Política

La trampa del capitalismo chino

La pandemia dejó al descubierto esta situación de descontrol que puede devolver a la pobreza a cientos de millones en el corto plazo.

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Desde antes de la implementación de la hoy tan conocida Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda en 2013, China ha desarrollado una política exterior de provisión de endeudamiento indiscriminado a terceros países –casi exclusivamente los del «Sur Global»–. Hay una razón muy práctica (y perversa) detrás de esta política: si uno le presta a un país con muy mal scoring crediticio, es capaz de imponer unilateralmente las condiciones del contrato.

Ello derivó en que muchos países, que vieron dinero fácil en los ofrecimientos chinos, tomaran deuda por altos porcentajes de sus PBI, cayendo en trampas de deuda. En términos simples, este concepto alude a un fenómeno financiero tan antiguo como la moneda en sí: si uno presta grandes sumas de dinero a un tercero que sabe que no podrá devolverlo, tiene el derecho de recuperar su inversión (y a menudo, bastante más).

China encontró un vericueto legal: si en los términos y condiciones, el deudor accede a ceder su soberanía al acreedor en caso de incumplimiento, entonces se puede eludir la Doctrina y colocar tantas trampas de la deuda como se quiera alrededor del mundo.

Esta práctica financiera, tan usual para los ciudadanos de a pie dejó de implementarse en el mundo a partir de la Doctrina Drago (una de los más importantes aportes de Argentina a la configuración del orden liberal contemporáneo). Sin embargo, China encontró un vericueto legal: si en los términos y condiciones, el deudor accede a ceder su soberanía al acreedor en caso de incumplimiento, entonces se puede eludir la Doctrina y colocar tantas trampas de la deuda como se quiera alrededor del mundo.

A la par del aumento de la incidencia económica global de China, también ha crecido su soft power, es decir, su capacidad de influenciar la política de otros países. Una de las estrategias más exitosas en este marco es la discursiva que, entre otras cosas, resalta dos aspectos de la realidad china: es una potencia económica que ha «sacado» a millones de personas de la pobreza, y por eso, la dirigencia del Partido Comunista es nacionalista, es decir, piensa primero en su nación.

Este discurso ha calado profundo entre los sectores iliberales de Occidente, tanto de izquierda como de derecha, que ven en Xi Jinping a un líder fuerte, que protege a los suyos contra la amenaza que –alegan– nosotros mismos representamos para China. Algo similar ocurre con la Rusia de Putin y los justificativos de la invasión a Ucrania. Pero en ninguno de los dos casos el discurso refleja la realidad, sino más bien un mundo simbólico en el que viven estos líderes, y en el que quieren que también vivan los demás.

Curiosamente los temas de la trampa de la deuda, la reducción de la pobreza y el nacionalismo chinos se encuentran hoy en una conjunción. Después de que una nueva ola de contagios de COVID-19 apareciera a mediados de marzo, las autoridades dictaron el confinamiento estricto en varias ciudades; la más importante de ellas, la megalópolis de Shanghái. Desde entonces, decenas de millones continúan encerrados, en consonancia con la política de «COVID cero» del Estado-partido, que implica que, si el número de contagios diarios supera el millar, zonas enteras del país deben entrar en un estado de parálisis hasta que se baje su tasa diaria de contagios, aún si ella representa menos de la millonésima parte de la población.

La implementación indiscriminada y sin reparos del confinamiento –que es monitoreado por patrullas militares– ha causado estragos en una población que se jacta de ser mayoritariamente de clase media que, si bien –de acuerdo a los parámetros internacionales de sus ingresos– lo es, en muchos casos no tiene la capacidad para pasar ni un solo mes sin ingresos. Aquí se deja al descubierto la cara más cruel del «capitalismo salvaje» que denuncia hacia afuera la dirigencia comunista.

La implementación del confinamiento –que es monitoreado por patrullas militares– ha causado estragos en una población que se jacta de ser mayoritariamente de clase media que, si bien lo es, en muchos casos no tiene la capacidad para pasar ni un solo mes sin ingresos.

Históricamente, en el mundo desarrollado, el aumento de ingresos de los hogares vino acompañado de un incremento proporcional de los servicios sociales públicos, pensados como una red de contención frente a los imprevistos de la vida. Estos servicios construyeron la base del Estado de Bienestar, y hasta la actualidad mantienen su centralidad aún con gobiernos que abogan por una reducción del Estado.

En China esta red de contención está completamente ausente. Debido a una mezcla de burocracia segregacionista que controla la movilidad de los ciudadanos, y a una mercantilización indiscriminada de los servicios básicos, el mercado chino se ha convertido en un mundo de oportunidades para hoy, pero de hambre para mañana si no se tiene capacidad de ahorro. La pandemia dejó al descubierto esta situación de descontrol que puede devolver a la pobreza a cientos de millones en el corto plazo.

Este peligro no afecta exclusivamente a la clase media baja (en la que los autónomos y los trabajadores migrantes son los que afrontan mayor riesgo de un setback financiero serio), sino que también impacta en la clase media alta, aquella que tiene activos por más de un millón de dólares. Aquí es importante hacer una aclaración respecto a las mediciones socioeconómicas de China, que casi siempre han sido manipuladas para reflejar una realidad que se adecúe al relato oficial. Si bien los millonarios se cuentan por millones (valga la redundancia), sólo se contabiliza su valor bruto, por lo que los pasivos no inciden en los números. Si así lo hicieran, muchos de ellos hasta tendrían un valor neto negativo, así como varias empresas, entre las que se cuenta el infame caso de Evergrande.

Este fenómeno constituye un clásico ejemplo de crecimiento a través de deuda insustentable dado que, a fin de mantener los indicadores económicos en verde, se ha recurrido a la deuda como financista de un consumo sin contraparte. Así, y de acuerdo con las cifras de la Institución Nacional para las Finanzas y el Desarrollo de China, el apalancamiento de los hogares muestra un crecimiento hasta el 62,2% de sus activos en 2021, desde solo un 5% en el 2000. Este es un nivel superior a la media de la Unión Europea, y cercano a los niveles de apalancamiento en Estados Unidos y Japón, todas economías con sólidas redes de contención social, que se hicieron visibles durante los confinamientos tempranos de la pandemia.

Si bien los millonarios se cuentan por millones (valga la redundancia), sólo se contabiliza su valor bruto, por lo que los pasivos no inciden en los números. Si así lo hicieran, muchos de ellos hasta tendrían un valor neto negativo, así como varias empresas.

Este enorme endeudamiento se traduce en una situación que se replica en muchos otros indicadores económicos chinos: el de una potencia económica con sectores enteros que son insustentables, que priorizan la especulación para alimentar indicadores que reflejen una realidad artificial. Esta burbuja financiera se hizo evidente el año pasado con el default de la mencionada Evergrande que, sumado a cesaciones de pago por parte de otras empresas fuertemente apalancadas, dejó a miles de inversionistas con pérdidas de más de 14 mil millones de dólares sólo el año pasado.

La crisis desatada en el sector inmobiliario, luego de años de construir propiedades con sobreprecio que nunca se han habitado, es uno de los principales factores que inciden en la crisis de la deuda hogareña. Es que cientos de millones de chinos se han endeudado extensamente –muchas veces muy por encima de su capacidad real de repago– para adquirir no sólo una vivienda, sino a veces varias propiedades, con la expectativa de que la burbuja siguiera creciendo, generándoles así ganancias extraordinarias.

Hoy esa expectativa ha demostrado la fragilidad de los supuestos sobre la que estaba basada: el principal, que el Gobierno rescataría a los privados en caso de estar en problemas. Por el contrario, la dirigencia del Estado-partido ha aprovechado la crisis para aumentar su market share, ya sea a través de la compra de empresas defaulteadas a precio de subasta, o por medio de la ejecución de contratos bancarios, en un sistema que está dominado por cinco bancos estatales (el Industrial and Commercial Bank of China, el Bank of China, el China Construction Bank, el Agricultural Bank of China, y el Bank of Communications).

De esta manera, el Estado-partido ha construido una trampa de deuda en casa: a través de políticas que promovieron el endeudamiento indiscriminado por décadas, sumadas a la capacidad de prevenir cualquier rescate privado indeseado, hoy está ocurriendo una enorme transferencia de riqueza desde las empresas privadas y los hogares chinos a las arcas estatales. Es discutible si este fenómeno haya sido planeado o es fruto del azar (algo muy difícil en la China comunista), pero sí demuestra una verdad inequívoca: el proceso de «sacar» de la pobreza a cientos de millones de chinos no es en absoluto lineal y, lo que es peor, es reversible.

El proceso de «sacar» de la pobreza a cientos de millones de chinos no es en absoluto lineal y, lo que es peor, es reversible.

Así, con la connivencia del Gobierno comunista, que añade al problema estructural del endeudamiento un práctico Estado de sitio en sus megalópolis, hoy una parte importante de la población se encuentra en aprietos financieros que difícilmente se resolverán con políticas de aplicación limitada, como la extensión de los plazos de los préstamos o la reducción de las tasas de interés, que ante la presión social se aprestan a aplicar las autoridades locales. Por el contrario, y a medida que los desajustes financieros sigan manifestándose, probablemente no queden sectores de la economía china sin perder en el futuro cercano, aparte –claro está– de la dirigencia del Estado-partido, que legisla para no sólo aislarse de los problemas, sino que aprovecha el río revuelto para obtener ganancias pescando entre sus connacionales.

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