Cultura

Parábolas y paradojas

Autor: FRANZ KAFKA. Editorial Fraterna. 99 páginas. Edición 1980.

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Harold Bloom, ese erudito formidable, ha establecido que la ficción de calidad se compone de dos tipos de obras: a) las piezas de época: agradables, frescas, típicas de su momento histórico, pero que en treinta años pocos recordarán; b) los textos canónicos, cuya validez será general y eterna mientras que el hombre sea lo que es y aquello que llamamos civilización logre perdurar.

Obviamente, puede que también un texto canónico sea el producto de las apremiantes circunstancias de su tiempo -como las que aterraron a un manso abogado praguense y tísico entre las dos Guerras Mundiales- pero la diferencia radica en que el genio individual se las arregla aquí para añadir al Cosmos una creatura única, palpitante y evolutiva (cada generación tendrá algo que decir al respecto, tal como ocurre con las escrituras sagradas) que asombrará nuestra percepción estética al combinar valores (también universales) como la originalidad, la belleza en la dicción, la sabiduría, el dominio de la metáfora y el poder cognitivo.

De ahí que las parábolas y paradojas de Franz Kafka nos resulten hoy tan inspiradoras y cautivantes como -estoy seguro- le sabieron al lector de los terribles años treinta. Por cierto, veo que este libro maravilloso fue editado por primera vez en 1935 por la casa Shocken Verlag de Berlin. Y me pregunto: cómo es que a la dictadura holística de los nazis (malditos sean hasta el final de los tiempos) se les pasó por alto la publicación de una obra del judío más execrable que Hitler pudo imaginar, el intelectual que aplica (he ahí su grandeza imperecedera) un examen radical y pesimista de todo lo existente.

Gracias a la biblioteca del diario La Prensa, un jardín de infinitas delicias sabiamente organizado, llegó a mis manos un libro sublime, de la estirpe divina, aquella que para bien de la humanidad reclama una nueva edición todos los años. Y si es posible, que se reimprima con el prólogo de 1980 (otro dato curioso, apareció en la Argentina no en democracia sino durante la autocracia más feroz de toda su historia) del señor o la señora E.S. ¿Quién es E.S.? ¿Ernesto Schoo? Quizás algún amigo o amiga -que los hay muy cultos- pueda satisfacer mi curiosidad.

Plantea, con sagacidad, E.S. que la obra de Kafka “ha sido más interpretada que leída, más leída que comprendida, menos útil que utilizada”. Realmente aún es así. Y para subsanarlo no queda otra opción que acudir a las fuentes. A este deslumbrante colección de fragmentos, por ejemplo, muy poco conocidos, tallados con una lucidez impresionante. Pero claro, como también precisa el prólogo, no se trata de una lectura “cómoda”. La interpretación kafkiana se basa en los discernimientos de que el universo nos es ajeno, todo esfuerzo resulta inútil, cualquier revelación es una falacia, y resulta imposible (absolutamente) conocer el Orden o la Ley. Estamos pues, fatigados ciudadanos del degradado siglo XXI, ante un genio devastador y puro “que sólo puede ser abordado con libertad de espíritu”.

En el primero de los cuarenta textos que incluye este volumen (tomados de cartas, cuadernos de notas e incluso libros), Kafka nos advierte que todas las parábolas expresan “meramente que lo incomprensible es incomprensible y eso ya lo sabemos”. Pero uno no puede sustraerse a la tentación de interpretar. Acaso, en “Un rompecabezas” el antimesías praguense haya querido comparar al ser humano con la bolita de metal que recorre los senderos laberínticos del jueguito para niños sin saber que una fuerza externa opera, inexorable, sobre su destino. Se desarrolla también en el libro una revisión de temas bíblicos o clásicos, cómica incluso como la del Poseidón sentado en escritorio haciendo números y luego aburrido de su mar. Si el capítulo Sobre el problema de las leyes fuera un manifiesto, les aseguro que estamparía mi firma al final sin dudar ni un segundo. El tomito se cierra con unas breverías que provocan un gozo casi físico. Transcribo tres para testimoniar la excelencia de un autor esencial:

 “Vivir es desviarse constantemente. Desviarse de tal manera que la confusión nos impide inclusive saber de qué nos estamos desviando“.

“El hombre es una ciénaga infinita. Pero a veces lo ataca el entusiasmo y parece como si en un punto no determinado de esa ciénaga se viera a una rana que se zambulle, produce una pequeña turbulencia y desaparece”.

“Si apenas fuera posible que alguien se detenga un instante, una palabra, a la vista de la verdad. Pero parece imposible: todo el mundo, yo inclusive, nos aproximamos a la verdad y la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras”.

Al gran Kafka, ¡salud!.

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