Sociedad

El FMI y la maldición de la percepción sesgada

A partir de las ideas preconcebidas y de los deseos o temores se construye una interpretación sesgada que conduce a tomar decisiones, también, sesgadas.

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A fines del siglo XIX, William James señaló: “Aunque parte de lo que percibimos nos llega a través de los sentidos desde el objeto que tenemos delante, otra parte (y que puede ser la mayor) viene siempre de nuestra mente.”

Tener en claro esa doble vía, externa e interna, es relevante para entender y analizar cómo el ser humano aprehende la realidad de su contexto y cómo, posteriormente, toma decisiones y realiza acciones. El reciente ejemplo de la votación en Diputados respecto de aprobar el acuerdo del país con el Fondo Monetario Internacional es un buen ejemplo de este proceso.

La percepción sería un proceso que se estructura en tres fases: selección, interpretación y corrección de sensaciones, todo lo cual coadyuva a configurar la imagen mental que se forma en cada sujeto, con la ayuda de su experiencia y la influencia de sus necesidades.

Se puede definir a la percepción como la forma en que el cerebro interpreta las sensaciones que recibe a través de los sentidos para formar una impresión de la realidad. James Gibson postuló que se trata de un proceso simple, siendo que en el estímulo (que dispara aquellas sensaciones) está la información que necesita el sujeto, sin necesidad de procesamientos mentales internos posteriores a recibir dicho estímulo. Por su parte, Ulric Neisser entiende a la percepción como un proceso activo-constructivo, en el que el sujeto que percibe, antes de procesar la nueva información y con los datos “archivados” en su conciencia, construye un esquema informativo anticipatorio, que le da las herramientas para contextualizar el estímulo, y aceptarlo o rechazarlo, según se adecue o no a su esquema mental.

Más allá de las distintas escuelas conceptuales en torno a la percepción, innumerables ensayos han demostrado que la interacción con el entorno no sería posible en ausencia de un flujo informativo constante. Así, la percepción es entendida como un conjunto de proceso y actividades relacionados con la estimulación que reciben los sentidos, que son las vías de entrada a la información respecto del entorno de cada sujeto, influyendo en las decisiones que se adoptan, las acciones que se efectúan, y los propios estados internos que desarrolla cada sujeto.

En tanto esto, la percepción sería un proceso que se estructura en tres fases: selección, interpretación y corrección de sensaciones, todo lo cual coadyuva a configurar la imagen mental que se forma en cada sujeto, con la ayuda de su experiencia y la influencia de sus necesidades.

La percepción posee tres rasgos básicos: i) es subjetiva: cada resultado del proceso perceptivo varía de un individuo a otro; ii) es selectiva: los sujetos no pueden percibir todo al mismo tiempo, por lo cual eligen qué elementos percibir, y cuáles quedan fuera de su campo perceptual; y iii) es temporal: específicamente, es un proceso cuyos resultados son de corto plazo, en tanto que las formas y los resultados perceptivos van co-evolucionando con el enriquecimiento de experiencias y los cambios de motivaciones que vive cada sujeto.

En los procesos perceptivos existen dos componentes básicos: las sensaciones y los inputs internos. Las sensaciones son los estímulos que provienen del medio externo, y adoptan diversas formas como imágenes (desde los colores de una publicidad hasta el titular leído en una nota periodística), sonidos (desde notas musicales a discursos políticos), aromas, sabores, texturas, etc. Cada estímulo es recepcionado por el sujeto y entabla con este una relación sensorial.

Esa relación sensorial es clave, porque sin el estímulo que la genera, no habrá percepción alguna, y por ende, no habrá imagen mental que se configure. Además, el estímulo, para desatar el proceso, debe estar acorde a la capacidad sensitiva del sujeto; es decir, debe existir algún nivel de compatibilidad entre el estímulo y su receptor. Si no se da dicho piso de compatibilidad, no habrá relación sensorial, y por ende, no se producirá el proceso perceptivo.

Por su parte, los inputs internos son aquellos que anidan en el ser del propio sujeto, siendo fundamentalmente tres: a) la necesidad: es el reconocimiento de la carencia de algo; b) la motivación: es la acción ejercida orientada a satisfacer una necesidad; y c) la experiencia: es el aprendizaje que apareja haber reaccionado a un estímulo determinado.

Como muchos otros procesos cognitivos, la percepción padece también de sesgos, específicamente de uno al que se denomina “percepción selectiva”

Como se deduce de lo expuesto, la percepción no es una mera suma de estímulos, sino que estos llegan al sujeto, vía alguno de sus múltiples sentidos, y son organizados en función de las necesidades, las motivaciones (o deseos) y la experiencia que detente ese sujeto. El proceso cerebral es prácticamente instantáneo, transformando los estímulos en percepciones conscientes.

Como muchos otros procesos cognitivos, la percepción padece también de sesgos, específicamente de uno al que se denomina “percepción selectiva” (que no debe confundirse con la noción de que el proceso perceptivo es, per se, selectivo).

La percepción selectiva es un sesgo que implica que el sujeto, en función de sus expectativas (ansias, esperanzas, ilusiones) selecciona una porción menor de la información con la que es estimulado su proceso perceptivo (el cual, como se indicó, ya es inherentemente selectivo), desatendiendo al resto de la información factible de ser percibida. Y esa “hiper-selección” trastoca o deforma la imagen mental que se crea.

A partir de las ideas preconcebidas, de las motivaciones que pugnan al interior de cada sujeto, y de sus deseos o temores respecto de que algo suceda (o no), se construye una interpretación sesgada y parcial de la realidad, conduciéndolo a tomar decisiones y realizar acciones, por lo tanto, también sesgadas.

Si bien la selectividad de información constituye un procedimiento de optimización, buscando que la energía consumida en el proceso perceptivo sea la mínima en función de la muestra de información más relevante que se percibe para alimentar la imagen mental que se creará, a la vez, cuando los inputs internos tienen un peso desmedido, se transforma en un sesgo cognitivo que hace perder información valiosa y relevante para que aquella imagen mental sea más completa y más acorde a la realidad.

Cuando estos procesos sesgados ocurren en el marco de un contexto problemático, la percepción selectiva da paso a la construcción de narraciones que se instalan en el imaginario, retroalimentando todo el proceso de recorte fragmentario de la realidad.

Este sesgo no solo surge como desequilibrio del propio proceso perceptivo, sino que también puede ser inducido, lo cual lo torna más peligroso. Ensayos realizados en distintos momentos y con diferentes poblaciones, mostraron el mismo resultado: jóvenes a los que se les daba de autorización de beber sin límites tragos supuestamente alcohólicos -que no tenían nada de alcohol- comenzaban a comportarse y a manifestar imágenes mentales construidas como si estuvieran bajo los efectos del alcohol.

El clásico estudio de Klapper sobre la comunicación de masas demostró que el público no se compone de sujetos pasivos, sino que al recibir estímulos, cada individuo lo procesa acorde a los inputs antes mencionados. Y si esos inputs detentan una fortaleza determinada, por ejemplo, la necesidad extrema de que ocurra algo o de que determinada persona o agrupación política actúe de determinada manera, entonces se sesga el proceso perceptivo, recortando elementos de la realidad, no con fines de eficiencia energética, sino con el objetivo de que encajen con aquella necesidad y la satisfagan. E incluso más: luego esos sujetos actúan en función de esa imagen mental construida a partir de los retazos percibidos.

Cuando estos procesos sesgados ocurren en el marco de un contexto problemático para el sujeto (o conjunto de sujetos), la percepción selectiva da paso a la construcción de narraciones, individuales o colectivas, que se instalan en el imaginario de cada sujeto y/o en el del grupo social de pertenencia, retroalimentando todo el proceso de recorte fragmentario de la realidad.

No hace falta repetir el también clásico estudio de A. Hastorf y H. Cantril sobre la percepción de la violencia en un partido de fútbol americano, por parte de aficionados de cada uno de los dos equipos enfrentados. Basta con observar las reacciones de distintos conjuntos ciudadanos frente a sucesos de la realidad como una medida de gobierno, una declaración política, una votación legislativa, etc.

En el ejemplo de la votación en Diputados, los hechos irrefutables indican que dicha aprobación obtuvo más votos de la oposición que del oficialismo. Esa oposición, encabezada por la alianza genéricamente conocida como Juntos por el Cambio, alegó responsabilidad institucional, apoyó no integral sino sólo a un aspecto del acuerdo (la aceptación de la renegociación del monto adeudado y la recepción de nuevos fondos), evitación de que Argentina incurra nuevamente en default crediticio, y algunas otras excusas. Esa argumentación alimentó un relato de “oposición responsable”, el cual funcionó como estímulo para el proceso de percepción selectiva de un grupo social: el votante de esa alianza.

La percepción selectiva se combina, en este caso, con la retrospectiva idílica, dando lugar a un abroquelamiento de dichos votantes en torno a la imagen mental que se construyen, en la cual la alianza de referencia es, sucintamente, garante de la República.

La percepción selectiva se combina, en este caso, con la retrospectiva idílica (ya abordada en otra oportunidad en Faro Argentino https://faroargentino.com/2022/02/sonar-con-el-pasado-el-pecado-argentino/), dando lugar a un abroquelamiento de dichos votantes en torno a la imagen mental que se construyen, en la cual la alianza de referencia es, sucintamente, garante de la República. En esta coyuntura, la percepción selectiva les impide analizar las consecuencias de aquel voto en favor del oficialismo, y refuerza la imagen idílica que recortaron a partir de fragmentos discursivos tomados de la narrativa de Cambiemos.

El choque (inevitable) entre la realidad concreta y la imagen mental construida a partir de la percepción sesgada genera, en quien se ve afectado por dicha falencia cognitiva, una conmoción, de la cual emerge por dos vías posibles. Por un lado, fortaleciendo aquella imagen mental sesgada, recortando más y más segmentos de la realidad percibida, todos orientados a profundizar aquella imagen. Por el otro, dando lugar a una sensación de orfandad, cuando aquel choque con la realidad derrumba la imagen mental sesgada que se han construido.

La primera vía es, como lo muestra la historia reciente de la sociedad política argentina, la más seguida: una huida hacia adelante. Y, cabe aclarar, no es patrimonio de los votantes de Cambiemos, sino que impera por igual en las distintas vertientes políticas en las que se agrupan los votantes. El sesgo perceptivo se combina con otros sesgos cognitivos (como el mencionado de restrospectiva idílica https://faroargentino.com/2022/02/sonar-con-el-pasado-el-pecado-argentino/ o el del costo hundido https://faroargentino.com/2022/01/la-pandemia-y-el-sesgo-del-costo-hundido/ ) y de ese modo se afianza un statu quo que constituye, en la práctica, un verdadero círculo vicioso.

La segunda vía, por su parte, se erige como una oportunidad de estimular un “despertar” de la ensoñación retrospectiva y sesgada, captando la atención de ese conjunto social y llevándolo hacia ideas políticas disruptivas. Pero para hacerlo, es necesario que los estímulos sensoriales que deben recibir, a fin de que se construyan una imagen mental nueva y proclive a esas ideas, sean claros, precisos y honestos en cuanto a lo que significan para el individuo y para el país.

La realidad conlleva a la situación de conmoción y orfandad antes mencionada; está en los propagadores de ideas políticas y económicas disruptivas aprovechar sabiamente la ocasión.

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