Política

La democracia iliberal

Para esta llamada democracia, el pueblo nunca es la consideración primordial. Lo primordial es la existencia de esos pocos que manejan los hilos en una democracia, esas élites para las cuales las amplias masas no les interesan en lo más mínimo, excepto durante las elecciones.

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El 9 de mayo pasado Ferdinand Marcos Jr. ganó las elecciones presidenciales de Filipinas, devolviendo al poder al clan familiar, treinta y seis años después del derrocamiento de su padre dictador, que gobernó el archipiélago del sudeste asiático con mano de hierro durante tres décadas. «Bongbong», su apodo de la infancia convertido en grito de guerra, obtuvo más del 50% de los votos, más del doble que su principal rival, la vicepresidente Leni Robredo, y se convirtió en el primer presidente filipino que obtiene la mayoría absoluta.

Con 30 millones de votos, el heredero de la presidencia ganó contundentemente la vistosa elección en una sola vuelta sobre los otros nueve candidatos, esta cifra es casi el doble de la obtenida por Rodrigo Duterte hace seis años atrás, lo que ofrece una base democrática sin precedentes al hijo del difunto autócrata, que hizo campaña con un mensaje de «unidad» y un relato de “vengador de la historia familiar, sobre las élites de Manila” que habían hecho caer a su padre, cumpliendo los deseos de su madre Imelda, que había fracasado dos veces en las urnas, y presentando el férreo gobierno de su padre como una «edad de oro» en este país emergente de 109 millones de habitantes.

Mientras la guerra de Ucrania se vende como autorcracia vs democracia a escala mundial, la victoria de Marcos consagra «la venganza de los hombres fuertes».

En contraste, los “líderes del mundo libre” como Emmanuel Macron, Boris Johnson y los candidatos del partido demócrata en Estados Unidos sortean elecciones con exhiguas mayorías en el mejor de los casos. Macron reeligió para un segundo mandato presidencial en una drámatica elección frente a Marine Le Pen que ha conseguido el mejor resultado de su historia y con un 28,2% de abstención (la más alta en muchos años), puede que muchos de los que hace cinco años votaron por Macron, esta vez no lo hayan hecho, desilusionados.

En los últimos años “la democracia está bajo asedio”: de acuerdo con Varieties of Democracy, desde 2015 el número de países que experimentan un retroceso democrático ha superado al número de los que se han democratizado y lo describe como la “era de la autocratización”

La de Macron es una victoria agridulce que tiene por delante las elecciones legislativas de junio. En el Reino Unido hubo elecciones municipales y locales por primera vez desde que Boris Johnson fue electo en 2019 y los laboristas consiguieron muy buenos resultados por el desencanto conservadores del primer ministro. Por su parte, las encuestas no dejan de mostrar un panorama negro para los candidatos demócratas que se están definiendo ahora para las elecciones legislativas de octubre próximo, y los niveles de desaprobación del presidente Biden no dejan de caer semana tras semana.

A riesgo de simplificar la situación de cada país, podemos coincidir que en los últimos años “la democracia está bajo asedio”: de acuerdo con Varieties of Democracy, una organización que monitorea el desarrollo global de la democracia, desde 2015 el número de países que experimentan un retroceso democrático ha superado al número de los que se han democratizado y lo describe como la “era de la autocratización”. Sin embargo, los húngaros que le dieron la aplastante cuarta victoria a Viktor Orban por el 53%, o los indios que eligieron a Narendra Modi por el 55%, no ven esta falsa dicotomía entre autoritarismo vs democracia; para ellos son gobiernos plenamente democráticos y representativos de la voluntad popular.

La distinción entre Autoritarismo y «Democracia» es una falsa distinción que debe ser desechada si queremos escapar de la hegemonía ideológica del liberalismo. En mi opinión, la democracia es algo bueno en el sentido esencial del término: que un pueblo se gobierne a sí mismo. Pero la cuestión es cómo es posible en realidad. La respuesta dada por el liberalismo de dividir al pueblo en votantes individuales dentro de algún procedimiento electoral, ahora demostrando que no logra la promesa de que un Estado y sus leyes representen la voluntad del pueblo.

La conclusión típica que la gente saca de esto es que la democracia es imposible porque una minoría de élite siempre gobernará la sociedad. Es lo que mis lectores tal vez pensaron con la serie de artículos sobre Teoría de las Élites (https://faroargentino.com/2022/03/guia-para-la-derecha-radical/). Pero esto supone que una minoría de élite tendrá necesariamente su propio interés en gobernar, y que este interés está necesariamente en conflicto con los intereses del pueblo en general. Sin embargo, la refutación encarnada de este punto de vista es China, una nación que afirma ser una «República Popular» y que, sin embargo, rechaza con orgullo y por razones de principio el liberalismo.

De acuerdo con una encuesta de opinión pública a largo plazo realizada en China por el equipo de investigación del Ash Center, que llevó 15 años y que recogió datos de 32.000 individuos, descubrió que, en comparación con los patrones de opinión pública de Estados Unidos, en China había una satisfacción muy alta con el gobierno central. En 2016, el último año en que se realizó la encuesta, el 95,5% de los encuestados estaban «relativamente satisfechos» o «muy satisfechos» con Pekín. En contraste con estos resultados, Gallup informó en enero de este año que en su última encuesta sobre la satisfacción de los ciudadanos estadounidenses con su gobierno federal solo el 38% de los encuestados estaban satisfechos con el mismo.

Parece que hay un procedimiento mejor que el que ofrece el liberalismo para representar la voluntad del pueblo en el Estado, sea lo que sea que hacen en China. Por supuesto, no hay duda de que una minoría de élite gobierna China, la dirección del Partido Comunista. La élite en China considera claramente que sus intereses y los intereses del pueblo chino son uno y el mismo, y el pueblo chino está de acuerdo.

La pregunta clave que debemos responder es por qué esta élite minoritaria actúa en interés de la mayoría de su pueblo, cuando nuestra élite gobernante en Occidente no lo hace. Creo que esta pregunta equivale a por qué China tiene democracia y nosotros liberalismo. La cuestión de la democracia no es entonces cómo superar la voluntad de las élites en nombre del pueblo, sino cómo una élite llega a identificarse con la voluntad del pueblo.

Tal vez sea más exacto decir que hay dos liberalismos: el «liberalismo burgués» del siglo XIX, centrado en los derechos de propiedad privada, y el «liberalismo victimista» de hoy, centrado en los derechos de las minorías.

La razón por la que llamo a nuestro sistema actual «liberalismo» es porque así se llama a sí mismo. Entiendo el argumento de que el sistema actual se describe con más precisión como «post-liberal» en lugar de «liberal», si se quiere ser técnico al respecto (lean el libro de Gottfried «After Liberalism» sobre esto), pero eso es lo que pasa con el significado de los términos, no están grabados en piedra. Tal vez sea más exacto decir que hay dos liberalismos: el «liberalismo burgués» del siglo XIX, centrado en los derechos de propiedad privada, y el «liberalismo victimista» de hoy, centrado en los derechos de las minorías.

Por eso el liberalismo burgués se basaba en cierto modo en los estándares actuales -era compatible con el etnonacionalismo y no estaba contaminado por el feminismo-, se trataba de los derechos de propiedad. Pero este concepto liberal burgués de la política simplemente tiene cero relevancia hoy en día, fue destruido por las dos guerras mundiales y lo que James Burnham llamó “La revolución de los directores”.

El liberalismo victimista surgió en continuidad con el liberalismo burgués, diría yo. Básicamente, la élite burguesa (capitalista financiera) temía los enfoques fascistas del gerencialismo que surgieron en la primera mitad del siglo XX y necesitaba adaptar el liberalismo a este nuevo enemigo ideológico: donde el liberalismo burgués se definía en su reacción/oposición al absolutismo, el liberalismo victimista se redefinió en reacción/oposición al fascismo.

Esto requería la inversión de la alianza del liberalismo burgués con la democracia mayoritaria, que ahora se consideraba sospechosa: el temor era que la próxima vez que se repitiera la gran depresión, las masas votaran a Hitler II. Por lo tanto, el liberalismo tuvo que ser redefinido en términos de desempoderamiento de esta mayoría potencialmente tiránica, al igual que originalmente se definió en términos de desempoderamiento de la monarquía absoluta potencialmente tiránica.

Así, cuando los liberales victimistas como Obama hablan del «orden mundial liberal» y de la «democracia», lo que realmente quieren decir es antifascismo – etnopluralismo/multiculturalismo, feminismo, «derechos» de los transexuales, etc. Y, como ahora está claro, este concepto minoritario de legitimidad ideológica está respaldado por una formidable estructura de gestión propia: una red de ONGs, grupos de reflexión, fundaciones e instituciones académicas y de medios de comunicación, todos ellos en un círculo de consenso ideológico que utilizan apelaciones poco sinceras a la forma política liberal burguesa para restringir ideológicamente a la derecha para que no se apodere del Estado.

El liberalismo tuvo que ser redefinido en términos de desempoderamiento de esta mayoría potencialmente tiránica, al igual que originalmente se definió en términos de desempoderamiento de la monarquía absoluta potencialmente tiránica.

Así que por esta razón creo que tiene sentido mantener el término liberalismo para describir el sándwich ideológico que forma la conciencia política dominante en Occidente hoy. Es el espectro del individualismo burgués retenido en la mente del conservador lo que le impide atacar al liberalismo victimista con el enemigo ideológico que verdaderamente teme: el fascismo. La tesis schmittiana de que el liberalismo y la democracia tienen contradicciones inherentes encuentra aquí una fuerte confirmación.

El resurgimiento de este tipo de debate me parece fundamentalmente interesante, ya que el liberalismo estadounidense/occidental, a la luz de los acontecimientos de la última década (el fin de la unipolaridad y el ascenso del populismo), se enfrenta ahora a la necesidad de renormalizar pragmáticamente a los aliados autocráticos y convertirse en democracias guiadas para salvar el «liberalismo», sea lo que sea que eso signifique ahora. El «liberalismo» básicamente debe violar su autojustificación ideológica central para «preservarse» o arriesgarse a ser víctima de las limitaciones que impone su autoconcepto ideológico.

Por eso, el argumento de que lo que tenemos ahora no es realmente liberalismo en el sentido clásico del término es bastante fuerte, y por eso, si vamos a mantener la etiqueta que sugerí, debemos llamar a esta nueva forma mutante «liberalismo victimista», ya que se justifica a sí mismo sobre la base de los derechos de las minorías, no de los individuos. Si un grupo de individuos se agrupa para convertirse en una mayoría, eso es populismo y esto para el liberalismo victimista es fascismo y por lo tanto no puede ser tolerado. Para esta llamada democracia, el pueblo nunca es la consideración primordial. Lo primordial es la existencia de esos pocos que manejan los hilos en una democracia, esas élites que nos odian para las cuales las amplias masas no les interesan en lo más mínimo, excepto durante las elecciones.

Si un grupo de individuos se agrupa para convertirse en una mayoría, eso es populismo y esto para el liberalismo victimista es fascismo y por lo tanto no puede ser tolerado.

En Filipinas, Hungría o India el sistema es una democracia. El autoritarismo puede ser democrático, por eso «Bongbong» es lo que los filipinos quieren, Orban es mayoritariamente relegido porque es la voluntad del pueblo húngaro.

“Necesitábamos afirmar que una democracia no es necesariamente liberal. Aun sin ser liberal, puede ser una democracia … Las sociedades liberales, no son capaces de construir naciones exitosas. Por ello, considerando el ejemplo de países como Singapur, China o Rusia, hay que abandonar los principios y valores liberales para organizar la sociedad….El nuevo Estado que estamos construyendo es un Estado iliberal”.
Viktor Orban, julio de 2014.

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