Cultura

Mujeres reales en guerra. Episodio I- Amazonas

Entre un extremo y otro de la historia hubo infinidad de mujeres excepcionales que fueron admitidas en el círculo de guerreros por sus propias capacidades. Si uno quisiera buscar hitos de un feminismo que pretende cambiar el condicionamiento cultural original, es a esas mujeres a la que hay que mirar.

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En un episodio de La Ilíada de Homero, Héctor reprime las lágrimas de su mujer Andrómaca diciéndole -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos cuantos varones nacimos en Ilion, y yo el primero.

La guerra es para los hombres. Así parece advertirle Héctor a Andrómaca recordándole su lugar puertas adentro del hogar. Es una admonición pero al mismo tiempo un límite: sólo los hombres hacen la guerra, prohibiendo a todo “no hombre” su ingreso a ella. Aceptando tal restricción y límite cabe preguntarse quién es “hombre” y quién no lo es para poder asignar las tareas que aparentemente la sociedad les tiene reservadas. Mediando la guerra esa respuesta es más compleja de lo que parece, pues además la guerra moldea la masculinidad en cada época.

Al comienzo de la civilización se eligió determinar la división básica hombre/mujer sobre la base del poder del primero sobre la segunda. Las legislaciones más antiguas que conocemos las Leyes Asirias, Hititas, el Código de Hammurabi y las de la Biblia son coincidentes con este condicionamiento y son las que fortalecen el modelo patriarcal en el que vivimos desde hace quince mil años. 

En principio la guerra era de los Hombres, la diferenciación biológica en un principio puede insinuar un freno para que las mujeres participen activamente en la guerra, por consideraciones de debilidad física. Pero en la prehistoria las hembras que aún no habían parido guerreaban y lo siguieron haciendo hasta que la evolución del arte de la guerra obligó a los guerreros a vestir pesadas defensas corporales que las mujeres no podían sostener. Así una hembra carecería de la fuerza y resistencia para portar y dominar el pesado equipo de un soldado de falange que cargaba de casco, escudo y protección corporal, y cuyas armas –lanzas, sarisas, espadas- requerían de fuerza para su empleo. Aquí fue la biología la que las excluyó, no el género. Sin embargo, la exención depende del tipo de guerra a la que nos refiramos. En la guerra prehistórica los combates eran de lo que hoy llamaríamos guerrilla, donde la agilidad y la velocidad priman sobre la fuerza. En estos combates las doncellas eran admitidas como combatientes.

Cuando la guerra se hizo política, y las fuerzas militares comenzaron a desarrollar nuevas armas y técnicas de combate, la participación de la mujer se redujo pues las novedades tecnológicas ponían su empeño en el empleo de la fuerza. Aun así podrían haber sido empleadas en las tropas ligeras, pero éstas eran socialmente despreciadas en tiempos antiguos, por lo que tampoco las hembras hubieran aceptado. Un detalle que mantiene la idea de la capacidad de las hembras como soldados y el eventual deseo de serlo, la constituye el empleo del arco –típico en las tropas ligeras- y que es considerado como un arma muy importante entre las legendarias Amazonas.

El único y escaso dato histórico lo proveen Heródoto y un tratado atribuido al médico Hipócrates del siglo V, que citan a una tribu de esa región a la que llama Sármata, en la que las mujeres luchaban junto a los hombres. Algunas tumbas halladas modernamente muestran mujeres enterradas junto con armas.

La participación en la guerra está limitada por consideraciones esencialmente biológicas –principalmente la fuerza- y culturales. Esto es razonable en función que ninguna persona está capacitada automáticamente para cualquier tarea, pues cada tarea requiere una mínima exigencia básica. Esta variación del tipo de guerra nos indica que la limitación biológica que prohíbe a las hembras hacer la guerra es muy relativa. En tiempos modernos la presencia de la mujer en grupos de guerrilla y terrorismo es muy conocida. Hoy en día, con sistemas de guerra diferentes, las féminas han vuelto a las filas de combate.

Entre un extremo y otro de la historia hubo infinidad de mujeres excepcionales que fueron admitidas en el círculo de guerreros por sus propias capacidades. Si uno quisiera buscar hitos de un feminismo que pretende cambiar el condicionamiento cultural original, es a esas mujeres a la que hay que mirar. Emprendemos, pues, la exposición de los casos en los que los “no hombres” han cumplido con el papel del guerrero que cada sociedad ha modelado a su tiempo.

LAS AMAZONAS

Estas mujeres guerreras, de cuya existencia no tenemos pruebas directas, son el modelo referente de toda participación femenina en la guerra, ya sea que se las trate como legendarias o como un mito.

En Grecia las consideraban mujeres guerreras que vivian más allá de las fronteras de la civilización bajo roles de género invertidos. Se decía que descendían de Ares, el dios griego de la guerra, y de la ninfa Harmonia, hija de Ares y Afrodita, y eran devotas de Artemisa, diosa de la caza. Creían que su reino estaba en la costa sureste del Mar Negro alrededor de la ciudad de Themiscyra y el río Thermodon; pero a medida que los griegos exploraron y colonizaron la región, las historias las mudaban aún más lejos, en Escitia o incluso en el norte de África, más allá de la civilización. El único y escaso dato histórico lo proveen Heródoto y un tratado atribuido al médico Hipócrates del siglo V, que citan a una tribu de esa región a la que llama Sármata, en la que las mujeres luchaban junto a los hombres. Algunas tumbas halladas modernamente muestran mujeres enterradas junto con armas.

La leyenda fue popular en Grecia, como un ejemplo exótico del mundo «bárbaro» donde se destronaban todas las leyes humanas “naturales”. Su historia muy contada y repetida desde la Grecia antigua posee el poder del mito que sostiene la civilización masculina, y no está desprovista de cierto erotismo.

Estrabón nos cuenta que las amazonas eran una tribu exclusivamente femenina. Se reproducían visitando a sus vecinos cada año y practicando un sexo promiscuo. Cuando parían, las mujeres se quedaban con las niñas, pero devolvían a los varones a sus padres. Esto en sí mismo es una inversión de la práctica griega normal en los roles de género, que valoraba a los niños varones sobre las mujeres.

Su historia muy contada y repetida desde la Grecia antigua posee el poder del mito que sostiene la civilización masculina, y no está desprovista de cierto erotismo.

Diodoro presenta una imagen aún más subvertida, y más impactante para el público grecorromano. Las amazonas sí vivían con hombres, pero que servían como “amos de casa” mientras que las mujeres eran guerreras, cazadoras y gobernantes. Así sostendrían una discriminación de género inversa. No contento, Diodoro es más cruel, dice que dislocaban las piernas de sus hijos varones, dejándolos lisiados de por vida.

Algunos autores escriben que, para evitar que les crecieran los senos, las amazonas alimentaban a sus hijas con leche de yegua en lugar de amamantarlas. Y se inventó una etimología espuria para amazona asignando el significado de «sin seno». Lo refuerzan diciendo que se cortaban o cauterizaban el seno derecho de las niñas, para que no se incomodaran al tensar un arco. Sin embargo ninguna representación artística, de las que hay muchas, muestra amazonas de un solo pecho.

Pero hay también historias más amables.

La primera mención de las amazonas aparece en la Ilíada de Homero, que cuenta que ayudaron a los troyanos en la Guerra de Troya. Son «un rival para los hombres», nos cuenta y recuerda que el héroe Belerofonte y Príamo, el rey de Troya, las encontraron en la batalla. Después de la muerte de Héctor la reina Pentesilea llevó su ejército de Amazonas a Troya. Como en una novela del romanticismo, Aquiles se enfrentó con una en el campo de batalla, y fue sólo después de que su lanza atravesó su pecho que se dio cuenta de su belleza y se enamoró de ella, demasiado tarde, por supuesto. Aquí se combinan las dos causas más comunes de la derrota de la resistencia amazónica, la fuerza física y el amor, una analogía frecuente en la mitología griega entre la dominación violenta y el acto sexual.

Al menos tan antigua como del Siglo V a.C. es la historia de Heracles que, como su noveno trabajo, recibió el encargo de traer de vuelta a Grecia el cinturón de la reina Amazona Hipólita. Para lograrlo, él y sus seguidores, libraron una batalla contra las mujeres guerreras en el curso de la cual, Heracles mató a Hipólita y le quitó a su cadáver el cinturón.

La primera mención de las amazonas aparece en la Ilíada de Homero, que cuenta que ayudaron a los troyanos en la Guerra de Troya. Son «un rival para los hombres», nos cuenta y recuerda que el héroe Belerofonte y Príamo, el rey de Troya, las encontraron en la batalla.

Otra versión del episodio relata que Heracles iba acompañado por Teseo. Antíope, la hermana de Hipólita, capturó a este último en la batalla y lo recibió como premio, o al menos lo persiguió amorosamente hasta que se casaron; otros dicen que fue Hipólita misma, y no Antíope, quien se convirtió en la consorte del legendario rey ateniense. Pero de una forma u otra, Teseo volvió a casa con una amazona, lo que precipitó uno de los principales acontecimientos del pasado mítico de Atenas. Para liberar a su reina, las Amazonas invadieron Grecia desde el norte y marcharon sobre Atenas. Desde su base en la colina del Areópago lanzaron un asedio a la Acrópolis, que sólo se levantó tres meses después cuando el ejército de mujeres fue finalmente derrotado por las fuerzas de Teseo.

Para tratarse de una leyenda, la popularidad de las historias de Amazonas es inmensa. Además de los famosos autores mencionados, Arriano cuenta que Alejandro Magno recibió del gobernador de Media un regalo de cien mujeres armadas y montadas, a las que el gobernador llamó Amazonas; el conquistador las despidió de inmediato, temiendo que sus tropas no las trataran con el debido respeto, pero prometió que un día visitaría a su reina y la dejaría embarazada. Otros dicen que esa reina era Talestris y que personalmente comandaba el grupo de Amazonas.

Esquilo las llama «odiadoras de hombres» y «sin hombres». Para Lysias las amazonas fueron pioneras en el uso del hierro y los caballos en la batalla, y con estos bienes lograron esclavizar a sus vecinos y gobernar muchas tierras. Aristófanes las menciona en Lisistrata, y Demóstenes en El Discurso Fúnebre, e Isócrates en el Panegírico, incluso aparecen en Knight’s Tale de Chaucer o el Midsummer Night’s Dream de Shakespeare; y muchos otros las citan en una nebulosa de verdades y leyendas.

Su fama y promoción se debe a la utilidad que se esperaba del relato. Las Amazonas eran guerreras, salvajes, desafiantes del género e indómitas. Todo lo contrario de lo que se esperaba de una mujer Griega, Romana o de épocas posteriores, así que se pretendía usarlas como modelo de lo que no debía hacerse porque además eran derrotadas.

La mujeres griegas como muchas otras antes y después de ellas sólo tenían una posición social en dependencia de un hombre, su padre primero, luego su esposo y eventualmente otro familiar en ausencia de ellos. Así lo prescribían las leyes más antiguas, lo que implicaba en el caso griego que carecieran de ciudadanía y si ella no podían participar de la guerra.

Las antiguas leyes cuyos criterios, aunque con variada fuerza, aún sobreviven prescribían esa sujeción. Perdido ese lazo, sin que ningún hombre pudiera llenarlo, la mujer era rebajada socialmente a esclava, amante forzada de un poderoso –como Andrómaca- o vuelta la prostitución como medio de subsistencia. Había igualmente excepciones. ¿Qué sucedía si por los azares del destino la esposa de un poderoso se destacaba como ayuda o soporte de su pareja, o más si era mejor que su hombre?; bueno en ese caso adquiría un status inferior al masculino pero superior al femenino. Igualmente si la casualidad la hacía única heredera de una posición económica fuerte, la ley era flexible. Es decir que la ley restringía a las mujeres a tres posiciones posibles, no por coherencia sino como medio de adoctrinamiento; las mujeres no se sometieron al patriarcado con mansedumbre, hubo que convencerlas. Estabilidad, premio o castigo, funcionaban como acicates para consentir.

Es aquí donde entra la leyenda de las Amazonas. Expuestas como guerreras, en humillación de padres y esposos; como salvajes que abandonan a sus hijos; como contrapuestas al género establecido –con sus riesgos-; eran la antítesis de la mujer griega y otras, o al menos así debían parecer. La leyenda entre otras era el marketing que promovía la aceptación de la mansedumbre femenina.

Pero hay más. Estas mujeres guerreras eran vistas además como una amenaza a la civilización misma. En las metopas del lado norte del Partenón, hay una representación en bajorrelieve de uno de los mitos fundacionales de Atenas, la derrota de las amazonas por guerreros griegos dirigidos por Teseo. Según esta versión Teseo se casa con la reina guerrera Hipólita. Las mujeres guerreras que habían amenazado militarmente al hombre eran cooptadas al mundo de sus enemigos y sus reglas, al igual que en muchas sociedades las enemistades de sangre entre los hombres sólo se enfrían con el matrimonio. Las diferencias se convierten así en relaciones en secuelas de la guerra. Curiosamente el Partenón era el templo que celebraba a la diosa que da nombre a Atenas: Atenea, la virgen guerrera generalmente representada con casco y coraza.

Expuestas como guerreras, en humillación de padres y esposos; como salvajes que abandonan a sus hijos; como contrapuestas al género establecido –con sus riesgos-; eran la antítesis de la mujer griega y otras, o al menos así debían parecer. La leyenda entre otras era el marketing que promovía la aceptación de la mansedumbre femenina.

Del mismo modo, en el lado sur del Partenón, las metopas representan otro mito fundacional, la batalla entre los lapitas y los centauros. Se celebra una boda lapita a la que han sido invitados los centauros, pero estos brutos mitad hombres, mitad caballos se emborrachan y empiezan a pelear; los civilizados lapitas los vencen.

El Estado dirigido por ciudadanos guerreros varones se define en sus orígenes contra las dos cosas que no es: ni mujer y ni hombre-bestia. Estos son mitos e historias que anuncian un esfuerzo por sacar una cultura del desorden –el afeminamiento y la barbarie- y ponerla en orden –la masculinidad.

Estos ejemplos sugieren que la masculinidad se define particularmente a sí misma en una situación polarizada, y en ninguna parte mejor que en la guerra (y tal vez en el matrimonio) esa polaridad parece tan clara y natural.

Por encima de los mitos y las leyendas, mujeres reales intervienen exitosamente en la guerra, tanto en la historia clásica como en tiempos más modernos. Son las mujeres que a lo largo de los siglos han ajustado y corregido la sociedad humana con sus hechos. Es hacia ellas a donde debemos dirigirnos.

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