Economía

Renta inesperada: la gula impositiva

El Gobierno se está gastando un dinero que no sabe si va a percibir. Gasta a cuenta de un ingreso que obtendrán metiéndole la mano a los enemigos de siempre: el campo y el resto del sector privado.

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Muchos se han olvidado. Corría el mes de julio del año 2019. Alberto Fernández, sentado frente al periodista Roberto Navarro, prometió dejar de pagar los intereses de las Leliqs. No sólo eso. La promesa consistía en dejar de pagar los intereses de Leliqs para, entre otras cosas, pagarles a los jubilados los medicamentos. Casi 3 años después, no hay medicamentos ni no hay jubilación mínima que alcance para comprarlos. Lo que sí hay son Leliqs e intereses paras Leliqs. Cuando Alberto Fernández asumió los pasivos del BCRA (Leliqs + Pases) totalizaban 1,2 billones de pesos. Al momento que este artículo se escribe, esos mismos pasivos totalizan 5,05 billones de pesos.

Casi 3 años después, no hay medicamentos ni no hay jubilación mínima que alcance para comprarlos. Lo que sí hay son Leliqs e intereses paras Leliqs.

El lector podría preguntarse ¿cómo llegamos hasta acá? La respuesta está en la avaricia y glotonería del Estado, que devora y gasta. Devora y gasta. Devora recursos privados y gasta en lo público. En febrero del 2020, los gastos totalizaban 378 mil millones de pesos. Dos años después, las erogaciones del sector público fueron $922 mil millones. Es decir, 2 veces y media más altos. A la coalición gobernante de los Fernández nada le alcanza. No les alcanzaron los 23 billones de pesos que lleva la AFIP recaudados desde enero del 2020, ni los 4.300 millones de dólares que el FMI giró a mediados del 2021. Y como no alcanza, hay que recurrir al Banco Central y a sus Adelantos Transitorios y Transferencias de Utilidades.

Desde que Alberto Fernández empezó su mandato, el Banco Central le ha girado al Tesoro casi 4 billones de pesos. Aquí se encuentra la base del incumplimiento de la promesa de Alberto: Dejar esos 4 billones en la calle es demencial incluso para los heterodoxos aduladores del Estado presente que nos gobiernan, por lo que comienza con la esterilización. A través de las Leliqs, el BCRA absorbe los pesos excedentes en el mercado. Lo más entretenido de todo es que el gobierno realiza estas maniobras mientras se queja de la especulación financiera, que él mismo alimenta.

¿Cuánto más va a durar este Ponzi? Habrá que esperar para verlo.

El problema en el que nos encontramos es que, aún cuando todos los recursos mencionados suman casi 30 billones de pesos, al Estado sigue sin alcanzarle para cubrir sus gastos. El manual requiere entonces comenzar a rascar la olla. Aquí intervienen dos impuestos nuevos. El Impuesto a las Grandes Fortunas y el Impuesto a la Renta Inesperada. Por supuesto, hay que cubrirlos con una gran épica. Deben ser cobrados a los más ricos y despiadados pero entregado a los más humildes. Por último, siempre pero siempre se debe decir que son transitorios.

Aún cuando todos los recursos mencionados suman casi 30 billones de pesos, al Estado sigue sin alcanzarle para cubrir sus gastos. El manual requiere entonces comenzar a rascar la olla. Aquí intervienen dos impuestos nuevos: El Impuesto a las Grandes Fortunas y el Impuesto a la Renta Inesperada.

Así las cosas, el Gobierno recaudó poco más de 245 mil millones de pesos en el Impuesto a las Grandes Fortunas y ahora espera recaudar otro tanto con el Impuesto a la Renta Inesperada. La lógica dicta que alguien que va a recibir un dinero, espera a recibirlo para gastarla. En Argentina, sin embargo, el dinero se asigna y empieza a gastarse desde mucho antes de que la ley entre siquiera en el Honorable Congreso Nacional.

Cabe preguntarnos, así como el ahorrista privado realiza una inversión u operación para esperar obtener un beneficio económico y obtener más dinero del que invirtió realiza especulación financiera, ¿no está el Gobierno también haciendo especulación en este caso? Mirémoslo de esta forma. El Gobierno invierte su capital político, invierte recursos de prensa, de la llamada “rosca” para lograr obtener los votos necesarios, gasta a cuenta y al final espera recibir al menos lo que gastó o más. Verdaderamente constituye una especulación impositiva.

La gran falla de esta especulación, abordando principalmente la cuestión de la renta inesperada, es que están anunciando una medida de redistribución de la renta, para una renta que, en primer lugar, no tienen derecho a cobrar, porque la ley todavía no se aprobó en el Congreso; en segundo lugar, que todavía no se generó, porque es para lo que pase este año; y, en tercer lugar, que tampoco saben si esa renta va a generarse. 

Un ejemplo práctico. Un productor que cosecha y exporta soja, se levanta y ve que los precios de los granos suben y, obviamente festeja. Sin embargo, a los pocos días su proveedor de fertilizantes lo llama y le indica que esos precios han subido. Lo mismo sucede con su proveedor de combustible. Entonces cuando al finalizar el ejercicio, deberá comparar el ingreso extra por la suba del precio de los granos y la suba de sus costos por la suba del precio de fertilizantes y combustible, para saber si realmente tiene una ganancia extra. Suponiendo además que no hubo una sequía o alguna otra cuestión climática.

El Gobierno invierte su capital político, invierte recursos de prensa, para lograr obtener los votos necesarios, gasta a cuenta y al final espera recibir al menos lo que gastó o más. Verdaderamente constituye una especulación impositiva.

El eje de la cuestión radica en que ni en Casa Rosada ni en el Congreso Nacional entienden de restricción presupuestaria, ni de achicar gastos. El grueso de nuestro arco político sólo entiende de subir impuestos o de imprimir papeles de colores. El Estado es socio del sector privado sólo en las ganancias, pero en las pérdidas desaparece. No parecen entender que con estas medidas no habrá un crecimiento de la economía, ni mayor producción, que es lo que deberían estar buscando. Sólo habrá desinversión, porque no se respetan las reglas del juego; y más inflación, que padecerán los pobres quienes, no tan irónicamente, son a quienes se intentaba ayudar en un principio.

En resumen, el Gobierno se está gastando un dinero que no sabe si va a percibir. La diferencia con el especulador financiero es que, en el caso de perder, puede recurrir a su prestamista de última instancia. Es un negocio redondo. Gasta a cuenta de un ingreso que obtendrán metiéndole la mano a los enemigos de siempre: el campo y el resto del sector privado, que con eso el FMI no tiene ningún problema. Sin embargo, si eso falla, sale al rescate el Banco Central, reducido simplemente a una imprenta al servicio del Poder Ejecutivo.

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