Sociedad

El Historiador y la Memoriosa

No puede ser permitida, en la ortodoxia radical del franjamoradismo tardío, análisis del pasado alguno y la Diputada Banfi así lo demuestra.

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Explicar en una nota por qué vale la pena leer al Tata Yofre sería sencillo y me permitiría completar las líneas que un artículo de esta naturaleza requiere para poder ser publicado. Tan sencillo como decir que el cielo es celeste o que el radicalismo proveyó de decenas de intendentes y funcionarios a la dictadura cívico-militar que inauguró en Videla marzo de 1976. Lo que no es tan sencillo es lograr descular los motivos por los cuales toda una generación de políticos profesionales tiene atrofiado el cosito de pensar la historia.

El problema de la historia es que no es memoria y que, indistintamente de que lo que el historiador produce (la historia con minúscula), los sucesos del pasado (la Historia con mayúscula) no son pasibles de ser modificados.

El problema de la historia es que no es memoria y que, indistintamente de que lo que el historiador produce (la historia con minúscula), los sucesos del pasado (la Historia con mayúscula) no son pasibles de ser modificados. La memoria, simple acumulación de datos ordenados de forma más o menos lógica según el criterio del que recuerda, sesgada por las vivencias posteriores del recordante y muy afecta a la supresión de datos que contrarían la «pulcritud del recuerdo», es otro cantar.

La que si dice y mucho es la diputada Banfi y, eso que dice, habla de la imposibilidad de hacer historia de su generación. Aceptando como real su indignación por la afirmación de Yofre de que tanto Balbín como Alfonsín «tocaron la puerta de los cuarteles», se pueden decir algunas cosas acerca de la lógica -memorística- de la diputada. Banfi pontifica, sin tapujos, que «el clima de época era para algunos» mas no así para Balbín y Alfonsín, elevando a dichos personajes a una especie de condición suprahumana, de divus a los que hay que rendir Culto Cívico, como en el antiguo Imperio Romano. No es una exageración mía decir lo que digo pues Banfi, unos minutos luego, afirma sin ruborizarse que Yofre debe ser juzgado por Traición a la Patria por la osadía cometida.

La patria entonces, para Banfi, es la memoria de Balbín y de Alfonsín. La patria de la diputada es una narrativa de la memoria, prolijamente ordenada a base de falacias y simplificaciones que, si es atacada por un herético historiador, debe ser defendida pues, en el más craso colectivismo, si ellos son la Patria y la patria somos todos, todos somos Balbín y todos somos Alfonsín.

Banfi, pretora romana socialdemócrata, lanza su condena pública sobre aquel que recuerda que no es todo tan sencillo, que la historia, el pasado, es territorio de hombres y no de dioses y que, sus adorados héroes no lo eran tanto. No puede ser permitida, en la ortodoxia radical del franjamoradismo tardío, análisis del pasado alguno y la Diputada Banfi así lo demuestra.

Ante Yofre, que osa pensar la historia, Banfi adopta la memoria – canónica- de sus popes cívicos para constituirse a sí misma.

Edmund Husserl, fenomenólogo alemán, propone un método de trabajo al que llamó redución fenomenológica basado en el ejercicio de la epojé, algo así como el «poner entre paréntesis» a la persona de la cotidianeidad; desconectarse como actitud ante el fenómeno a estudiar, de lo que nos rodea y de la teoría misma para poder aprehenderlo. Nosotros, los historiadores, también tuvimos a uno que también tomó prestado del griego clásico el mismo término – epojé- el francés Henri Marrou que nos propone «suspender el juicio» y salir de sí mismo para encontrarse con ese otro del pasado y comprenderlo. Simpatía lo llama él y yo, porque me parece poco simpático, prefiero decirle empatía.

Banfi no puede, no quiere y no está dispuesta a hacerlo pues ella es su entorno y sus ideas son las de su contexto. Ante Yofre, que osa pensar la historia, Banfi adopta la memoria – canónica- de sus popes cívicos para constituirse a sí misma. ¡Epojé mis polainas! se escucha en los pasillos morados de las universidades y despachos que tanto les gustan. No es ella una curiosidad ni un personaje aislado, diferente, ¡no!, la Diputada es fiel representante de toda una generación que se niega a pensarse a sí misma y al pasado, que se niega a la historia prefiriendo la memoria y el relato.

La Diputada es fiel representante de toda una generación que se niega a pensarse a sí misma y al pasado, que se niega a la historia prefiriendo la memoria y el relato.

La generación que se educó en los ochentas, la de Banfi, es la que una vez vio a sus padres (Raúl y Ricardo), toqueteándose a la hora de la siesta con el vecino en un oscuro cuarto del fondo y quedó profundamente traumada. Los Tatas Yofres no pueden, entonces, sino ser una amenaza poderosa, vital, a esa narrativa memorística de flores perfumadas y cívicos jardines socialdemócratas. Los Tatas amenazan con recordarte que, por la mirilla de la puerta, Raúl y Ricardo como hombres de su época, estaban invitados a la cama de los que usaban botas y que, les guste o no, pasaron por esas sábanas.

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