Sociedad

Contra la Igualdad

El problema que enfrenta la humanidad -desde lo económico- no es la igualdad (o la desigualdad), sino la pobreza.

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En la plataforma electoral 2019 de la alianza conocida popularmente como “Cambiemos”, se sostuvo:

“La política social se concentrará en la ejecución de mecanismos de provisión de bienestar con el objetivo final de crear pisos mínimos de igualdad que se impongan por sobre las diferencias sociales de carácter estructural. (…) Alcanzar una política de protección social universal que otorgue cobertura ante los riesgos sociales a toda la población es base a su condición de ciudadanía. Vamos a institucionalizar y expandir la Asignación Universal por Hijo (AUH) para disminuir el nivel de desigualdad, pobreza e indigencia en la Argentina.”

Para esa misma elección de 2019, la plataforma de la alianza “Frente de Todos” señalaba:

“Reconstruir una educación pública que impulse el crecimiento y la igualdad constituye para nosotros una premisa ética y política. Porque no hay crecimiento sin igualdad y no hay igualdad sin educación pública de calidad.”

En marzo de 2022, el presidente Alberto Fernández, elegido por el “Frente de Todos” manifestó que “(…) una sociedad más justa se construye si todos los días inyectamos igualdad (…)”. Y dos años antes advertía en un reportaje: “Vine a poner más igualdad en la sociedad argentina”.

Y en 1999, para cerrar este breve muestrario, se publica el libro “El desafío de la igualdad”, uno de cuyos autores era Horacio Rodríguez Larreta, actual pre-candidato presidencial por la alianza “Cambiemos”.

La idea que recorre estas expresiones, afirmaciones o títulos, es la misma: la igualdad.

Desde una perspectiva moral, ni la igualdad tiene relevancia, ni la desigualdad es cuestionable. Desde lo moral, lo realmente importante es que cada individuo tenga lo suficiente, no lo mismo que los otros individuos.

Hay en la clase política (no sólo argentina, pero aquí se expresa en forma exacerbada) una obsesión por la igualdad. Igualdad de género, igualdad de derechos, igualdad de oportunidades son expresiones que pululan los discursos y las narrativas, pero con un trasfondo poco disimulado: el de la igualdad económica.

La preocupación mundial por la desigualdad deviene de la entronización moral de la idea de que la igualdad es un imperativo moral. Y no lo es; incluso, como afirman distintos pensadores, la búsqueda de la igualdad económica es un proceso pernicioso. El problema que enfrenta la humanidad -desde lo económico- no es la igualdad (o la desigualdad), sino la pobreza.

Desde una perspectiva moral, ni la igualdad tiene relevancia, ni la desigualdad es cuestionable. Desde lo moral, lo realmente importante es que cada individuo tenga lo suficiente, no lo mismo que los otros individuos.

Contra la valoración positiva de la igualdad económica se esgrimen diversos argumentos. Un primer argumento hace foco en la cuestión de la relación entre igualdad y libertad. Se plantea que en el orden natural del desenvolvimiento capitalista, la plena libertad de acción entre los hombres deriva, necesaria e ineludiblemente, hacia la desigualdad económica entre ellos. Por ende, quienes procuran abolir dicha desigualdad, deben acometer contra la libertad individual.

Otro argumento, igualmente importante, señala que el igualitarismo económico se referencia no en el individuo, sino en los ingresos o riquezas que poseen otros. Es decir, la igualdad se mide por cuánto posee otro, no es función de los propios intereses, circunstancias o ambiciones del individuo. De este modo, la medición de la igualdad se realiza en base a un cálculo (lo que ganan o poseen otros), relegando los aspectos de la propia vida del individuo.

Al perseguirse la igualdad en función de los otros, se difuma la individualidad de uno, lo que desea, lo que necesita, lo que le satisface. En tanto esto, la persecución de la igualdad económica es, esencialmente, alienante: separa al individuo que persigue la igualdad, de su propia realidad individual.

La persecución de la igualdad económica, pautada en función de los ingresos o la riqueza de terceros, implica comparación de la economía del individuo respecto de la economía de otros individuos, desdibujándose el lugar de uno mismo, contribuyendo, en definitiva, a cierta desorientación moral.

La plena libertad de acción entre los hombres deriva, necesaria e ineludiblemente, hacia la desigualdad económica entre ellos. Por ende, quienes procuran abolir dicha desigualdad, deben acometer contra la libertad individual.

Colateralmente, hay un tercer argumento contra la idealización de la igualdad, y es que al colocarla como imperativo moral, se desvía la atención de otras consideraciones de mayor relevancia humana. Y esto es así, en tanto que funciona a modo de atajo heurístico: se cambia una cuestión relevante por otra que al entendimiento le es más fácil responder. Y ese cambio implica que se presta atención a cómo repartir equitativamente la riqueza, en vez de reflexionar sobre un tema más complicado, pero más significativo, como es el de la suficiencia. Como señala H. Frankfurt, es más fácil calcular la división de la riqueza social por la cantidad de individuos, que reflexionar sobre qué parte de esa riqueza necesita un individuo determinado para tener suficiente.

Para el igualitarismo económico, lo relevante (lo negativamente relevante) es que un individuo tenga menos ingresos o riqueza que otro individuo, dejando de lado la cuestión esencial de considerar si cuánto posee un individuo es suficiente o no para satisfacer sus necesidades (cultural, histórica, psíquica, social y territorialmente determinadas).

La suficiencia implica que los ingresos o la riqueza de un individuo le permiten alcanzar un estándar de consumo de bienes y servicios que le generan satisfacción. Como se deriva de esta apreciación, la suficiencia dista significativamente de alcanzar un piso mínimo de ingresos que le permitan satisfacer sus “necesidades básicas”. No es superar el umbral de la miseria económica, sino tener lo suficiente para sentirse satisfecho, y esa satisfacción puede estar más cerca o más lejos de aquel umbral mirado objetivamente, pero sin relación stricto sensu con él, desde la perspectiva subjetiva del individuo. Avanzando en esta dirección, es posible afirmar que tener apenas lo suficiente es no tener bastante en lo absoluto.

Los defensores del igualitarismo que intentan plantear un posición técnica en favor de su perspectiva, esgrimen la afirmación de que la utilidad agregada de la renta de una sociedad será mayor si se distribuye en términos equitativos no desiguales. De esto se infiere que para cada individuo la utilidad del dinero decrece en el margen, y la función de utilidad de todos los individuos son idénticas. Ambas inferencias son erróneas: la utilidad decrece en el margen en el caso de consumo de bienes, no en el de la recepción de dinero, dada la elevada versatilidad del mismo; y por su parte, la función de utilidad de cada individuo es diferente en tanto depende de la individualidad del mismo.

Con una política de redistribución económica que persiga la igualdad, una unidad monetaria aportará menos utilidad a la persona relativamente más rica y más utilidad a la persona relativamente menos rica. Esto implica que la utilidad agregada debe crecer cuando la desigualdad se reduce al entregarse una unidad monetaria al que menos tiene, unidad que procede de un individuo que la había obtenido por su trabajo o inversión.

Este razonamiento y su puesta en práctica, tal como demuestra Richard Robb, conduce a desencadenar procesos inflacionarios de precios, en tanto que la producción de bienes consumibles no crece automáticamente cuando se redistribuye la renta. En tanto que los receptores de la redistribución se tornan en consumidores de dichos bienes, la carestía relativa de los mismos conduce, inevitablemente, a aumentos de precios. Y esta inflación se expresa en desiguales comportamientos en el consumo: a) los individuos de mayor riqueza relativa (sujetos de la extracción de riqueza por parte de la política redistributiva) pueden seguir consumiendo, pese a todo; b) los individuos de riqueza relativa media consumirán sustancialmente menos, puesto que sus ingresos -pese al esfuerzo individual al que se sometan- no compensarán el aumento de los precios; c) los individuos de menor riqueza relativa (destinatarios centrales de las acciones redistributivas) se tornarán nuevos consumidores que, por un lado, impactarán con su demanda en el aumento de los precios de los bienes cuya producción no sigue el ritmo de esa demanda, y por el otro, no llegarán a compensar la menor generación de riqueza por parte de los otros dos sectores, que se ven desincentivados a producir/ganar más, dado que el plus que produzcan será cooptado por la política redistributiva.

Como resultado del proceso estilizado, la utilidad agregada no crecerá, con lo cual todo este enfoque del razonamiento igualitarista se muestra inconsistente. De hecho, hace más de medio siglo Nicholas Rescher demostró que la distribución igualitaria de la renta minimiza (cuando no anula) la utilidad agregada.

Los igualitaristas sostienen como una verdad revelada la idea de que nadie debería tener más que los demás, mientras haya individuos que no tengan lo necesario para vivir (que no logren cruzar el umbral de la miseria económica). La falsedad de esta idea puede observarse en esta estilización:

  • Imagínese una sociedad de 10 individuos, donde cada uno requiere 2 unidades monetarias para vivir.
  • El monto de renta generado por esa sociedad es de 16 unidades monetarias.
  • La riqueza generada, entonces, permitiría vivir solo a 8 individuos (2 x 8 = 16).
  • La política redistributiva igualitarista conduciría a que cada uno de los 10 individuos reciba 1,6 unidades monetarias, de lo cual se deduce que nadie tendría lo suficiente para vivir, aunque todos se hayan tornado económicamente iguales.

Al perseguirse la igualdad en función de los otros, se difuma la individualidad de uno, lo que desea, lo que necesita, lo que le satisface. En tanto esto, la persecución de la igualdad económica es, esencialmente, alienante: separa al individuo que persigue la igualdad, de su propia realidad individual.

Los igualitaristas ponen el acento en la diferencia en la distribución de la riqueza como eje del problema social, sin entender que dicha diferencia no es moralmente problemática, sino que lo que inquieta moralmente es que haya individuos que no lleguen a satisfacer sus necesidades suficientemente. O en otros términos: la diferencia de ingresos o riquezas entre personas que tienen lo suficiente no inquieta desde lo moral, mientas que sí es de relevancia moral la diferencia entre quienes no tienen lo suficiente y quienes sí lo tienen.

Lo moralmente relevante es la pobreza expresada como que haya individuos que no tengan lo suficiente (que, como se indicó, dista de limitarse a cruzar simplemente el umbral de la miseria económica).

El igualitarismo esgrime como patrón lo que poseen otros individuos, buscando nivelar necesariamente hacia abajo, sin considerar lo que mejor se ajusta a la realidad de la condición individual de cada persona “igualada” a través de su política redistributiva. No presta atención a satisfacción de las necesidades e intereses de la persona en sí misma. Así, el impulso igualitarista lleva a que el individuo no se afirme en sí mismo; se difume. El patrón es el otro, no las necesidades de un individuo concreto en unas circunstancias específicas.

El foco en el igualitarismo implica la desfocalización de lo importante: la suficiencia conducente a la satisfacción individual. La excusa de combatir a la pobreza en base a la igualdad económica es otro atajo heurístico: implica hacer hincapié en que todos accedan a un mismo nivel de riqueza, eludiendo el problema de fondo: las causas que llevan a que no se genere lo suficiente para que cada quien pueda satisfacer sus necesidades materiales e inmateriales.

El igualitarismo es una narrativa y una amenaza. Narrativa, porque permite construir un relato que capta voluntades y encandila entendimientos; y amenaza, porque puede exponerse como potencial guía de políticas a aplicarse ante los sectores más productivos y/o más ricos de una sociedad.

El igualitarismo es una narrativa y una amenaza. Narrativa, porque permite construir un relato que capta voluntades y encandila entendimientos; y amenaza, porque puede exponerse como potencial guía de políticas a aplicarse ante los sectores más productivos y/o más ricos de una sociedad.

En Argentina, la narrativa igualitarista, como se expuso al inicio de este texto, es trasversal a las distintas vertientes partidocráticas de la casta política. Todas ellas hacen uso de la idea igualitarista, con un trasfondo a lo Lampedusa: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”.

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