Economía

El Gran Hermano, causa de las crisis

Dentro de la atroz concepción del “Estado presente”, la modernización del sector público nunca se asocia a la baja del gasto estatal y al recorte de la adiposidad de sus estructuras, sino a la eficiencia de la opresión y a la elección del color de la soga con la que el ciudadano será asfixiado.

Compartir:

En estos días, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, no conforme con los aumentos de impuestos recientes, anunció la implementación de formas más fáciles “para agilizar y simplificar el vínculo entre los ciudadanos y la Ciudad” en referencia al pago de impuestos.

Dentro de la atroz concepción del “Estado presente”, la modernización del sector público nunca se asocia a la baja del gasto estatal y al recorte de la adiposidad de sus estructuras, sino a la eficiencia de la opresión y a la elección del color de la soga con la que el ciudadano será asfixiado.

Esta pareciera ser la triste línea de vida de quienes aceptan sistemas que transforman al hombre en un ovino bípedo despojado de sus derechos y libertades que acepta ser cabresteado por un grupo de supuestos iluminados para que conduzcan su vida.

Esta obsesión de los estatistas por recaudar y controlar todas las actividades de los individuos, no es exclusivo de CABA ni de la Argentina. Lamentablemente, en gran parte del mundo es impulsado por buena parte de los ciudadanos que le reclaman al gobierno que solucione todos sus problemas de la vida. Le exigen que los eduque, que les brinde servicios de salud gratuitos, trabajo y subsidios para cuanta actividad desarrollan. Piden que maneje el dinero, el crédito y que aplique mayores controles en la economía. Reclaman que se les de una vivienda y suministros energéticos baratos además de actividades deportivas y culturales gratis. Se pide al gobierno gestiones de prevención para que la población no se drogue, no fume, haga ejercicio, coma alimentos sanos y que use el cinturón de seguridad cuando sube a un automóvil. Para la etapa pasiva de la vida, se le demanda al gobierno que proporcione un plan de jubilación y un descuento a través de la obra social para comprar el cajón mortuorio.

Esta pareciera ser la triste línea de vida de quienes aceptan sistemas que transforman al hombre en un ovino bípedo despojado de sus derechos y libertades que, sumergido en un triste conformismo, acepta ser cabresteado por un grupo de supuestos iluminados para que conduzcan su vida.

Todo este paraíso socialista no se financia precisamente con el peculio del gobernante. Nada es gratis en esta vida y, tan amplio mandato, requiere de una suculenta financiación. Sin embargo, la mala asignación de recursos y el derroche, tiene su triste final porque, como dijo alguna vez Margaret Thatcher, el problema del socialismo es que, al final, el dinero de los demás termina por acabarse.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención como, una vez que la economía está paralizada por el intervencionismo y las regulaciones, cuando el gasto público astronómico es insostenible, la deuda pública es impagable y la miserable estafa de la inflación se hace evidente en el poder adquisitivo de la población, los defensores del socialismo y el keynesianismo se las ingenian para saltar rápidamente fuera del asiento del conductor y endilgar culpas al liberalismo.

Al liberalismo generalmente se lo asocia con la apertura económica en el sentido crematístico del término. Sin embargo, es una incompleta y aguada definición que pasa por alto la columna vertebral del sistema liberal. El liberalismo es un sistema moral cuyo principio rector está basado en el respeto por las decisiones y planes de vida de los demás, en tanto y en cuanto, no afecten los derechos de otro. El derecho a la vida y al fruto del trabajo, son pilares intrínsecos de la sociedad abierta.

Lo realmente distintivo del sistema liberal es que mantiene coherencia con la naturaleza del hombre en cuanto a que aboga por el ejercicio pleno de su libertad. El liberalismo no pretende hacer buenas a las personas. Como queda expresado, simplemente respeta sus proyectos de vida e interviene con rigor sólo cuando se dañan derechos de otro. El accionar que no perjudica derechos de terceros, queda reservado a la espiritualidad, cuerpo y mente del sujeto actuante.

El liberalismo es un sistema moral cuyo principio rector está basado en el respeto por las decisiones y planes de vida de los demás, en tanto y en cuanto, no afecten los derechos de otro. El derecho a la vida y al fruto del trabajo, son pilares intrínsecos de la sociedad abierta.

La libertad implica asumir la responsabilidad individual. Es decir, que cada persona responda por sus actos asumiendo las implicancias de todo lo que de aquello se desprenda. En el caso que se hayan tomado decisiones equivocadas, las consecuencias de los actos serán negativas y cuando se acierten los cursos de acción, las derivaciones tendrán un balance provechoso. Salvo el caso de las externalidades propiamente dichas y las donaciones, quienes no asumen los costos no obtienen los réditos ni las pérdidas correspondientes.

En contraposición, los partidarios del sistema socialista pregonan que, por el solo hecho de vivir en una sociedad, nos debemos unos a otros asistencia para satisfacer respectivas necesidades. Esta suerte de “cooperación” coactiva que ejerce y administra el gobierno, corrompe por completo el principio básico de respeto al derecho de propiedad y al fruto del trabajo ajeno, debido a que supone que el poder político decide a quien le saca y quien será el beneficiario de la depredación. En este contexto, siempre es importante recordar, como apuntamos más arriba, que el gobierno no posee nada, todos los recursos que el gobierno destina a alguien, necesariamente se los ha quitado a otro. En definitiva, el sistema socialista, significa ser el garante involuntario de nuestros vecinos, respondiendo con nuestro trabajo a todo aquello que quieran mientras al gobierno le parezca bien, y viceversa.

Quien dedica su trabajo y otros recursos a un determinado emprendimiento, ha tenido que renunciar a otras cosas que apetece y necesita. No le queda otra salida que establecer prioridades debido a que los recursos son escasos siempre. Sin embargo, en sistemas colectivistas, su accionar está supeditado además a las necesidades que el Estado considere que otras personas puedan tener.

Todos perseguimos distintos y muy variados propósitos. El sistema de asistencialismo estatal compromete la realización de esas aspiraciones ya que separa de forma forzosa recursos de su legítimo dueño para ponerlo en manos de alguien que no lo es.

Todos perseguimos distintos y muy variados propósitos. El sistema de asistencialismo estatal compromete la realización de esas aspiraciones ya que separa de forma forzosa recursos de su legítimo dueño para ponerlo en manos de alguien que no lo es. Recuerdo haber asistido a la clase de un profesor universitario que expuso ante su alumnado la definición de justicia como «dar a cada uno lo suyo según méritos y necesidades». Esta definición se da de patadas con los fundamentos más básicos del derecho porque implica que, en nombre de la justicia, todo mundo tiene argumentos para pedirle al gobierno “derechos” sobre la propiedad de otros.

Mientras no se comprendan los cimientos de convivencia y respeto de una sociedad civilizada, se seguirá usando al mandamás de turno como el canal para robar a otros quebrando los incentivos al progreso, la verdadera naturaleza de la cooperación social, la solidaridad y el derecho.

Compartir:

Recomendados