Cultura

Mujeres Reales en Guerra, Episodio IV: de los Apeninos al Cáucaso

Cómo es posible que bajo el planteo original del siglo IV de que la mujer era la “Puerta del Infierno” esta joven Matilda haya alcanzado el reconocido puesto de fiel defensora de la iglesia?

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MATILDE DE TOSCANA – LA SIERVA FIEL DE SAN PEDRO

Matilda de Toscana nació alrededor de 1046. Su padre era el margrave Bonifacio II, feudatario del emperador Conrado II, con tierras desde los Apeninos a los Alpes. La madre de Matilda, Beatrice, segunda esposa de Bonifacio, era hija del duque de Lorena.

Bonifacio fue asesinado cuando Matilda tenía seis años. Con sus hermanos muertos Matilda era la teórica heredera de extensas tierras. Pero las reglas de la herencia ya no eran, en esta fecha, tan simples. El nuevo emperador Enrique III, reclamó el derecho de investir a un niño varón en los territorios toscanos; un duro golpe para Matilda, aunque conservaría Canossa.

La herencia femenina se centraba en la capacidad militar de poder sostenerla, y esa facultad estaba reservada a los hombres. La mujer sólo heredaba para transmitir el acervo a su esposo o hijos. Tratándose de reinos, ducados y condados, la posibilidad de una mujer para heredar dependía del apoyo masculino que pudiera reunir. La necesidad de fuerza y protección, y el matrimonio con ese fin, eran los elementos que dominaban la vida de las mujeres en puestos altos. Más práctico que legal.

Por ello rápidamente Beatrice se casó con su primo, el duque Godofredo de Lorena. Lorena estaba en contra del Emperador, lo que complicó la herencia. Beatrice y Matilda fueron tomadas como rehenes. Enrique III murió en 1056, su hijo Enrique IV quedó bajo regencia de la emperatriz Agnes; con ella hubo acuerdos y las tierras de Toscana quedaron en la familia. Parece que Agnes era sorora, como dicen ahora.

Venían tiempos turbulentos para Toscana. Beatrice decidió dar una educación especial a su hija. Recibió la que se aplicaba a las niñas nobles, cosa que Matilda tomó con responsabilidad -llegó a bordar un estandarte para Guillermo el Conquistador-. Pero más entusiasmo tuvo en aprender habilidades marciales. Arduino della Paluda le enseñó a montar como un caballero armado, a portar una pica y a blandir el hacha y la espada. Afortunadamente Matilda era alta, fuerte y esbelta, y bajo este tratamiento mejoró su físico. Era una guerrera pero no desdeñaría las ventajas comunes a su sexo y rango que señalaban feminidad y dulzura. La educación de Matilda se completó en cuatro idiomas: alemán, francés, italiano y latín. En una época en la que la mayoría de los gobernantes solían firmar documentos con una simple cruz, esta mujer era capaz de escribir cartas sin ayuda. Esta educación le dio recursos y confianza para gobernar sus propiedades.

A sus trece años, muere su tío el papa Esteban IX, un duro golpe para la familia. Los nobles romanos eligieron su candidato, pero fue depuesto en el Concilio de Sutri que, respaldado por Godofredo, nombró a Nicolás II y tras su muerte a Alejandro II en 1061. En respuesta, Enrique IV decidió nombrar un antipapa: Caladus de Parma, un prelado notoriamente malvado que tomó el título de Honorio II. Con él y su ejército marcho a Roma.

Matilda hizo su primera incursión en el campo de batalla al lado de su madre, defendiendo los intereses de Alejandro II contra los cismáticos. Apareció en Lombardía al frente de sus numerosos escuadrones, probando que el coraje y el valor no es ciertamente una cuestión de sexo, sino de corazón y espíritu. Muchos, hoy, aún no lo entienden.

En la batalla de Aquino en 1066 se puso fin al apoyo al antipapa. Ella tuvo el mando de cuatrocientos arqueros con el General Arduino, su antiguo mentor. Varios enfrentamientos militares la vieron en la década de 1060 por la causa papal.

El Duque Godofredo murió en 1069. Matilda se casó, un paso inevitable y práctico, con el hijo del duque de un matrimonio anterior, un muchacho conocido, con demasiada precisión, como Godofredo el Jorobado. Se tejen muchas leyendas sobre la vida marital y sexual de Matilda. Regidas por el Síndrome de la Castidad versus el Síndrome de la Voracidad, Matilda pasa de Virgen Sagrada a Bruja Insaciable. Difícilmente alguna complete la verdad. Lo más probable es que haya sido una esposa responsable a los deberes maritales, aunque tal vez no le entusiasmasen mucho. Una historia muestra a Matilda cortándose el cabello muy corto en su noche de bodas, adoptando un cilicio y luego invitando severamente a su esposo a una unión sin alegría pero obediente por el bien de la dinastía: “Ven, vamos a nuestra Unión”. Imposible imaginar una pareja menos sensual. Es posible que la libido de Matilda estuviera más orientada a la guerra y la defensa del papado que a intereses carnales. Aun así tuvieron dos hijos, ambos jorobados, que murieron en la infancia. Para agravar el cuadro el Jorobado decidió apoyar el Emperador. Esto terminó la convivencia y el matrimonio finalizó en 1076 con la muerte de Godofredo. Fue el momento definitivo para Matilde que, con la ayuda de su madre, comenzó a ejercer la autoridad, en ausencia de cualquier figura masculina capaz de detenerla.

En 1073, fue consagrado Hildebrando como  Papa Gregorio VII. De carácter fuerte, pensaba que la Iglesia nunca se purificaría mientras los laicos pudieran comprar y vender cargos eclesiásticos. En 1075 prohibió la investidura laica bajo pena de excomunión, y ese mismo año ejecutó esa sentencia contra varios infractores. 1076 iba a ser un año dramático en la vida de Matilde, así como para la fortuna del papado. El emperador Enrique actuó contra el Pontífice, renunció a la obediencia a “Hildebrando, que ahora no es papa sino falso monje” y lo declaró depuesto. Gregorio lo excomulgó, lo que puso en peligro la relación del Emperador con sus súbditos, así que Enrique rogó volver a la iglesia. Esta fue la llamada Querella de las Investiduras.

El arrepentimiento imperial sucedería en Canossa. La elección de esta fortaleza virtualmente inexpugnable, en el corazón del territorio de Matilde, era por seguridad, ante la aún desconocida intención del Emperador, y también en muestra la poderosa protección que la misma Matilde ejercía, y seguirá ejerciendo hacia el Santo Padre.

El emperador se vio obligado a pararse descalzo con un atuendo penitencial frente a las puertas de Canossa durante tres días como símbolo de su penitencia. Al cuarto día, se permitió al tembloroso Emperador arrojarse a los pies del Papa y recibir misericordia. Su absolución se le concedió sólo como hombre, no como rey. Por un tiempo las cosas se serenaron.

A estas alturas Matilda actuaba cada vez más como la «sierva fiel» de San Pedro: una sirvienta con una espada afilada en la mano y un ejército a sus espaldas. Los prolongados esfuerzos militares de la condesa Matilda con su propio sentido de una misión sagrada la hizo notoria entre sus contemporáneos. «¡Por San Pedro y Matilda!», gritaban sus hombres mientras asaltaban las fortalezas enemigas. Ella se llamaba a sí misma «Matilda por la gracia de Dios».

La aprobación que recibió Matilda de sus aliados y subordinados, estaba basada en su género, no a pesar de él, vinculada la naturaleza «sagrada» de su papel. A la piadosa y cristiana Matilde no le hubiera gustado una comparación con la pagana Budica, pero no le molestaba ser comparada con la Reina Amazona Pentesilea. Ya no era la descendiente maldita de Eva y Pandora, era la Santa Protectora del Papado.

Pronto se renovaron los enfrentamientos con el Emperador y su nuevo Antipapa Clemente III, que regresó a Italia y, después de devastar el norte, sitió la propia Roma. En Pascua de 1084, el antipapa había coronado a Enrique en Roma, con el Papa Gregorio retenido en Castel St Angelo. Con Guillermo I de Inglaterra y Felipe de Francia neutrales, los normandos ocupados en el sur; Matilde era el único soldado de San Pedro que quedaba.

Enrique hizo que Matilda fuera juzgada culpable de alta traición por negarse a la lealtad feudal, lo que significaba que todos sus bienes fueron confiscados. En la primavera de 1082, las finanzas de Matilde estaban en ruinas y gran parte del oro y la plata del tesoro de Canossa tuvieron que fundirse para remediarlo.

Finalmente Robert Guiscard junto a sus guerreros normandos y sarracenos respondió marchando a Roma. La noticia de su avance aterrorizó al emperador que huyó de la ciudad con el antipapa. Los normandos liberaron al Papa pero casi arrasan la ciudad.

Matilde logró vencer en Sorbara en julio de 1084. Sorprendió a los imperiales en la noche al grito de “San Pedro” y los desbandó. “Pasaron del letargo del sueño a la velocidad de la muerte” dirá Fiorentini. Según la tradición, ella empuñaba la ‘espada terrible de Bonifacio’ mientras masacraba al enemigo, parada en sus estribos ante sus tropas.

La alegría pronto se desvaneció, a finales de año el Papa murió y nuevamente Matilda se quedó sin un amigo leal. Recién en 1088 con Urbano II sucedió la segunda gran asociación del Santo Padre y la Hija Armada. Fue él quien propuso a Matilda, de cuarenta y tres años, casarse con Welf V de Baviera, de diecisiete. Enrique IV se puso furioso. La guerra reinició.

La desgana personal de Matilde en sus deberes conyugales probablemente fue igualada por la del joven Welf; unos seis años más tarde se separó de su magistral esposa, cansado de su obsesión por la causa papal.

Enrique ocupó Mantua y  Ferrara y en 1091 se propuso la paz a Matilda. Sólo tenía que aceptar al Antipapa como Papa Clemente III. Todos le suplicaban que accediera. “Ya has luchado lo suficiente, valiente dama, tú y tu serena consorte (la iglesia), para mantener la dignidad del pontificado». Sin embargo Juan el Ermitaño le imputó: «¿No es Matilde la que se vanagloria del título de hija de Pedro? … ¿Qué tipo de paz se puede hacer con los impíos?”. Ninguna.

Se necesitaron varias muertes, de gentes que habían vivido la mayor parte de sus vidas en el conflicto, para alcanzar la paz y la vejez relativamente serena de Matilda. El Papa Urbano II murió en 1099 y el antipapa Clemente III en 1100. Enrique IV, en 1106. El Concordato de Worms de 1122, allanaría la jurisdicción terrenal y espiritual.

Una nueva era amanecía en más de un sentido. Matilda siguió considerando las luchas de las ciudades italianas como parte de su defensa del Papado. Pero a medida que se desarrollaba la importancia comercial de Pisa y Lucca, se creaba un mundo nuevo.

Como gobernadora estuvo lejos de ser una déspota, dirigió un gobierno femenino fuerte, inteligente y benévolo durante treinta años. Y tuvo su reputación en el panteón de las Reinas Guerreras,

El nuevo emperador la elogió «jurando en toda la tierra que no se podía encontrar una princesa igual a ella». Matilda, cuando su salud falló, pasó tiempo en Polirone, un monasterio benedictino cerca de Mantua fundado por su abuelo. En 1114 cuando hubo un levantamiento en la ciudad de Mantua, esta anciana galante todavía amenazó con comandar un ejército contra la gente rebelde del pueblo. Los llamados Evangelios de Matildina fueron presentados por la Condesa a Polirone conmemorando no sólo su generosidad, sino también, aquellas simpatías espirituales que el Papa Gregorio y el Papa Urbano le había inculcado.

Fue en Polirone donde Matilda murió el 15 de julio de 1115, a los setenta años, sin hijos -casi virgen- no dejó heredero. Fue enterrada originalmente en el monasterio, pero en el siglo XVII su cuerpo fue transportado a San Pedro, un lugar de descanso apropiado para la que había sido la «sierva» del Papa. En su tumba original el epitafio contenía este pasaje: “Esta mujer guerrera dispuso sus tropas como acostumbra hacer la amazona Pentesilea. Gracias a ella, a través de tantos concursos de guerra horrible, el hombre nunca pudo conquistar los derechos de Dios”.

INTERMEDIO

Cómo es posible que bajo el planteo original del siglo IV de que la mujer era la “Puerta del Infierno” esta joven Matilda haya alcanzado el reconocido puesto de fiel defensora de la iglesia?. La respuesta es simple, no hay dogma ni ideología que supere el paso del tiempo y los cambios en la sociedad.

Matilde vive en tiempos de cambio. La sociedad del siglo XI era mucho más compleja que la del IV. La mujer debía tener un rol más activo en la sociedad. Los hombres marchaban a la guerra por largos períodos como en las Cruzadas, debían ser entonces las mujeres las que cuidaran del patrimonio familiar administrándolo y tomando decisiones políticas. Aunque subsistían las viejas leyes restrictivas y las concepciones religiosas, la realidad obligaba a ofrecer concesiones. Estos permisos estaban sujetos a la posición social y económica de la mujer. Por ejemplo una Abadesa tenía tantos derechos como un señor feudal. No es de extrañar que una mujer poderosa como Matilda obtuviera toda la condescendencia posible. Es fácil imaginarse al Papa Gregorio VII tarando el asunto de la “Sierva de la Iglesia” diciendo: “…bueno, no hay que ser más papista que el Papa…”, pensando en los recursos políticos, económicos y militares que Matilda aportaba.

Pero no en todos lados las restricciones a las mujeres se aplicaron.

TAMARA – LEÓN DEL CÁUCASO

La gran reina Tamara es un personaje a la vez sabio y espléndido, poderoso y amado. El reino caucásico de Georgia floreció como nunca antes, y como nunca entonces. La memoria de la edad de oro está íntimamente conectada con la historia de Tamara. Una de las pocas Reinas Guerreras que sucedió legalmente a su padre, con la aclamación de su pueblo, que agregó prestigio y dominios a su país, y murió dejando un heredero varón legal para sucederla. Su género, lejos de desmerecer su gloria, la engrandeció.

El reino georgiano al que Tamara sucedió formalmente en 1184 se ha comparado con el reino normando de Sicilia en su importancia cultural, y ciertamente, los Bagrationis –la familia de Tamara- tuvieron también que lidiar con una nobleza guerrera problemática. Pero había diferencias entre el mundo normando y el del Cáucaso, especialmente sobre la mujer y su posición social.

Mientras que Inglaterra fue evangelizada por un hombre, San Agustín, el reino georgiano debió su conversión a Santa Nina, una esclava de Capadocia que poseía poderes milagrosos y que curó a su reina Nana. Así que las limitaciones femeninas occidentales resultaron muy menores. La noción del poder heredado de la mujer a través de su padre no fue, por ello, tan extraña para el georgiano del siglo XII como podría serlo para un barón inglés o normando.

La posición real de la reina Tamara encajaba además en ciertas concepciones primitivas. Se nutrió en el imaginario popular de los recuerdos latentes de aquellas diosas de la antigua Georgia –Itrujani, Ainina y Danana– cuyo culto se remontaba a la Gran Madre y, dada la situación geográfica de Georgia, hubo influencias también de las diosas orientales. Incluso con la cristianización de Georgia en el siglo IV, estos recuerdos populares de la Diosa Madre no desaparecieron, ya que se siguió reverenciando a las santas madres -en oposición a las vírgenes-, pero también fomentaron una imagen erótica y emocionante de Tamara, del tipo de ritos orgiásticos que celebraban el culto de la diosa oriental Astarté. La posición de la mujer en la tradición y el mito georgiano era entonces una posición de honor: y de hecho, la llegada del cristianismo suministró otra leyenda más, en honor al sexo femenino.

Como con otras Reinas Guerreras los dos síndromes están listos para reclamarla: si la santa castidad no es la imagen deseada, entonces la voracidad sexual extrema la reemplaza. Después de todo, estas son dos caras de la misma moneda: como lo único que una Reina Guerrera no puede ser es una mujer «normal», una rareza en términos políticos, también se supone que ella va de un extremo sexual u otro.

Aparte de la memoria popular matriarcal, la geografía, tanto interna como externa, es crucial para comprender el reino de Georgia. El canal fértil en el que yacía el país estaba limitado por el Mar Negro en el oeste, el Caspio en el este; más allá estaban Persia, India y Asia Central. Al norte, el Cáucaso actuaba como barricada contra el sur de Rusia; y al sur, la meseta de Armenia era otra contra el imperio de los turcos selyúcidas. Georgia ocupaba una posición estratégica en las fronteras entre la cristiandad y el islam.

El padre de Tamara, Giorgi III, mantuvo a raya a los nobles agresivos con cierta crueldad. Demna, un príncipe frustrado y legítimo, intentó ocupar el trono en 1174, fue derrotado, capturado, cegado y castrado. Así fue como Tamara, última de la línea directa de los Bagrationis, gracias a las cuidadosas atrocidades de su padre, llegó a heredar el reino.

La ascensión al trono de la reina Tamara no había estado exenta de una cuidadosa preparación por parte de su padre. El rey Giorgi hizo coronar a su hija como co-gobernante en 1178, seis años antes de su propia muerte. Declarando a Tamara como la «brillante luz de sus ojos», la aclamó como reina con el consentimiento de los patriarcas, obispos, nobles, visires y generales. La sentó a su derecha vestida de púrpura. Le dio el título de ‘Montaña de Dios’ y colocó sobre su cabeza una corona ricamente incrustada de rubíes y diamantes.

A la muerte de Giorgi en 1184, Tamara se convirtió en la única gobernante y fue consagrada reina una vez más. También fue proclamada ‘Rey’; un interesante recurso: el título real transforma mágicamente el sexo de su portador, pues la palabra georgiana rey era Mepe, y en esta fecha no había una palabra para reina. La reina Tamara tenía veintitantos años en el momento de su accesión.

Aun así, fue puesta bajo la tutela oficial de su tía Rusudani. Sentía cierta impaciencia por la ‘dominación de las mujeres’, pero como reina soltera había otra dominación a la que tarde o temprano debía someterse: la de un esposo para generar herederos. El primer marido elegido fue George Bogolyubski, hijo del Gran Príncipe de Kiev. Se casaron en 1187. Resultó ser una unión desafortunada, sobre todo porque era la unión de una pareja mal emparejada. Tamara tenía una austeridad natural de temperamento, incluso el puritanismo y esas restricciones no ocupaban al príncipe George Bogolyubski.

Una serie de expediciones militares contra los musulmanes le dieron cierta popularidad entre el pueblo; pero el hombre no se adaptó fácilmente a las costumbres de la corte. Los raros momentos de felicidad de la pareja se experimentaron durante la caza. El resto fue un desastre. La reina podría haber lidiado con el comportamiento arrogante y truculento o incluso con su embriaguez de su esposo, y durante dos años soportó los excesos de su libertinaje con numerosos esclavos y concubinas. Pero el hecho de que Tamara no pariera hijos -algo que su marido le reprochaba en público- era una afrenta notable y significaba que no había ningún motivo práctico para apuntalar el matrimonio. No tenía ninguna necesidad real de pasar por alto su grave conducta sexual inapropiada.

Sin embargo, la reina se negó a que castigaran a su esposo, una sentencia que en esa época y en ese país se ejecutaba con dureza. Le permitió ir al exilio. No hay pruebas de que Tamara se arrepintiera de su indulgencia, a pesar de que su ex se levantase en armas contra ella. El fantasma de su padre podría haber señalado que los maridos muertos (o encarcelados y cegados) los dejaban en ninguna posición para fomentar una rebelión.

Mientras tanto, Tamara se casó, con esperanza renovada, con David Sosland. Este príncipe osetio provenía de un entorno especialmente adecuado, con lazos familiares Bagrationi y era un excelente jinete. Resultó adecuado, un hijo, Giorgi, nació en 1194 y una hija, Rusudani, al año siguiente. La sucesión estaba asegurada. Este segundo matrimonio y sus hijos liberó a Tamara para aplicarse a políticas de expansión militar que, involucrarían a sus nobles en su objetivo favorito de la guerra, alejándolos así de su otro objetivo favorito, competir por la corona.

Ciertamente, desde el principio, la reina Tamara, con la ayuda de su tía Rusudani, mostró al tratar con las diversas facciones de su nobleza una delicada apreciación de la necesidad de tacto. Otorgó cargos y puestos estratégicamente anudados a su poder para satisfacer, pero controlar a sus nobles. En cambio, habría triunfos militares georgianos.

Pero antes de que Tamara pudiera tratar de lograr esto al por mayor, tuvo que lidiar con George Bogolyubski. En 1191, intentó apoderarse del reino. Aunque la rebelión fracasó, luego de dos batallas campales ganadas por la Reina, tal fracaso no fue una conclusión inevitable ya que originalmente sólo el sector este de Georgia permaneció sólidamente leal a la Reina. El Príncipe fue capturado y llevado ante la Reina. Una vez más lo trató con una clemencia, se le permitió retirarse a Bizancio.

No fue ésta la última revuelta interna a la que se enfrentó Tamara, ni el último intento de George de recuperar por la fuerza la posición que su propia torpeza había sacrificado. En 1200 al frente de tropas turcas, tuvo que ser expulsado una vez más. El hecho de que durante veinte años desde la primera revuelta Tamara siguiera políticas de agresión militar extrema –hasta su muerte en 1212– debe verse como un caso elocuente de los problemas internos que enfrentaba. Pero nótese que las revueltas eran contra la corona, sin distinguir si su portador era mujer u hombre.

La guerra, para la reina Tamara, era lo que la asistencia obligatoria a la corte era para Luis XIV: un método para mantener el control sobre aquellos nobles que no son naturalmente propensos a ser mandados por su soberano. De hecho, la caza que le permitía a ella también «montar a caballo», era otro método para asegurarse de que Satanás no encontrara trabajo conspirativo para estas manos ociosas.

Por supuesto, la conducción real de una campaña siempre presentaba problemas para una Reina Guerrera a menos que ella literalmente tomara parte en la lucha. Cada Reina Guerrera exitosa tuvo que encontrar su propia solución a este dilema. Había dos enfoques posibles. Una era inspirar desde lo alto como si estuviera bajo la apariencia de una diosa, o como un mascarón de proa sagrado. El otro artificio, bastante más exigente físicamente, era proporcionar de vez en cuando, como lo había hecho Zenobia, el espectáculo de una frágil mujer compartiendo los rigores militares: tal demostración de coraje en el sexo débil estaba igualmente calculada para inspirar.

Tamara practicó ambas artes, presentándose ahora como la diosa o figura decorativa, ahora como la reina general al lado de sus hombres. En casa, hizo planes y planeó batallas, mostrando un don para la estrategia militar. En el campo, antes de la batalla de Cambetch en 1196, incitó a sus hombres con un discurso conmovedor que terminó con «Dios esté contigo». -¡Por nuestro rey Tamara!- gritaron sus hombres en respuesta.

En la famosa batalla de Basiani en 1205 en la que las tropas de Tamara derrotaron al ejército turco, la Reina comenzó en una encarnación y terminó en la otra. Al inicio Tamara, que ahora tenía cuarenta años, marchó con la vanguardia de su ejército, tradicionalmente descalza. Luego arengó a sus hombres, recibiendo una vez más el fuerte: ‘¡Por nuestro rey!’. Al día siguiente dio la orden de montar. Pero en este punto, la Reina, la diosa y el icono, se volvieron demasiado valiosos para confiar en el choque de la batalla, ocupó una posición desde la que podía observar el evento.

No debe subestimarse la temeridad que mostró Tamara al seguir a sus hombres; la constitución de una mujer obligada a sufrir las penurias de la campaña continua, sufría demasiado. Las conquistas por las que este agotamiento fue el precio fueron realmente extensas: en el mapa, la amplitud y la profundidad del territorio georgiano de principios del siglo XIII asombran.

El emir de Ardabil se entregó a una masacre colosal de los georgianos en 1209: doce mil muertos y otros llevados a la esclavitud. Al año siguiente, Tamara ordenó tomar por sorpresa a Ardabil; en venganza, un número equivalente de sus habitantes fueron asesinados, incluido el propio Emir; y esta vez los cristianos capturaron a los esclavos. Sigueron audaces incursiones en en Azerbaiyán y el norte de Persia; a su regreso trajeron consigo una buena parte de su tesoro. La victoria de Basiani resultó en la rendición de Kars por parte del sultán, de la cual el hijo de Tamara, Giorgi, finalmente fue nombrado gobernador.

Con Georgia comerciando no sólo con sus vecinos, sino también con otros países, con rusos, armenios, persas y turcos, inclinándose ante sus órdenes, la reina Tamara tenía en el momento de su muerte un inmenso imperio. “Uno conoce a un león por sus garras y a Tamara por sus acciones”, decía un dicho contemporáneo.

Se ha mencionado la piedad de la reina Tamara hacia su primer marido; es mérito de esta Reina Guerrera que su administración estuvo generalmente marcada por la benevolencia. Los espantosos castigos infligidos por su padre no encontraron cabida en su esquema de gobierno.

La reina Tamara murió el 18 de enero de 1212, después de haber reinado durante veinticuatro años, y fue enterrada en Gelati, la tumba de sus antepasados. Su hijo Giorgi, entonces de dieciocho años, la sucedió. Pero con su muerte, la edad de oro de Georgia se desvaneció rápidamente. Giorgi murió dejando solo un hijo ilegítimo. Su hermana Rusudani fue entonces proclamada ‘Rey’; sus deseos también estaban en marcado contraste con la piadosa austeridad de su madre. En el horizonte, las hordas de Genghis Khan prometían una amenaza para Georgia en el futuro mucho mayor que estas desafortunadas disipaciones por parte de su familia real.

En 1236, poco más de cincuenta años después del ascenso al trono de la reina Tamara, su hija Rusudani huyó de la invasión mongola, dejando sus tierras, que alguna vez fueron el gran imperio de Tamara, para ser saqueadas. La edad de oro de Georgia se había convertido en un recuerdo.

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