Sociedad

La guerra contra la belleza

La ideología woke percibe a la belleza como una blasfemia, un lacerante insulto.

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La belleza es un valor supremo, algo que perseguimos por sí mismo, y para cuya búsqueda no es necesario dar más razones. Por lo tanto, la belleza debe compararse con la verdad y la bondad, un miembro de un trío de valores últimos que justifican nuestras inclinaciones racionales”, 
Sir Roger Scruton: Beauty: A Very Short Introduction

En 1948 comenzó a celebrarse una de las galas más famosas del mundo, la “Gala del MET”, un millonario evento benéfico que tiene lugar en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York y cuyo destinatario es el Instituto del Traje del mismo museo. Hace pocos días tuvo lugar la edición del 2022 y el tema de la gala era una retrospectiva de la moda americana desde finales del siglo XIX hasta el presente pero, como todo evento que reúne a la élite hollywoodense, no podía faltar la cuestión de la cultura woke tan omnipresente entre esta grey.

De forma tal que lo que más impactó no fue la deslumbrante belleza y glamour de algunos asistentes, sino la obcecada fealdad buscada por otros, por la mayoría. Año a año, la vara de las abominaciones estéticas se va corriendo y en la batalla entre lo bello y lo feo viene ganando lo segundo. Sirva pues la triste degradación de un evento cuya finalidad es exclusivamente estética, para pensar ¿qué problema tenemos con la belleza?

Ojo, que no se trata sólo de la bendita gala de la discordia, se trata de un conglomerado de manifestaciones plásticas, arquitectónicas, publicitarias, musicales, manifestaciones de todos los órdenes. Se trata de la forma en la que deciden presentarse los colectivos identitarios en marchas y protestas. Se trata de una apelación permanente a la deconstrucción de una normatividad estética que la ideología woke considera opresiva. Una ideología que percibe a la belleza como una blasfemia, un lacerante insulto.

Existe, cada vez más, lo “políticamente feo”, se milita la fealdad como objetivo político.

Les ofenden las contiendas de belleza, la sensualidad basada en la armonía y sobre todo el deseo simple y llano de agradar. Existe, cada vez más, lo “políticamente feo”, se milita la fealdad como objetivo político. Como si los humanos no hubiéramos buscado siempre una estética que moldeara nuestras civilizaciones. Como si la belleza debiera ser deslegitimada en su humanismo. 

Escribía hace un tiempo François Bousquet: “Ninguna otra civilización ha repudiado la belleza. Todas las civilizaciones que nos han precedido han sabido crear su forma propia, su forma específica, su arquitectónica. Así es desde las sociedades megalíticas, los dólmenes, los túmulos funerarios, como anteriormente a ellas lo fue con el arte parietal, que data de hace casi 30.000 años. Concebir el mundo es llevar a la luz una forma, un lenguaje; es simbolizar plástica, figurativa, arquitectónicamente, una concepción del mundo. ¿Cuál es el primer gesto que efectúan los griegos cuando se hacen griegos? Es el de crear una cosmogonía, porque una cosmogonía ordena el mundo, le otorga la armonía que le corresponde. Una cosmología hace entrar lo contingente en lo eterno; un eterno precario, sin duda, pero que libera al hombre de su finitud, de su incompletud

Acierta Bousquet en apelar a los griegos y a su insistencia en sostener una cultura basada en la ética y la estética que luego la tradición judeocristiana transformó en esto que llamamos occidente. Pero las culturas no occidentales también necesitaron de la estética para conformar su cosmogonía. No existe cultura que no tenga un patrón de belleza y, si bien este patrón puede transformarse y mezclarse, sigue siendo una pulsión por representar lo bello como lo bueno, lo superior. Lo que resulta “novedoso” de este extraño momento que nos toca vivir, es el deseo expreso y político de profanar la belleza y darla por mala, por dañina.

La célebre batalla cultural se libra en infinitos tableros y con amañadas reglas. Cuando sólo percibimos los tableros electorales o económicos se nos escapan contiendas moleculares, imprecisas, solapadas, sutiles. Entender el mundo en blanco y negro, con categorías anticuadas tampoco ayuda para comprender que la belleza es un blanco político. La batalla por la belleza acobarda porque habitualmente se da por buena una acepción excluyente, propia del cinismo, la hipocresía y muy apta para el resentimiento. Se trata de una cuestión fundamental atravesada por una semántica traicionera. 

Lo que resulta “novedoso” de este extraño momento que nos toca vivir, es el deseo expreso y político de profanar la belleza y darla por mala, por dañina.

La belleza puede ser desconcertante, perturbadora, sagrada o profana, puede afectarnos de desigual manera, pero nunca nos deja indiferentes” decía Sir Roger Scruton, el filósofo británico, que dedicó un gran parte de su trabajo a estudiar el fenómeno. A los temas estéticos dedicó famosos textos como: Art And Imagination: A Study in the Philosophy of Mind (1974), The Aesthetics of Architecture (1979), The Aesthetic Understanding: Essays in the Philosophy of Art and Culture (1983), Beauty (2009), y se puede encontrar fácilmente y en varios idiomas su documental Why beauty matters (BBC Two, 2009).

Consideraba Scruton que la belleza y sobre todo la búsqueda de la belleza en el arte, era un remedio contra el sufrimiento, el caos y el desorden, una forma de percibir el mundo como nuestro hogar, un espacio de contención, amigablemente habitable y que nos permitía aproximarnos a la comprensión de nuestra propia naturaleza. Sostenía que la ausencia de belleza tenía consecuencias catastróficas porque vaciaba a la vida de sentido y de grandeza. Pero además decía que la búsqueda de la fealdad, el afán de escándalo y de lo chocante, cuando se repite se torna aburrido e inocuo. 

Tanta razón tenía Scruton, que fue en una edición anterior de esta misma Gala del MET cuando la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, autopercibiéndose Norma Rae, asistió con un costosísimo vestido que ceñía sus heteronormativas curvas, con una leyenda que rezaba: “Tax the Rich”. En este sentido, la búsqueda revolucionaria de las vanguardias estéticas del Siglo XX, sólo tuvo sentido cuando interpelaba la hegemonía. Pero en pleno Siglo XXI, la deconstrucción del patrón de belleza como un objetivo político de las élites ¡es el mismísimo hegemón!. Que el establishment busque hacerse el rebelde desde el altar de sus privilegios un siglo después no puede ser más que una escenificación patética, una revolución concebida como parque temático, un videojuego en el que, comiendo pochoclo desde el confort de sus prerrogativas, juegan a tomar la Bastilla.

Volviendo a las guerras moleculares, la fealdad como militancia política plantea una batalla por las representaciones. En este sentido, no dar la batalla no es anularla, es perderla.

Volviendo a las guerras moleculares (disculpará el lector la obsesión de esta servidora), la fealdad como militancia política plantea una batalla por las representaciones. Que quede claro que esa batalla está teniendo lugar ahora, y es brutal. En la publicidad de Victoria’s Secret, en las películas para niños, en el packaging del shampoo, en el vestuario de las óperas, en la paleta de colores de los autos, en el diseño de las plazas, los ejemplos son infinitos. La batalla por las representaciones es un gigantesco campo de Marte librado a su suerte. En este sentido, no dar la batalla no es anularla, es perderla. Que la corrección política impida decir que algo es desagradable es una derrota en toda línea, porque se trata de uno de los infinitos tableros: el de la concepción estética del mundo. De nuevo, no se trata de una debate por la diversidad cultural de la estética: por ejemplo el Taj Mahal versus La catedral de Notre Dame. No. Se trata de occidente contra sí mismo, pintándole bigotes La Gioconda.

La fealdad invade en todas partes y afecta no sólo a lo suntuoso. La ausencia de belleza, de equilibrio, de armonía afecta a la gente de a pie, la que no asiste a las galas. La belleza mínima, individual, íntima, franca, simple, es la primera que está en peligro, porque todas las bellezas demandan precisión, detalle, voluntad, atención, tiempo, esfuerzo y un proyecto personal y comunitario. Desear y construir un entorno bello es un compromiso y requiere una actitud reñida con la desesperanza, el conformismo y el odio al sistema. Que la búsqueda de lo que agrada a los sentidos deje de tener una valoración positiva es terriblemente descorazonador. El valor de la belleza como aspiración y sentido es sistemáticamente taladrado por lo políticamente correcto.

Que la búsqueda de lo que agrada a los sentidos deje de tener una valoración positiva es terriblemente descorazonador. El valor de la belleza como aspiración y sentido es sistemáticamente taladrado por lo políticamente correcto. La belleza no puede ser opresiva para la civilización porque la belleza ES la civilización.

Claro que existen cuestiones relativas al “gusto” y a aquel dicho que sostiene que no se puede teorizar sobre él. Esta premisa identifica al juicio estético con la subjetividad, pero esto no aleja a la belleza de su valor positivo, esto es “me gusta algo porque para mí ese algo es bello o bueno”, de forma tal que la belleza se vuelve a imponer como valor positivo en sí mismo. Pero la cuestión acá no es sobre “gustos”, sobre percepciones individuales de la belleza sino el hecho de que se pierda la fe en la belleza como un ideal. Para todas las civilizaciones, la belleza ha sido la manera de mejorar el entorno, de huir de la rutina y de la miseria. La belleza no puede ser opresiva para la civilización porque la belleza ES la civilización.

Preferir la fealdad del mundo, normalizar lo desagradable, buscar el conformismo y hasta promover lo antiestético es conjurar contra la evolución y el desarrollo. Por eso es urgente plantearse abiertamente la defensa de la belleza y su búsqueda permanente, porque, como decía Scruton, es la búsqueda del sentido, de aquello que creemos que vale la pena preservar.

El sentido de la belleza frena la destrucción al representar su objeto como irremplazable
Sir Roger Scruton: Face of God: The Gifford Lectures. 

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