Política

Argentina y la diplomacia zonza

El derecho [o aquello que es justo e injusto] es un tema del que tratan sólo los que son iguales entre sí por su poder.

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«Porque nosotros no os molestaremos con excusas de valor aparente —o bien haciendo valer nuestro derecho al poderío que poseemos, porque hemos rechazado a los persas, o bien afirmando que, si os atacamos ahora, es por el daño que nos habéis hecho— ni pronunciaremos largos discursos, que no serían creídos… Vosotros sabéis, como nosotros sabemos, que, tal como suceden las cosas en el mundo, el derecho es un tema del que tratan sólo los que son iguales entre sí por su poder, en tanto que los fuertes imponen su poder, tocándoles a los débiles padecer lo que deben padecer… Así creemos que sucede entre los dioses, y respecto de los hombres sabemos que, a causa de una ley necesaria de su naturaleza, ejercen el poder cuando pueden. No hemos sido nosotros los primeros en establecer esta ley ni los primeros en obedecerla, una vez establecida. En vigor la hemos encontrado y en vigor la dejaremos después de utilizarla. Sólo la usamos, en el entendimiento de que vosotros y cualquier otro pueblo, de poseer el mismo poder que el nuestro, haríais lo mismo.»
Tucídides, 5,89 y 5,105,2

Presencié esta secuencia como alumno de Juan Battaleme y de Fabian Calle, dos de los mejores internacionalistas de la región (Alguna vez, confieso, les copié el truco ya como docente):

Profesor: – ¿Pueden nombrarme algunos pueblos de la antigua Grecia?

Alumnos: – Atenas, Esparta, Macedonia …

Profesor: – ¿Quién me puede decir algo de los Melios?

Alumnos: – …

Profesor: ¿No conocen a los Melios?

Alumnos: – No.

Profesor: Bueno, hoy vamos a empezar aprendiendo por qué no los conocen.

Debido a que toda su población masculina adulta fue masacrada por los atenienses, y sus mujeres y niños esclavizados por éstos, los Melios lograron pasar a la historia únicamente gracias a Tucídides, quien en su obra “La Guerra del Peloponeso” los referencia como un ejemplo de imprudencia e ingenuidad. Por tanto, para los habitantes de esta pequeña isla situada en medio de Atenas y Esparta no hubo ni la gloria, ni el desarrollo político, cultural, económico o militar de sus vecinos, sino la inmersión permanente en las aguas del Leteo, es decir: el olvido.

Justamente de aquél compendio de Tucídides proviene el fragmento con el que se inicia esta nota, el cual es para muchos la declaración de principios más antigua que se conoce de aquello que en relaciones internacionales se denomina como “realismo”; doctrina según la cual, el Poder (así, con mayúscula) es fundamental para decidir el modo en que nos relacionamos con otras naciones, la definición de nuestros objetivos y, por supuesto, la conformación de nuestros discursos.

De quererse resumir en criollo la esencia del realismo podría decirse que “con la observancia del poder todo; con la zoncera y la ingenuidad, nada”.

El Poder (así, con mayúscula) es fundamental para decidir el modo en que nos relacionamos con otras naciones, la definición de nuestros objetivos y, por supuesto, la conformación de nuestros discursos.

Luego de años de transitar pasillos académicos, de un lado y el otro del mostrador, he ido observando que, por lo general, la naturaleza del realismo le resulta profundamente intuitiva a aquellos que han experimentado carencias (no siempre sólo económicas) y absolutamente incomprensible a los que han surcado la vida infantil desde la abundancia. Pienso que quizá, por algún fenómeno psico-sociológico, quienes han conformado su psiquis primaria en contextos de escasez tienden a sostener posturas infinitamente más prudentes (volveré a esta palabra en breve) que quienes obran habiéndose criado en contextos en donde los limitantes son pocos y los recursos heredados muchos. Y justamente la prudencia, esa virtud que para los griegos era la suma de todas las virtudes, es para el realismo la máxima elemental sugerida para accionar en el concierto de las naciones desde los tiempos de Tucídides hasta hoy.

En su definición más básica la Prudencia implica un llamado a la evaluación racional de las consecuencias de nuestra acción o incluso mejor dicho por Aristóteles, la Prudencia es «aquella disposición que le permite al hombre discurrir bien respecto de lo que es bueno y conveniente para él mismo«.

Y aquí es cuando la cuestión se pone interesante.

Lo que diferencia a un mero político coyuntural de un estadista es que este logra trascender la inmediatez de la arena política presente y discurre su mente desde aquello que le es conveniente a sí mismo hacia el bien común no sólo presente, sino futuro. Un estadista es esencialmente un arquitecto de la sociedad del mañana, pero (y aquí lo importante) que parte desde una adecuada comprensión del presente. Su prudencia, por tanto, no recae sólo sobre sí mismo sino sobre la sociedad que deberá gobernar en ese momento o en el futuro.

Es absolutamente imposible accionar como un estadista desde la imprudencia y mucho más lo es desde un populismo sensiblero como el que pudo observarse de parte del arco político desde que se desatara la crisis entre Rusia y Ucrania hace pocos días.

Cabe aclarar que un estadista no es necesariamente y en todo lugar un estado-centrista. Hago esta disquisición porque conozco de antemano muchos de los sesgos y los marcos teóricos desde los que suelo ser leído. Para aquellos que toman ambas palabras como sinónimos aclaro que considero que sujetos como Locke, Hayek o Friedman, tan alabados por nuestro sector ideológico, han sido intelectuales orientados por una perspectiva propia de estadista, si por tal consideramos a aquellos hombres y mujeres que piensan y accionan en bien de marcos institucionales y normativos que favorecen la prosperidad de los pueblos en toda su dimensión.

Ahora bien, es absolutamente imposible accionar como un estadista desde la imprudencia y mucho más lo es desde un populismo sensiblero como el que pudo observarse de parte de todo el arco político desde que se desatara la crisis entre Rusia y Ucrania hace pocos días. Las distintas voces que conforman la conducción de este país (tanto oficialismo como “oposiciones”) se apresuraron a enviar mensajes al mundo sin considerar ni los intereses reales de Argentina ni su verdadera posición relativa en términos de poder y capacidades. Todo el espectáculo mediático que pudo verse, desde el cliché de enarbolar banderas que no son las propias (un clásico de nuestras elites) hasta la risueña convocatoria internacional para viajar a una plaza de Kiev y pedir por la paz, no son más que los estertores típicos de una clase política que experimenta la garantía de un bienestar que le es ajeno a la gran mayoría de la población.

O como se dice en la calle: que tiene la seguridad de las cuatro comidas servidas antes de levantarse.

Es útil también, a los efectos de escaparle a la tentación del análisis “tipo-grieta”, aclarar que nada de lo dicho hasta el momento define una postura concreta o puntual con respecto a la crisis. La zoncera imprudente le cabe lo mismo a los que han levantado la bandera de Ucrania antes que los propios ucranianos terminaran de entender qué les pasaba, como a quienes pocos días antes invitaban a Vladimir Putin a utilizar Argentina como su puerta de entrada a la región o a los que hicieron una reverencia japonesa frente a un líder chino y lo tildaron de peronista antes de volverse. Toda esa pantomima irreflexiva, adolescente, desbordada y tribunera es leída por las grandes naciones (y por las medianas e incluso por las chicas) como un símbolo inequívoco de una pésima calidad dirigencial y, por tanto, como la quintaesencia de un país a la deriva gobernado por un conjunto de imbéciles. Es decir, en términos realistas: como una oportunidad de saqueo y de conquista.

Sí. Como suena.

Sostener ideales sin un anclaje en las capacidades reales no sólo es inconveniente sino profundamente peligroso. Sin embargo, ese peligro no suele repartirse en la historia en proporciones iguales, siendo su impacto sumamente mayor en aquellos que carecen de los recursos para guarecer sus vidas, su patrimonio y su futuro. Las elites suelen estar siempre ávidas de sostener consignas grandilocuentes porque esa abundancia de contactos y recursos les garantizan, a nivel no siempre consciente, que sus vidas van a poder trascender las tonterías que se les suelen ocurrir mientras aprovechan el flujo de recursos de fundaciones y think tanks que premian las caricaturas irreflexivas que acometen.

Toda esa pantomima tribunera es leída como símbolo inequívoco de una pésima calidad dirigencial y, por tanto, como la quintaesencia de un país a la deriva gobernado por un conjunto de imbéciles. Es decir, en términos realistas: como una oportunidad de saqueo y de conquista.

Si nuestro país realmente se plantease el objetivo, como lo hizo alguna vez, de proyectar algún tipo de interés ético o normativo al mundo (sirva de ejemplo la gesta sanmartiniana), debe primero velar por reestablecer dentro de su territorio los recursos económicos, militares y de influencia que conllevan a detentar el Poder real que permite ser respetado y tenido en cuenta por las otras naciones. Y esto porque, como bien supieron advertirle los Atenienses a los Melios, “el derecho [o aquello que es justo e injusto] es un tema del que tratan sólo los que son iguales entre sí por su poder, en tanto que los fuertes imponen su poder, tocándoles a los débiles padecer lo que deben padecer”

En este sentido, las interpretaciones cotidianas de nuestra historia diplomática caen en la misma falacia que inspira la retórica risueña de todos estos días. No es cierto que tal o cual política exterior haya fracasado o traído miseria a nuestro país porque no conformó a tal o cual potencia, sino que cualquier política exterior que se ejerce imprudentemente desde un cálculo errado de las propias capacidades y descalzada de los objetivos estratégicos de la patria traerá el mismo efecto, así sea aplaudida o vituperada circunstancialmente por los demás.

En esto da lo mismo el envío de abrigo a los pobres de Estados Unidos por Eva Perón en 1949, el recibimiento de Frondizi al Che Guevara en agosto de 1961, la decisión de Galtieri en abril de 1982 o el dedito acusador de Alfonsín a Reagan aquella tarde de marzo de 1985.

La osadía, sin los recursos, trae miseria y muerte, se tenga la razón o no.

Como ha sido siempre en la vida real (no en esta fantasía que les han vendido a los milennials y centennials en las últimas décadas), el poder decir en voz alta lo que se piensa y el sostenerlo en la práctica implica haberse puesto los pantalones largos y tener con qué.

Aquellos que se han presentado en los últimos tiempos en la arena política como actores desafiantes al statu quo, mostraron el mismo nivel de verborragia zonza e imprudente que los que nos trajeron por el triste derrotero en que nos encontramos hoy.

Cabe por último una reflexión sobre aquellos que se han presentado en los últimos tiempos en la arena política como actores desafiantes al statu quo, pero que mostraron en las últimas horas el mismo nivel de verborragia zonza e imprudente que aquellos que nos trajeron por el triste derrotero en que nos encontramos hoy:

Si también éstos fracasan en comprender que la alta política, como se la conoce en los pasillos del poder real, es el brazo elemental del desarrollo de los pueblos o la fosa inevitable de su perdición, ninguno de los cambios que prometen habrá de ser más que otra desgraciada brisa pasajera; brisa que habrá de perderse entre los vientos fatídicos que impulsan esta nave siempre naufragante en la que las elites han convertido a nuestro país.

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