Cultura

Matterhorn

Autor: Karl Marlantes. Editorial: Océano. 620 páginas.

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Desde que la musa cantó la cólera funesta del hijo de Peleo, sabemos que la guerra no sólo provoca muerte y destrucción, sino también libros excelentes. Incluso la guerra de desgaste que Estados Unidos perdió en Vietnam. Es el caso de Matterhorn, novela extraordinaria que el lector podrá encontrar hoy en las librerías de saldo de la Ciudad de Buenos Aires, a un precio ridículamente bajo para tanta intensidad narrativa. La obra se encuentra en algún punto entre Tempestades de acero de Ernst Junger (sin sus meditaciones filosóficas) y el film Pelotón de Oliver Stone. Su mayor virtud, después de la atención al detalle, es la dimensión épica. Viajamos a 1969 para conocer el calvario de la Compañía Bravo del Primer Batallón del Vigésimocuarto Regimiento de la Quinta División del Cuerpo de Marines. Viajamos a la selva más inhóspita de la Triple Frontera entre Vietnam del Sur, Vietnam del Norte y Laos.

Una hazaña similar a las que narra la trama encontramos en la factura del libro. El señor Karl Marlantes (Oregón 1944) peleó con honor y bravura en Vietnam. Obtuvo dos corazones púrpuras entre otras condecoraciones. Gastó treinta y tres años para terminar la obra y encontrar un editor. Las mil seiscientas páginas se redujeron a seiscientos y pico en la versión final de Matterhorn, que vio la luz en 2010. La crítica la ovacionó. Fue definida por The New York Times como «una de las más profundas y devastadores novelas que hayan surgido de Vietnam, o de cualquier guerra». Este diario comparte el dictum letra por letra.

Imagínese amable lector una imagen tremenda: Marlantes, exitoso hombre de negocios después de Vietnam, escribe y rescribe febril en el sótano de su casa un domingo a la tarde, exorcizando los demonios del campo de batalla durante tres décadas, acompañado por una veintena de cartas que gritan el rechazo de editoriales, mientras su esposa y sus hijos mueven la cabeza y repiten en las habitaciones de arriba: ¡Oh, papá y su novela!

El libro se destaca por su furor didáctico, al punto que las últimas treinta dos páginas encierran un formidable glosario que describe el argot, la organización militar, las armamento y los equipos usados por los Marines.

GUERREROS JUVENILES

El protagonista de la historia se llama Waldo Mellas. Subteniente de la reserva a cargo del Primer Pelotón de la Compañía Bravo. Se trata de Marlantes, por supuesto. Es un estudiante universitario que descendió al infierno en busca de medallas que impulsen su carrera de abogado y sus ambiciones políticas. Tiene veintiún años, todavía es virgen y a su cargo está la vida de cuarenta y tres hombres, la mayoría recién salidos de la adolescencia. Sorprende la juventud de los guerreros del sudeste asiático. El teniente Fitch, comandante de la Compañía Bravo, veintitrés años. El teniente coronel Simpson, jefe del Primer Batallón, treinta y nueve. El mayor Blakely, el responsable de las Operaciones, treinta y dos. Los eficaces soldados de Vietnam del Norte, diecisiete a lo sumo.

El volumen, compuesto según el realismo más convencional, se destaca por su furor didáctico, al punto que las últimas treinta dos páginas encierran un formidable glosario que describe el argot, la organización militar, las armamento y los equipos usados por los Marines. Es evidente que el señor Marlantes sentía vibrar en el pecho la necesidad imperiosa de exponer a sus compatriotas (y al mundo entero) la experiencia límite que el destino le había preparado como individuo y como miembro de esa comunidad organizada llamada Nación. La perspectiva del narrador va cambiando de lentes (es cínica, indignada o comprensiva) y la escritura nos atrapa con un aluvión de datos. El interesado en la Guerra de Vietnam quedará saciado.

Entre tanta información esclarecedora, uno puede, por ejemplo, cribar siete razones que explican la humillante derrota de la superpotencia:

1) Imposibilidad de Estados Unidos de librar una guerra de desgaste más allá de la próxima elección presidencial (los vietnamitas tenían toooodo el tiempo del mundo).
2) Ordenes asnales. Mandos superiores que aplicaban mecánicamente a Vietnam las experiencias de la guerra de Corea.
3) Oficiales ambiciosos que utilizaron a sus tropas para impulsar sus carreras, sin importar los costos en vidas.
4) Inexperiencia de los mandos inferiores. Los pelotones de Marines estaban comandados por reservistas, novatos venidos del Medio Oeste. A los regulares se los tragó enseguida el conflicto.
5) Desmotivación y brutales tensiones raciales entre las tropas. Mellas debía lidiar con «»pequeños Malcom X y blanquitos palurdos de Georgia»».
6) Politización de la guerra. Movimientos absurdos para satisfacer a congresistas y a los corresponsales de guerra.
7) Un enemigo disciplinado, valiente y convencido de que la verdad y la justicia estaba de su lado.

LA MONTAÑA MALDITA

Matterhorn fue un macizo de 2.300 metros de altura, cuya cima se convirtió en un erial seco a fuerza de C4 y desfoliantes, en uno de esos portaaviones que los norteamericanos construyeron en medio de un mar de selva para intentar -con gran sufirmiento de sus tropas- cortar la ruta de suministros de los comunistas de norte a sur. Fue bautizado así por cierta moda del Pentágono de usar nombres suizos. La urdimbre se teje en torno a esta montaña maldita.

La Compañía Bravo recibe la orden de ocuparla y construir fortificaciones. La Compañía recibe la estúpida orden de abandonarla, marchar ocho días sin alimentos hasta la Cota 1.609 (Operación Sendero de Lágrimas) y limpiar allí el terreno sin herramientas para otra base de ataque. Los nortvienamitas ocupan la fortaleza de Matterhorn. La Compañía Bravo recibe la orden de recuperarla a sangre y fuego. Los bravos muchachos del teniente Fitch lo logran pero sus enemigos se reagrupan y los sitian en el cerro hasta que se les termina el agua y las municiones. Sí, se puede morir de sed en plena temporada monzónica.

Las raciones son asquerosas y los hombres pasan semanas, meses, sin poder ducharse. Los soldados -sometidos a una versión contemporánea de los trabajos de Hércules- ansían perder la conciencia. Fatiga atrofiante.

La novela hilvana todas los peligros que acechaban (y diezmaban) a la infantería de Marina. Sanguijuelas se lanzan desde los árboles sobre los hombres. Al pobre cabo Fischer se le mete uno de estos bichos asquerosos en la uretra (algunos no usaban calzoncillos por la tiña y las úlceras tropicales). En las tinieblas, un tigre mata al soldado Williams; una rara forma de malaria cerebral liquida a Parker. Una mañana, por error, la Fuerza Aérea baña a la Compañía con el Agente Naranja.

Las raciones son asquerosas y los hombres pasan semanas, meses, sin poder ducharse. Las minas, el fuego de morteros, ametralladoras de grueso calibre y la versión moderna de los órganos de Stalin atacan desde la espesura. Los soldados -sometidos a una versión contemporánea de los trabajos de Hércules- ansían perder la conciencia. Fatiga atrofiante.

Y allí va el subteniente Mellas, que había llegado al «inmundo culo del mundo» por un vericueto administrativo. Que descubre que puede ser tan valiente como en una película: «se entregó de modo absoluto al dios de la guerra que lo habitaba…». Pero no sólo es la ética del soldado, sino también la belleza de la camadería que nace de las experiencias compartidas, cuanto más dolorosas más robusta la amistad, ese misterio del universo.

En esta era oscura, afortunadamente tenemos novelas extraordinarias como Matterhorn que nos recuerdan que a casi todas las generaciones les tocan pruebas díficiles de cumplir, y que lo mejor es estar a la altura de la responsabilidad para poder seguir en paz con uno mismo. «Lo que de verdad importa durante el combate -escribió el señor Marlantes- es cómo son las personas cuando están exhaustas».

En la página ciento veintinueve, nos ofrecen otro consejo: «En tiempos de crisis, encuentra el sentido en tareas pequeñitas y prosaicas el sentido de nuestras acciones alejando de las mente las preguntas más profundas que sólo conducen a la desesperación».

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