Política

India: mucho más que un ashram gigante

Tiene un camino al desarrollo que sigue su propio ritmo, que le permite una aceptación de los cambios que acompaña a su milenaria cultura, más lento que el explosivo que tomó China desde Den Ziao Ping.

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Debo comenzar diciendo que me es imposible escribir sobre India sin pasión ya que, en la segunda mitad del Siglo XIX, dos ancestros míos sirvieron como Oficiales con los Lanceros de Bengala en el Raj Británico, fuerza con la que combatieron en esa India imperial.  Uno de ellos, contra todos los prejuicios de la época, se enamoró de una joven de la pequeña nobleza hindú, con quien se casó, y el rostro de ella, pintado en marfil está en mi casa hoy. Sus historias, contadas por mi padre y mi abuela paterna, dignas de Kipling, acompañaron mi niñez y me llenaron de curiosidad por esa geografía tan distante, repleta de batallas feroces y guerreros indomables, inmersos todos en un entorno donde lo mágico se mezcla con lo asombroso.

India como la Italia de la antigüedad, está ubicada en una posición central, clave ella en medio del Océano Índico, y como Roma en su momento, la elite política de Delhi siempre han tenido clara percepción de la importancia del mar para el desarrollo y seguridad

Sin embargo, no es precisamente de esa imagen de magia, faquires, yoguis, maestros espirituales y de Gandhi sobre lo que quiero escribir. Deseo llevarlos a otra India, la del actor geopolítico, la que posee armas nucleares y que observa al Océano Indico como su Mare Nostrum. Una India desconocida por Argentina, que en realidad desconoce casi todo sobre el mundo real y vive, vivimos, inmersos en una espesa nube de un gas espeso que nos impide vislumbrar las interacciones y reales complejidades de un mundo plagado de acechanzas y muchas más oportunidades. Viajemos a esa India, y dejemos atrás esa nube de gas generalmente hilarante, que nos mantiene entretenidos en la irrelevancia del sinsentido local.

India como la Italia de la antigüedad, está ubicada en una posición central, clave ella en medio del Océano Indico, y como Roma en su momento, la elite política de Delhi, sean estos del Congress Party o del Bharatiya Janata Party (BJP), actualmente en el poder con el Primer Ministro Narendra Modi, siempre han tenido clara percepción de la importancia del mar para el desarrollo y seguridad de India.

India no la tuvo fácil desde su independencia del Raj en 1947 con dos enemigos acechando desde ese momento y hasta nuestros días. Con Pakistán, otro país que ignoramos y desconocemos su valor estratégico e interacción con los asuntos del sur de Asia, pero incluso con Asia Central y el Medio Oriente e incluso Corea del Norte, India combatió cuatro guerras, tres de ellas durísimas en 1947, 1965 y 1971; y otra menos sangrienta pero potencialmente peligrosa, pues el fantasma del empleo de armas nucleares estuvo sobrevolando como una posibilidad muy concreta. El otro enemigo ha sido China, que en 1962 sorprendió a India con una guerra fronteriza sorpresiva, muy bien desarrollada por China y que encontró al ejército indio poco preparado para el ambiente montañoso y extremo donde gran parte de esa corta campaña se llevó a cabo.

El 18 de mayo de 1974 India probó su primera arma nuclear cerca de la frontera con Pakistán. El destinatario final del mensaje no era Pakistán sino China, que en 1964 ya había hecho su ensayo nuclear.

Todas las veces que India enfrentó a Pakistán de manera convencional infringió, a las bravas fuerzas de Islamabad, derrotas inapelables siendo la de 1971 la más dura para Pakistán pues ella significó que ese país perdiera lo que se conocía como Pakistán Oriental y este se convirtiera en Bangladesh un Estado que en no poca medida debe su creación a lo que Indira Gandhi hizo como líder de India en esa guerra para generar ese golpe durísimo a Pakistán. Sobre esta guerra debe decirse que el manejo del poder naval fue decisivo para que India se impusiera, destacando el empleo de la fuerza aeronaval embarcada en su portaaviones Vikrant, experiencia de combate aeronaval que Pakistán nunca pudo desafiar y que China recién desde hace unos años ha comenzado a adentrarse, pero sin hacerlo en operaciones reales.

El 18 de mayo de 1974 India probó su primera arma nuclear en un ensayo subterráneo en el desierto de Rajasthan, cercano a la frontera con Pakistán. Si bien esto llevó a que en 1977 Islamabad hiciera su propia prueba, no creo que el destinatario final del mensaje que ese test produjo fuera Pakistán sino China, que en 1964 ya había hecho su ensayo nuclear. India en modo alguno podía depender en su poder militar convencional para contener a China, solamente el arma nuclear era capaz de generar disuasión que posibilitara la paz a India, a lo que debe sumarse el hecho de que Beijing es para Islamabad lo que los pakistaníes consideran un aliado todo tiempo. Por lo que India no podía ni puede descartar un esfuerzo combinado chino-pakistaní en su contra.

Desde ese entonces, el sur de Asia permanece en una paz relativa porque las tres capitales Islamabad, Delhi y Beijing son absolutamente conscientes de la capacidad destructiva que todos ellos poseen, especialmente India y China en caso de una crisis que derive en una escalada al umbral nuclear. Las diputas entre Pakistán e India se continúan a través de sus servicios de inteligencia en Afganistán, el Baluchistán y las Federally Administered Tribal Areas en Pakistan, la disputada Kashmir y en los grupos terroristas islámicos que sostenidos por la inteligencia paquistaní operan en India; acciones estas que tienen bajísimo perfil y permiten en cierto modo contener los impulsos adversos que ambas naciones tienen y que sucesivos intentos de terminarlos no han encontrado al día de hoy un road map adecuado.

El Gran Juego del Siglo XXI no se desarrolla en los áridos territorios del noroeste de la península índica, sino en el Océano que la rodea y más allá, entre sus extremos en Cape Town y el Estrecho de Malaca.

Sin embargo, el Gran Juego del Siglo XXI no se desarrolla en los áridos territorios del noroeste de la península índica, sino en el Océano que la rodea y más allá, entre sus extremos en Cape Town y el Estrecho de Malaca. En esa inmensidad, donde buena parte del comercio mundial transita, donde se puede acceder al Golfo Pérsico o al Mar Rojo, al Atlántico o al Mar de la China; y que se superpone con la Belt Road Initiative de Beijing. En ese espacio India y China de manera diaria disputan la supremacía.

China necesita asegurarse puertos y facilidades marítimas de todo tipo en la Cuenca del Índico para evitar lo que considera el dominio de EEUU sobre el Pacífico, y de esa manera llegar con sus bienes y servicios, pero sobre todo con su influencia a todos esos países proveedores de materias primas para su imparable apetito de crecimiento.

India por su parte, tal como lo dijimos antes, considera al Índico como un espacio donde tiene necesidad de supremacía, no solamente para acceder a esos suministros que China también demanda, sino para evitar que Beijing rodee a India de naciones que le sean adversas y de esa manera limite la propia intención de Delhi de constituirse en la potencia regional indiscutible de la Cuenca del Índico y en ese sentido ser un verdadero tapón estratégico para el expansionismo chino.

No creo que India se observe a sí misma como un actor global, al menos no en un horizonte previsible, pero sí en uno que tenga la suficiente independencia para poder utilizar su poder disuasorio como un elemento indispensable en la confrontación que si es previsible pueda darse entre China y EEUU en las próximas décadas. Para ello, Delhi utiliza sus capacidades militares de disuasión nuclear operativas y en crecimiento, junto a una red de relaciones políticas diversa y sofisticada, que le permite ser un país relevante para actores tan disímiles como Israel, EEUU o Rusia.

India posee una elite política sofisticada, cosmopolita y, a diferencia de China, se trata de una democracia vibrante, con problemas como todas pero con válvulas institucionales y culturales que permiten canalizar las tensiones sin que sea la represión la herramienta omnipresente como es el caso de Beijing. Tiene un camino al desarrollo que sigue su propio ritmo, que le permite una aceptación de los cambios que acompaña a su milenaria cultura, y que hace que pueda lucir más lento que el explosivo que tomó China desde Den Ziao Ping. Creo que ese ritmo más moderado le permite resolver tensiones que quizás a largo plazo China no pueda sostener con la misma eficiencia que el Partido Comunista ha mostrado hasta hoy.

India no es un ashram gigante. No es solamente una tierra de milenaria cultura y enormes contrastes. Es también un Estado con una agenda propia del Siglo XXI, muy lejos de las dinámicas aldeanas y parsimoniosas que guían a estas playas desde hace décadas a ningún lado y a repetir como autómatas las mismas crisis, con las mismas ideas fracasadas una y otra vez. Ese pueblo sencillo tan lejos de nosotros, posiblemente seguirá creciendo a lo largo de los tiempos, siendo siempre India. Nosotros por nuestro lado buscando con fervor el momento de desaparecer.

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