Sociedad

46 años, ¿qué falta? ¿qué queda?

La sociedad que con sabiduría se había inmunizado para siempre de la influencia del golpismo militar, no tenía ni la menor defensa contra la influencia del discurso del castrismo setentista.

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«Durante la década del 70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Así aconteció en Italia, que durante largos años debió sufrir la despiadada acción de las formaciones fascistas, de las Brigadas Rojas y de grupos similares. Pero esa nación no abandonó en ningún momento los principios del derecho para combatirlo, y lo hizo con absoluta eficacia, mediante los tribunales ordinarios, ofreciendo a los acusados todas las garantías de la defensa en juicio; (…) 
No fue de esta manera en nuestro país: a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”
Ernesto Sábato, Nunca Más

En 1983 se instaló en Argentina un molde para metabolizar los acontecimientos relacionados con la violencia setentista y el golpe militar que derivó de ella. Este molde funcionó como un manual de uso, pautó la manera en que las personas sentían, opinaban, juzgaban, recordaban y se pensaban a sí mismas acerca de una época cuya sola existencia significaba un trauma. En los albores democráticos esto podría atribuirse a la turbación que significó para la sociedad ver puestas sobre la mesa, todos juntas, la lista de atrocidades cometidas por el Proceso de Reorganización Nacional. Acostumbrados a la manipulación de las noticias, la censura, al rumor susurrado y al secreto, la revelación del horror transcurrido significó una conmoción dolorosa y asfixiante.

El libro “Nunca Más” transformado en bestseller y en base argumentativa para toda producción académica, periodística, cultural, televisiva y simbólica de cualquier cuño administró el sentir general y canalizó el desconcierto. Cierto que no fue el único material con el que los argentinos organizaron su narrativa post dictadura, pero marcaba los límites dentro de los cuales había que pintar. 

Poco después, en el marco del juicio a las Juntas Militares, la frase: “Señores jueces: quiero renunciar expresamente a toda pretensión de originalidad para cerrar esta requisitoria. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: Nunca más”, sellaba para siempre la historia de alternancias golpistas impuesta desde 1930. El peligro de un golpe militar estaba definitivamente enterrado en Argentina. Ninguna inestabilidad, ningún estallido social, ninguna reivindicación, ningún político, ninguna condición externa o interna podrían reavivar ese fantasma específico. Es posible que ese sea nuestro único logro en décadas.

El peligro de un golpe militar estaba definitivamente enterrado en Argentina. Ninguna inestabilidad, ningún estallido social, ninguna reivindicación, ningún político, ninguna condición externa o interna podrían reavivar ese fantasma específico.

Sin embargo, en lo relativo a la memoria, comenzó a crecer una reescritura sistemática y gradual de lo que Sábato distingue como la época convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, fenómeno que ha ocurrido en muchos otros países. Una pertinaz amnesia selectiva sobre los acontecimientos violentos surgidos en toda la región desde 1959, una pretendida desconexión respecto de la Guerra Fría, un relato básico y tan simplón que se fue degradando con el devenir de las versiones. Entonces al final resultaba que hasta febrero de 1976 Argentina era un vergel de paz y concordia, virgen de atentados y víctimas, de toda influencia geopolítica y de todo conflicto interno, hasta que un grupo de militares, sin otra pulsión que la pura maldad aleatoria, derrocaron a la entonces Presidente viuda de Perón. Acto seguido se dispusieron a hacer neoliberalismo en lo económico y a matar inocentes en lo social con el fin de revertir conquistas obreras y estudiantiles. Este reduccionismo maniqueo no conoció techo.

Denodadamente se ocultó la intervención de dos Estados en los turbulentos años que precedieron al golpe: el soviético y el cubano. En julio de 1960, Fidel Castro manifestó su compromiso de ser el “ejemplo que pueda convertir a la Cordillera de los Andes en la Sierra Maestra del continente americano” y envió invasiones guerrilleras a Panamá, Haití, República Dominicana y Nicaragua que terminaron en un estrepitoso fracaso. Entonces se centró en la entrega de armas y en el adiestramiento, dentro de la isla, de miles de revolucionarios del mundo deseosos de levantarse en armas. Cuba apoyó a la guerrilla en Guatemala, Colombia, Perú, Brasil, Venezuela, Argentina, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, además de las de Argelia, Siria, Congo, Angola y Etiopía. En un “mensaje a los pueblos del mundo” publicado en abril de 1967 por la revista “Tricontinental”, el Che Guevara formuló su famosa consigna de “crear dos, tres, muchos Vietnam”, mientras viajaba hacia la expedición guerrillera a Bolivia, fiasco que terminó el 8 de octubre de 1967 cuando fue capturado.

Denodadamente se ocultó la intervención de dos Estados en los turbulentos años que precedieron al golpe: el soviético y el cubano.

Argentina no era especial, sus insurgencias no respondían a un destino manifiesto soñado por carismáticos libertadores mesiánicos y la historia sesgada sólo servía para reforzar la demagogia, la paranoia y el resentimiento siempre latentes. Hacia fines de los ‘80 y principios de los ‘90 una nueva oleada de producción fabulada comenzó a tener por protagonistas a quienes habían sido partícipes de los movimientos guerrilleros unas décadas antes. Un nuevo manto de ensoñación cubría a la sociedad argentina y entonces se inauguraban partidos políticos, diarios, cátedras, canales de tv y se escribían libros, todos versionados por ex miembros de Montoneros o ERP. Increíblemente, la sociedad que con sabiduría se había inmunizado para siempre de la influencia del golpismo militar, no tenía ni la menor defensa contra la influencia del discurso del castrismo setentista. Ni una alarma sonó cuando terroristas, orgullosos de su pasado, comenzaron a educar a las nuevas generaciones de argentinos nacidos después de la negra noche que relataba Sábato.

La izquierda nunca descansa, no reconoce el NO por respuesta, no sabe perder. Encontró este filón para hacer sobrevivir su prédica luego del regreso del orden constitucional y lo sigue explotando sin pudores. La exaltación de fines y de instrumentos insurgentes como justificación, el ánimo expreso de usar la última dictadura como excusa ideológica, la acusación a políticos o a corrientes políticas de ser socios de quienes lideraban el Proceso ha sido una constante. La realidad no es una limitante para ellos, al punto de fraguar una fotografía que mostraba a Videla junto a Macri, aun cuando este último fuese sólo un púber para la época. Curiosamente, aquellos políticos y sindicalistas que azuzaron el golpe y que hasta firmaron decretos de aniquilamiento en plena democracia nunca fueron señalados.

Para dicha de los argentinos, de la dictadura militar que comenzó hace 46 años y que terminó hace 39, hablamos en pasado absoluto. Sin embargo, no podemos decir lo mismo de personajes, ideologías y proyectos políticos coetáneos a la dictadura que siguen vigentes asolando al país, a la región y que siguen adoctrinando generaciones. Si con franqueza se desea terminar de enterrar cualquier posibilidad de resurgimiento de esa época trágica se debe exponer a quienes siguen mintiendo y conspirando contra la democracia liberal.

Si con franqueza se desea terminar de enterrar cualquier posibilidad de resurgimiento de esa época trágica se debe exponer a quienes siguen mintiendo y conspirando contra la democracia liberal.

Queda exponer las soflamas, los mecanismos y las motivaciones de quienes atentan contra el ordenamiento democrático apedreando congresos, quemando edificios y estaciones de subte, cortando rutas y amenazando ciudadanos, usurpando tierras y proclamando neosoberanías, corrompiendo la igualdad ante la ley, gerenciando movimientos sociales para sitiar ciudades. Queda situar a Argentina en el contexto mundial para ver cómo estos fenómenos se replican en la región y dejar de contar la historia con un ojo en el ombligo. Queda comprender los caminos moleculares, caóticos que constituyen la forma en la que los argentinos nos pensamos y en consecuencia nos regimos. No es un mero “relato” coyuntural, dado que el kirchnerismo tiene poco menos de dos décadas de existencia, es frívolo e inconducente este razonamiento. Es infinitamente más grave porque es la naturalización de una manera de, otra vez, metabolizar nuestra historia y sus consecuencias.

Coincidente con la alternancia golpista, Argentina abrazó corrientes de pensamiento mundiales muy constitutivas de cada período que abrevaron al cuestionamiento de las etapas formativas del país en las que la impronta liberal había tenido enorme influencia y que la habían situado entre los países más ricos del globo. Nada de todo esto era ajeno a la tendencia mundial en cuestiones filosóficas y políticas, y el revisionismo, por ejemplo, fue un claro aporte antiliberal. Para que surjan los liderazgos carismáticos de mediados de siglo pasado, fue necesaria la retórica iliberal disfrazada de antiimperialismo y toda esa argamasa formó las mentes de los hijos de las elites políticas, sociales y militares. Años después esos jóvenes abrarzarían los designios de la triunfante Revolución Cubana. No es entendible el setentismo sin las corrientes colectivistas mundiales como el fascismo y el socialismo y sin sus parroquiales componentes nacionalistas pretéritos.

La narrativa posdictadura simplificó todo esto hasta el infantilismo. Fácil de digerir, paranoica y narcisista. Pero esta forma de autopensarse no fue exclusiva de los sectores de izquierda o peronistas, sino que fue adoptada por una mayoría casi absoluta del arco político. Ajenos, como siempre, a los análisis globales, a los datos duros y a la historia, se volvió a relatar el devenir trágico de los sucesos recientes como una conspiración oligárquica contra las gestas populares. 

La corriente de acción política regional nacida en el Foro de San Pablo aportó los discursos de la nueva izquierda como el feminismo, el indigenismo, el ecologismo y otra serie de “ismos” sobre los cuales las frías tierras santacruceñas no habían escuchado jamás hablar.

Este fue el caldo de cultivo con el que se crió a quienes estaban en condiciones de votar a principios de este siglo y por esto se entiende la desmesurada amortización del gesto del cuadro de Nestor Kirchner. Un presidente sin la menor épica ni legitimidad que en adelante se abocó a recomponer el relato setentista en la variante “derechos humanos”. La corriente de acción política regional nacida en el Foro de San Pablo aportó este y otros discursos de la nueva izquierda como el feminismo, el indigenismo, el ecologismo y otra serie de “ismos” sobre los cuales las frías tierras santacruceñas no habían escuchado jamás hablar.

Y otra vez Argentina impuso una nueva verdad oficial y una nueva voz única. En los quichicientos espacios de la memoria de todo el país, todos los medios de comunicación, en todas las universidades, en el INCAA, en los centros culturales, en los perfiles políticos, en las leyes, en Pakapaka y, acá viene lo determinante: en los manuales y currículas escolares. Ni en las épocas de los desgraciados libritos de adoración a Perón y Evita se vio un adoctrinamiento tan masivo y descomunal redactado y propalado por quienes fueron criados con la historia contada por los ex miembros de fuerzas guerrilleras ahora reconvertidos en furiosos defensores de los valores humanitarios. 

En este punto habría que preguntarse si terminó realmente el setentismo porque la presencia de este corpus simbólico sobre la educación es total y dogmática. Este dogma parasitó todo el universo docente.

En este punto habría que preguntarse si terminó realmente el setentismo porque la presencia de este corpus simbólico sobre la educación es total y dogmática. Este dogma parasitó todo el universo docente, vale decir: se los educó desde niños con esta forma de ver el mundo, se los diplomó ahondando este relato, se les dio material acorde para evangelizar y por si quedaba algún miligramo de libertad de pensamiento se los postituló con cursos dictados por un sindicalismo militante que es secta…y que además determina contenidos curriculares y editoriales. Todo ese ejército de docentes portadores del socialismo del Siglo XXI son quienes hoy forman a las nuevas generaciones de niños. Son incansables, responden a una cruzada inexistente como el famoso japonés que seguía luchando una guerra terminada. Y es que para ellos, como para el japonés, no terminó la guerra.

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