Sociedad

Sin Feyerabend no se entiende qué está pasando

Si la ciencia no debe reclamar el monopolio interpretativo, ¿es coherente que reclame el monopolio coercitivo?

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En el panorama filosófico-político del siglo XX, P. K. Feyerabend pasa casi inadvertido. Sin embargo, es nuestra intención en esta breve introducción, que el lector advierta su importancia para esto que hemos llamado “dialéctica del iluminismo no neomarxista” y la continuidad de este autor con esa línea de liberalismo clásico que, uniendo filosofía de las ciencias sociales con filosofía política, se da en autores como Popper y Hayek.

Es habitual ver a Feyerabend como un “post-moderno” de la filosofía de las ciencias naturales. Su libro principal, Tratado contra el método, popularizó esa versión. No es fácil resumir esta cuestión, pero probemos de este modo. Simplificando mucho, se podría decir que los neopositivistas –aquellos a quienes Hayek llamaría constructivistas- daban un enorme valor “probativo” al método experimental. Si el lector escuchó alguna vez aquello de que una hipótesis se convierte en ley, bien, es algo así. Pero luego (1934) aparece Popper en el horizonte y afirma que la hipótesis siempre queda en hipótesis, de tipo conjetural. Que no se la prueba, sino que a lo sumo no se la descarta hasta el momento (corroboración). Ok. Pero luego alguien sostiene, con mucha erudición histórica, que los científicos reales no son popperianos: no quieren ser refutados, sino que se aferran a su paradigma (Kuhn, 1962). Entonces un ex – adjunto de Popper, Lakatos, dice (1965): si, es verdad que los científicos (por ejemplo Galileo, o Newton: no poca cosa) intentan defender, y no criticar, al núcleo central de sus teorías contra sus eventuales refutaciones (anomalías), pero a hacerlo sin darse cuenta aumentan el contenido teorético de sus teorías. Como Halley, un partidario de Newton que al defender las teorías contra eventuales refutaciones predijo al famoso cometa. Entonces Feyerabend [2] contesta: eso es reconocer que la ciencia es cualquier cosa. Si no hay ninguna norma para saber, en el momento presente, si seguir, o más o menos seguir, o más o menos dejar, una teoría, entonces….. Todo vale!!! De hecho, eso es lo que dijo en el año 75 y quedó entonces como el anarquista de las ciencias, como el postmoderno de las ciencias, como uno de los tantos que dicen que la razón se acabó y etc. y etc. Nadie se lo tomó en serio [3]. Parece que no. Yo tengo la intención de que sí.

¿Por qué? Porque mi hipótesis de trabajo es que el eje central de la interpretación de Feyerabend es político. Que es un autor clave en la cuestión que desde Habermas y Hayek venimos viendo como dialéctica del iluminismo. En 1981, Feyerabend edita un libro donde se defiende de muchas críticas. El libro se llamaba “Adiós a la razón”[4] y, aunque el lector crea que con ese título no arreglaba nada, veremos que, curiosamente, no es así.

Ese libro tiene una parte II donde en su punto 4 afirma que la ciencia es una tradición entre muchas. Que la realidad es muy vasta, muy amplia, y que la ciencia es uno de los tantos criterios de interpretación de esa realidad cuyo desconocimiento –esto ya venía desde Karl Popper- es ilimitado. Como dice en otro lado [5]: “…existe una realidad que permite diversos enfoques; entre ellos, el científico”. O sea que no tenemos aquí a un relativista diciendo que la realidad no existe, o que no se puede conocer, sino que “permite diversos enfoques” (dada su amplitud) y que ninguno de ellos debe reclamar el monopolio interpretativo. El arte, la literatura, la metafísica, la religión, no son lo ficticio frente a lo “fáctico” (la ciencia) sino que son diversos intentos –la ciencia es uno más- de lanzar redes para captar algunos peces en ese océano de realidad desconocida –otra de sus analogías-[6].

Ahora bien, si la ciencia no debe reclamar el monopolio interpretativo, ¿es coherente que reclame el monopolio coercitivo? Esto ya lo había dicho en su famoso libro del 75. En su último capítulo habla de la necesaria separación entre Estado y ciencia. Sí, así como lo leen. Esto desafía nuestros paradigmas culturales y demanda una explicación.

Lo que Feyerabend está reclamando, detrás de sus ironías y supuesta especialización en historia de las ciencias, es una nueva ilustración. La ilustración a la que se refiere es muy parecida a ese racionalismo constructivista ya denunciado por Hayek. En una nota a pie de página de esa parte II, punto 4, afirma: “Según Kant, la ilustración se realiza cuando la gente supera una inmadurez que ellos mismos se censuran. La ilustración del siglo XVIII hizo a la gente más madura ante las iglesias. Un instrumento esencial para conseguir esta madurez fue un mayor conocimiento del hombre y del mundo. Pero las instituciones que crearon y expandieron los conocimientos necesarios muy pronto condujeron a una nueva especie de inmadurez. Hoy se acepta el veredicto de científicos o de otros expertos con la misma reverencia propia de débiles mentales que se reservaba antes a obispos y cardenales, y los filósofos, en lugar de criticar este proceso, intentan demostrar su “racionalidad” interna” [el entrecomillado es de Feyerabend].

Tratemos de desglosar e interpretar el párrafo según el hilo que venimos siguiendo. Según Kant, esto es, no según Kual – Quie – Rá, gran representante del irracionalismo post-moderno. Según Kant, uno de los principales –como hemos visto- defensores y propulsores de la ilustración europea del s. XVIII. La ilustración según Kant significa madurez, madurez, sobre todo, ante la superstición religiosa impuesta por la fuerza, algo que Kant había dicho en uno de sus pocos escritos cortos, llamado nada más ni nada menos Qué es la Ilustración.[7] Por eso dice “…más madura ante las iglesias” (obsérvese el plural). Incluso reconoce Feyerabend que para ello fue esencial un mayor conocimiento del hombre y del mundo, y se está refiriendo al progreso de las ciencias occidentales (otra vez: ¿qué relativista post-moderno diría esto?). “Pero” (cuidado con los “peros” de Feyerabend) todo ello condujo nuevamente a una nueva clase de inmadurez. Esto es: si antes no éramos maduros porque no habíamos aprendido la libertad religiosa, ahora somos inmaduros porque no hemos aprendido la libertad de decisión frente a la ciencia. Antes, la fe era obligatoria, ahora, la ciencia. Ahora, el “experto”, el juez y el científico juegan el mismo papel que antes el inquisidor: protegerlo de su ignorancia. Y coactivamente. Es ahí cuando Feyerabend protesta contra los filósofos, que tratan de ver en esto la “racionalidad”. ¿Es eso ser irracionalista? ¿O es oponerse a un papel coactivo de la razón, y tal vez irracional por coactivo? (Por ello, el título referido, Adiós a la razón, parece ser un adiós a la razón….. Impuesta por la fuerza).

Si nos tomamos en serio el mensaje de Feyerabend, deberíamos ver que gran parte del proyecto del racionalismo constructivista, denunciado por Hayek, ha triunfado. Hayek concentraba sus ataques en el socialismo, intervensionismo y democracia roussoniana, pero el colonialismo occidental, la educación occidental obligatoria y la medicina legal occidental forman parte del mismo fenómeno. No hemos terminado de asumir que verdad e importancia no son igual a coacción. Antes la fe era obligatoria, para el “sacro imperio” porque la fe importaba; ahora, que a los imperios les importan otras cosas, otras cosas son obligatorias. ¿Hemos aprendido algo?

Porque la no obligatoriedad de algo no depende de la duda. Feyerabend reconoce que a veces mezcló sus argumentaciones al respecto [8]. Pero que la verdad no debe imponerse por la fuerza es algo que depende de la naturaleza de la verdad, no de la duda. Y aunque los filósofos discutamos sobre qué es la verdad, al menos sabemos que se trata de algo que tiene que ver con la inteligencia humana. Y la inteligencia humana no funciona con golpes, premios o castigos, sino con el diálogo.

¿Y no era esto –el paso de la coacción al diálogo- lo que reclamaba Habermas? Pues bien, esto es lo que reclama Feyerabend. Cómo separar ahora Estado y ciencia, no lo sabemos. Feyerabend no propuesto al respecto –y coherentemente- ningún plan “revolucionario” [9]. Y no creemos que Bush o Bin Laden estuvieran interesados por la pregunta. Lo que sí sabemos es que en la ilusión iluminista algo había fallado, y estamos vislumbrando por dónde estuvo la falla. No en la verdad, no en la ciencia, no en la técnica, y menos aún en la democracia o en el capitalismo. La cuestión es: ¿cómo se “habla” de todo ello?

Feyerabend vio el tema con una claridad inigualable, y en medio de sus sarcasmos e ironías, la seriedad de su mensaje –que pone en jaque a toda nuestra organización cultural- quedó desatendida. Y con esta peculiaridad: la mayor parte de las críticas a las expansiones colonialistas de Occidente, a sus guerras y a su tecno-ciencia, vienen de neomarxistas muy importantes (Habermas venía de allí). Feyerabend, que yo sepa, es el único que hace críticas similares, sin caer en la dialéctica de la mayor parte de los que hablan de dialéctica del iluminismo: suponer que la coacción del Estado va a resolver los males de Occidente.

Entre esos “males” está la decadencia de la democracia occidental. La democracia es demagógica, las dictaduras, tiránicas. Parecemos no salir de allí. ¿No hemos progresado nada desde los griegos?

[2] Había nacido en Viena, en 1924. Estudió física y matemática (junto con otros intereses: música, literatura, arte) pero nunca pudo encontrar paz en la vida académica rutinaria. La segunda guerra le pasó por encima, pero, a pesar de ello, logró reencaminar su existencia, hasta encontrar un período de paz académica en Berkeley, EEUU, en la década del 60, después de rechazar un ofrecimiento de Popper para ser su ayudante. A partir del 75 su vida intelectual consistió en explicar le sentido de su libro del año 75. Murió en 1995. Su autobiografía puede verse en la bibliografía.

[3] Ver Zanotti, (2002).

[5] En Diálogos sobre el conocimiento (1991) p. 121.

[6] Ver Philosophica Papers (1981), vol. I, caps. 6 y 11.

[7] Ver en Polanco, M.: edición on line de 100 Books on Philosophy, Guatemala, 2001.

[8] “…en Contra el método y más tarde en Ciencia en una sociedad libre sostuve que la ciencia era una forma de conocimiento entre muchas. Eso puede significar por lo menos dos cosas. Primera: existe una realidad que permite enfoques distintos, entre ellos el científico. Segunda: el conocimiento (verdad) es una noción relativa. En Ciencia en una sociedad libre combiné de vez en cuando ambas versiones, en Adiós a la razón utilicé la primera y rechacé la segunda”. Ver cita 5.

[9] En Ciencia en una sociedad libre (1982)), p. 124.

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