lucha y pagase los salarios de gran parte del ejército de Antonio.

El dinero y el amor no alcanzaron, Octavio los persiguió hasta Egipto donde los amates esposos se suicidaron para no sufrir la humillación del cautiverio. A diferencia de la relación con César, esta no era un triángulo amoroso, Cleopatra tenía un esposo y un amante: el poder. De Antonio, decía Cicerón, que Fulvia dominaba por completo a su marido, cuánto más lo habrá subyugado Cleopatra.

CARTIMANDUA – CELOS Y PREJUICIOS

Entre los bárbaros que enfrentaron a Roma, celtas, germanos y britones resultaron los más tenaces y duros enemigos. Los últimos destacan por dos reinas poderosas pero con un obrar totalmente opuesto.

Cartimandua era la gobernante de los Brigantes, la tribu más grande de Gran Bretaña. Ante la invasión, optó por negociar en lugar de pelear, llegó a un acuerdo con los romanos preservando la paz de su pueblo y su propio trono.

Cartimandua, al igual que varias reinas celtas en la era precristiana, poseía la plena soberanía como encarnación del Gran Diosa y el espíritu de la tierra. Y esto es fundamental para entenderla. En el año 51, Cartimandua se divorció de su consorte, Venutius -un rey pobre y de poca monta-, y lo reemplazó por un hombre más joven, cumpliendo la tradición de la Diosa de refrescarse con un amante más vigoroso, ya que el poder sexual del gobernante era vital para la salud de la tribu. El nuevo rey era Vellocatus, que había servido como escudero de Venutius.

Para los romanos, donde la masculinidad era esencial a la política, que una mujer desechara al marido era incomprensible.

Venutius estaba furioso por su reemplazo, lo que lo hizo presa fácil de aquellos britones que deseaban la guerra contra Roma. Decidió usurpar a Cartimandua y apoderarse de su trono, y estalló una guerra civil a gran escala. Cartimandua pidió apoyo a los romanos, y su comandante declaró la totalidad del vasto territorio brigantino como protectorado romano. Pero no alcanzó. Comandante habilidosa, obtuvo muchas victorias, pero finalmente se vio obligada a huir. Con Vellocatus a cuestas, se refugió con los romanos en el fuerte en Camulodunum, la actual Colchester, donde pasaron el resto de sus días.

Los relatos de Cartimandua encontraron su camino a Roma, y ​​las madres romanas usaron a la reina como ejemplo, para sus hijas, del destino que aguardaba a las mujeres que descendían al adulterio y la lujuria, ajustando así sus propias cadenas de sujeción. Claro que nadie dijo que entre los celtas no había adulterio. A diferencia de Roma, las mujeres celtas no se convirtieron en posesiones de sus esposos. Cartimandua fue fuerte, fue exitosa, sexual, poderosa y libre, y al final vivió para disfrutar de todo eso. No es difícil imaginar por qué los historiadores posteriores encontraron esto difícil de admirar.

Su carrera muestra que, en el Siglo I, las mujeres británicas tenían un status que les permitía ser soberanas e independientes para gobernar, conducir ejércitos o deshacerse de sus maridos, derechos negados a sus hermanas romanas en ese momento y para la mayoría de las mujeres en todo el mundo durante los próximos dos mil años.

BOUDICA –TRAICIÓN Y VENGANZA

En el sureste de Inglaterra, Prasutago rey de los Icenos, murió en el 60. Dejó la mitad de su gran fortuna a sus hijas, y legó el resto al emperador romano para apaciguar a los burócratas acaparadores de dinero. Pero los romanos fueron aún más rapaces. Catus Decianus, procurador principal, tomó la totalidad de la riqueza del rey celta y con viejos y veteranos legionarios, saqueó y arrasó el territorio de Icenia. La viuda de Prasutago, Boudica, y sus dos hijas protestaron por el saqueo, pero Catus Decianus desvalijó la corte e hizo azotar a la reina por su descaro. Las dos hijas reales fueron acorraladas por una banda de soldados romanos y violadas.

Dio Cassius describe a Boudica como “muy alta, de apariencia aterradora, ojos feroces y una voz áspera. Una gran masa del cabello muy rojizo caía hasta sus caderas. En torno al cuello llevaba un torque dorado y sobre una túnica multicolor llevaba un grueso manto sujeto con un broche militar”. Sin duda era una mujer formidable. Con los insultos a su cuerpo y a su familia en su mente, se dispuso a preparar una venganza contra los romanos que conmocionaría al imperio hasta la médula.

Los trinovantes y otras tribus se unieron a los Icenos, Boudica se dirigió a sus jefes. Dio Cassius imaginó sus palabras: “Te has dado cuenta ahora cuán mucho mejor era tu vida antes de los romanos. Puede que hayas sido más pobre, pero eras libre. La riqueza con la esclavitud no vale la pena tenerla. Es nuestra culpa que los romanos estén aquí, porque deberíamos haberlos expulsado como hicimos con Julio César. Pero incluso en este día tardío, cumplamos con nuestro deber mientras todavía recordamos qué es la libertad, para que podamos dejar a nuestros hijos no sólo su nombre sino también su realidad. No temas a los romanos, ya que necesitan protegerse con armaduras y terraplenes, mientras que nosotros podemos luchar desde los pantanos y las montañas, comiendo sólo la hierba y las raíces más ásperas. Mostrémosles que son liebres y zorros tratando de gobernar a perros y lobos.” Un discurso apócrifo pero bello y probablemente no lejos del verdadero. Estas palabras latinas de patriotismo son la base de la perdurable leyenda de Boudica como el primer gran héroe de la nación británica.

El gobernador de Gran Bretaña, Caius Suetonius Paullinus, estaba en campaña al norte de Gales contra los druidas. El sudeste de Inglaterra estaba abierto a la reina celta. Boudica  aprovechó la oportunidad. Su objetivo principal era Camulodunum de donde salían los saqueadores de su territorio. Los romanos habían descuidado las defensas de esta ciudad y en el último momento llamaron desesperadamente a Catus Decianus para que les enviara refuerzos, pero todo lo que pudo reunir fueron 200 hombres mal armados.

Al frente de un ejército de varios miles de guerreros celtas encendidos por la venganza, Boudica avanzó. Los romanos eran demasiado pocos para defender la ciudad resistieron durante dos días hasta que los celtas asaltaron las murallas y masacraron a todos los que estaban dentro: hombres, mujeres y niños. Nadie escapó a la ira de Boudica. El asentamiento fue quemado hasta los cimientos, dejando sólo una fina capa de ceniza para los futuros arqueólogos. Catus Decianus huyo a la Galia.

Al enterarse de la revuelta, Paullinus envió una legión a que pusiera orden en la zona. Mientras marchaban por el bosque de East Anglia, los britanos victoriosos los rodearon y aplastaron. Paullinus abandonó su campaña y él mismo tomó el mando de la crisis. Cuando llegó a Londres, entendiendo que no la podía defender reunió su ejército en el Midlands.

Cuando Boudica llegó a Londres, la mayoría de sus habitantes habían huido. Sin oposición asaltó la ciudad, donde masacraron a la gente en una orgía de atrocidades. Poco después, arrasó el asentamiento de St Albans, matando a los britanos romanizados.

Paullinus contaba un total de unos 10.000 hombres y es probable que reuniera su ejército en Lichfield. Mientras los britanos avanzaban desde St Albans hacia el noroeste, Paullinus eligió su terreno con cuidado. Colocó a sus hombres con una llanura abierta ante ellos y un espeso bosque protegiendo sus flancos y retaguardia. Sus legionarios se reunieron en el centro de la formación de batalla, con la caballería formada en las alas y los auxiliares en reserva hostigando al enemigo.

Boudica llegó al campo de batalla al frente de una enorme y animada horda de guerreros, esclavos fugitivos y bandidos celtas, todos unidos por la perspectiva de derrocar la tiranía romana y saquear las arcas imperiales.

Con ellos viajaban sus esposas y familias, en carros reunidos en la retaguardia. Si era necesario, los carros formaban una fortaleza móvil a la que podían retirarse. Ante sus filas de guerreros, algunos a caballo, otros a pie; todos portando grandes escudos, largas lanzas y espadas.  Según Tácito, Boudica montó en su carro, exhortándolos a una famosa victoria. «Esta no es la primera vez que una mujer lleva a los britanos a la batalla… Lucho, como el guerrero más humilde entre ustedes, para hacer valer mi libertad… los orgullosos y arrogantes romanos no tienen nada sagrado. Todo el mundo es víctima de su violación… En este terreno debemos vencer o morir con gloria. No hay alternativa. Aunque soy mujer, mi decisión está tomada. Los hombres, si lo desean, pueden sobrevivir avergonzados y vivir en cautiverio”. El mismo autor hace que Paullinus responda con un discurso igualmente dramático. “Ignorad el rugido salvaje de estos bárbaros indisciplinados. Hay más mujeres que hombres en la horda que tienes delante… Persigue a los vencidos, pero nunca pienses en saquear. La victoria te traerá todo”. El resaltado de mujeres y hombres es más romano que britón.

Cuando los dos bandos chocaron, una tormenta de jabalinas, lanzas y piedras resonaron en los escudos de los demás. Esto continuó hasta altas horas de la noche, hasta que finalmente los romanos prevalecieron. Al no ver el camino a seguir entre las pilas de cuerpos, los britanos de la retaguardia olvidaron las orgullosas órdenes de su líder y echaron a correr.

Los romanos persiguieron a los celtas hasta sus carros y lucharon con sus mujeres. Embriagados por la adrenalina de la victoria, los romanos no perdonaron ni a los hombres, ni a las mujeres, ni al ganado. No menos de 80.000 británicos murieron. El triunfo fue decisivo. Afectada por el fracaso de la derrota, Boudica no vio otra salida que acabar con su vida.

MUJERES EN BATALLA

La lucha final relatada merece una explicación.

Aquí las mujeres los encontraron”, escribió Plutarco, “sosteniendo espadas y hachas en sus manos. Con espantosos chillidos de rabia intentaron hacer retroceder a los perseguidos y a los cazadores. Los fugitivos como desertores, los perseguidores como enemigos

Las tribus de la Galia comparten sus perfiles culturales con los britones y germanos, en particular la conducta de sus mujeres en la guerra. Aunque en principio constituyen un sostén y apoyo de las actividades bélicas, también combaten y expresan su soporte moral al extremo.

En Aquae Sextiae 102 a.C, los romanos atacaron a los bárbaros sin mostrarles piedad. Rechazaron y persiguieron a los celtas que huían hasta el campamento de sus carretas. “Aquí las mujeres los encontraron”, escribió Plutarco, “sosteniendo espadas y hachas en sus manos. Con espantosos chillidos de rabia intentaron hacer retroceder a los perseguidos y a los cazadores. Los fugitivos como desertores, los perseguidores como enemigos”. Con las manos desnudas las mujeres arrancaban los escudos de los romanos o empuñaban sus espadas, soportando heridas mutiladoras. Su espíritu feroz no fue vencido hasta el final.

Aquí se ve que cuando la forma de combate lo permite la capacidad física de la mujer puede convertirla en un combatiente eficaz. Como lo comprobaron los romanos en carne y sangre propias. Es también una manera dinámica de estructurar las relaciones de género en una sociedad, aceptado fluctuaciones donde se comparten actividades.

Un año más tarde, en el 101 a. C., las mujeres celtas de Cimbri se vieron de nuevo abrumadas por el furor de la batalla. En Vercellae, los romanos victoriosos se enfrentaron a mujeres con túnicas negras que se pararon en sus carros y mataron a los guerreros que huían (sus maridos, hermanos o padres) y luego estrangularon a sus propios hijos y los arrojaron debajo de las ruedas de sus carros antes de cortarse sus propias gargantas. El orgullo salvaje y desesperado de las mujeres címbricas fue idealizado por los historiadores romanos, a quienes siempre les gustó subrayar la superioridad moral de los bárbaros sobre sus propios líderes decadentes.

Tácito describió ocasiones en las que las mujeres germánicas alentaron a sus hombres en la batalla invocando la vergüenza de la derrota. “Ejércitos al borde del colapso han sido reunidos por sus mujeres suplicando a sus hombres, empujando hacia adelante sus pechos desnudos y haciéndoles darse cuenta de la perspectiva inminente de la esclavitud. Un destino que los germanos temen más para sus mujeres que para ellos mismos”. Esta acción no fue exclusiva de los bárbaros del norte también se vio entre las mujeres solteras de los beduinos árabes. Para provocar a sus guerreros, amenazaban con ofrecerse al enemigo, dejando al descubierto sus pechos, desvelando sus rostros y deshaciéndose de sus trenzas.

La pretendida exclusión de las mujeres en la guerra, resulta artificiosa y de poca aplicación real. Antes bien es una norma simbólica creada para proteger la masculinidad fundadora del sistema patriarcal, donde la guerra actuaba como rito de pasaje para que el niño se haga hombre. Pero no mucho más que eso.

Los avances de las mujeres guerreras prueban no sólo el simbolismo de la norma sino su intrínseca debilidad. El tiempo y los hechos lo probarán.

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