Política

Guía para la derecha radical.
Ley de hierro de la oligarquía o por qué necesitamos sí o sí formar una nueva élite.

Lo que necesitamos no es eliminar las élites, sino crear otras mejores. Esto es dolorosamente cierto.

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Parte 3: Mitchels

El gobierno de las élites es inevitable. Todas las sociedades, a través del tiempo y del lugar, lo manifiestan. La democracia no lo resuelve ni lo cambia. La democracia liberal simplemente crea diferentes —peores— élites en forma de una clase administrativa y burocrática permanente que hoy ya no refleja más el consentimiento de los gobernados.

La teoría democrática se basa en el principio del «autogobierno»; las personas que pertenecen a un grupo social son, según esta teoría, capaces de gobernarse a sí mismas, y deberían hacerlo. Es posible imaginar, e incluso descubrir, grupos sociales en los que esta teoría se realiza plenamente, por ejemplo: un pequeño grupo de adultos (media docena, más o menos), reunidos para algún propósito común (negocios o recreación o crimen, lo que sea), que comparten los mismos intereses y nivel de cultura, y que toman decisiones por unanimidad, después de una discusión adecuada.

Las elecciones se limitan a unas pocas alternativas sencillas, mientras que en realidad puede haber un gran número de opiniones divergentes de varios individuos. En resumen: los consensos albergan disensos.

Sin embargo, tan pronto como el grupo se hace grande (y los grupos políticamente importantes de la sociedad civilizada moderna son muy grandes) es necesario, manteniendo la intención democrática, introducir reglas arbitrarias que no están totalmente de acuerdo con la teoría democrática. Por ejemplo, excluir a ciertos individuos que, sin embargo, están sujetos a las decisiones que se adopten: niños hasta una edad determinada arbitrariamente, delincuentes, dementes, etc. Ya que en los grupos grandes rara vez se obtienen opiniones que sean libres y unánimes, es necesario aceptar la decisión de una mayoría numérica como la decisión de todo el grupo.

Incluso si el grupo es lo suficientemente pequeño como para estar contenido en un solo lugar, el estudio de la psicología de las multitudes demuestra que las decisiones votadas por una gran multitud rara vez reflejan las opiniones meditadas de los miembros que la componen. Las elecciones se limitan a unas pocas alternativas sencillas, mientras que en realidad puede haber un gran número de opiniones divergentes de varios individuos. En resumen: los consensos albergan disensos. En una asamblea numerosa, las votaciones son muy a menudo por «aclamación», sin embargo, si se realizara una consulta individual mostraría grandes minorías o incluso una mayoría en contra de la política votada.

Es imposible que un grupo grande en su conjunto tome una decisión; simplemente no hay forma de que todos los miembros participen. La oligarquía, o la tendencia hacia la oligarquía, es inherente a la propia organización y, por tanto, es una condición necesaria de la vida social.

Funciona el principio de la división del trabajo. Ciertos individuos se especializan en las tareas propias de la organización y de su vida operativa; dedican todo o una parte considerable de su tiempo e inteligencia a la organización; se perfeccionan en las tareas organizativas. Si no es a través de esa división del trabajo y de la especialización, no hay forma de que la organización siga existiendo activamente.

En resumen: todas estas causas actúan por igual, e ineludiblemente, para crear dentro de una organización un liderazgo. La organización sólo puede mantenerse viva y funcionar gracias a sus líderes. La teoría democrática se ve obligada a intentar adaptarse al hecho del liderazgo. Esto lo hace a través de la teoría subsidiaria de la «representación». El grupo u organización sigue siendo «autogobernado»; pero su autogobierno funciona a través de «representantes».

La organización sólo puede mantenerse viva y funcionar gracias a sus líderes. La teoría democrática se ve obligada a intentar adaptarse al hecho del liderazgo.

La teoría de la representación es sospechosamente simple, y aquellos que no estén hechizados por la magia de las palabras adivinarán desde el principio que se trata de un malabarismo verbal. De hecho, los teóricos de la democracia moderna estaban más que preocupados por la «representación». La verdad es que la soberanía, que es lo que -según el principio democrático- debe poseer la masa, no puede ser delegada. Al tomar una decisión, nadie puede representar al soberano, porque ser soberano significa tomar sus propias decisiones. Lo único que el soberano no puede delegar es su propia soberanía; eso sería contradictorio y significaría simplemente que la soberanía ha cambiado de manos. A lo sumo, el soberano podría emplear a alguien para llevar a cabo las decisiones que el propio soberano ya ha tomado. Pero esto no es lo que implica el hecho del liderazgo: debe haber líderes porque debe haber una forma de decidir cuestiones que los miembros del grupo no están en condiciones de decidir. Así, el hecho de la dirección, oscurecido por la teoría de la representación, niega el principio de la democracia.

Las masas sienten una necesidad psicológica de liderazgo. La mayor parte de los miembros de cualquier organización grande son pasivos con respecto a las actividades de la organización. A menos que el voto sea obligatorio, sólo una fracción de la población votante acude a las urnas. Michels dice: «La prueba de la debilidad orgánica de la masa es la forma en que, cuando se ven privados de sus líderes en el momento de la acción, abandonan el campo de batalla en una huida desordenada; parecen no tener ningún poder de reorganización instintiva, y son inútiles hasta que surgen nuevos capitanes capaces de sustituir a los que se han perdido.«

En resumen, los líderes -no todos los líderes individuales, sino los líderes como grupo, y un grupo con al menos una medida considerable de estabilidad y permanencia- son indispensables para toda organización importante. Su auténtica indispensabilidad es la palanca más fuerte por la que se consolida la posición de la dirección, por la que los dirigentes controlan y no son controlados por la masa, por la que, por tanto, sucumbe la democracia. El poder de la dirección, organizada como un subgrupo informal e independiente de la masa de afiliados, es una consecuencia necesaria de su carácter indispensable.

La conclusión general de todo el estudio de Michels, se resume como la ley de hierro de la oligarquía, una ley que, sobre la base de las pruebas que disponemos, parece ser válida para todos los movimientos sociales y todas las formas de sociedad. La ley demuestra que el ideal democrático de autogobierno es imposible. Sean cuales sean los cambios sociales que se produzcan, sean cuales sean las relaciones económicas, tanto si la propiedad está en manos privadas como si está socializada, la organización permanecerá, y a través de la organización se perpetuará un gobierno oligárquico.

Según Michels: «Estos fenómenos parecen demostrar sin lugar a dudas que la sociedad no puede existir sin una clase «dominante» o «política», y que la clase dominante, aunque sus elementos están sujetos a una frecuente renovación parcial, constituye sin embargo el único factor de eficacia suficientemente duradera en la historia del desarrollo humano … el Estado, no puede ser otra cosa que la organización de una minoría … La mayoría de los seres humanos, en una condición de eterna tutela, están predestinados por trágica necesidad a someterse al dominio de una pequeña minoría, y deben contentarse con constituir el pedestal de una oligarquía.»

La ley de hierro de la oligarquía demuestra que el ideal democrático de autogobierno es imposible. Sean cuales sean los cambios sociales, sean cuales sean las relaciones económicas, la organización permanecerá, y a través de la organización se perpetuará un gobierno oligárquico.

Así, lo que necesitamos no es eliminar las élites, sino crear otras mejores. Esto es dolorosamente cierto. Necesitamos desesperadamente nuevas y mejores élites, porque las actuales se han pasado los últimos años arruinando nuestras naciones, tradiciones, religión, culturas, estilos de vida. Y, sin embargo, ¡tienen la temeridad de atacar las inevitables reacciones populistas a sus propios y funestos fracasos!

Es un cliché decirlo así, pero son poderosos hasta que dejan de serlo. Ya sea la élite gobernante, Schwab, Bill Gates, Jeff Bezos, Zuckerberg, Davos, los medios de comunicación mainstream, la academia, la cosa parece inamovible hasta 5 segundos antes de que se derrumbe y entonces parece que todo lo que se necesitó fue una suave brisa bien colocada. El año 2016 y los años siguientes han perjudicado absolutamente a nuestro enemigo. La élite se ha visto obligada a fingir unas elecciones a plena luz del día, y no ha encontrado mejor opción que instalar a un enfermo con serio deterioro mental para presidir EEUU. Diseñó y ajustó durante años un sistema de restricción de libertades, impuso mandatos y tiranía biomédica por un virus con 1% de tasa de mortalidad. Esto no es lo que parece un régimen estable y seguro, es un sistema herido. Hoy están las oportunidades para que la derecha radical pueda aprovechar, es un momento de inminente circulación de élites. Habrá un amanecer, y nuestro trabajo es formar la contra élite que va a reemplazar a las actuales y traicioneras élites.

Ver también:

1- https://faroargentino.com/2022/03/guia-para-la-derecha-radical/

2-https://faroargentino.com/2022/04/guia-para-la-derecha-radical-preparando-la-inminente-circulacion-de-las-elites/

3- https://faroargentino.com/2022/02/consideraciones-tacticas-para-la-derecha-radical/

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