Economía

Una salida para la inflación que no es Ezeiza

Urge plantear alternativas para acabar con este saqueo continuado a la gente común por parte de los políticos.

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Con la sola excepción de los años en que rigió la convertibilidad, los argentinos vienen siendo estafados por su propio gobierno desde los años ’40. Me refiero al impuesto no legislado de la inflación, que confisca día a día una parte del poder de compra del peso. El mayor estafador fue Raúl Alfonsín: durante su gobierno se acumuló una inflación de 1.972.211%.

El Plan de Convertibilidad fue el último intento de recuperar el peso. El objetivo final era volver a tener una moneda de calidad. Se respaldó su valor con reservas en dólares equivalentes a la base monetaria; en algún momento, cuando el contexto fuera propicio, se pasaría a la libre flotación del peso, última etapa para restaurar la moneda nacional.

Con la sola excepción de los años en que rigió la convertibilidad, los argentinos vienen siendo estafados por su propio gobierno desde los años ’40

Una mezquina conjunción de intereses políticos y económicos impidió que ese plan se concretara. “La Convertibilidad no existe más”, dijo Eduardo Duhalde en el Congreso Nacional, acabando, por el futuro previsible, con toda posibilidad de contar con una moneda sana. Duhalde fue el restaurador de la emisión monetaria sin respaldo, que llega hasta hoy.

La inflación en 2021 fue del 50% y en 2022 se aceleraría hasta el 80%. Por eso urge plantear alternativas para acabar definitivamente con este saqueo continuado a la gente común por parte de los políticos.

Es ingenuo pensar que el Banco Central de la República Argentina (BCRA) podría conducirse como los bancos centrales “serios” (por ejemplo, definiendo un objetivo de inflación y moviendo la tasa de interés para alcanzarlo). Harían falta muchos años para revertir una reputación destruida por décadas de desfalcos. No podemos perder tanto tiempo. Además, los bancos centrales “serios” tampoco son un ejemplo a seguir. La Reserva Federal, el Banco Central Europeo y otros, se han embarcado en programas de emisión monetaria que han multiplicado los riesgos macroeconómicos y financieros de sus respectivas áreas de influencia.

Entonces surge la idea de, simplemente, cerrar el BCRA. “Muerto el perro, muerta la rabia”. Sin embargo, esa idea, aunque correcta conceptualmente, podría enfrentar mucha resistencia política para aprobarse. Más importante, es algo difícil de entender por la gente: aunque más no sea por aquello de “más vale malo conocido”, preferiría seguir como hasta ahora antes que navegar aguas desconocidas (en rigor sí se conocen: el BCRA sólo existe desde 1935).

Otra alternativa sería volver a una Convertibilidad, pero no con una paridad fija (“emocionalmente” predispondría mal a la población), sino con una canasta de monedas y otros mecanismos de flexibilidad. Empero, para ser creíble se necesitaría un acuerdo político y social muy amplio, para que se considerara una política de estado permanente. Más allá de que antes de poner en marcha algo así habría que solucionar el déficit fiscal, es muy difícil imaginar, hoy por hoy, un acuerdo de ese tipo.

Queda una posibilidad, fácil de ejecutar y comunicar: eliminar el curso forzoso del peso. Todos los contratos, incluyendo los laborales, podrían hacerse y pagarse en la moneda que acuerden las partes. Las empresas tendrían derecho a no aceptar pagos en pesos. Los impuestos podrían pagarse en cualquier moneda. Los bancos tendrían que estar habilitados para ofrecer cuentas en las monedas que deseen. Todo esto podría hacerse ya, sin importar el caos de las cuentas públicas.

Se trata de poner el peso a competir, levantándose al mismo tiempo todas las restricciones que hay en el mercado de cambios, que sería único y libre.

Se trata de poner el peso a competir, levantándose al mismo tiempo todas las restricciones que hay en el mercado de cambios, que sería único y libre. La gente podría salirse del “mega-corralito” que significa el peso, al poder cobrar su salario en una moneda estable.

El BCRA seguiría existiendo. Podría haber una inflación muy alta en pesos, pero estabilidad en dólares, euros y demás. Así, la inflación afectaría sólo a quienes siguieran cobrando en pesos: empleados públicos, perceptores de subsidios y jubilados. En los dos primeros casos, eso sería un poderoso incentivo para pasarse al sector privado. Los jubilados protestarían por su indefensión, presionando al BCRA a defender el valor del peso (al tener ingresos en monedas estables, el Estado podría pagar al menos una parte de las jubilaciones con ellas).

Si la competencia domesticara al BCRA, el peso seguiría existiendo. Si no, iría desapareciendo. Mientras, el mercado elegiría las dos o tres monedas dominantes, por lo que se estaría muy lejos de tener diez billetes diferentes en el bolsillo. Hay una salida para la inflación, y no necesariamente es Ezeiza.

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